APUNTES ALREDEDOR DEL VACÍO

Hoy vuelvo a abrir la libreta, a tomar la pluma. Pero con mucho esfuerzo y no sé para qué. Desde el 30 de enero de este 2009 mis motivos, mi razón de ser y de vivir fenecieron con ella.

En verdad, no sé por qué escribo eso aquí y ahora, precisamente. Quizá porque trato de llenar el vacío que me ahoga. Tal vez para encontrar la palabra con la suficiente fuerza proyectiva y creativa como para traerla de nuevo a mi lado,  a mi Coneja, a mi Preciosa, a mi Madre adorada.

Desde ese día, el apetito de letras y nutrientes disminuyó, y si no cesó del todo fue porque a ella no le gustaría verme dejado, abúlico. Debido a su ausencia nada y todo me consuela; pues está en todo y nada deja de mostrar sus señas: la casa, su recámara, su cama, su ropa, los utensilios de cocina, el televisor con sus telenovelas, mis sueños, mis libros, estos benditos fetiches que ya no podrá convertir en estofado a causa de la falta de liquidez monetaria.

Este es mi primer coqueteo con las líneas luego de ese infausto día y no sé ni qué digo. La cabeza no me responde, voy dando tumbos en la calle lo mismo que en el papel. Leo esto, lo otro y no finalizo, no extraigo un tema diferente de la unión de esas dos hermanas egoistas, Vida y Muerte. Me pregunto si sería mejor escribir esto en otro sitio, más personal, menos público. Sólo sé que estoy haciéndolo.

Si en el pasado llegué a escribir que tenía un llanto anegado que no lograba fluir, hoy confieso tener a ratos los ojos secos luego de espasmódicos torrentes que salen a borbotones de su cauce, sin control, inundando el ánimo, arrasando la voluntad.

La vida es el gran libro que alguien escribe para cada uno. Cada uno es tanto un personaje en ella, como el autor de la misma. Pero no cabe duda que hay episodios que nadie quisiera escribir, siquiera leer o por lo menos preferiría eludir, a pesar de ser inevitables. Luego de semejantes capítulos, no faltan quienes elaboran y ejecutan cadenas de oraciones o cosas parecidas. En lo personal llegué hoy aquí con esta cadena de enunciados para eslabonar una cadena de lectores; no porque busque su conmiseración, sino, simplemente, sin un propósito concreto.

Como perro sin dueño, ando; sin rumbo fijo, expectante. ¿Hallaré trabajo? ¿Toparé con mi complemento afectivo? ¿Podré dedicarme a lo que deseo? ¿Sobreviviré ya no digamos solamente a la lucha diaria, en medio de un mundo en crisis, sino al pesar que me provoca su ausencia?

Me preguntan, "¿Qué harás mañana?"; respondo, "No sé". Entiendo que debo pasar por el proceso de duelo y que este varía en duración, intensidad y modos para cada quien. Pero este, para mí, no es un duelo común, como otros que he experimentado. Esta vez me fue cortado de tajo, y porque tenía que suceder, mi propósito de vida, mi refugio, mi lanzadera, el cordón umbilical que daba sustento a mi existencia. Ahora debo renacer, darme a luz solo, lanzarme a lidiar con un mundo al que he aprendido a temer con el alma hasta el punto de casi volverme un eremita.

Hace muchos años, cierta gente bien intencionada (profesores), que me quería bien, me aleccionó halagándome: "Nunca cambies. Sé siempre como eres". ¡Quién me iba a decir entonces que lo único constante es el cambio!; que uno nunca es el mismo de ayer o hace un momento aun cuando lo pretenda; y, aún más, que la razón del cambio es proveernos un nuevo propósito (parafraseando a Heráclito).

Hoy no faltan quienes subrayan: "Tú eres tu nuevo motivo. Has de reconstruir tu vida". ¿Reconstruir? ¡Cuál vida! ¡Si no la he tenido, como otros la pudieran imaginar! ¡Si mi vida la dediqué a mi madre, por decisión personal, como ella hizo lo propio conmigo en su momento! ¡Si desde el primer minuto de mi existencia hasta el último del de la suya nunca nos separamos! ¡Si pasamos juntos las duras y las maduras, incluso lo inconfesable a terceros!

Comprendo que la vida sigue, que el mundo rueda, que el tiempo es inexorable y que es mi "obligación" honrar la memoria de mi madre definiéndome un objetivo nuevo desde mí, para mí y por mí. Pero la verdad es que estoy ciego, dejado al capricho de la cotidianidad, extraviado, sin claridad sobre el camino que puede abrirse al frente. Emocionalmente exahusto. Si tan siquiera fuese como uno de los personajes de José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera, y eso que ese libro no me agradó más allá de la primera mitad.

Estoy pletórico de deseos, muchos más que los apuntados en líneas previas. Atestado de miedos arrastrados desde la infancia. Desierto de caricias y de miradas tiernas. En una palabra, vacío, como seguro se siente el protagonista masculino de la novela japonesa con que se me ocurrió ilustrar esta entrada tan personal, Un grito de amor desde el centro del mundo, escrita por Kyoichi Katayama, y la cual, aun cuando no he leído más que un extracto viene muy a cuento.

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