EN ALAS DE LA CULPA Y LA IRONÍA, MONOLOGANDO

Ya entrados y encaminados por la idea del festejo, de la celebración de aniversarios, aún es oportuno hacer extensivo el saludo a un periodista y escritor mexicano que en los primeras días de mayo cumplió 70 años de vida y recientemente recibió una nueva presea otorgada por el gobierno del Distrito Federal denominada 1808, y que pretende ensalzar al pensamiento crítico, independiente. Me refiero a Carlos Monsiváis.


Ávido lector de todo o casi todo cuanto cae ante sus ojos, ubicuo, persistente, tiene el impulso del naturalista al más puro estilo del siglo XIX, pero siempre moderno y hasta posmoderno. Especie rara que halla en la selva de asfalto o entre los matorrales de la cultura nacional o en lontananza, rumbo a un horizonte latinoamericano, “Monchi” —cómo algunos mientan cariñosamente al autor de Los Rituales del Caos, Aires de Familia, entre una abundantísima producción— se ha erigido aún sin proponérselo en el cronista de México.


Dueño de una expresividad irónica, punzante, el ejercicio del registro de los acontecimientos, los vínculos, mitos, monstruos, esperpentos e inclinaciones de la literatura, la política, la sociedad, le ha llevado a explotar con maestría la cantera de la crítica, a coleccionar los objetos y aforismos más ridículos y sobreponerse a su timidez gatuna cada vez que es requerido por la radio o la televisión.


En su “juguete”, como describe a su novela Fricción el propio Eloy Urroz, uno de sus personajes centrales, Arturo, en su afán seductor por atraer la atención de su entrevistadora Matilde, —ni más ni menos que “tu esposo(a)”, “lector(a)”—, argumenta crítico y sardónico: “Algunos vivimos, pintamos, no leemos”. Y en réplica, Maty dice: “[…] a mí me gusta leer también. En cuanto lo veo [a su esposo que eres tú, lector] con Fricción en la mano, yo también me pongo a leer y ¡vaya que tengo cantidad de libros atrasados!”. La lectura entonces cobra valor afrodisíaco, provocación, invocación, dislocación.


Leer o no leer. He aquí el dilema al que tal vez Monsiváis como Hamlet o como tú o como yo nos enfrentamos. ¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los insultantes dardos del infortunio, el abandono y la infidelidad del amante por centrar la atención en un atado de hojas; o, haciéndoles frente, haciendo a un lado las palabras ígneas, ideas, imágenes y ficciones de otros, cerrando el libro, acabar con ellos? Escribir. Ojear. No más. ¡Y pensar que todo puede llegar al fin por la simple acción de un estilete!


Vista la lectura como pretexto shakesperiano propiciatorio de la infidencia amatoria, de Monsiváis a Urroz solo dista… un lector; del libro a la cópula, sólo un guiño. Uno que transite entre obscenidades, bajo la penumbra de la duda en el solar, hacia la iluminación filosófica de la mano de Empédocles, confundido, confundiendo. ¿Culpable; de qué? ¿De hallarse en un monólogo con disfraz de charla?


Trazando en propósito una crítica constructiva, específicamente relacionada a la publicación de la novela Fricción, sugeriría al diseñador de la portada que cuide los detalles, pues si bien las piernas fotografiadas son fuertes y hermosas, el tapiz elocuente y el juguete evocador, perdió de vista que al voltear la imagen del robot, el rótulo “X-70” en el brazo de este quedó al revés dando al traste con el significado derivado de la cronología utilizada por Eloy Urroz para ubicar la raíz de los acontecimientos que contribuyeron a la formación individual del carácter de los personajes. ¿Peccata minuta? No lo creo, para una novela pensada y armada con dos historias corriendo paralelas, contrapuestas, complementarias como engranes sobre una cremallera.


Cual lector insaciable, Monsiváis es ejemplo de reciclaje. A través de su mirada trituradora, páginas enteras quedan desmenuzadas hasta el último átomo de letra impresa, de emulsión fílmica. Y quizá eso explique la compulsividad de su vasta obra en continua reproducción, pues las palabras en él semejan maná incontenible, vasca impresionante, cuajo sustancioso en espera de la paleta transformadora que lo vuelva crema, mantequilla, unto para la conciencia febril de poetastros, de politicastros, liliputienses y demás fauna letrista a la que de un modo u otro discursivo ya pertenecemos tú, aquel, todos, por virtud de las maravillas tecnológicas que facilitan la fricción implícita en el encuentro tanto como en el desencuentro inter net.


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