ENTRE EL HABLADOR Y EL IDIOTA

Invariablemente uno se queda idiota cuando enfrenta una de dos labores: leer o editar una antología.


Tarea de coleccionista, la antologación requiere no sólo del conocimiento de los fondos y trasfondos de las piezas a reunir, sino el tacto del taxidermista, la paciencia organizativa del bibliotecario y la curiosidad juguetona del cuervo.


El ser humano es muy dado a juntar y acumular cosas: dinero, juguetes, parejas, cartas, estampillas, documentos, recuerdos, rencores. No siempre lo hace de la mejor manera y pocas veces de modo sistemático y ajustado a un método. Tal parece que hay algo en nuestra genética o en nuestra historia evolutiva que nos impele a tal conducta, sea por manía ordenadora, por indolencia, enfermizo apego o el simple deseo de poseer y clasificar lo que nos resulta personal, social o históricamente significativo.


Hasta cierto punto, la labor de antologar se antoja ardua, ingrata, necia. Pero por otra parte es mirada como retributiva, suerte de barrido sobre lo que se ha sido se es y se será. Esta visión prospectiva, economista y ecologista la encontramos lo mismo en antologías poéticas que en un álbum fotográfico o una colección filatélica.


El coleccionismo es un arte que busca entre otros objetivos la vanagloria o la autocrítica, autocorrección y autocensura (si el antologador es el mismo autor de las obras antologadas, aunque esto suene a trabalenguas: las cien obras escritas por famoso autor buscan un antologador; quien logre antologar las cien obras escritas por famoso escritor en una justa antología buen antologador será); o el homenaje (en el caso de que el archivista sea el intérprete seleccionador de la obra reunida. En este segundo caso encontramos variantes: la antología con pretensiones museográficas y cuyo prurito lo define el afán de congelamiento y registro taxonómico de lo hecho y al menos una vez existente. Otra diversión sería el florilegio resultante del puro placer derivado del solaz que da el contacto vivo y revivificador con la obra.


Un elogio de la lectura, como hizo en su Elogio de la Locura Erasmo de Rotterdam, pasa pues primero que nada por la intencionalidad tras la crestomatía.


En este caso, el tomo que recientemente comencé a disfrutar: Obra Reunida. Narrativa Breve de Mario Vargas Llosa (colección armada por él mismo), contribuyó en tanto analectas a mi imbecilidad lectora. Si bien no es el primer compendio que tengo entre las manos, ahora caigo en cuenta que este deseo por reunir, que no necesariamente unificar o integrar, es ni más ni menos uno de los fundamentos de la comunicación; y digo esto con todo el propósito de anclar el principio de una nueva teoría en el ámbito de mi profesión.


De Vargas Llosa había leído diversos ensayos de crítica, sobre política, sus novelas Pantaleón y las Visitadoras (cuya versión cinematográfica es loable por su apego a la letra y la construcción), La Tía Julia y el Escribidor y Los Cachorros (en su versión fílmica solamente), pero nada más. Ahora, gracias a este libro tengo a mi alcance éste último y otros títulos: Los Jefes, ¿Quién mató a Palomino Molero?, El Hablador y Elogio de la Madrastra.


En ejercicio y como abono a mi estupidez, hoy recuerdo y reconsidero lo dicho líneas atrás cuando negué conocer la obra teatral del escritor peruano nacido en 1936, licenciado en Letras por la Universidad de San Marcos de Lima, pues hacia comienzos de la década de 1990 asistí al montaje en México de La Señorita de Tacna producida y actuada por Silvia Pinal en el Teatro Insurgentes con iluminación de Gabriel Figueroa, escenografía de David Antón y dirección de José Luis Ibáñez, ¡nomás, puro grande! Recién llegada a México, la actriz argentina Margarita Gralia efectuaba cada función un desnudo integral muy poético que, si bien no tenía nada de particular ni novedoso dentro de la escena nacional, tuvo y tiene el mérito de ser el primer desnudo integral televisado, esto mediante la revista de espectáculos que a la sazón producía y conducía el periodista Ricardo Rocha para Televisa. ¡Escándalo! Máxime si tomamos en cuenta que esto sucedió luego de que el escritor fuera “invitado —artículo 33 constitucional por delante—” a no pisar tierra mexicana por sus polémicas opiniones sobre la política nacional, expuestas en el coloquio organizado por Octavio Paz y su revista Vuelta en coproducción con Televisa como una puntal pero impertinente crítica hacia nuestro sistema político, y de las que se desprendieron los conceptos de “dictablanda” y “dictadura perfecta del PRI” que más tarde y aún brotan en bocas y plumas de otros intelectuales propios y ajenos.


Tiempo después —puede que me falle la memoria—, creo haber asistido o al menos haberme enterado de la puesta en escena de La Chunga. Así, pues, más pronto cae un hablador que un cojo.


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