
22 April 2008
Llegado el nuevo material para alimentar mis siguientes entregas y continuar el hilo de estos apuntes alrededor del deseo, como si el paquete fuera la caja de Pandora, los títulos parecieron ostentar las virtudes que escaparían luego de abierto el sobre, pues aun antes de efectuar esta acción develadora, en casa ya se habían dado el estallido y el reclamo: “¡Con esto te están pagando! ¡Te voy a hacer un guisado con todos los libros y eso comerás de ahora en adelante!"
Primera conclusión: está visto que en México, al menos en mi estado, en mi colonia, en mi calle, en mi casa, la lectura y la escritura, a pesar de ser las formas centrales y técnica y expresivamente más evolucionadas del fenómeno comunicativo que nos caracteriza como humanos, a pesar de esto aún son vistas como actividades accesorias y, en el mejor de los casos, como actividades instrumentales y ancilares de otras. Y eso que quien tal reclamo hizo, en su momento fue detonador y ejemplo que inculcó mis afanes lectores y literarios.
Hipótesis: Tal vez por esta actitud hacia la palabra y sus manifestaciones y usos no pasamos de Perico Perro, pues quizá en ella está la simiente de la odiosa imposición escolar, de la negación estudiantil, de la cerrazón política, de la abulia laboral. Es claro que en el orden de las prioridades diarias, ni el papel ni la tinta ni la palabra ni la idea ni el argumento ni el discurso ni la ficción ni el verso ni la ortografía son vitaminas digeribles ni nutrientes. El alma no engorda ni el conocimiento; y la memoria tiende a ser flaca.
Caray, aún no salía de su escondite frotándose satisfecha la Fricción de Eloy Urroz ni experimentaba Un Día de Cólera de Arturo Pérez-Reverte. Ya estaban haciendo lo propio.
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