PERFILES DE MAÑANAS

Quizá la única diferencia de verdad evidente entre el escritor y el lector, en los términos que he expuesto a lo largo de estos apuntes alrededor del deseo es —y ojo a la etimología— puramente especulativa: mientras el primero es un lector activo, el segundo es un escritor pasivo.

En sus confesiones hechas con mano de fuego, Alberto Ruy Sánchez dice escribir cuando se siente lleno de algo que lo desborda, “como un jaguar prisionero o enamorado o listo para saltar sobre su presa” y, en diciendo, remite a la memoria hacia el cuento de Jorge Luis Borges “La escritura del Dios” y, en un juego de conexiones, la sobrenaturalidad del anhelo y la caligrafía divina derivan en mañanas que Carlos Fuentes acomoda entre sombras, fantasmas y robots mediante los cuales colegimos en primera instancia que, si el aire es nombrable, lo es en virtud de que un nombre es sólo una aproximación a au naturaleza.

Estamos relativamente acostumbrados a leer libros, pinturas, fotografías y otras obras de nuestras humanas invención y técnica, incluso sin estar debidamente capacitados para hacerlo. Sin embargo, no sucede así con la vida, con las vidas. No leemos la vida y ya no digamos la muerte, ni siquiera atendemos a sus obvios indicios y esto o porque no queremos o porque su imposición cotidiana se nos antoja, cuando no odiosa por lo menos apabullante (de algún modo traté de hacerlo notar en mi “Crónica de un Suicidio”), simplemente descartable en su constante continuidad y variedad.

Muchos colegas periodistas miden su desempeño y experiencia profesionales a partir de la cantidad y la calidad de entrevistas que han efectuado en su carrera, especialmente a personalidades connotadas. Desde esa óptica, un servidor no tendría nada que presumir. Sólo tres entrevistas tengo en mi haber, una a la cantante mexicana Tatiana en su inicio y dos a ejecutivos del mundo farmacéutico. ¿Cómo el peso de semejantes encuentros puede compararse históricamente con los tenidos por famosos periodistas con no menos famosos políticos, académicos, artistas, etc. Que una vez coincidiera en el Museo Rufino Tamayo con Octavio Paz, le estrechara la mano, conversara con él unos minutos, ¿no cuenta por el sólo hecho de no ser pública? ¿No salir en la foto es no existir? ¿Tal vez por eso escribo en estos espacios? ¿Acaso el tacto y la vista no valen para la memoria? Para la colectiva definitivamente no. ¿Pero es la memoria colectiva la que me determina como ser humano en las horas del día? ¿Quién será mi testigo? ¿Quién testimonia los accidentes consuetudinarios, personales, íntimos del Ser? ¿Quién y cómo me bautiza?

Desde un horizonte más humanista hallo en las arcas de mis días cientos de aleccionadores diálogos, cruces de miradas y experiencias públicas o privadas con gente común, que no ha estado menos viva ni ha dejado de hacer su correspondiente aportación mínima a la ya mínima historia que la ha tocado vivenciar.

Parafraseando el famoso eslogan escrito por Salvador Novo, desde Sonora a Yucatán todos llevamos puesto el sombrero de las ideas de nuestra época y todos vestimos la piel novelada de nuestra existencia; cada mañana y en nuestro nombre.


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