
4 July 2008
Llegó a la isla con ojos nuevos. Surgió de pronto tras el accionar de un botón. Su nombre recuerda al del limosnero y su apellido encierra el misterio de la primavera, la sabiduría milenaria de oriente.
En su primer día de nacido, Beggar Mayo quedó atónito ante el panorama utópico que se ofrecía a su vista. Como todo neonato, la torpeza de sus movimientos lo delataba. En medio de otros seres que se asemejaban a él, un sentimiento de desamparo lo embargó. Su primer impulso: lloriquear, pero como no salía voz alguna de su garganta, lo único que acertó a hacer fue manotear con desesperación.
Alguien a su lado comenzó a hacer lo mismo y eventualmente fueron surgiendo, letras, palabras, frases que sólo yo veía en su mundo virtual. Me tomó como su intérprete y narrador, y por ello ahora escribo las experiencias de Beggar Mayo, el primer avatar que surgiría en mi vida.
¿Quién soy yo? Eso no importa. Confórmate con saber que de aquí en adelante conocerás por conducto mío los entuertos y aventuras de una quijotesco personaje surgido de una segunda vida y dispuesto, como aquel famoso hidalgo, a confrontar mucho más que molinos.
Los jurados de Alfaguara sabrán perdonar mi reserva. Contar una vida, mi vida, no es cosa tan sencilla como parece. Es un acto de confesión, un desnudarse ante ojos ajenos cuando a veces ni siquiera los propios se atreven a descubrir las huellas de los tormentos, o las tersuras de caricias acumuladas en la memoria.
Para efecto de este concurso, sin pretender ganar, sólo he preferido mostrar una faz, la ficticia. Una careta que, sin embargo, devela una capa de la cebolla que supone toda conciencia. En mi devenir, Beggar Mayo es más que un personaje, es el narrador mismo de una aventura aún guardada en el tintero. Una serie de entuertos y avatares que aún no termina de construirse, pero que es susceptible desde ahora de ser apreciada por lo menos y en principio por el espejo de la ambición.
Así que, no espíen más por lo pronto, señores jueces. En este proceso en el que ahora me encuentro, cualquier argumento podría resultar contraproducente. Sólo sigo los consejos de mi defensora, mi amiga Soledad, de la que siempre he recibido comprensión. Auguro que el fiscal que pose sus ojos sobre este expediente se verá, se sentirá en la necesidad de contratar a un detective, a un historiador o de menos a un avezado periodista para hacer las pesquisas suficientes que den luz sobre el aparente misterio de mi vida. Una vida, sobra decir, que algunos tachan de melodrama barato. Pero es una historia común. ¿Qué más puede ser? Sí, veo esa duda en los ojos de algunos de ustedes. Se los diré. Una novela taquillera cuyo título sería…
No crean que vendaría fácilmente la obra. Tras las páginas web, tras las paredes, los avatares acechan, espían, aguardando el momento para apropiarse de los derechos del creador.
No, no me vean con gesto incrédulo. Cada uno de ustedes está a la caza de historias que no les pertenecen. Se han mostrado incapaces de contar su vida y, como ladrones de tiempo detrás de Momo, babean ante la posibilidad de asestar el golpe artero. Pero yo no les pertenezco, ni Beggar Mayo, ni ninguno de mis álter ego. Aunque pretendan lo contrario y me arresten por guardar mis secretos o contarlos sólo en esa tierra de nadie que ocultan los libros. Entiendo que quizás a sus ojos soy díscolo. Simplemente soy reo de mis aspiraciones literarias. Como alguna vez confesé.
Me encuentro confinado en estas líneas, acusado de herejía, apóstata. ¡Anatema!, dice el sello al calce y, no obstante, me siento más libre que nunca.
No niego que en ocasiones la letra hache me remite a los barrotes de mi conciencia. Hay veces, también, que la letra te me recuerda el cadalso de penurias y sacrificios que la vida levanta en el monte de la esperanza. Todavía la letra o me encierra en un pozo de admiración, sobre todo cuando compruebo cada mañana, al despertar, oh, que aún respiro por la gracia de Dios. ¿O será que el aislamiento ha comenzado a revelarme la inmensidad del horizonte, la pasión del tiempo y la profundidad tras el ocaso?
Te escribo en el afán de escapar del aburrimiento, con la intención de limar la aspereza del letargo; para no caer en el olvido de lo que fui y podría ser. Pero me embarga la sensación de que toda palabra es inútil mientras no encuentra el modo de huir del miedo a decirte cuánto de amo.
En efecto, cada rasgo, cada trazo es un intento por minar el muro de tu indiferencia. Pienso que, socavando tus defensas, algún día me declararé inocente de toda sospecha y, así, me entregarás las llaves que abran tu corazón…
Nunca imaginé cuán placentero podía ser quedar preso entre tus brazos, encerrado entre tus piernas. No fue sino hasta ese aciago día de abril cuando me percaté de lo agobiante que sería añorar tus manos rodeando como tersos grilletes mis tobillos, inmóviles en su deseo, mientras el ritmo de tus caderas torturaba el hilo ardiente de mi pasión ahogada en ti. Desde entonces no hay día que no repase el legajo que contiene la sentencia que me dictaste: nacer de nuevo.
Me hallaste culpable de engendrar en ti el recuerdo de un delito. Un crimen, dijiste, que no quedaría impune, uno que tarde o temprano debería afrontar con entereza y responsabilidad. Yo estuve dispuesto a pagar el precio. Así perdí mi libertad, por causa de tu amor.
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