TRAZA COINCIDENCIAS, DISYUNCIONES, CONJUNCIONES

Saúl Zuratas “Mascarita”, personaje central de El Hablador novela escrita por Mario Vargas Llosa y que conforma el ancho volumen Obra Reunida. Narrativa Breve, es un humanista interesado en la etnología y crítico acérrimo de las perversiones hegemónicas de la civilización occidental y su nociva incidencia sobre los pueblos indígenas. Crítico también del socialismo real y de las desviaciones del comunismo. Su apodo obedece a un lunar morado oscuro, vino vinagre, que le cubre el lado derecho de la cara. Por esto pienso que es pariente mío en línea paterna, pues ocurre que semejante lunar, sin importar tamaño y ubicación, es hereditario y, como norma genealógica, se repite lateralmente cada dos generaciones. Yo tengo uno igual, diminuto, con forma de fresa o corazón, en la mejilla izquierda; una tía carnal de mi padre, prima hermana de mi abuela, tenía un lunar muy semejante al de “Mascarita”, mientras uno de sus hijos, dicen, en un testículo. Otra razón para suponer un parentesco con un personaje literario, quizá inspirado en uno real (habrá que preguntar a Vargas Llosa) es que el apellido Acuña (el de mi padre y su tía), luego de originarse en Portugal, donde más importancia y difusión ha tenido históricamente han sido España, México, Perú y Filipinas.

Más allá de imaginar o especular que, con su narración ubicada en el Perú amazónico, El Hablador contiene latentes unas características transgeneracionales, tal vez me ha servido como piedra miliar y para descubrir que quien suscribe estas líneas, y hasta cierto punto y como anota Vargas Llosa en la novela, es una suerte de hablador que ejerce “un liderazgo espiritual”; tal vez realiza “ciertas prácticas religiosas. Pero por alusiones captadas aquí y allá, en una frase suelta de uno y una réplica de otro”, su función parece ser, “sobre todo, aquella inscrita en su nombre: hablar. […] El hablador, o los habladores, debían ser algo así como los correos de la comunidad. Personajes que se desplazaban de uno a otro caserío, por el amplio territorio en el que estaban aventados los machiguengas, refiriendo a unos lo que hacían los otros, informándoles recíprocamente sobre las ocurrencias, las aventuras y desventuras de esos hermanos a los que veían muy rara vez o nunca. El nombre los definiría. Hablaban. Sus bocas eran los vínculos aglutinantes de esa sociedad a la que la lucha por la supervivencia había obligado a resquebrajarse y desperdigarse a los cuatro vientos. Gracias a los habladores, los padres sabían de los hijos, los hermanos de las hermanas, y, gracias a ellos, se enteraban de las muertes, nacimientos y demás sucesos de la tribu. [… E]l hablador no sólo trae noticias actuales. También, del pasado. Es probable que sea, asimismo, la memoria de la comunidad. Que cumpla una función parecida a la de los trovadores y juglares medievales. […] ¿Qué tienen de particular los habladores? […] Son una prueba palpable de que contar historias puede ser algo más que una mera diversión […] Algo primordial, algo de lo que depende la existencia misma de un pueblo”.

Así, me rebelo hablador, verborréico, dotado de palabras. Humano. Escucha de anhelos y de sueños propios y ajenos. Colmado de ansias narrativas como la mano del fuego; descriptor, explicador, pretextador. Tejedor de ocasiones capaces de mostrar, como argumenta Ismael, tío de Maruja en Un Calor tan Cercano que, “la verdad flota sobre el error como el aceite sobre el agua”. Tejedor de ocasiones también capaces de cuestionar, parafraseando a Maruja, ¿por qué el error y no la mentira?; y responder igualmente que “mentir es sólo una decisión periférica que apenas modifica la equivocación fundamental” que abarca una vida.

Tal y como confiesa Maruja, a mi vez confieso, usando su dicho, que “cuando la escritura se convirtió para mí en ley de pesos y medidas, en un catalizador capaz de separar el agua y el aceite, la aplicación de su disciplina puso fronteras a mi necesidad de relatar en bruto, y ordenó mi confusión. Por debajo del perfecto entramado serpentea, sin embargo, una malévola anarquía, el ojo incomprensible, siguiéndome desde el lado más oscuro. El error que casi siempre nos conduce, que casi siempre nos alcanza”.

Aunque no lo creamos, los seres humanos solemos vivir en el error. Nos cuesta mucho aceptarlo. El solo reconocimiento de este hecho lo vemos como un atentado a la vanidad y, por ello, optamos mejor por exaltar la poca certeza que logramos de las cosas de la vida y sobre su incidencia en nuestro ser.

Tenemos pues, todos, unos más que otros, vocación de habladores. Contamos mentiras, ficciones que nos confrontan sutilmente con la equivocación fundamental que nos define. Haciendo esto nos volvemos atractivos, personajes recreados para contrarrestar la repulsión que podemos suscitar en nosotros mismos desde y respecto de nosotros mismos. Contamos verdades revestidas de afán, pretendiendo una cautela que simplemente termina por elogiar la estupidez del oponente, aun siendo este uno imaginario, alter ego.


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