Y ENTRE TIEMPOS, EL BANQUETE DE PALABRAS

“Sigo en espera de que alguien animoso aporte algo más a nuestra cadena de lectores”, opinó recientemente Eudiza Quevedo, compañera de aventuras bloguísticas.

Buena compañía he tenido sin duda, como habrás constatado, amigo lector, a lo largo de estos meses. En una tertulia donde tú has sido el testigo principal y el único autorizado de aquí en adelante para juzgar el papel que como anfitriones hemos desempeñado varios curiosos.

Desde un principio alerté: “[…] tomaré como ejercicio cotidiano sentar aquí algunas frases, textos breves o largos, secuenciados o sin hilvanar, alrededor de obras que iré leyendo, saboreando, desjugando para, con su sustancia, bautizar al aire que pueda colarse entre los renglones de este sitio”.

Una doble esperanza y una doble certeza han subrayado mi compromiso desde el comienzo: esperanza de ser leído y de haber sido grato, al fin y al cabo no son uno ni siquiera la pluma quienes eligen al lector, sino las palabras por sí mismas, desde su presentación, con su forma, densidad, colorido y aromas. Bien lo dice el refrán culinario: de la vista nace el amor. Y es que todo texto, en cuanto tejido emocional e idílico, apuesta en su soledad al amor de una mirada indiscreta que quizá se atreva a asomarse curiosa a su intimidad lineal.

Así, lo leído por aquí ha pretendido convertirse en un juego o cuando menos una invitación a degustar de la lectura. No del modo más característico de la reseña clásica, sino aspirando a extraer una experiencia adicional.

Toda reseña tiene dos cometidos: resumir, vender. La mayoría de nosotros sacamos la vuelta a los vendedores y pedigüeños de puerta en puerta, siempre encontramos un pretexto para no hacernos de un libro y más para no leerlo. Nos parece que el ejercicio intelectual de comprender es harto más arduo en comparación con el físico, y no reparamos en el hecho de que el órgano que trabaja más en nuestro cuerpo es el cerebro; y por supuesto no olvido al corazón.

De tiempo en tiempo nos reunimos con amistades, vamos al cine o al teatro y, al día siguiente, reseñamos a otros más que la obra, la experiencia del gozo o disgusto que nos produjo o la acompañó. Sea de modo profuso o escueto, ilustrando o simplemente trazando letras —cosa nada despreciable en su dificultad— nos prodigamos en consideraciones sobre las bondades y defectos que detectamos, y los cuales no son más que un reflejo de nuestras aspiraciones o de nuestras deficiencias. Entonces, lo que hacemos son apuntes alrededor del deseo; o al menos en torno a la necesidad.

Como en estos que has repasado, entrega tras entrega, las palabras han hecho lo propio libremente, confundiendo o aclarando. Pudieron haber enfatizado, por ejemplo: “tal y cual libros son recomendables para los lectores que buscan y gustan de las emociones fuertes salpicadas con ingeniosos episodios y sugerentes escenas”; o quizá: “acercarse a las páginas de semejante obra de tan renombrado autor puede ser tanto como sentirse en la proximidad del ser amado, de la persona anhelada”. Pero en realidad nadie experimenta en cabeza ajena y, por lo que toca a mi caso y no con un propósito predefinido, las palabras no salieron de esa manera. Fueron y han sido signos con una vitalidad intrínseca, espontáneos, incontrolables mas mesurados y por ello honestos.

Nada me quitaba escribir un blog a modo de diario. Bosquejar notas con similitud a la noticia periódica. Pulverizar ideas para publicar frases suficientemente breves. En cambio opté por ensayar sobre la reseña —que no sobre las rodillas, aun cuando me hubiera gustado hacerlo sobre la espalda desnuda de una musa. El resultado, esto que lees y has leído.

Más que moda y sin excusa de por medio, el blog como fenómeno y recurso comunicativo tiene muchos usos, una gran potencialidad y también importantes limitaciones técnicas que van superándose poco a poco. ¿Cuánto animo se requiere para eslabonar conciencias? No lo sé. ¿Cuál es la tasa esperada de innovación capaz de potenciar el incremento en el número de lectores? No lo sé. ¿Se corresponde dicho incremento con el respectivo al número de consumidores de espacios de lectura impresos o electrónicos? No lo sé. Hay lectores que no adquieren libros ni revistas, y hay consumidores que aun comprando no leen o su nivel de lectura es deficiente. El público por lo general es veleidoso y el gusto jamás es ni ha sido un elemento suficiente de juicio, por eso lo gustado hoy puede disgustar mañana sin razón aparente. Al comunicador, sea cual sea su etiqueta, profesional o no, sólo resta encomendarse a algún santo para caerle bien, sin ser monedita de oro y aún siéndolo, a príncipes y mendigos; y todo en virtud de su carga de talento o fortuna.

Mis amigos de papel aún no acaban de levantarse de la mesa. Ahora mismo Un Calor tan Cercano escucha a El Hablador, quien le cuenta sobre un personaje que quizá sea pariente mío y a su modo discute sobre la estupidez de la llamada civilización. Pero eso puede esperar a la siguiente cita.


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