ACUSACIONES Y AFANES CONFESOS

En una plática con estudiantes, dentro de una entrevista televisada, Alberto Ruy Sánchez comentó cierta vez haber sido acusado de ser un escritor para mujeres y por ello “odiado” por los varones.

Luego de leerlo entiendo el prurito de sus acusadores, aunque no o comparto. Quienes esto señalan sólo revelan sus temores o, cuando menos, su ceguera. Como si los varones no hiciéramos más que actuar, o por decirlo soezmente, como si no supiéramos otra cosa que lanzarnos sobre el bulto. Y como si las féminas no sucumbieran al descontrol del deseo acumulado.

Esperando encontrar el desenlace de una historia repartida en varios volúmenes: Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, Nueve veces el asombro y La mano del fuego, como he venido diciendo opté por recorrer este último, el más reciente y anunciado como el final de una pentalogía.

En cada entrevista que da Ruy Sánchez, en cada conferencia, recalca su tendencia casi terapéutica a la conversación y una finalidad literaria. Por la plática recopila, ganada la confianza de su interlocutor o interlocutora, momentos anecdóticos y no necesariamente historias cuyo sello característico describe la comezón y la melancolía que la acompaña. De aquí su meta redactora: el ansia confesada.

El tema del deseo, rico tópico, es un pretexto en sí mismo que una vez contextualizado tiene la capacidad de develar la diferencia fundamental entre el doliente y el “friega quedito”. Mientras el doliente necesita, el “friega quedito” quiere a secas.

Querer y Necesitar son dos actos separados por una línea de conducta muy sutil. Quien quiere sucumbe a la pasión; quien requiere, más pronto que tarde es arrastrado por la acción.

La querencia, socia del ansia, imanta la actitud de quien se descubre en algún momento carente de lo justo para saciar su hambre o su sed. Por eso la querencia es no otra cosa sino carencia. Enseguida, al lado (y aun cuando aquí resulte ya muy cacofónico) la deficiencia explica la necesidad.

Como dos caras de una misma moneda, carencia y deficiencia fundamentan los dos pilares del quehacer y el ser humanos: la pasión y la acción, apuntalando la moral que los envuelve. Mientras la carencia se nutre de la ausencia, la deficiencia lo hace del defecto. Pero no entiendan aquí como antónimos ni desde una perspectiva axiológica, sino en todo caso como aspectos semejantes y complementarios, o sea paradójicos.

El hombre que carece de asombro difícilmente puede comprender las cosas que a otro le resultan sencillamente consuetudinarias, comunes. Igual, el hombre cuyo sentido común se muestra defectuoso, es incapaz del asombro que deviene de la espontaneidad.

Pero, ¿adónde va esta perorata? Al mismo sitio al que conducen los sueños al sonámbulo guiado sutilmente por la pasión. Como se verá a lo largo del recorrido un poco errático del escritor y editor Ignacio Labrador Zaydún, especie de alter ego bien identificable del propio Ruy Sánchez.


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