
16 April 2008
“Escribir es componer. El escritor es una suerte de compositor. El texto literario es su partitura”. Tal apunté atrás y, deslizándome, repasando las líneas trazadas, confirmo que el texto, aun en su contexto, lleva latente una miríada de pretextos.
Cabras equilibristas que saltan en la enramada como alegres y despreocupados violinistas sobre tejados ponen en evidencia, para Ruy Sánchez, la capacidad de azoro del intérprete. Desde el islamismo marroquí revelado en gestos de vapores sutiles capaces de denominar al aire, hasta el católico arte mudéjar de los espacios peninsulares yucatecos, el pretexto que insufla los ejemplos reposa en una palabra, quizá dos: provincia, condado.
La Enciclopedia del Idioma de Martín Alonso define provincia como “cada una de las grandes divisiones de un territorio o estado, sujeta por lo común a una autoridad administrativa”. Y por lo que respecta a condado dice: “Territorio o lugar a que se refiere el título nobiliario de conde y sobre el cuál este ejercía antiguamente señorío”. Lo que remite necesariamente a revisar el término conde (del latín comes, -itis: compañero) en su calidad de título originado en la Edad Media como canonjía y denominación otorgada en dignidad a los individuos caudillos que acompañaban o hacían comitiva los señores feudales, fuera como cortesanos o como guerreros capitanes; y en ocasiones se signaba a favor de rústicos en quienes se confiaban funciones de gobierno de cierta comarca.
Previo a esta época, los romanos hacia el 122 A.C. acuñaron el primero de los vocablos mencionados, el cual surge de la frase pro vincitore (para el vencedor), como una apretada y sintética promesa para favorecer a personajes de diversa estofa, tanto centuriones, cónsules o mercenarios que lograran la conquista de las Galias. Conquista, no está de más decirlo, que resultó de la alianza entre romanos y masaliotas (habitantes de la región de Marsella y el Ródano) contra las agresiones que los celtoligures propinaban a estos. De esta conquista nació Provenza, antiguo condado histórico meridional de Francia, y de la idea prometedora en el trasfondo de la palabra derivarían todas las provincias encomendadas a condes y duques (del latín dux: quien guía o conduce) a lo largo de la historia y en todo el orbe.
Provinciano entonces es todo aquel oriundo de una región conquistada, sea de nacimiento o por naturalización. Para el individuo de espíritu independiente y aspiración a la autonomía equivale por ello a un mote peyorativo, lacerante, aun tratándose del gobernador provincial. Se utiliza esta palabra en contraposición a capitalino, que describe al identificado con el centro donde se ubican los poderes principales de donde dimanan los poderes delegados. Y no falta quien presupone que en la perversión de lo provincial radica la simiente de la esclavitud.
Esta forma de división política, económica y demográfica, con el advenimiento de las repúblicas se volvió pretexto, pero también pretensión orgullosa, como trasluce en la guerra de castas experimentada en Yucatán, o en otras luchas intestinas dentro o fuera de México.
Dos veces conquistado, primero por los aztecas y luego por los españoles, el pueblo maya cobró carácter provincial tanto como los criollos y mestizos de esa región sureste de México y otras más.
Lo que desde Provenza y Occitania supuso el fundamento ni más ni menos que del período renacentista, es decir el romanceamiento de las lenguas, su difusión mediante la expresión trovadoresca, el desarrollo del humanismo artístico y filosófico, halla su equivalente en las expresiones culturales propias de Yucalpetén, pero en un sentido contrario pues mientras en aquel caso provino determinada integración cultural, regional, idiomática y hasta religiosa, por supuesto que no exenta de tribulaciones, en este caso que retrata Hernán Lara Zavala en Península, Península comportó en más de una ocasión separatismo y reconcomio. La “hermana República de Yucatán”, como lo fue varias veces en la historia que comprende la segunda mitad del siglo XIX, siempre consciente y determinada en su soberanía estatal, es resultado de conquistas breves, tanto de los mismos provinciales como de “extranjeros”.
Mientras Ruy Sánchez pone a cocimiento en sus libros las ilusiones del ser bajo el ardor del anhelo, la sofocante humedad de la planicie selvática peninsular yucateca aletarga cualquier ebullición de los ánimos hasta hacerlos suficientemente capaces para descarnar el alma.
Hernán Lara Zavala novela la historia de un novelista yucateco del siglo XIX. No obstante esta afirmación, el mismo autor se pregunta y responde si no, de algún modo, nos encontramos ante una novela histórica. Como él mismo apunta y de acuerdo con su dicho “dudo que el adjetivo histórico logre superar al sustantivo novela”.
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