Al cerrar el forro del libro o retirar la mirada de la obra pictórica, al desatender cualquier forma de texto, de pronto uno se siente como una especie de actuario que deja en el interior de su carpeta los detalles de la diligencia cumplida o por ejecutar.
No obstante, terminar la lectura de una obra no acaba con el proceso cual razón de cartapacio, de un golpe. Pueden y de hecho han de quedar las señas de la existencia de una obra en la forma de folios impresos o manuscritos al interior de las pastas, unidos bajo un lomo tan ancho o estrecho como las aspiraciones del autor al efecto de sus signos ilustrativos de las cosas que le han conmovido, pero la inercia interpretativa continúa impeliendo al lector, asiduo o no, hacia nuevos encuentros y desencuentros derivados de la experiencia previa sea o no reciente.
Al momento y personalmente, una vez que he clausurado La mano de fuego de Alberto Ruy Sánchez me he percatado de que uve entre mis manos apenas un paquete de azulejos con los que puede conformarse un caprichoso mosaico. Y no sólo hago referencia a las piezas que hacen de capítulos, sino al conjunto mismo en su carácter de mínima muestra de una colección pentalógica de títulos que necesariamente ha de construirse además con Nueve veces el asombro, Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, aun cuando el mismo autor haga referencia a una tetralogía y a pesar de parecerte a ti ahora, amigo lector, que me repito en la temática cuando en realidad simplemente hago seguimiento.
Y es que, sí, ya llegué al final o quizá el comienzo de la obra. Y voy confirmando sospecha tras sospecha, como habrás leído en artículos anteriores, estimado lector. Ahora confirmo por voz del autor de La mano de fuego que “este libro no es una novela. Es lo que en el mundo árabe se llama una Jamsa, un relato amuleto que se dispara en cinco direcciones simbólicas como cinco dedos. Y después se cierra como si una tela o una historia envolviera el puño”. Tal anota Ruy Sánchez en la “nota de agradecimiento” incluida al final del tomo mogadoriano en cuestión.
Ahora entiendo más por qué su escritura es más propia del gusto femenino que del masculino. Tiene más que ver con la lógica del pensamiento que con la estética descriptiva, la técnica narrativa, las habilidades para la redacción o la apostura del autor.
Si la nota de agradecimiento hubiera estado incluida al comienzo, en las primeras páginas de Los nombres del aire, y se repitiera de igual modo o quizá con mínimas variantes en los restantes volúmenes de la tetratología que es pentalogía, habría sabido mejor a qué atenerme en el consumo de las líneas finamente pespunteadas por Ruy Sánchez. Es más, sería de ran servicio para futuros lectores que la editorial Alfaguara tuviera a bien efectuar semejante reordenamiento, mismo que no iría en contra del espíritu de la obra y las intenciones del escritor, en cuanto a crear una colección de historias, anécdotas, apuntes poéticos y remembranzas que en conjunto no hacen ni harán una trama narrativa, pero sí un hilo de cuentas interactivas, muy similar al que ocurre en la conversación entre mujeres, sin orden preciso, pero ajustado a una secuencia de lógica caprichosa, divergente, complementaria de la acostumbrada convergencia mental masculina (por cierto, ni una ni otra exclusiva ni de hombres ni de mujeres).
Esta sugerencia va de la mano de una preocupación. Cuando de promover la lectura se trata en países como mi querido México es muy riesgoso querer asombrar al consumidor. Si en mis manos cae un libro que dice contar historias, espero un libro de cuentos, fábulas o una novela; si, en cambio, me ofrece el análisis reflexivo, espero un ensayo. Es verdad que el lector avezado no será sorprendido en demasía y quizá hasta su gusto sea satisfecho, pero el lector lego, aventurero, se espanta y recula fácilmente ante lo oscuro, lo retorcido, lo prolongado, lo tramposo, lo solemne, en fin lo que pueda para su olfato despedir cierto tufo rancio.
Un ejemplo, dicho lo anterior. Un servidor no puede aseverar que el modo de escribir, el mío, sea del agrado de todos los lectores; seguramente más de uno sacará la vuelta a mis frases, mis períodos, mis construcciones; no faltará quien por la diferencia de vocabulario, por poseer una gama léxica distinta, me tache y etiquete de petulante, barroco mamarracho engreído, o inepto comunicador presa del rebuscamiento. Tendrá razón o no. Empero, hago lo que me place, con honestidad y ajustado a mi forma de ser, de pensar y sentir, siempre en evolución.
Nunca he creído mucho las máximas mercadológicas que apelan a la vulgarización como único o al menos el más óptimo recurso ofertante, aunque las entiendo y las respeto y en ocasiones las procuro; las que recomiendan simplificar el lenguaje al extremo so pena de, en caso contrario, quedarse en el limitado apetito de los llamados “conocedores” y al margen del “gran público”; so pena de una notable disminución de los emolumentos aparejados a la difusión y el consumo culturales. En cambio, siempre he creído que el público, independientemente de su gusto (y su gasto), aspiraciones o capacidades, en el centro de sus expectativas coloca la honestidad, y consume por consecuencia lo que le parece franco, auténtico en su esfuerzo y pretensiones, y, claro, regularmente ajustado empero n directamente proporcional a sus posibilidades interpretativas. Es decir, así como hay quien decide consumir lo que requiera menor esfuerzo interpretativo, también hay el extremo contrario y en medio una interesante gama de matices en la definición de lo que busca y quiere algún lector. Ahí radica la fidelidad del “cliente”.
En la medida que los deseos son satisfechos el interés merma. Esto es natural. Diluido el efecto de la sorpresa, de la novedad, viene el aburrimiento. Y como sé que tal vez a esta altura estos apuntes te han cansado (pues supongo que has llegado hasta aquí, en cuyo caso lo agradezco), hago una pausa esperando que sigamos leyéndonos en la próxima ocasión.