GAVETAS DE LA MENTE

Hay momentos, lugares, personas, objetos que resultan emblemáticos. Todos guardamos en la memoria listas cortas o largas con las que enumeramos tales cosas. Algunos nos dedicamos a poner en blanco y negro algunas de ellas en el afán de que la pátina del tiempo no haga de las suyas y acabe difuminando los rastros en los resquicios, en los meandros de la memoria. Sucede que algunas veces la lista parece incluir duplicidades, pero cuando se las examina detenidamente las apariencias engañan y lo que hallamos en realidad son versiones. Lo que alguna vez fue alegre, en una ocasión posterior puede mostrarse triste, y viceversa. O puede suceder que un sólo detalle sea lo que haga un hecho distinto de su imagen especular.

Los libros como los que comentamos en espacios como este pueden ser tanto uno de dichos objetos, como simplemente pretextos referenciales de otros más anclados en la emoción de cada quién.

En el afán de ir avanzando en la descripción de las lecturas que vengo haciendo recientemente, y sobre todo respetando el estilo y el espíritu de este espacio y este servidor, rescato por ahora dos instantes extraídos de la gaveta del pasado más presente, uno de ida y otro de venida.

Julio de 2006. Mi madre y yo abordamos el avión profundamente conmovidos de vuelta de Tabasco. Hacía pocos días había muerto su hermana, que fue como su madre. Habíamos viajado hacia el edén para efectuar la despedida menos entusiasta, pero ahora, en el regreso, ambos mirábamos el verdor de Villahermosa alejándose conforme nos dirigíamos al cielo. En silencio, miré a mi contrita coneja. Me miró con un billo de profundo agradecimeinto. Frunció levemente sus labios y ocultó sus ojos tras el pañuelo desechable. Entonces un fugaz recuerdo iluminó mi mente: mi madre despidiéndose de mi primo en un abrazo caluroso y diciendo en medio de la congoja "ahora sí, m'ijo, ya no nos vamos a ver más".

Julio de 2009. Solo, abordo el avión ahogado por la melancolía. Hace seis meses que falleció mi madre. He viajado a Villahermosa en parte para cambiar de aires pues la casa me oprime, la soledad me está acabando, la ausencia me ensordece con su atronador silencio. En parte para explorar la posibilidad de cambiar de radicación, buscar nuevos horizontes donde poder construir mi vida, una vida que he descubierto inexistente. Luego de un breve período dedicado a una especie de retiro espiritual, con días harto frenéticos de terapia expres, me veo en la ¿necesidad? de regresar a la rutina diaria, a mi guarida, para esperar y sólo eso, esperar. En el avión de vuelta, acompañado por mi primo y su esposa que por su parte se dirigen a Guadalajara pienso: tres años de diferencia, el mismo viaje, ¿distintas? causas, ¿el mismo? sentimiento.

Abriendo y leyendo Un grito de amor desde el centro del mundo, la novela de Kyoichi Katayama, encuentro las palabras del protagonista, Sakutarô, mientras está abordo del avión en que junto con los padres de su amada Aki transporta las cenizas de ella; palabras que bien podrían ser las mías cobijadas por el dolor y la nostalgia, aunque con nombres y sitios cambiados:

Soñé con Aki, cuando todavía estaba bien. En el sueño, ella me sonreía. Con su sonrisa de siempre (...) Su voz permanece claramente en mis oídos.  "¡Ojalá el sueño fuera realidad y la realidad fuese un sueño!", pienso. Pero es imposible. Por eso, al despertarme, siempre estoy llorando. No es porque esté triste. Es que, cuando regreso a la realidad desde un sueño feliz, me topo con la fisura que me es imposible franquear sin verter lágrimas. Y eso, por más que me ocurra, siempre es así (...) Todo cuanto veía me parecía diferente, exótico, fresco. Pero ahora, vea lo que vea, no siento nada. ¿Qué diablos debería mirar yo aquí?

Eso es porque Aki se ha ido. Porque la he perdido. Ya no hay nada que desee ver (...) En este mundo, vaya adonde vaya, siempre me sucederá lo mismo. Por más maravilloso que sea el paisaje que tenga ante los ojos, nunca me emocionaré; la más hermosa de las vistas no me gustará. Ha desaparecido la persona que me hacía desear ver, saber y sentir..., incluso vivir. Ella ya no volverá a estar jamás a mi lado.

Sólo (seis) meses. Sucedió en el tiempo en que una estación pasó a otra (...) Un hecho insignificante, sin duda, si a ella la consideras uno entre seis mil millones de seres humanos. Pero yo no estoy con esos seis mil millones. A mí, una sola muerte me ha despojado de todas mis emociones. Aquí es donde estoy yo. Donde me encuentro sin ver nada, sin oír nada, sin sentir nada. Pero, ¿estoy aquí realmente? Y si no, ¿dónde estoy, entonces?


Un botón, una muestra de cómo la realidad y la ficción pueden llegar a tocarse en ti o en mí. Por eso me gusta leer. Por eso me asusta leer.

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