
¿Ya llegó? Sí y no; más bien apenas comienza
El viaje del elefante sobre cuya grupa va mi madre con su memoria puntual, abarcadora. Aquí viene, paquidermo vestido de luto santo; y allí va, sin rumbro claro, envuelta en la amarilla luz solar, la misma que baña mi piel desde cada amanecer.
Como si la editorial
Alfaguara y su agencia publicitaria
Pauta Creativa y
José Saramago y el destino y el azar se hubieran coludido para enfatizar mi dolor y mi dicha, a solicitud mía ahora tengo entre mis manos este libro intitulado
El viaje del elefante, el primero de una nueva tanda de tres. ¿Por qué? Porque el elefante en la portada es
morado. ¿Por qué? Porque el morado era el color favorito de mi madre. ¿Por qué? Porque la traía reminiscencias de su infantil pasado, cuando mi abuela cosía los faldones de luto para estos días de semana santa por venir, esos faldones con que se cubre a los santos en señal católica de
luto.
A mi madre le fascinaban, y a mí igual, los elefantes. Provocaban en ella ternura, tristeza, alegría, respeto, admiración. Su
colección de elefantes conformada por bisutería y adornos llegó a ser numerosa, pero el tiempo y las necesidades económicas y las desilusiones amorosas la fueron obligando a trasladar de manos sus elefantes. Hoy quedan algunos cuantos, los más valiosos en su significado, los que con la colección de conejos de mi Coneja, conforma parte importante del
tesoro que, junto con algo de su memoria de elefante y sus genes, me dejara en herencia.
Comenzaré a degustar esta novela que, conforme dicta la solapa posterior, se le ocurre a
Saramago a partir del hecho de que a mediados del siglo XVI el rey Juan III ofreció a su primo, el archiduque Maximiliano de Austria, un elefante asiático. Así, el meollo de la novela es el viaje épico que tuvo que recorrer por Europa
Salómón, como se nombró al paquidermo, a causa de caprichos reales y absurdas estrategias.
Está indicado que no se trata de un libro histórico, sino que combina hechos verídicos con anécdotas inventadas, pero lo más importante es que aborda sutilmente y como es costumbre en la obra de este autor una
reflexión sobre la humanidad en la que el humor y la ironía se unen a la compasión con que
Saramago observa las flaquezas humanas.
Leeremos este texto llegado justo en la fecha cuando se cumplen dos meses de tu ausencia, madre; y lo haremos con fruición, tú por encima de mi hombro, vigilante. Este volumen ya se libró de tus ojos de cocinera sin par y no sufrirá los improperios que podían haberlo llevado a la sartén. No obstante, ahora yo mismo con mis manitas habré de sobarlo y sancocharlo, como hacíamos juntos en aquellas tardes cuando revisábamos nuestro botín de manjares literarios adquiridos en la
Feria del Libro de Minería, ¿te acuerdas? ¿Cuántos años, cuántas veces, cuántos libros y discos?
Hoy te pregunto como cuando era niño, a ver si ahora sí puedes responderme, madre, ¿adónde van los elefantes cuando mueren? ¿Acaso la
memoria tiene un cementerio como
destino? Un epitafio aún no escrito tal vez pueda resumir una
vida, pero ¿dónde reposa la memoria? Unos dicen que en el cerebro, otros que en el corazón. Habrá que preguntarles a los elefantes como Salómón, quizá ellos conozcan otros
Cantares donde el amar se anegue dichoso en el ombligo del alma; de nuestra alma, madre.
Y para que no haya duda en aquellos lectores primerizos, aunque enseguida anote un punto y aparte, estos nuevos
Apuntes alrededor del vacío continuarán, tal como es mi costumbre