El deseo se antoja como una suerte de noche inquieta; una en la que el sueño es el único que cuenta, cuando las palabras, todas, hasta los neologismos, carecen, si no pierden, el significado usual que les damos en el día, siquiera en la conversación matinal o en la despedida bajo la sombra violeta del ocaso. Una, sin embargo, en la que se conoce de una vez para siempre la razón por la cual el Sol no necesariamente sale para todos.
Todas la personas, en todas las culturas, requerimos la definición; hasta los chinos, y si no se cree, mírese por lo menos de soslayo su aspiración olímpica a modo de advertencia: “aquí estoy”. El verbo, siendo lo primero en la creación, devino y continúa en el plano básico de la determinación. Se es lo que Es. Ser, como verbo fundamental, en cuanto acto originario, desde el cual dimana todo es (valga la redundancia) también destino de nada, de la Nada. En el Ser, en ser, radica La Historia Interminable que nos ha expuesto Michael Ende. Y esto queda apuntado sin ánimo de construir una densa filosofía al amparo de Martin Heidegger.
Empleado un poco de humor involuntario y como siguiendo el hilo de entregas previas, Luciano Talbek, el personaje central que explora Federico Reyes Heroles en su novela corta Ante los ojos de Desirée es victima de la y de su estupidez.
En una suerte de monólogo eventualmente interrumpido por encuentros utilitarios, el pensamiento y el sentir de Luciano se confunden. Mis sospechas expresadas antes acerca de su probable paralelo con mi biografía se confirmaron parcialmente, como ocurre con toda experiencia vicaria surgida de la ficción. Todo en su intimidad es deseo: hacia la mujer amada, figura etérea cuya existencia material es dudosa; hacia la mujer amante, bruja y madre, expuesta y exigente, como trazan las mitologías y según explica Joseph Campbell en El Héroe de las Mil Máscaras.
Impelido por el afán de verdad, pero también con el prurito de la mentira, Luciano Talbek, periodista, observador incluso crítico del régimen político bajo el cual vive, como apunta Glucksman en su examen de la estupidez, “cuando piensa en el totalitarismo […] se convierte en víctima de los mitos que circulan en la sociedad observada. […] El pesimismo del análisis induce al optimismo de los pronósticos: una voluntad que quiere ser ella misma acaba por devorarse a sí misma, del mismo modo que las más devastadoras tempestades de arena acaban por dispersarse. […] En la medida en que la voluntad se dispone como vínculo constitutivo de un sistema donde nadie es digno de fe y donde no es posible contar con nada, es preciso concluir que este antimundo está socavando por una enfermedad mortal y que promete hacerlo estallar; el terror debe volverse contra el terrorista. […] El ejecutor es ejecutado. […] Pero, ¡oh, sorpresa!, el sistema subsiste”.
Talbek busca dejar expuesta la corrupción. Sus fuentes informadoras, sin embargo, no son muy confiables. Desea ser responsable con respecto al hijo que espera su exalumna Gabia. Anhela el reconocimiento de su nombre en los medios cual si fuese el del mismo dios Hermes, pero no puede hacer más que confirmarse con la medianía a que lo ha orillado su condición de hijo predilecto de la clase media. En este punto una tenue, obsesiva “preocupación por sobrevivir” propia del individuo ciudadano de una era postotalitaria “centra la atención —dice Glucksman, citando a Fidelius— en que “el deseo de estar tranquilo, el ritmo biológico, acaban por refrenar y controlar al individuo; y la vida por sí misma se impone como valor supremo mientras no ve otra cosa que el día presente”.
En medio de su circunstancia, sólo le queda reconocer ante la visión de una cerveza que sólo se siente que no se siente solo y, más tarde, ante los ojos del deseo mismo, muriendo literalmente de sueño y ensueño, que, existencialismo de por medio, se nace para morir, se muere para nacer.
Al amparo de esta disquisición expongo mi fundamental coincidencia con lo que el buen amigo bloguero de esta Cadena de Lectores Alfaguara Alfredo Flores Barrón apuntó en su espacio al reseñar este texto de rápida lectura, aunque por experiencia personal me siento inclinado a resistirme a la distancia que obliga la glosa común. En estos Apuntes alrededor del deseo, casi confesionales, me he hallado como Talbek haciendo un monólogo muy al estilo de Miguel de Unamuno y cómo él, sólo me resta disculparme y afirmar que la densidad de mis palabras e intervenciones obedece a una estúpida obsesión por una existencia egoísta mas no ególatra. Sólo me tengo a mí para explicarme la existencia, y sólo desde mí puedo observar la existencia tal como lo hace Talbek Ante los ojos de Desirée: “He pensado que la mediocridad es el gran mito a vencer, el gran monstruo a contener. Salir de ella, ésa es la meta que parece alejarse con la intensidad del trabajo […] la mediocridad, eso sí que a todos nos preocupa. […] Creo al fin en mi propio ser mediocre y, relajado, continúo. Admito que mis fracasos nocturnos me han llevado una y otra vez a situaciones ridículas que prefiero olvidar, aunque en ocasiones me brinda noches aparentemente apacibles. […] Sólo hay una frase que me estorba, de alguien que dijo: tu mente desbocada, pero ella también puede estar en el error. Puede incluso ser la causa por la que no desea verme; claro, eso debe ser. Creyó en mi mente desbocada y ahora descubre mi gran mediocridad. Creyó en mis inventos que ahora resultan inexistentes. Soy lo que veo, un mediano periodista de paisito subdesarrollado, que en ocasiones promete y en otras agota. De paisito que adoro porque se me ha dicho que debo encontrar los beneficios del subdesarrollo y hacer la crítica de los avanzados. […] No soy más que un desgastado Quijote que se reconoce en su dimensión”.