EL GRAN TRANSFORMISTA EN SU ESTUPIDEZ

Hemisferio derecho, hemisferio izquierdo. Norte, Sur. Partidos políticos de derecha e izquierda. Mundo primitivo y mundo civilizado. Bien y Mal. Arriba y abajo. Si aquí apenas se barruntan dejos de pretendidas reseñas que aspiran a algo más, la historia de la humanidad es la reseña de las reseñas: la antología de la estupidez, el compendio de lo que queda entre extremos en pugna.


Escribiendo estas líneas ha llegado a mi mesa de trabajo el esperado segundo libro convenido. ¡Albricias! Haré justicia a las mujeres aunque sea mínimamente, pues se trata del título Un calor tan cercano de la escritora barcelonesa Maruja Torres, obra que, haciendo eco a estos apuntes sobre el deseo, ya desde su nota descriptiva la autora explica que no se trata de una novela autobiográfica sino deseobiográfica; y que, siguiendo ideas vertida aquí “uno escribe […] para dotar de sentido a lo que no lo tuvo, y para inventar lo que a la vida se le olvidó. Para ordenar el caos”.


Hubo un tiempo cuando los hombres creían ser más que las mujeres. Llegó luego el tiempo cuando las mujeres en emancipación creyeron ser más que los hombres. Están próximos los días cuando nos veremos como lo que somos, ni iguales (pues para empezar por la anatomía y la fisiología tal se comprueba) ni distintos del todo por cuanto toca a nuestra esencia y naturaleza humanas.


En la segunda mitad del siglo XX, el antropólogo Clifford Geertz así como algunos filósofos, psicolingüístas y semiólogos de corte posmodernista señalaron que la humanidad había llegado a un punto tal en el ejercicio de la crítica que las palabras no bastaban ya. Desgastadas, desusadas, abusadas y hasta violentadas, en muchos idiomas y culturas era notorio hacia la década final del siglo XX el afán por desbrozar el léxico, y esto tanto por parte de académicos como de legos, jóvenes o viejos, aquellos por desprecio a la herencia, las tradiciones o simple reduccionismo fundamentado en la ley del mínimo esfuerzo; aquestos por anhelo de vigencia.


Hoy, atender a la conversación de hombres y mujeres igualados por la democracia y el consumismo, equivale —toda proporción guardada— a atestiguar la tala “clandestina” de algún bosque o selva. Con cada “cabrón”, “pendejo”, uno descubre que todos somos “güeyes” (ni siquiera bueyes) de la misma especie; así, igualados en afanes, tropelías, ilusiones, oficios y vocaciones, nuestras raíces van quedando al descubierto para pudrirse en medio del desparpajo de este atado de badulaques en que a veces nos convertimos, parafraseando a Octavio Paz, en medio de nuestros contemporáneos.


Opuestas, las cosas y los hombres, terminan secos, carentes de sentido. Si el absolutismo despótico o ilustrado se antojó despreciable a los españoles que en Un Día de Cólera atajaron su avance cortándolo de golpe, algo similar ocurrió con los absurdos deseos de lealtad de los personajes de Fricción.


Llegados aquí tras dar Los nombres del aire, luego de contar con los dedos anhelantes de La mano de fuego, descubrimos gracias a El Hablador que, como en Península, Península, la reseña que cabe explorar es, ni más ni menos que la de la estupidez. Porque el idiota provoca asombro desde el mismo azoro que le ha dejado imbécil, babeante.


En el compendio de los días, no obstante, a veces es difícil observar que ni se es tan civilizado como para aspirar a la asimilación de los otros en lo que uno cree es lo mejor, ni se es tan primitivo y tribal como para esperar que los otros sean capaces de respetar la naturaleza que conforma; ni lo uno ni lo otro bastan, como las palabras o las imágenes, para dejar de lado la posibilidad de experimentar la estulticia ya ajena o propia.


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