TÍTULOS VEREDES, SANCHO

Y como esto no se acaba hasta que se acaba, comienzo esta entrega como si se tratara de un nuevo principio, cual preludio de Chopin; como de costumbre, usando palabras prestadas que ahora me pertenecen por estar alojadas en uno de mis ventrículos y no nada más en uno de mis hemisferios o entre los pliegos de un mamotreto.

Líneas más o menos, dichas o supuestas, voy descubriendo como El Hablador que “pasan cosas buenas y pasan malas cosas. Antes abundaban los seripigaris y, si tenía duda sobre qué comer, la manera de curar el daño, las piedras que protegen contra Kientibakori y sus diablillos, el hombre que andaba iba a preguntar. Siempre había algún seripigari cerca. Fumando, tomando conocimiento, reflexionando y conversando con el saankarite en los mundos de más arriba, él averiguaba la respuesta. Ahora, hay pocos, y algunos no deberían llamarse seripigaris, pues ¿saben acaso dar consejos? Su sabiduría se les secó como raíz agusanada, quizás. Eso está trayendo mucha confusión. Así dicen, por donde voy, los hombres que andan. ¿Será que no nos movemos bastante? […] ¿Nos habremos vuelto, tal vez, perezosos? Estaremos faltando a nuestra obligación, quizás”.

Esto, escrito por Mario Vargas Llosa en una novela que ahora grata y venturosamente Alfaguara reedita en un tomo aparte, más manuable que el que me ha venido ocupando desde hace días, lo voy leyendo alrededor de los acontecimientos recientes que han incidido en la conciencia de los mexicanos; sucesos internos y externos, macabros unos, inesperados otros, todos causantes de desasosiego. ¿Será que el movimiento hoy es tal que ocasiona vértigo? Confusión parece la consigna diaria recogida por los colegas periodistas y comunicadores, voceros del bien y el mal. ¿Nos habremos vuelto, tal vez, conformistas? El miedo nos tiene ateridos, como si viviéramos en un invierno pertinaz que comenzó en 1994 y ha sido abonando a nuestra sabiduría como pueblo.

A veces quisiera encontrarme con Tasurinchi, “el del Kompiroshiato, [quien] mejoraba la vida de la gente. Tenía recetas de todo y para todo […] Me enseñó muchas cosas. Ahora me acuerdo de esta. Al que muere picado de víbora hay que quemarlo rápido, si no, su cadáver criará reptiles y el bosque en torno hervirá de animales ponzoñosos. Y de esta otra. No basta quemar la casa del que se va, hay que hacerlo de espaldas. Mirar a las llamas trae desgracia. Hablar con ese seripigari daba miedo. Uno averiguaba lo mucho que no sabía. De la ignorancia sus peligros, tal vez”.

Por supuesto tendría muchas preguntas, especialmente coincidiría con la inquietud sobre cómo habría aprendido tantas cosas, y seguramente obtendría la misma respuesta: “Lo importante es no impacientarse y dejar que lo que tiene qué ocurrir, ocurra […] Si el hombre vive tranquilo, sin impacientarse, tiene tiempo de reflexionar y de recordar […] Así encontrará su destino, tal vez. Vivirá contento, quizás. Lo aprendido no se le olvidará. Si se impacienta, adelantándose al tiempo, el mundo se enturbia, parece. Y el alma cae en una telaraña de barro. Eso es la confusión. Lo peor, dicen. En este mundo y en el alma del hombre que anda. Entonces, no sabe qué hacer, dónde ir. No sabe defenderse […] Entonces, los diablos y sus diablillos se entrometen en su vida y juegan con ella […] Los errores se cometen siempre por la confusión […] ¿Qué hay que hacer para no perder la serenidad […]? Comer lo debido y respetar las prohibiciones”.

Pero esta visto que, en los tiempos que vivimos, las prohibiciones evidentes, convenidas y asentadas en los instrumentos de la ley son, todo lo contrario, puntos de partida, permisos para explorar lo oculto, lo negativo. Se trata de la herencia adánica, quizás; la debilidad humana frente al pecado va más allá de siete teologales mancuernas, o de claros delitos contra la sociedad y sus costumbres.

Lo peor de todo es que nos estamos acostumbrando. Mario Vargas Llosa juega en El Hablador con la influencia kafkiana y dota su texto con una versión indiana de La Metamorfosis. En ella, Tasurinchi-Gregorio [Samsa], mutado en chicharra-machacuy, allana una explicación para el cambio asociándolo con una “mala mareada”. Simple. Un mal rato.

Lo que México está experimentando desde hace poco más de una década, sin embargo, pesa y molesta más que una resaca. Ya lo observaba el autor de estos apuntes en su ensayo Una crisálida llamada México (http://tiempoydestiempo.wordpress.com/2005/11/18/crisalida-mexicana/). La ebriedad que ha hecho presa de unos cuantos con cierto poder, enfermos de soberbia y codicia, cimienta el diagnóstico de lo que hoy nos aqueja. Como bien dice el Tasurinchi, “[N]ada de lo que pasa, pasa por que sí […] Todo tiene su explicación, todo es causa o consecuencia de algo. Tal vez. Hay más diosecillos y diablillos que gotas de agua en la cocha y el río más grandes […] Andan mezclados con las cosas. Los hijos de Kientibakori para desordenar el mundo y los de Tasurinchi para conservarle su orden. El que sabe las causas y las consecuencias tiene la sabiduría, tal vez. Yo aún no la alcancé, diciendo, aunque se algo sabio y pueda hacer cosas que el resto no […] Volar, hablar con el alma del muerto, visitar los mundos de abajo y de arriba, meterme en el cuerpo de los vivos, adivinar el porvenir y entender el idioma de ciertos animales […]”.

Antes de levantar la pluma y haciendo honor a la palabra empeñada quizá en el mismo origen de mis apegos, quepa decir, sumar a estos apuntes alrededor del deseo un viejo pera renovado afán, ahora enhiesto con el énfasis del llamado a solidaridad a que ha orillado el insidioso mascarón del dolor impuesto en Morelia y mismo que lleva hoy a todos a echar venablos. Sirva pues esta reseña del sentir para hacer del lamento un homenaje; de la indignación, fortaleza; de la rabia, valentía; de la oposición, franca honestidad.

Toda proporción guardada, hoy y desde hoy, el festejo de nuestra independencia será, parafraseando la obra de Arturo Pérez-Reverte, un día de cólera contra la ignominia de la impunidad, contra el abuso del desatino y el desconcierto; un día para recordarnos aún más por qué somos mexicanos y que aun siendo varios somos uno. Esta es mi palabra entregada.

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