Bueno bueno, probando probando. Acá un asiduo lector, Allá, del otro lado del teclado, ¿hay alguien?
Sería interesante recibir con más frecuencia, no sé, hasta mentadas... Sí, de esos dulces de menta recubiertos con chocolate. O ya de perdis de las otras, que al fin ya tengo dos madres en el nicho.
He deambulado por aquí en espera de comentarios, críticas, pero nada de nada. Me pregunto la razón.
En las tres semanas recientes me he dedicado, además de a leer, a defender los derechos civiles de la colonia donde vivo, La Florida, en Naucalpan. Quizá ya estés enterado, amigo lector o lectora, porque seguro además de posar tus lindas pestañas sobre las líneas de novelas y otras obras de
Alfaguara, de vez en vez te echas uno que otro clavado en los diarios de circulación nacional ya impresos o en su versión en línea. Y si no, te invito a dar una vuelta por el sitio que cree para tal fin:
Defiende La Florida, mismo que he amarrado con Facebook, Twitter y una multitud de redes en las que me encuentro, ya ves que soy inquietito.
Posiblemente hayas visto mi nombre en alguna nota extraviada, en calidad de fuente informativa. Y es que estoy en la "comisión de comunicación" formada por los vecinos para contrarrestar las arbitrariedades que se han cometido con nosotros a causa de modificaciones de "última hora" hechas al
Viaducto Bicentenario.
Esta nueva actividad me ha sacado del letargo, un poco a contrapelo de mi gusto, otro poco por voluntad y a modo de terapia ocupacional autoimpuesta para salir del marasmo del duelo.
Pero hete aquí que la "terapia" hay días que me socava el alma aún peor que antes, pues no siendo yo sociable (aunque no lo parezca), al hallarme cómodo escribe y escribe, exorcisando mis fantasmas, acomodando mis recuerdos, puliendo el color de cielo de mi melancolía, la soledad y el vacío se me recrudecen.
Apenas terminé ayer de leer la deliciosa novela de Kyoichi Katayama,
Un grito desde el centro del mundo. Me fui lento, lento, porque a cada tramo me veía reflejado, toda proporción guardada, en el duelo del personaje, Sakutarô, tras la muerte de su amada Aki. Es uno de los libros en que más esquinas de páginas he doblado. Quisiera extaer citas para compartirlas, como palabras mías, pero son tantas. Me ha dejado más en el sentir y el pensar, que los libros de autoayuda y tanatología que he leído simultáneamente para asimilar mi estado actual. Saber, en ocasiones, no sirve de nada. Sólo palabras como las del abuelo del protagonista pueden dar una leve luz, porque "perder a la persona que amas es muy triste. Y esta pena, por más que lo intentes, no puedes materializarla de ningún modo. Y, justamente por eso, necesitas darle una forma concreta".
Como Sakutarô he experimentado que "vivir la vida cotidiaana, día tras día, [es] un suicidio del alma y una resurrección perpetuas. Cada noche, antes de dormir, [deseo] no volver a despertarme. Al menos, no volver a despertarme en un mundo sin [mi Preciosa]. Y, sin embargo, al llegar la mañana, [abro[ los ojos en un mundo vacío, helado, donde ella no está. Y [vuelvo] a resucitar como un Cristo sin esperanza. Empezar un nuevo día, comer, hablar con la gente, abrir el paraguas cuando [llueve], secarse la ropa mojada. Nada [tiene] sentido. [Es] como arrancarles unas notas disparatadas a las teclas de un piano que pulsas al buen tuntún [...] [Finjo] disfrutar las conversaciones [...] Cada día [parece] calcado del anterior. Dentro de mí, el tiempo no [transcurre] como una línea continua. [He] perdido por completo el sentido de que algo [prosigue, crece y se forma], el sentido de que las cosas [cambian]. Para mí, la vida [es] una simple sucesión de instantes. Sin futuro, sin perspectiva alguna abriéndose ante mí. Y el pasado [está] sembrado de recuerdos que, sólo tocarlos, me [hace] sangrar..."
Una herida honda, que sangra, que coagula, que encostra y paulatinamente sana dejando la huella, la cicatriz. Entra diciembre y ya comienza a supurar. Jamás imaginé que me costara tanto trabajo colocar unos cuantos adornos navideños en la casa. Fue como volver a acariciarla. Me tardé dos días. Apenas colocaba una carpeta, un muñeco, o planificaba dónde y cómo colocar las series de luces en el misterio, borbotones surgían de mis ojos, incontenibles. A veces creo que no llegaré al final del camino, de las vías de esta tortuosa montaña rusa de emociones encontradas.
Ya tengo listo todo lo necesario para cocinar el bacalao como me enseñó mi madre (una de sus últimas lecciones), y pensando en el mañana me pregunto cómo puede llegarse a amar tanto. Yo lo hice, y sin embargo no tengo una clara y definitiva respuesta. Tal vez, tal vez con el tiempo.