CONSTRUYEN UN POEMA ÍNCLITO





He llegado al punto en el que el deseo se convierte en maravilla y la evocación transforma el clamor en ruego.

¡Qué importante es el retorno!; para una cultura como la nuestra donde la memoria es cosa del pasado, no más, y para la que es preferible el progreso a la historia. Aquí cabría apuntar algunas de las consideraciones que hace Eloy Urroz en su novela Fricción, que aún estoy leyendo, y las cuales pone en boca de su personaje Eusebio Cardoso. Me interesa retomar esas palabras por razones personales, pero también para prenderme del gancho de esta cadena a modo de cebo, quien quita y pesco más que un resfriado.

Y es que “esto del realismo […] es una pinche manía que en el fondo tiene que ver más con un problema de verosimilitud que con un problema de mimetismo o reflejo acucioso del mundo, el cual, en principio, no me interesa. A mí como lector y/o espectador de películas siempre me ha importado una cosa por encima de todas las demás: la verosimilitud, la puta verosimilitud, aun cuando se trate de marcianos, sirenas ninfómanas o gigantes meones en la cima de Notre Dame […] Lo demás se desprende de ella, de la verosimilitud; lo demás se supedita a mi convicción o fe, a la capacidad del autor por hacerme creer lo que estoy viendo o leyendo, y si no lo consigue, si yo no adquiero o me avengo con la supuesta verdad insinuada por él, entonces decaen mis ganas de continuar mi tarea de inmersión friccional: mi atención se desvanece, el acto de ver la película o leer el libro deja de tener sentido, deja de importar, y me quedo dormido […] ¿Para qué sigo[…]? […] Mejor cerrar el libro, mejor salirse del cine, mejor enfrentar la realidad, la cual, es cierto, a veces resulta mucho menos verosímil que cualquier fricción. ¿A qué se deberá esa debilidad, esa flaqueza mía o lo que sea? Acaso de allí surja esa urgencia por cerrar lo que hace rato dejé inconcluso, a medias […]”.


Todos en algún momento dejamos algo inconcluso, queriendo o no. Eusebio Cardoso en ese punto retoma dentro de la novela la truculenta historia de la parentela de su mujer. ¿En mi caso? Sumo y resto ideas, añado títulos que no cuentan y sin embargo abonan significado a estos Apuntes alrededor del deseo, que cuentan sin grandes detalles, que asoman tímidamente la historia de una familia, de un individuo común que de pronto se cree extraordinario; una historia con tintes de ficción y, sin embargo, en su vaguedad, verosímiles. Estos apuntes se antojan cual mi historia, tu historia, la historia de no sé quién. Lo que se cuenta puede ser tan cierto como falso, según se cuente y sobre todo según el propósito de quien narre.


Aquí seguro alguno me reconvendrá acentuando la finalidad de estos espacios, reclamando que súbito en mis regodeos lingüísticos no tome en cuenta al lector. En ese caso sólo me queda citar divertido a Eloy Urroz nuevamente: “Querido lector, no me he olvidado de ti, de ninguna manera. Imposible. Sin ti, ¿recuerdas?, no habría historia y tampoco tendría compañía, estaría solo como ostra. Jamás te he abandonado […] y tampoco, lo sé, tú me has olvidado a mí, de lo contrario ya no estarías leyendo, ¿o no es cierto?, de lo contrario no habrías llegado hasta este infame y escabroso recodo del camino, hasta estalargahileradetenebrosatipografía”.


Y no faltará también quien se exalte y exclame: “¡Basta de citas! Espero reseña”. A tal responderé: qué mejor resumen que el contenido en las palabras mismas del autor.


El acto poético de la literatura descansa sobre los cimientos de la intención y se levanta con la energía de la intensión. La plancha de palabras sólo sirve de base para las paredes, castillo y umbrales que componen la construcción de esa casa llamaba texto o libro, y en la que habitan caras, voces, nombres, estímulos; donde circulan y acaecen sentimientos, pensamientos, ambientes verosímiles.


La realidad grosera del poema deslizado entre estos apuntes alrededor del deseo hace viable cualquier ficción —o, como nombra Urroz, fricción—. Escuchar una voz a través de la línea telefónica puede volverse una promesa, aunque lo dicho por tal voz no asegure o comprometa nada en particular. Del mismo modo que los animales escuchan “a través de nuestro silencio, a través de nuestra piel, a través de nuestros ojos, lo que somos y queremos”, allá en la distancia, del otro lado de la línea telefónica, del otro lado de la invisible conexión que une al autor con su lector, alguien, un personaje como Zaydún (La mano de fuego) “evocaría esa lección de la infancia muchos años después, escribiendo [así fuera sobre el papiro del interés] sobre la urgente necesidad de los hombres de convertirnos en animales del desierto y aprender a escuchar [en los seres amados], a través del silencio incluso, a través de su piel y su presencia [o ausencia, acoto], la naturaleza más profunda de sus deseos”.


Imagino en este preciso momento a uno de los personajes de mi historia personal, su voz inesperada, oída luego de veinte años de ausencia. Imagínole bebiendo un poco de agua, quizá enjugando con el dorso de la mano una lágrima, y descubriendo, como plantea Ruy Sánchez [op.cit.], que “lentamente y por caminos imprevisibles sobre la piel, el agua se convierte en fuego. Y de la mano puede surgir un incendio que se propaga por todo el cuerpo. Que llega a la cabeza y hace arder incluso las ideas, las palabras, lo que se mira y lo que se anhela” cual decreto.


Maravilla extraña, el deseo. Extraña y maravilla, el afán. Por esto y más deseo afanosamente.

<< September 2010 >>
Sun Mon Tue Wed Thu Fri Sat
  1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30  

posts recientes

archivos

Suscribirse a este blog