BRUMA SELVÁTICA, MEANDROS DE IDEAS

En términos generales y sin afán académico, podemos decir que la lectura puede darse de dos formas: lineal y en zig-zag. En el primer caso se la conoce como lectura objetiva mientras en el segundo se trata de lectura selectiva.


Lejos de pretender una descripción superficial, el apunte anterior tiene como finalidad destacar que la forma como leemos también está sujeta al modo como pensamos y viceversa. Mientras la lectura lineal está comandada por los procesos mentales propios del hemisferio cerebral izquierdo, en la lectura zig-zag se revelan los procesos mentales propios del hemisferio derecho. Y esto, contra todo lo que pudieran decir los científicos y los sexistas tras los recientes hallazgos neurológicos, no tiene nada que ver de moso exclusivo con el género del lector o con su gusto particular, pues tanto hay varones que piensan cuales mujeres, como viceversa sucede que mujeres piensan como varones; a los genes y la naturaleza deben sumarse hábitos y costumbres, y por ello para hacerlo habitual, aquí no he empleado la palabra hombre pues la prefiero para un uso más amplio dada su humilde etimología.


El lado izquierdo, lógico, ordenado, convergente, sistemático, donde radican las habilidades del habla, la escritura, el cálculo, la especialidad, la abstracción y la organización, contrasta y complementa al lado derecho, hogar de las competencias relacionadas con la administración, la socialización, la expresión, entre otras.


La transición entre el artículo anterior y las líneas arriba de este parágrafo, como parte de un contexto, a más de uno podrá parecer caótica, un salto en el vacío o cuando menos un cambio brusco en la temática. Pero, ¿qué sucede cuando, como ocurre con una antología, una revista, un periódico o la Internet, se ha llegado a este apartado de modo directo por vía exclusiva de un índice o un vínculo específico? Se la ve entonces como unidad elemental aislada; un elemento discursivo independiente y que se antoja dispensable. Sin embargo, llegado el lector selectivo a este punto, para ser exacto, a esta palabra después del pronombre demostrativo “esta” antes de la palabra “palabra” y aún pasando sobre el tren de ideas que le ha seguido hasta aquí y más allá de la próxima coma, por haber decidido revisar este fragmento antes o después de que otros y guiado sólo por el título o la fecha de publicación en el blog Cadena de Lectores, por ejemplo, ese lector se da cuenta que ha tenido ante sus ojos y tiene un extracto de un todo, una célula o molécula apenas de un conjunto de apuntes alrededor del deseo.


Según el orden y el modo como haya arribado aquí, comparado con otros lectores alguien podría tacharlo de audaz descubridor o de reportero idiota (dicho sin ofensa, por supuesto, para nadie). Como en el siguiente caso.


TRIBU "PERDIDA" EN EL ALTO AMAZONASEn días pasados, en diversos noticiarios y periódicos se publicó un reportaje intitulado “Las tribus que nos quedan” acerca del “descubrimiento” por parte de la organización Survival International de una tribu aborigen en lo más profundo de la selva amazónica peruana haciendo frontera con Brasil. ¡Vaya novedad! Para el lector desinteresado o neófito de la etnología lo es, pero no así para el seguidor de estos temas, antropólogo o no.


Como quien salta las páginas de una revista o una enciclopedia, o las notas y encabezados de un periódico, o como si navegara por la Internet, recién llegada la antología de la narrativa breve de Mario Vargas Llosa comentada líneas atrás, constaté dos cosas: 1) la interactividad no es invención puramente tecnológica sobrevenida con las computadoras u ordenadores (como dicen en España); 2) la televisión no es ninguna caja idiota, como sí lo es la gente que hace y atiende su contenido, o sea todos nosotros.


Cuando los reporteros de la agencia de noticias AP difundió la noticia tras la investigación amazónica de esta tribu que supuestamente jamás ha tenido contacto con la civilización salvo el empuje de los taladores, cuando la citada organización fue a ese rincón selvático, Vargas Llosa como otros antes y después que él ya tenía conocimiento de lo que ahí sucedía. En su relato El Hablador nos cuenta acerca de una de esas tribus que viven en grupos familiares de no más de alrededor de setenta miembros, en chozas que se confunden con el follaje, que viven de la pesca, la caza y la recolección, reducen cabezas y poseen conocimientos prodigiosos sobre medicina herbolaria; se pintan el cuerpo con tintura roja de achiote para proteger sus cuerpos de las alimañas que pueden anidar bajo la piel (como plantea en un capítulo de La mano de fuego Alberto Ruy Sánchez) y obedecen a distintos nombres y tótems. Vargas Llosa se concentra en los denominados machiguengas, los cuales, como el resto de ellos y nosotros tienen un deseo fundamental, ¡de antología!: sobrevivir como hasta ahora en medio de la armonía que la misma naturaleza les ha enseñado.


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