
27 June 2008
Sí. He registrado el pasmo de alguno que otro lector y amigo llegado a estas líneas. Sobre todo luego de la anterior entrega. Y aunque no lo parezca, todo tiene una explicación sencilla, la misma que ha ido reptando entre los artículos que componen estos apuntes alrededor del deseo.
¿Qué es un blog? ¿Cómo debe abordar el escritor o aspirante a tal esta forma de expresión? Para hallar una respuesta a estos cuestionamientos basta —y no siempre— con navegar por la Internet y visitar varios de los blogs existentes. Los hay de todo tipo, factura, enfoque y temática. En unos sus autores optan por anotar breves efemérides, confesiones íntimas; en otros abundan imágenes y en unos más el texto lato. Estos prefieren temas jocosos, esos son más solemnes. Aquellos tienden a soltar consejos, críticas, lecciones; aquestos comentan, narran, cuentan chistes, incluyen audio o video, se regodean con su idioma entre faltas ortográficas y gramaticales, o discuten su vida y milagros, la inmortalidad del cangrejo o discurren sobre la invención del agua tibia y el hilo negro.
Ante el empuje de este fenómeno comunicativo —que en lo personal, confieso, me ha venido resultando no sólo fascinante sino providencial— que posibilita la autopublicación, y dada su penetración e influencia creciente y probable en la conformación de la opinión pública actual, los grandes medios comunicativos, las grandes cadenas y consorcios han empezado desde hace un par de años, más o menos, a emplear este modo expresivo como un recurso, a veces distractivo, a veces propositivo; ya con fines de clara estrategia mercadológica mediante la cual se propicia la generación y ampliación de públicos consumidores por la acción de esta novedosa y adaptada forma del método publicitario de la transmisión de boca en boca; ya con la meta de “abrirse” a los no profesionales de la comunicación y la información. Así, los espacios cedidos abonan en cierta manera a la confusión mediática bajo la promesa cada vez menos ilusoria de una democratización de los medios.
La intrusión de los miembros de esa “masa” de consumidores de mensajes para convertirse ahora, por gracia de la tecnología facilitadora, en productores de mensajes y difundidores de su propio parecer acerca del mundo y lo que en él acontece, significa la disolución social con vistas a una recomposición. Se acentúa la individualidad, pero no como una especia de aislamiento —no solamente, aun cuando este es un problema real y preocupante—, sino como germen de la posibilidad de la integración fundamental mediante el intercambio.
Exponer las propias palabras o gestos en espacios como este es sumamente arriesgado, tanto como cuando se abre la boca en una reunión para decir lo que se piensa o siente sobre determinado tópico; y más, pues no hay certeza de quién estará del otro lado del salón atendiendo nuestro dicho. Invariablemente pende sobre uno la espada de Damócles recordándonos la amenaza del ridículo y, sin embargo, hablamos y escribimos aunque sean estupideces.
Seguramente más de uno se preguntará ahora, “¿por qué insiste este bato en mencionar la estulticia?” Y debo contestar astutamente y en congruencia con lo trazado en el primer párrafo de este artículo: todo parte de los invitados a mi fiesta, a este elogio de la lectura.
Síganme y verán…
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