ENTRE DUNAS Y REGIONES

Casi un sonámbulo, lo dije desde el primer momento: soy lento, pero seguro. La lentitud es un elemento de la pasión. La mesura define la amplitud del afán.

Aun no termino de comentar La mano de fuego y ya me queman las ansias por hundirme entre los pliegues de dos nuevas aventuras.

Llegó la segunda tanda de libros con que me gratifica Editorial Alfaguara mi participación en este espacio, en calidad de un eslabón más de esta “Cadena de Lectores”, y, como en la primera ocasión, quiero antes que nada expresar mi gratitud y los motivos que me llevaron a elegir los libros cuyo comentario sumaré a estas líneas en entregas siguientes, con la intención de continuar estos Apuntes alrededor del Deseo. Y mi Elogio de la Lectura.

Continuando con mi curiosidad por lo nuevo, como guiado por la “Ley de Jamsa” que describe Ruy Sánchez en La mano de fuego, señalé Península, Península, novela escrita por Hernán Lara Zavala y con la que aspiro devolver una a una las virtudes fugadas de mi actual caja de Pandora.

Mi segunda elección, aunque novedad editorial, es un viejo referente literario para muchos de nosotros. Cuentos sobrenaturales, colección de cuentos y una novela corta de Carlos Fuentes, autor de quien sí he leído, como tú y tú, varias obras.

Si bien no soy muy dado a releer una o más obras en particular, generalmente trato de obtener la mayor cantidad posible de zumo de cada lectura (y vaya que muchas veces me empujo más de tres a la vez). Sé que es imposible agotar las palabras, por más que haya quien afirme la existencia de algunas muy sobadas, pero nadie puede negar que siempre se descubre algo nuevo en ellas, incluso en las más socorridas, y apurando, como hago, grandes tragos y momentos narrativos, de la embriaguez logro extraer visiones confluentes que me llevan invariablemente a encontrar la encrucijada en el “Jardín de los senderos que se bifurcan”. Por esta razón y mi manera de lanzarme a la mar de las letras, al elegir a Fuentes desee devolverme a uno de mis primeros astilleros.

Si la literatura de Lara Zavala se me antoja cual aventura más allá del horizonte conocido, y me supone riesgo de caer en el abismo y ser pasto de monstruos fantásticos anclados en la realidad nacional, la vena de Fuentes me da el pretexto exacto para comenzar el periplo y bogar por costas ajenas en las próximas incursiones. ¿Adónde? Ya veremos. Norte, sur, este, oeste, continentes, islas, mundos. La literatura es muy vasta y cuando uno opta por apoyar la mano en la arena y andar entre dunas, sea en Marruecos o en Chihuahua, o en cambio hace de su voluntad la medida del ancho del sendero, en cualquier caso afianza con la fuerza del pulgar el hálito de un ángel.

Quienes han tenido la paciencia de leer mis entregas, por su conjunto habrán constatado mi deseo, uno no menos erótico que el explícito en Ruy Sánchez, y tampoco más fantástico que el latente en Aura.

¿Qué leemos en realidad? ¿Libros? ¿Historias? ¿Sentimientos? ¿Ideas? ¿Es que en el elogio de las palabras, de las descripciones y relatos; en la interpretación de biografías reales o imaginarias, se revela el oficio del fisgón?

Escribir es componer. El escritor es una suerte de compositor. El texto literario es su patitura.

Cuando tomo la pluma y trazo estas líneas, acentúo palabras o puntúo pausas o ligas, me visualizo como el músico que dibuja notas sobre los renglones del pentagrama. Cada conjunción, cada verbo, cuales redondas o corcheas caprichosas hacen las veces de voces silentes que cantan una historia melódica al ritmo de la respiración y de los pulsos del alma.

El paso de la pluma sobre el papel es similar al viaje del arco sobre las cuerdas del violín. Y el golpeteo de las teclas de la máquina de escribir, antigua o moderna, recuerda con gran precisión el juego armónico del piano.

Las palabras formando enunciados que conducen hacia argumentos discursivos que narran o describen cosas y gente, se comportan muchas veces como instrumentos comprometidos en un concierto fundamental mas efímero, sobrenatural. El retrato hecho con pinceladas de alfabeto de una mirada que cae ansiosa sobre los senos turgentes de una mujer, la ominosa presencia del dios maya de la fertilidad Chac Mool, un brazo extendido con pesadumbre y docilidad en medio de un baño turco, componen detalles, regiones del deseo.

Si Zaydún, el escritor, editor y erotómano de La mano de fuego, quien temer ser “tan fiel a esa multiplicidad de voces, tan encaminado a sus obsesiones, tan poco lineal en su relato que su círculo de oyentes en la plaza no lo siga ya plenamente (…), se consuela pensando que la vida en realidad tiene la lógica de los sueños. Que contar las cosas de manera realista… es una convención más… Que nada es lo que parece y además va cambiando. Que la última realidad es el deseo… Que los cuerpos enamorados son dunas y sus historias las cuenta el viento mientras las mueve”, qué otra cosa puedo esperar yo aquí, sino anhelar el logro de una construcción cálida, de un texto caliente.


<< September 2010 >>
Sun Mon Tue Wed Thu Fri Sat
  1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30  

posts recientes

archivos

Suscribirse a este blog