
22 October 2009
Hoy desperté consciente. Hoy desperté llorando. Hoy desperté con una verdad en el puño: si quiero morir condenado, quiero que sea por causa de una mujer.
En la vida de todos hay una Beatriz: la que conduce a las puertas del infierno, la que proyecta nuestra alma inocente a través de los círculos del cielo con una llave en la mano, una promesa en los labios, un estilete en el cinto, y una poción envuelta con encantamientos y oculta en el busto.
Todas las mujeres —y que conste que soy enemigo de las generalizaciones— aguardan y sueñan un “príncipe azul”, pero la realidad las desengaña más pronto que tarde pues invariablemente, mañana o pasado mañana éste vuelve a su condición de sapo. Por su lado, todos los varones esperamos y soñamos con la reina, la diosa capaz de envolvernos con su aura una eternidad, pero hete aquí que también, tarde o temprano, la beldad asoma su rostro verdadero de bruja, de contumaz ninfómana, de hechicera egoísta, niña impertinente, criatura vanidosa, necia verdulera, sujeta al capricho y al antojo; empero, la mujer amante, cautivadora, deseable. Y así es siempre hasta que accede a la condición de madre. Entonces la diosa, la reina, la bruja, la mujer se transforma en el fundamento de todas las cosas.
En la vida de todos hay una Beatriz, y no es por presumir pero en la mía hubo tres. Hitos, ejes para el giro del destino, pulsos aplicados a la manivela que rota el círculo de la fortuna. Tres: la del poeta, la del niño, la del desesperado. Una imaginada, otra contundente, la tercera justo en los términos de la imaginación y del anhelo, pero ajena.
Esta es la historia de un hombre que necesitaba ayuda.
¡Santo Dios! No cabe duda que la inspiración es real, existe para despecho de aquellos que aducen al éxito solamente el uno por ciento de ella y el resto a la transpiración. No dejan de ser argumentos razonables, pero cuando la primera llega no hay que soltarla ni un ápice. Ahora mismo podría estar aquí sentado ante los folios, la libreta o el teclado por horas, acomodando frases, palabras; generando imágenes de mí y de otros, palpables o inventados. Propiciando actos, circunvoluciones, piruetas, peripecias con los que personajes, situaciones, ambientes, pintaran un cuadro de costumbres de Marte lo mismo que de Cuernavaca.
Sin embargo, qué hago, Dios mío. Sucumbo a la ataraxia del quehacer cotidiano, a la angustia constante sobre qué comeré mañana, de dónde sacaré para el pago de tal o cual gasto fijo o deuda. Y así no puedo, Dios, no acabo de concentrarme. No acabo de justificar los dones que me diste, los talentos que aún duermen guardados en la talega de mi pundonor.
Cuando dedico tiempo y esfuerzo para ejercitar lo que creo que es mi propósito de vida, me entra un agrio remordimiento porque caigo en la cuenta de que por estar así, creando, imaginando, desenvolviendo los mundos interiores, el sol y el viento de fuera reclaman mi presencia y me obligan a lo más simple y necesario: sobrevivir. Si pudiere ser remunerado por un personaje de novela; si pudiere pedir prestado al tiempo sin quedar ahogado por sus intereses; si pudiere emplearme en la labor del papel que solo aguarda paciente la caricia de la mano empuñando la pluma como el amante espera el reparo de la mirada de su bien amado, te juro, Dios, que me conformaría y encontraría entonces más fácilmente el modo de reconciliarme con la vida y el destino. Pero tal como están las cosas, Dios, necesito ayuda. ¡Que alguien me salve! De perdida un milagro.
Así, absorto en sus pensamientos y disquisiciones, Guadalupe Rentería no vio transcurrir el tiempo. La mañana se le había ido como agua entre las manos. Primero, porque desvelado a causa del insomnio despertó tardísimo, otra vez. Si no hubiera oído el timbre insistente del jardinero llamando a la puerta, habría seguido durmiendo de un tirón hasta pasado el mediodía. Pero ya estaba despierto, aunque no lo pareciera.
El letargo de su cuerpo encerraba sin embargo una vorágine mental. Cuando eso sucedía —y era relativamente frecuente desde hacía ocho meses y quizá un poco más, tanto como ¡la mitad de su vida!—, las palabras, los enunciados se rebelaban y se revelaban con todo su esplendor y toda su fuerza; con toda su inquina y todos sus favores. Guadalupe, entonces, no podía hacer otra cosa más que ceder al impulso, tomar la libreta, o cualquier papel a la mano, la pluma o el lápiz y escribir escribir escribir escribir escribir escribir escribir hasta cansar la punta de los dedos. Ya más tarde, cuando amainaran los remordimientos por no asumir sus responsabilidades cotidianas como asistir al “trabajo”, preocuparse por la fuente de ingresos, entonces dedicaría un tiempo sosegado a pasar en limpio y quizá corregir lo escrito.
Había veces que este torbellino lo envolvía ya dispuesto ante el teclado y ejercitaba el mismo tipo de digresión para verter el colmo de palabras en la máquina, ordenador o computadora, como se la quiera llamar, teniendo enseguida el mismo resultante remordimiento.
Doble remordimiento. Remordimiento en dos vías, viceversa de sí mismo. Dividido. De semejante modo se sentía Guadalupe. Dividido; entre el deber ser y el deber hacer; entre el querer ser y el querer hacer; en medio de lo posible y lo imposible, punto de encuentro, frontera entre la potencia y el acto. Afanando, siempre afanando que es deseo en gerundio o hacia sí mismo o desde sí mismo; para otros o sin otros.
La mañana del 12 de octubre de un año aciago de cuya cifra prefiere recordar sólo su versión hebrea: año 5070, Guadalupe tentó al Diablo —si es que esto puede hacerse, ya se sabe que “más sabe el Diablo por viejo que por Diablo”.
Sentado ante su escritorio… No es cierto, en bata y calzoncillos, sentado en la cama y con la libreta sobre el regazo comenzó a barruntar una ¿novela? Algo parecido. En ella contaba la historia de un individuo desesperado que, como el poeta, clamó al cielo y éste no le oyó. Clamó al demonio y…
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