RECOGIENDO RASTROS

Tenía rato de no darme la vuelta por aquí. Perdónenme. Estoy que ya subo que ya bajo en el ánimo. Ya saben por qué y no insistiré en el tema. A causa de esto hoy en particular no tengo muchas palabras, aunque tenga mucho por decir. Baste con apuntar que al fin terminé de leer Fricción, novela escrita por Eloy Urroz.

¿He dicho "al fin"? Sí, pero no quiero que se me tome por un denostador de obras. El libro, como lo dije en un artículo hace ya numerosas entregas atrás tiene sus bondades, pero ahora quiero mencionar sólo dos puntos, uno que me desagradó y otro que me desesperó.

UN BANQUETE CORROMPIDO

El punto que me desesperó tiene que ver con la larga cuenta de páginas dedicadas a una especie o remedo de "Banquete" platónico en donde el autor reúne a varios nombres famosos para discutir, no precisamente de modo mayéutico, acerca del fondo y trasfondo de la fricción, que no ficción, que venimos protagonizando en tanto lectores junto con ellos, mezclada con la filosofía de Heráclito y otras linduras.

La extensión de la escena, plantearla más que cual tertulia académica mejor como una orgía de citas relativamente inconexas alrededor de temas existenciales y metafísicos, si bien por un lado conlleva el acercamiento del lector a determinadas ideas de la historia de la filosofía, a modo de mini conferencia y provocando hasta cierto punto reflexión, por otra parte, en cambio, cobra tal densidad y sustancia que el resto de la "fricción" pierde interés y memoria en uno. De pronto uno llega a pensar, "¿he repasado tantas páginas para llegar aquí!"; o, "¿vaya, un episodio que atrae suficientemente mi atención!"; o, simplemente, "¡uff, hacia dónde con tanta y tan sesuda cita!"

Respecto a mis gustos e intereses podría pasar muy bien este tramo del libro, y de hecho lo asimilé bastante entretenido; pero, el colmo, fue el segundo punto. Ese dio al traste, desde mi punto de vista, con lo que llevaba ganado.

NO SOY ASQUEROSO

Esta "historia", que no acaba de serlo y sí, como el propio autor define, alcanza la categoría (no sabría decir cuán reprobable) de "juguete" literario, es un juguete obsesivo o, preferentemente, una lotería de obsesiones donde la carta ganadora y principal es la caca.

¡No! No vayan a creer que estoy calificando al libro. El libro no es una caca, pero nunca me había topado con uno que desbordara tanta. ¡Y no, no se crea que me refiero a la redacción o la capacidad del escritor o a las palabras o al estilo! Literaria y literalmente desborda caca. A querer o no, acaba uno bañado en mierda, comiendo mierda, oliendo heces.

Como lo lees, amigo lector. Teniendo tantos temas derivados, enredados, propuestos por el mismo autor dentro de la "novela" para hacer de la obra un sendero gozoso, con su carga de sexo bastante explícito, ligero suspenso, una mínima dósis de acción, lo que termina convirtiéndose en el centro neurálgico del libro es la depravación y la burla alrededor. Personajes coprófagos, adoradores de las deposiciones, aparecen sólo en dos momentos, pero la fuerza con que son descritos, el peso específico que cobran en el ánimo de uno como lector los coloca en un sitio preponderante al grado de eclipsar a los protagonistas. Quizá habría preferido que todo el libro tratara el tema y anclar en él a los personajes y no, como sucede, exponerlo como ambiente y leit motif de una subtrama que termina por superponerse a la línea central.

Es sabido que lo oscuro, lo prohibido, lo deleznable, lo mórbido es un imán con la fuerza suficiente para jalar a cualquiera. En este libro queda claro que el autor no quiso abusar, pero justo por ese prurito, al ofrecer simples muestras jalonea el conjunto hacia una esquina riesgosa donde, en mi muy particular modo de leer, perdió el equilibrio.

¡Qué bueno que mi madre finalmente no hizo estofado de libros! No soy asqueroso, pero el platillo que habría resultado de esta novela, quizá un salpicón,  seguro habría funcionado en mí como pócima trasformadora y hoy estaría convertido, como Gregorio Samsa, en escarabajo; pero uno pelotero.

Pensándolo bien, quizá ya sucedió la metamorfosis y, con ese carácter hoy recojo ansioso, rutinario, feliz, los restos que va dejando Salomón o Solimán, el elefante que viaja por Europa en el libro de José Saramago. Mismo que, más pronto todavía que el anterior, estoy apurando como pocos, por su ligereza y facilidad que no obstante encierran la hondura del pensamiento agudo y humanista del autor.

¿Cómo voy con mis otras lecturas? En la próxima les contaré. Por lo pronto, y a propósito de salpicaduras de desechos corporales, cuiden y amen y procuren mucho a sus madres que el dicho que reza "sólo hay una" es más que palabras, si lo sé, es pura verdad. Y para las que son madres, como Angélica, estimada amiga y colega bloguera en este espacio, mis mejores deseos de dicha y felicidad junto a su prole, con quien hacen siempre la mancuerna perfecta.

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