
¡Santo Dios! ¿Cuántas pérdidas más deberé soportar una detrás de otra? No bien he recibido el libro de
Laura Gallego García,
La Emperatriz de los Etéreos, recibo igualmente la noticia terrible para mi alma acerca del fallecimiento de otro de mis puntales:
Mario Benedetti.
Ya me odio por tu culpa, oh, Dios; me he convertido sin querer en una triste plañidera. Tenía rato de haberme vuelto chillón, es cierto, pero ahora con cada viento, con cada mirada, mi ánimo se embravece y azota a mi alma con una tormenta de llanto.
Ayer apenas me arrebataste a mi más puro y más grande amor, mi madre. Quizá con el afán de allanarme el dolor y curtir mis nervios, previamente tomaste las vidas de otros seres queridos: el señor Sauto, Milka, Tía Pipi, Armando. ¿Cómo al santo Job decidiste ponerme a prueba? Sin trabajo, endeudado, ahora me ves deprimido, al borde de la locura en medio de una soledad que me ahoga como jamás pude imaginar, y mira que te lo dice un solitario. Sin embargo, aquí me tienes, estoico, incluso cínico, dando mi mejor rostro con forma de palabras, alimentándome de verbos y adjetivos, personajes y urdimbres, enfrentando las
tácticas de la muerte, entendiéndolas como dosis de
estrategias de vida.
Día con día me esfuerzo sobremanera, agradecido sí, pero apesadumbrado. Me levanto tácticamente, vislumbrando estratégicamente el nuevo derrotero que me espera delante. Hoy, no obstante, he tropezado una vez más con la misma piedra de la melancolía. Hoy me das la noticia de que
Benedetti, al fin, se rindió.
Como él luego de quedar viudo, yo hice lo propio para sobrevivir preguntándome igualmente "para quién". Con él y mediante su literatura comprendí que la meta de la vida no incluye un "para qué", sino un
"para quién". Esto no significa que la causa absoluta no exista o sea despreciable. Claro está, el "que" orienta, materializa, modifica, hace eficiente, instrumenta la razón de ser. Pero la causa relativa es más poderosa pues el "quien" personaliza, dignifica, dirige, comunica, agenda, arraiga, promete, afirma y confirma la humanidad del agente, la santidad del destinatario de cada acto.
"
Para qué" vivir posibilita, pone en potencia cualquier
intención.
"Para quién" vivir desata el ejercicio de la entrega con toda su
intensión. Quítale al hombre el "quien" reflexivo y recíproco y qué queda, sólo zurrón. Palpitante, sí. Hablante, sí. Caminante, sin duda. Cuerpo en movimiento, mecanismo cartesiano. Pensante, definitivamente. Pero no más. Déjaselo y entonces tienes un ser dialogante.
Ahora, Mario también se adelantó y aunque deja en herencia una vasta obra de líneas y líneas de estilo, mucha publicada por
Alfaguara, viene a ser, en mi zurrón, un hueco más por el que se cuela mi alma.
Los vanos seres humanos nos rasgamos las vestiduras cuando nuestros congéneres vejan las leyes trazadas para el correcto accionar social. La ley de la vida es inmisericorde y ella sola basta para hacer girones nuestro ser sin que nadie proteste suficientemente.
¡Protesto! Si de algo vale ahora, protesto por el dolor, protesto por semejantes ausencias y la soledad en que devienen.
Hoy, nuevamente, veo a mi alrededor y miro una casa llena y sin embargo vacía. Veo dentro de mí y observo un ego desvirtuado, recogido, enjuto mejor dicho, que apenas cabe en un puño sangrante. Queda todo y empero queda nada.
Eso es parte de
Vivir Adrede. Bien apunta Mario:
El pasado es una colección de silencios, pero hay partículas calladas, irrecuperables provincias de mutismo, albas y crepúsculos que quedaron ocultos, más allá de ese horizonte tan poco hospitalario; tallos que nunca más se expandirán en rosas, oscuras golondrinas que se aclararán en uno que otro vuelo.
Lo perdido tuvo color pero ahora es incoloro. Los latidos del gastado corazón invaden nuestra noche, pero el insomnio actual tiene otra partitura. Lo perdido es también un par o dos de labios que probaron el sabor de los míos, y que ahora tan sólo puedo besar en mi memoria.
Lo perdido es la luna redonda que yo hacía ovalada en mi retina y el firmamento con estrellas que ahora es apenas un cielo raso azul.
Todo se va borrando, todo pasa a ser sombra y vacío. Y el obligado acabose no nos ayuda a hallarlo.Hoy Mario se suma a mis pérdidas y paradójicamente, en sus cuentas, la vida va sumando utilidad con carácter de aforismos, extractos de vida y de obra:
- "Me aferro al tiempo como si pudiera sujetarlo. Pero él transcurre, inexorable y sordo".
- "La realidad es un manojo de poemas sobre los cuales nadie reclama derechos de autor. Debajo de cada piedra, de cada baldosa, se esconde un poema".
- "Cuando llegue el momento de ser nadie, el mundo seguirá y no lo veremos. Si antes vivíamos cegados por el sol, ahora estaremos cegados por la sombra... Cuando llegue el momento de ser nadie, es mejor disiparse con la conciencia sepulcral tranquila".
- "Hay quienes confunden la palabra siempre con la eternidad. Antes que nada conviene aclarar que la eternidad es un cuento chino. En cambio, siempre sí existe: es una permanencia o más bien una rebanada de tiempo... Ahora bien, siempre es antónimo de nunca, y ésta sí es una palabra definitiva: cuando cierra el portal no pasa nadie... Lo más prudente es habilitar dos bolsillos del chaleco: uno para guardar a siempre y otro para esconder a nunca.
El problema es que
jamás, que también juega en este partido,
siempre quiere hacer de árbitro y
nunca expulsa a la trampa ni a la injusticia. Quedándose fuera del tiempo,
jamás apela al olvido, marca el paso del devenir y a la larga se sale con la suya.
Así, entre ganancias y pérdidas, poemas y cuentos, ensayos y ocurrencias, "[U]no lee y relee. Cuando lee mucho, suele olvidarse de los títulos pero no de los personajes. Éstos perduran más que la trama novelesca o el ritmo de los poemas. En ocasiones, el nombre del personaje no siempre queda en la memoria, pero en cambio su soplo vital sí penetra en el alma del lector". Hoy
Mario Benedetti, el personaje, se suma al índice onomástico. Mañana, como ayer y siempre y nunca jamás, su hálito alentará otros ojos. Hoy descansa en paz. Mañana insuflará nuevas rebeldías, amoríos y exilios