
22 May 2008
Cerca de la meta, apuro una suerte de resumen o un resumen en suerte, desgajando citas, referencias, piezas de un rompecabezas cuyos perfiles esperan encajar en su réplica.
“Un buen libro erótico nunca se cierra, sigue vivo en las manos y en los ojos de quien gozó de sus formas. Un libro erótico puede contar la historia que sea, incluso la más inverosímil, lo importante es que produzca la aparición, el instante de la visión maravillosa, de la sensación irremplazable. Lo importante de un libro erótico es la epifanía: la revelación poética del cuerpo amado […]
“Que nada es lo que parece. Que al hacer el amor los amantes se leen y se escriben historias siempre distintas. Y siempre se hace por primera vez: siempre comienza de nuevo el reto de aprender a leer los deseos en ese otro cuerpo al que anhelamos […]
“En el amor y en el deseo todo cambia constantemente de sentido, todo es distinto o puede serlo: la realidad erótica es una especie de circo nómada en movimiento. De ahí el reto enorme de escribirlo. Porque una de las razones de contar cuentos, en la plaza o en los libros, es tratar de comprender la naturaleza cambiante del corazón enamorado, incendiado de figuras que engendra su imaginación deseante […]
“En el río del erotismo, de sus misterios y revelaciones, todos de una manera u otra navegamos. No todos tienen conciencia de ello y con frecuencia hay ahogados que no entienden qué les sucedió en la vida: los náufragos del erotismo. Quienes llegan a darse cuenta, lo navegan, lo sobreviven, incluso hay quienes franca y sanamente lo gozan, pero muy pocas veces lo reconocen como un río especialmente sagrado. Y como tal, uno de los componentes fundamentales de la vida” [Ruy Sánchez, op.cit., 140, 142, 144-145 y 183].
“Melville decía que un escritor necesita del ambiente de calma frescura y silencio con el que crece la hierba para poder componer debidamente una obra” [Lara Zavala, op.cit. 185].
“Los ojos claros son como la luz de una vela que atraviesa una linterna en la noche de la borrasca, es decir, los rayos que emiten no los apaga el viento pero, al mismo tiempo, logran iluminar, perforar la oscuridad” [Urroz, Fricción, 104-105].
“Vestido con sombrero de la inglesa, frac solapado y chaleco ombliguero, el literato e ingeniero retirado de la Armada José Mar de Fuentes pasea por la calle Mayor, paraguas bajo el brazo. Se encuentra en Madrid […] [T]ras un refrigerio en un café de la carrera de San Jerónimo, decide echar un vistazo por la parte de Palacio. La gente con la que se cruza parece agitada, dirigiéndose en grupos hacia la puerta del Sol. Un platero, al que encuentra abriendo la tienda, le pregunta si es cierto que se prevén disturbios.
“—No será gran cosa— responde Mar de Fuentes muy tranquilo—. Ya sabe: pueblo ladrador, poco mordedor” [Pérez-Reverte, Un Día de Cólera, 54].
A lo largo de estas entregas he venido jugando con los riesgos implícitos en el transporte de una obra a otra. Son varios los libros leídos al momento, y aun cuando pueda parecer tarea de locos supone un gran respeto y disciplina (trompetilla autocomplaciente).
A modo de quien se imbuye en un harén literario, acariciar pastas, revisar impresiones, hallar faltas sintácticas y ortográficas (algo imperdonable por mínimo que sea en editoriales de la talla de Alfaguara), se vuelven día con día tareas gozosas en una travesía apasionante.
En cada obra, mucho más que en su autor, pasajes y personajes, a cada lectura crecen en celo, aumenta su demanda de atención y cuidado, el hambre de letras.
Formando temporalmente una familia virtual, día con día dan señales no sólo de vida sino de su razón de ser (como si fuesen parientes revoltosos de aquellos dramáticos Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello) y, más importante, de las ligas invisibles que unen sus motivaciones, sus derroteros, aún encontrándose en historias disímiles.
Si Urroz construye un dominó cuyas fichas capitulares constituyen dos aproximaciones encontradas al triunfo y al fracaso, a la victoria y a la derrota, a la verdad y a la mentira, como dos polos siempre en constante frotamiento; si en Un Día de Cólera se arma y distribuye minuto tras minuto, esquina tras esquina, el valor del descontento, alimentándose el anhelo de librarse del oprobio y del invasor que lo calza; si, en fin, de indígenas a castas, de imperios a pueblos, de amantes a escritores, solo raya un perfil, entonces de páginas a libros, de palabras a enunciados sólo dista el sentido interpretativo del lector, como un conjunto de ansias guardadas, ansias de escritor en potencia a las que basta sólo el pretexto del silencio y la calma chicha para componer instantes, imaginar fricciones revolucionarias, penínsulas corporales, iras amatorias que se hornean pausadamente ya en el desierto, en la plaza tanto como en la hoja en blanco.
Citas, referencias, extractos, piezas sueltas dicen mucho y unidas dicen más. Construyen. ¿Pero dónde, cómo se las debe unir? Ya su autor lo ha hecho una vez en su estudio, desde su pluma; luego el editor ha hecho lo propio en un volumen asible, acariciable, amable; ¿y uno cual lector?
El poeta, sabedor de juegos de palabras, maestro edificador, inventor de metáforas, no obstante su oficio, a veces puede verse rebasado, superado o destruido o disuelto por un lector eremita, acumulador de voces, profeta de ayeres olvidados que, sea en su ignorancia o con audacia contumaz, desgaja la biblia a su alcance para conformar su propio, muy personal orgasmo, en rebelión sacrílega, entre amor y discordia.
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