AL MENOS EN SU PRETENSIÓN MÁS ÍNTIMA

Fluyen las notas cálidas, profundas del Concierto No. 2 en Do menor opus 18 para piano y orquesta de Sergei Rachmaninov e inundan el estudio con memorias de momentos dichosos que ya no serán más, sino en el espacio de los recuerdos. Traen imágenes de lapsos lacrimosos que marcaron mi pasado, ensueños, imaginaciones de cómo veía lo que hoy no soy, suposiciones sobre el mañana que ahora comienza a ser sólo un bosquejo de lo deseado.

La música es un libro abierto, el más sencillo y por lo mismo el más complejo de todos. No existe Quijote o rey shakesperiano alguno que no sucumba ante sus encantos. Cada músico es un autor nuevo que con su habilidad reescribe la noción de vida de aquel que se atrevió a gemir mediante determinado instrumento. Pero más allá de burdas definiciones está la expresión penetrante, la sujeción y la liberación de las emociones más encontradas.


¿Cuántas veces he escrito inspirado por esta pieza? No lo sé. No me he puesto a contar las palabras, poemas, cuentos o ensayos impregnados de Rachmaninov. Versiones van y vienen, y una en particular está alojada en mi discoteca y en mi mente: la ejecución magistral del pianista Alexis Weissenberg conducido genialmente por Herbert von Karajan al mando de la Orquesta Filarmónica de Berlín, por cierto muy similar a la que escucho al momento de escribir estas líneas interpretada por el mismo director y orquesta pero con Lilia Silverstein al piano.


Como la humedad, la melodía se ha colado hasta estos Apuntes alrededor del deseo para acentuar en mi pensamiento el hecho de que, como concluye Manola en Un calor más cercano, novela escrita por Maruja Torres y la cual terminé de leer recientemente con un gratísimo sabor de ojos; concluyo como Manola, decía, que “dentro del Barrio, como de las personas, [hay] otros muchos barrios, pero que en este caso sólo necesitaba entrar en una calle, doblar una esquina o cambiar de acera, para conocerlos como quien avanza, página a página, en la lectura de los libros gordos que [alguien muy querido] empezó a regalarme a partir de Oliver Twist”.


Así, hoy, Rachmaninov me ha alcanzado un volumen denso, sustancioso que me habla al oído como Maruja Torres a mis pupilas cuando escribe: “Hay un principio para cada episodio de la vida, como hay un final, pero nadie es capaz de reconocerlo cuando se presenta, quizá porque vivir consiste en perder a menudo, ganar de vez en cuando, pero casi nunca en saber. Amamos sin razones, y sin razones, también, caemos en la indiferencia. Partimos, creyendo que la despedida ha sido consumada, para descubrir que el adiós aún sigue ahí, lento y desgarrador, inexplicable. Con igual falta de pericia confundimos la nostalgia por un sentimiento con el sentimiento mismo, y arrastramos, durante más tiempo del necesario, difuntos que piden a gritos que se les eche tierra encima. No creo que el conocimiento acerca de o que uno siente mitigue el dolor o intensifique el goce. Más bien al contrario, porque aleja del que sufre la esperanza e introduce en la felicidad el germen de la duda. Pero algo te da: la posibilidad de renacer entre las ruinas”.


Entre lo que queda de lo que una vez fue deseo surgen, se erigen como restos de una aspiración los primeros títulos de estos apuntes y, como ocurre con un templo griego o maya o una fortaleza medieval derribados por la inclemencia del tiempo y los elementos, forman un conjunto que describe el trabajo de la pluma:




Bautizando el aire,

la tinta del deseo,

legajos con literatura en el cuerpo,

el gran transformista

recorta fragmentos de deseo

acusaciones de afanes confesos

entre dunas y regiones;

fronteras desdibujadas

sobre la piel del texto;

perfiles de mañanas,

amores suspirantes y días dictados;

machaca libros y guarnece,

entre amor y discordia, las ansias guardadas.




Va tallando en sus batallas

—camino a la redención

en alas de la culpa y la ironía, monologando


apetitosamente, cual gourmet concentrado


entre el hablador y el idiota—

bruma selvática, meandros de ideas.



El gran transformista, en su estupidez,


conviviendo con trece a la mesa,

eslabona una cadena de lectores

y, entre tiempos, el banquete de palabras

traza coincidencias, disyunciones, conjunciones,

apuntes alrededor del deseo,

entregas sin fin,

mañana germinando

este título que no cuenta

la correspondencia con el lector.



Entre tantos afanes, el hambre,

la sed de conocimiento, de Ser,

construyen un poema ínclito

al menos en su pretensión más íntima.



Títulos veredes, Sancho,

en la proximidad, a lontananza,

y habrás de percatarte con azoro

que no hay hoy, sólo ayer y mañana,

expuestos, denudados apuntes alrededor del deseo.




O, como dice Tasurinchi en El Hablador: “Cada hombre tiene su obligación […] ¿Para qué andamos? Para que haya luz y calor, para que todo esté tranquilo. Ése es el orden del mundo. El que conversó con las luciérnagas hace lo que debe hacer. Yo cambio de lugar cuando aparecen los viracochas. Será mi destino, tal vez. ¿Y el tuyo? Visitar a la gente, hablándole. Es peligroso desobedecer al destino. […] Ahora les hablo a ustedes. Mañana cómo será”.

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