TELARAÑA DE PALABRAS

He venido disfrutando con verdadera fruición y agasajo los títulos que más recientemente puso en mis manos Editorial Alfaguara: Un grito de amor desde el centro del mundo, Paraíso es tu memoria, Todas mis vidas posibles, Cinco balas para Manuel Acuña, El viajero del siglo, todos perfectamente escritos, atractivos desde la primera línea. Los sigo y alterno con los otros títulos y las otras actividades que han venido a construirme un refugio hecho de palabras como la encuadernación, que cada vez me sale mejor, la captura de un libro muy importante para mí, la redacción de mis múltiples novelas, el libro de cuentos, el libro de poesía, los blogs de mi revista, mis colaboraciones palabras palabras palabras y más palabras.

Para no variar, con cada uno encuentro puntos de identificación como iré reseñando poco a poco.

Confieso que hace tiempo dejé de leer Un día de cólera por haberme aturdido con tanto nombre ennumerado página tras página. Respeto, admiro y gusto del trabajo de Arturo Pérez-Reverte pero en esta ocasión me perdió como lector, al menos temporalmente, luego de la mitad de la novela. Ya la retomaré, como haré también con algunos títulos que me han regalado so pretexto de servirme de ayuda para sobrellevar mi duelo, y los que en su mayoría son como recetas de cocina, manuales que de tanto repetir lo mismo acaba uno por convencerse de que nadie más que uno y con tiempo y cabalidad puede resolver el propio duelo y determinar si uno muere o no junto con sus muertos. Estos los comentaré en otro espacio fuera de esta Cadena.

Hubo un tiempo en México -no puedo hablar por otros países- cuando había Críticos (así con mayúscula) para todo y eran sumamente respetados. Con la modernidad y la vejez muchos de ellos los perdimos y las nuevas generaciones ya sea por impreparadas, o por ceder más a los intereses comerciales que al examen cuidadoso de la calidad de las obras, más que un semillero de críticos lo ha sido de criticones. Espero no estar escupiendo al cielo, sobre todo por el estilo con que he preferido efectuar mis reseñas. Si he sacado al paso este tema es precisamente porque cuando uno es lector voraz, el gusto se afina notablemente para bien y para mal.

Es verdad que siempre es recomendable leer de todo. A mis estudiantes se los dije (no he vuelto a las aulas) de mil maneras, que lean hasta los letreros mordaces o léperos de las puertas de los baños, pero eso no obsta para que uno no pueda emitir un juicio de valor con la capacidad y la tendencia de servir como rosa de los vientos para los autores en el mejoramiento de su arte  y su oficio, que siempre es tanto como decir que se encuadra de tal modo el derrotero de una cultura ajustada a su actualidad.

Por supuesto, también ha sucedido que la delicada piel de algunos creadores derivó en la crítica de la crítica tachando a esta de conjuntar un grupo de "creadores frustrados". No es improbable que en algunos casos así haya sucedido. Ya Óscar Wilde y Víctor Hugo en sus tiempos lo señalaron, pero tampoco puede caerse en generalizaciones odiosas. Hoy, lo cierto es que la crítica se ha relajado al punto de dar cabida casi a cualquier obra y cualquier creador. Qué bien y qué mal. Pues hoy, también, se cae en los extremos generando obras para todos u obras para unos cuantos. A este lo leen sus cuates, a este otro lo leen en todo el mundo. Este es muy vendido y solicitado, este apenas puede regalar módicos ejemplares elaborados de manera artesanal. Esta división en las artes cada vez resulta más grosera, aunque parezca estar ganando la tendencia popular, como ya anotaba en mi Estética y Comunicación.

En ese tenor, quienes aportamos aquí un punto de vista no estamos exentos de crítica y para eso existen los espacios de los comentarios de ustedes, amigos y amables lectores de este también lector a quien aparentemente aguantan de buena manera.

Cuando de criticar y reseñar se trata, lo expuse entregas atrás, disfrutar y vivir las líneas de una novela, como por ejemplo Cinco balas para Manuel Acuña de César Güemes no basta para valorar la obra. Es necesario involucrarse hasta lo más posible.

Siendo varios los títulos en cuestión no cansaré a ustedes y me enfocaré a una, por ahora, respetando mi estilo,  y aun cuando no la he terminado. Quisiera abordarlas todas de un jalón como he hecho en otras entregas, pero esta vez me han dado tanto de qué hablar que prefiero irme piano pianito.

Beatriz Rivas me ha sacudido con su novela Todas mis vidas posibles. Especialmente la historia de la segunda Beatriz, donde voy ahora, me exprimió lágrimas que pensaba ya había agotado de mi venero luego de ocho meses de penar por el fallecimiento de mi madre. Nuestra historia personal tan peculiar asomó mucho más que como una anécdota, como una araña agazapada entre los hilos de ideas. En cada familia hay ciertos secretos dolorosos y cuando estos de pronto saltan como predadores al acecho, no hay estructura emocional que se resista. Entenderán que no entre en detalles íntimos, pero valga añadir que de tal modo me cimbró que no pude más que ceder a la inspiración suscitada y lanzarme como bestia a escribir una novela más, un proyecto más de los que tengo inacabados, en constante hechura. Pero ahora, perdonarán el atrevimiento, comparto un fragmento con la finalidad de mostrar cómo, aparte de la crítica académica que puede señalar los detalles gramaticales o estructurales acertados o erróneos de una obra, la experiencia vital de imbuirse en el papel puede ser otra forma de elogio de la lectura. En seguida el comienzo de mi Beatificación.









Hoy desperté consciente. Hoy desperté llorando. Hoy desperté con una verdad en el puño: si quiero morir condenado, quiero que sea por causa de una mujer.


En la vida de todos hay una Beatriz: la que conduce a las puertas del infierno, la que proyecta nuestra alma inocente a través de los círculos del cielo con una llave en la mano, una promesa en los labios, un estilete en el cinto, y una poción envuelta con encantamientos y oculta en el busto.


Todas las mujeres —y que conste que soy enemigo de las generalizaciones— aguardan y sueñan un “príncipe azul”, pero la realidad las desengaña más pronto que tarde pues invariablemente, mañana o pasado mañana éste vuelve a su condición de sapo. Por su lado, todos los varones esperamos y soñamos con la reina, la diosa capaz de envolvernos con su aura una eternidad, pero hete aquí que también, tarde o temprano, la beldad asoma su rostro verdadero de bruja, de contumaz ninfómana, de hechicera egoísta, niña impertinente, criatura vanidosa, necia verdulera, sujeta al capricho y al antojo; empero, la mujer amante, cautivadora, deseable. Y así es siempre hasta que accede a la condición de madre. Entonces la diosa, la reina, la bruja, la mujer se transforma en el fundamento de todas las cosas.


En la vida de todos hay una Beatriz, y no es por presumir pero en la mía hubo tres. Hitos, ejes para el giro del destino, pulsos aplicados a la manivela que rota el círculo de la fortuna. Tres: la del poeta, la del niño, la del desesperado. Una imaginada, otra contundente, la tercera justo en los términos de la imaginación y del anhelo, pero ajena.


Esta es la historia de un hombre que necesitaba ayuda.


 

¡Santo Dios! No cabe duda que la inspiración es real, existe para despecho de aquellos que aducen al éxito solamente el uno por ciento de ella y el resto a la transpiración. No dejan de ser argumentos razonables, pero cuando la primera llega no hay que soltarla ni un ápice. Ahora mismo podría estar aquí sentado ante los folios, la libreta o el teclado por horas, acomodando frases, palabras; generando imágenes de mí y de otros, palpables o inventados. Propiciando actos, circunvoluciones, piruetas, peripecias con los que personajes, situaciones, ambientes, pintaran un cuadro de costumbres de Marte lo mismo que de Cuernavaca.


Sin embargo, qué hago, Dios mío. Sucumbo a la ataraxia del quehacer cotidiano, a la angustia constante sobre qué comeré mañana, de dónde sacaré para el pago de tal o cual gasto fijo o deuda. Y así no puedo, Dios, no acabo de concentrarme. No acabo de justificar los dones que me diste, los talentos que aún duermen guardados en la talega de mi pundonor.


Cuando dedico tiempo y esfuerzo para ejercitar lo que creo que es mi propósito de vida, me entra un agrio remordimiento porque caigo en la cuenta de que por estar así, creando, imaginando, desenvolviendo los mundos interiores, el sol y el viento de fuera reclaman mi presencia y me obligan a lo más simple y necesario: sobrevivir. Si pudiere ser remunerado por un personaje de novela; si pudiere pedir prestado al tiempo sin quedar ahogado por sus intereses; si pudiere emplearme en la labor del papel que solo aguarda paciente la caricia de la mano empuñando la pluma como el amante espera el reparo de la mirada de su bien amado, te juro, Dios, que me conformaría y encontraría entonces más fácilmente el modo de reconciliarme con la vida y el destino. Pero tal como están las cosas, Dios, necesito ayuda. ¡Que alguien me salve! De perdida un milagro.


Así, absorto en sus pensamientos y disquisiciones, Guadalupe Rentería no vio transcurrir el tiempo. La mañana se le había ido como agua entre las manos. Primero, porque desvelado a causa del insomnio despertó tardísimo, otra vez. Si no hubiera oído el timbre insistente del jardinero llamando a la puerta, habría seguido durmiendo de un tirón hasta pasado el mediodía. Pero ya estaba despierto, aunque no lo pareciera.


El letargo de su cuerpo encerraba sin embargo una vorágine mental. Cuando eso sucedía —y era relativamente frecuente desde hacía ocho meses y quizá un poco más, tanto como ¡la mitad de su vida!—, las palabras, los enunciados se rebelaban y se revelaban con todo su esplendor y toda su fuerza; con toda su inquina y todos sus favores. Guadalupe, entonces, no podía hacer otra cosa más que ceder al impulso, tomar la libreta, o cualquier papel a la mano, la pluma o el lápiz y escribir escribir escribir escribir escribir escribir escribir hasta cansar la punta de los dedos. Ya más tarde, cuando amainaran los remordimientos por no asumir sus responsabilidades cotidianas como asistir al “trabajo”, preocuparse por la fuente de ingresos, entonces dedicaría un tiempo sosegado a pasar en limpio y quizá corregir lo escrito.


Había veces que este torbellino lo envolvía ya dispuesto ante el teclado y ejercitaba el mismo tipo de digresión para verter el colmo de palabras en la máquina, ordenador o computadora, como se la quiera llamar, teniendo enseguida el mismo resultante remordimiento.


Doble remordimiento. Remordimiento en dos vías, viceversa de sí mismo. Dividido. De semejante modo se sentía Guadalupe. Dividido; entre el deber ser y el deber hacer; entre el querer ser y el querer hacer; en medio de lo posible y lo imposible, punto de encuentro, frontera entre la potencia y el acto. Afanando, siempre afanando que es deseo en gerundio o hacia sí mismo o desde sí mismo; para otros o sin otros.


La mañana del 12 de octubre de un año aciago de cuya cifra prefiere recordar sólo su versión hebrea: año 5070, Guadalupe tentó al Diablo —si es que esto puede hacerse, ya se sabe que “más sabe el Diablo por viejo que por Diablo”.


Sentado ante su escritorio… No es cierto, en bata y calzoncillos, sentado en la cama y con la libreta sobre el regazo comenzó a barruntar una ¿novela? Algo parecido. En ella contaba la historia de un individuo desesperado que, como el poeta, clamó al cielo y éste no le oyó. Clamó al demonio y…


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