EN LA PROXIMIDAD, A LONTANANZA





Buenos ni malos lectores, de eso sí no hay en la viña del señor, como tampoco buenas o malas obras, buenos o malos artistas, buenas o malas palabras. Hay solo lectores, artistas, textos, palabras. Estos, todos podrán tener en algún momento de su existencia buenos o malos ratos, encuentros, quizá desencuentros, feas fachas, bonitas maneras, errata, precisiones, usos, abusos, desusos; vaya, incluso para unas cosas suponerse útiles y para otras totales estorbos, pero hasta ahí, nada más.

Así como en líneas pasadas traje al punto la mención de determinada obra literaria o musical a modo de complemento compositivo, ahora también como otrora encuentro motivos vitales para ligar la experiencia en tanto lector con el devenir de los días.

Tal se diría que el destina lleva jugándome malas pasadas desde hace dos años, tocando especialmente aquellas fibras sensibles que más me duelen entre recuerdos, personas, afectos, ánimos, vivencias y anhelos. Desde abril de 2006 voy de emoción en emoción, de tropiezo en tropiezo, y mi vida, cada vez más llena de presentimientos, se encamina por un túnel cuyo final luminoso aún no vislumbro.

Han sido dos años plagados de sustos, de pérdidas, de confusión. Ausencias y presencias se tocan como extremos en una adivinanza. En este instante me embarga y colma la música de Mahler, el adagio de su quinta sinfonía, y necesariamente me remito a la muerte, no sólo a la Muerte en Venecia (película dirigida por Luchino Visconti y adaptación de la novela intitulada del mismo modo escrita por Thomas Mann y que, como estos apuntes, se introduce en la intimidad de un solitario escritor llamado Gustavo Aschenbach), sino al suceso mismo y su necia posibilidad, su ominosa realidad.

A mis pesares previos ahora se suma otro en la cercanía y sin embargo lejos, tras la frontera norte de mi adorado México. Un hombre que quiero mucho, que ha sido auténticamente un segundo padre para mí, hoy se debate entre la vida y la muerte. Un accidente trágico fue la causa, uno más de los que han acontecido en mi historia de los años corrientes. Un golpe en la vetusta cabeza de 89 años es hoy para él un nuevo desafío, una nueva oportunidad para demostrar su apego a la vida que tan bien se acomoda en estos Apuntes alrededor del deseo.

En su novela Presentimientos, Clara Sánchez coloca a Julia en una situación semejante. Similar además a la que experimentara mi hermana mayor hace más o menos veinte años luego que una torpe conductora chocara su automóvil contra un poste y este cayera sobre el toldo del de mi hermana afectándole la testa. En un bosquejo, el individuo postrado, sufriendo las consecuencias de un derrame cerebral por golpe contuso vive no en coma pero en el limbo. Sí, en ese espacio abstracto y evanescente que ahora la Iglesia Católica borró de un plumazo como quien arranca de las páginas de la Divina Comedia de Dante Alighieri las relativas a la sala de espera entre el cielo y el infierno donde aguardan los inocentes para venir al mundo.

En dicha novela que vengo leyendo desde hace tiempo, como bien sabes estimado lector, cuando Clara Sánchez describe el estado de espera e incertidumbre de Félix, esposo de Julia, anota que “se dice que uno elige a las personas que le rodean, pero no es verdad, las eligen las circunstancias”. Suscribo la idea con tintes de la filosofía de Ortega y Gasset. Como Félix, el hijo único de este hombre tan amable, mi amigo y hermano desde la infancia más tierna, junto con su esposa, sus hijos y su madre, no pueden hacer más que aguardar el desenlace, cualquiera que este sea, de una historia rica en escenas de aventuras y desventuras. Como ellos, aún en la distancia —como versa el bolero— aguardo y oro igualmente por que se haga la voluntad de Dios, pidiendo como es comprensible que la balanza se incline hacia la vida, sobre todo pues siendo un abuelo tardío no ha gozado suficientemente de la dicha de consentir a unos nietos pequeños y ahora testigos de la calamidad.

Como Julio en Presentimientos o mi hermana hace años, hoy Bartolomé ha de estar deambulando por un mundo virtual, en busca de los rostros, los objetos, lugares y momentos referenciales que lo ligan a la Tierra. Una guerra civil en España tras la que acuñó la arenga que le ha definido y la cual personalmente he adoptado a manera de la más rica de las herencias: “¡Ánimo, Valor y Miedo!, entre otros capítulos.

Como Félix, apenas suspiro me percato de que mientras yo halo el aire que insufla mis pulmones, el hombre que me ha acompañado en las buenas y las malas, con dificultad respira en una cama. Y mientras a mi memoria concurren los recuerdos, quizá en su mente los efluvios del olvido pretenden hacer estragos.

La didáctica de la vida a veces se muestra cruel, pero invariablemente, como bien plantea Giacommo Puccini en el aria “Nessum Dorma” (Nadie duerma) de su ópera Turandot, el amor y la fuerza que lo sostiene, como la estrella matutina que es, aun a la luz del día vencerá.

La ilusión de vivir es como el deseo de leer. Las páginas cotidianas de la vida encierran, cada una, una lección inolvidable, amable u odiosa, capaz de transformarnos de espectadores en protagonistas. Y lo que esta lección enseña es que antes de las obras extensiones de nosotros, lo más digno de leer son nuestros actos y nuestras omisiones, los mismos que dan pie y se resumen en los libros, los edificios o melodías. No en balde enfatizan Calderón de la Barca y Shakespeare que La Vida es Sueño, aunque a veces algo nos parezca el sueño de la vida.

La ilusión de vivir escribe en nuestra alma como la tinta en estos Apuntes alrededor del deseo, confrontándonos con nuestra soledad radical, con lo que somos o pretendemos ser.

Papa, can you hear me?”, “There are moments you remember all your life” serían dos canciones del filme Yentl, protagonizada y dirigida por mi amada Barbra Streisand, que por ahora quiero añadir a modo de remate para esta reseña, en el entendido de que estos apuntes no nada más pretenden inducir a la lectura de ciertos títulos, sino con mayor ambición propiciar, en quien posa sus ojos aquí, la inquietud por hacer de lo que la vida nos da el meollo del deseo de leer lo que de la vida queda en las obras de los hombres.

TÍTULOS VEREDES, SANCHO

Y como esto no se acaba hasta que se acaba, comienzo esta entrega como si se tratara de un nuevo principio, cual preludio de Chopin; como de costumbre, usando palabras prestadas que ahora me pertenecen por estar alojadas en uno de mis ventrículos y no nada más en uno de mis hemisferios o entre los pliegos de un mamotreto.

Líneas más o menos, dichas o supuestas, voy descubriendo como El Hablador que “pasan cosas buenas y pasan malas cosas. Antes abundaban los seripigaris y, si tenía duda sobre qué comer, la manera de curar el daño, las piedras que protegen contra Kientibakori y sus diablillos, el hombre que andaba iba a preguntar. Siempre había algún seripigari cerca. Fumando, tomando conocimiento, reflexionando y conversando con el saankarite en los mundos de más arriba, él averiguaba la respuesta. Ahora, hay pocos, y algunos no deberían llamarse seripigaris, pues ¿saben acaso dar consejos? Su sabiduría se les secó como raíz agusanada, quizás. Eso está trayendo mucha confusión. Así dicen, por donde voy, los hombres que andan. ¿Será que no nos movemos bastante? […] ¿Nos habremos vuelto, tal vez, perezosos? Estaremos faltando a nuestra obligación, quizás”.

Esto, escrito por Mario Vargas Llosa en una novela que ahora grata y venturosamente Alfaguara reedita en un tomo aparte, más manuable que el que me ha venido ocupando desde hace días, lo voy leyendo alrededor de los acontecimientos recientes que han incidido en la conciencia de los mexicanos; sucesos internos y externos, macabros unos, inesperados otros, todos causantes de desasosiego. ¿Será que el movimiento hoy es tal que ocasiona vértigo? Confusión parece la consigna diaria recogida por los colegas periodistas y comunicadores, voceros del bien y el mal. ¿Nos habremos vuelto, tal vez, conformistas? El miedo nos tiene ateridos, como si viviéramos en un invierno pertinaz que comenzó en 1994 y ha sido abonando a nuestra sabiduría como pueblo.

A veces quisiera encontrarme con Tasurinchi, “el del Kompiroshiato, [quien] mejoraba la vida de la gente. Tenía recetas de todo y para todo […] Me enseñó muchas cosas. Ahora me acuerdo de esta. Al que muere picado de víbora hay que quemarlo rápido, si no, su cadáver criará reptiles y el bosque en torno hervirá de animales ponzoñosos. Y de esta otra. No basta quemar la casa del que se va, hay que hacerlo de espaldas. Mirar a las llamas trae desgracia. Hablar con ese seripigari daba miedo. Uno averiguaba lo mucho que no sabía. De la ignorancia sus peligros, tal vez”.

Por supuesto tendría muchas preguntas, especialmente coincidiría con la inquietud sobre cómo habría aprendido tantas cosas, y seguramente obtendría la misma respuesta: “Lo importante es no impacientarse y dejar que lo que tiene qué ocurrir, ocurra […] Si el hombre vive tranquilo, sin impacientarse, tiene tiempo de reflexionar y de recordar […] Así encontrará su destino, tal vez. Vivirá contento, quizás. Lo aprendido no se le olvidará. Si se impacienta, adelantándose al tiempo, el mundo se enturbia, parece. Y el alma cae en una telaraña de barro. Eso es la confusión. Lo peor, dicen. En este mundo y en el alma del hombre que anda. Entonces, no sabe qué hacer, dónde ir. No sabe defenderse […] Entonces, los diablos y sus diablillos se entrometen en su vida y juegan con ella […] Los errores se cometen siempre por la confusión […] ¿Qué hay que hacer para no perder la serenidad […]? Comer lo debido y respetar las prohibiciones”.

Pero esta visto que, en los tiempos que vivimos, las prohibiciones evidentes, convenidas y asentadas en los instrumentos de la ley son, todo lo contrario, puntos de partida, permisos para explorar lo oculto, lo negativo. Se trata de la herencia adánica, quizás; la debilidad humana frente al pecado va más allá de siete teologales mancuernas, o de claros delitos contra la sociedad y sus costumbres.

Lo peor de todo es que nos estamos acostumbrando. Mario Vargas Llosa juega en El Hablador con la influencia kafkiana y dota su texto con una versión indiana de La Metamorfosis. En ella, Tasurinchi-Gregorio [Samsa], mutado en chicharra-machacuy, allana una explicación para el cambio asociándolo con una “mala mareada”. Simple. Un mal rato.

Lo que México está experimentando desde hace poco más de una década, sin embargo, pesa y molesta más que una resaca. Ya lo observaba el autor de estos apuntes en su ensayo Una crisálida llamada México (http://tiempoydestiempo.wordpress.com/2005/11/18/crisalida-mexicana/). La ebriedad que ha hecho presa de unos cuantos con cierto poder, enfermos de soberbia y codicia, cimienta el diagnóstico de lo que hoy nos aqueja. Como bien dice el Tasurinchi, “[N]ada de lo que pasa, pasa por que sí […] Todo tiene su explicación, todo es causa o consecuencia de algo. Tal vez. Hay más diosecillos y diablillos que gotas de agua en la cocha y el río más grandes […] Andan mezclados con las cosas. Los hijos de Kientibakori para desordenar el mundo y los de Tasurinchi para conservarle su orden. El que sabe las causas y las consecuencias tiene la sabiduría, tal vez. Yo aún no la alcancé, diciendo, aunque se algo sabio y pueda hacer cosas que el resto no […] Volar, hablar con el alma del muerto, visitar los mundos de abajo y de arriba, meterme en el cuerpo de los vivos, adivinar el porvenir y entender el idioma de ciertos animales […]”.

Antes de levantar la pluma y haciendo honor a la palabra empeñada quizá en el mismo origen de mis apegos, quepa decir, sumar a estos apuntes alrededor del deseo un viejo pera renovado afán, ahora enhiesto con el énfasis del llamado a solidaridad a que ha orillado el insidioso mascarón del dolor impuesto en Morelia y mismo que lleva hoy a todos a echar venablos. Sirva pues esta reseña del sentir para hacer del lamento un homenaje; de la indignación, fortaleza; de la rabia, valentía; de la oposición, franca honestidad.

Toda proporción guardada, hoy y desde hoy, el festejo de nuestra independencia será, parafraseando la obra de Arturo Pérez-Reverte, un día de cólera contra la ignominia de la impunidad, contra el abuso del desatino y el desconcierto; un día para recordarnos aún más por qué somos mexicanos y que aun siendo varios somos uno. Esta es mi palabra entregada.

AL MENOS EN SU PRETENSIÓN MÁS ÍNTIMA

Fluyen las notas cálidas, profundas del Concierto No. 2 en Do menor opus 18 para piano y orquesta de Sergei Rachmaninov e inundan el estudio con memorias de momentos dichosos que ya no serán más, sino en el espacio de los recuerdos. Traen imágenes de lapsos lacrimosos que marcaron mi pasado, ensueños, imaginaciones de cómo veía lo que hoy no soy, suposiciones sobre el mañana que ahora comienza a ser sólo un bosquejo de lo deseado.

La música es un libro abierto, el más sencillo y por lo mismo el más complejo de todos. No existe Quijote o rey shakesperiano alguno que no sucumba ante sus encantos. Cada músico es un autor nuevo que con su habilidad reescribe la noción de vida de aquel que se atrevió a gemir mediante determinado instrumento. Pero más allá de burdas definiciones está la expresión penetrante, la sujeción y la liberación de las emociones más encontradas.


¿Cuántas veces he escrito inspirado por esta pieza? No lo sé. No me he puesto a contar las palabras, poemas, cuentos o ensayos impregnados de Rachmaninov. Versiones van y vienen, y una en particular está alojada en mi discoteca y en mi mente: la ejecución magistral del pianista Alexis Weissenberg conducido genialmente por Herbert von Karajan al mando de la Orquesta Filarmónica de Berlín, por cierto muy similar a la que escucho al momento de escribir estas líneas interpretada por el mismo director y orquesta pero con Lilia Silverstein al piano.


Como la humedad, la melodía se ha colado hasta estos Apuntes alrededor del deseo para acentuar en mi pensamiento el hecho de que, como concluye Manola en Un calor más cercano, novela escrita por Maruja Torres y la cual terminé de leer recientemente con un gratísimo sabor de ojos; concluyo como Manola, decía, que “dentro del Barrio, como de las personas, [hay] otros muchos barrios, pero que en este caso sólo necesitaba entrar en una calle, doblar una esquina o cambiar de acera, para conocerlos como quien avanza, página a página, en la lectura de los libros gordos que [alguien muy querido] empezó a regalarme a partir de Oliver Twist”.


Así, hoy, Rachmaninov me ha alcanzado un volumen denso, sustancioso que me habla al oído como Maruja Torres a mis pupilas cuando escribe: “Hay un principio para cada episodio de la vida, como hay un final, pero nadie es capaz de reconocerlo cuando se presenta, quizá porque vivir consiste en perder a menudo, ganar de vez en cuando, pero casi nunca en saber. Amamos sin razones, y sin razones, también, caemos en la indiferencia. Partimos, creyendo que la despedida ha sido consumada, para descubrir que el adiós aún sigue ahí, lento y desgarrador, inexplicable. Con igual falta de pericia confundimos la nostalgia por un sentimiento con el sentimiento mismo, y arrastramos, durante más tiempo del necesario, difuntos que piden a gritos que se les eche tierra encima. No creo que el conocimiento acerca de o que uno siente mitigue el dolor o intensifique el goce. Más bien al contrario, porque aleja del que sufre la esperanza e introduce en la felicidad el germen de la duda. Pero algo te da: la posibilidad de renacer entre las ruinas”.


Entre lo que queda de lo que una vez fue deseo surgen, se erigen como restos de una aspiración los primeros títulos de estos apuntes y, como ocurre con un templo griego o maya o una fortaleza medieval derribados por la inclemencia del tiempo y los elementos, forman un conjunto que describe el trabajo de la pluma:




Bautizando el aire,

la tinta del deseo,

legajos con literatura en el cuerpo,

el gran transformista

recorta fragmentos de deseo

acusaciones de afanes confesos

entre dunas y regiones;

fronteras desdibujadas

sobre la piel del texto;

perfiles de mañanas,

amores suspirantes y días dictados;

machaca libros y guarnece,

entre amor y discordia, las ansias guardadas.




Va tallando en sus batallas

—camino a la redención

en alas de la culpa y la ironía, monologando


apetitosamente, cual gourmet concentrado


entre el hablador y el idiota—

bruma selvática, meandros de ideas.



El gran transformista, en su estupidez,


conviviendo con trece a la mesa,

eslabona una cadena de lectores

y, entre tiempos, el banquete de palabras

traza coincidencias, disyunciones, conjunciones,

apuntes alrededor del deseo,

entregas sin fin,

mañana germinando

este título que no cuenta

la correspondencia con el lector.



Entre tantos afanes, el hambre,

la sed de conocimiento, de Ser,

construyen un poema ínclito

al menos en su pretensión más íntima.



Títulos veredes, Sancho,

en la proximidad, a lontananza,

y habrás de percatarte con azoro

que no hay hoy, sólo ayer y mañana,

expuestos, denudados apuntes alrededor del deseo.




O, como dice Tasurinchi en El Hablador: “Cada hombre tiene su obligación […] ¿Para qué andamos? Para que haya luz y calor, para que todo esté tranquilo. Ése es el orden del mundo. El que conversó con las luciérnagas hace lo que debe hacer. Yo cambio de lugar cuando aparecen los viracochas. Será mi destino, tal vez. ¿Y el tuyo? Visitar a la gente, hablándole. Es peligroso desobedecer al destino. […] Ahora les hablo a ustedes. Mañana cómo será”.

CONSTRUYEN UN POEMA ÍNCLITO





He llegado al punto en el que el deseo se convierte en maravilla y la evocación transforma el clamor en ruego.

¡Qué importante es el retorno!; para una cultura como la nuestra donde la memoria es cosa del pasado, no más, y para la que es preferible el progreso a la historia. Aquí cabría apuntar algunas de las consideraciones que hace Eloy Urroz en su novela Fricción, que aún estoy leyendo, y las cuales pone en boca de su personaje Eusebio Cardoso. Me interesa retomar esas palabras por razones personales, pero también para prenderme del gancho de esta cadena a modo de cebo, quien quita y pesco más que un resfriado.

Y es que “esto del realismo […] es una pinche manía que en el fondo tiene que ver más con un problema de verosimilitud que con un problema de mimetismo o reflejo acucioso del mundo, el cual, en principio, no me interesa. A mí como lector y/o espectador de películas siempre me ha importado una cosa por encima de todas las demás: la verosimilitud, la puta verosimilitud, aun cuando se trate de marcianos, sirenas ninfómanas o gigantes meones en la cima de Notre Dame […] Lo demás se desprende de ella, de la verosimilitud; lo demás se supedita a mi convicción o fe, a la capacidad del autor por hacerme creer lo que estoy viendo o leyendo, y si no lo consigue, si yo no adquiero o me avengo con la supuesta verdad insinuada por él, entonces decaen mis ganas de continuar mi tarea de inmersión friccional: mi atención se desvanece, el acto de ver la película o leer el libro deja de tener sentido, deja de importar, y me quedo dormido […] ¿Para qué sigo[…]? […] Mejor cerrar el libro, mejor salirse del cine, mejor enfrentar la realidad, la cual, es cierto, a veces resulta mucho menos verosímil que cualquier fricción. ¿A qué se deberá esa debilidad, esa flaqueza mía o lo que sea? Acaso de allí surja esa urgencia por cerrar lo que hace rato dejé inconcluso, a medias […]”.


Todos en algún momento dejamos algo inconcluso, queriendo o no. Eusebio Cardoso en ese punto retoma dentro de la novela la truculenta historia de la parentela de su mujer. ¿En mi caso? Sumo y resto ideas, añado títulos que no cuentan y sin embargo abonan significado a estos Apuntes alrededor del deseo, que cuentan sin grandes detalles, que asoman tímidamente la historia de una familia, de un individuo común que de pronto se cree extraordinario; una historia con tintes de ficción y, sin embargo, en su vaguedad, verosímiles. Estos apuntes se antojan cual mi historia, tu historia, la historia de no sé quién. Lo que se cuenta puede ser tan cierto como falso, según se cuente y sobre todo según el propósito de quien narre.


Aquí seguro alguno me reconvendrá acentuando la finalidad de estos espacios, reclamando que súbito en mis regodeos lingüísticos no tome en cuenta al lector. En ese caso sólo me queda citar divertido a Eloy Urroz nuevamente: “Querido lector, no me he olvidado de ti, de ninguna manera. Imposible. Sin ti, ¿recuerdas?, no habría historia y tampoco tendría compañía, estaría solo como ostra. Jamás te he abandonado […] y tampoco, lo sé, tú me has olvidado a mí, de lo contrario ya no estarías leyendo, ¿o no es cierto?, de lo contrario no habrías llegado hasta este infame y escabroso recodo del camino, hasta estalargahileradetenebrosatipografía”.


Y no faltará también quien se exalte y exclame: “¡Basta de citas! Espero reseña”. A tal responderé: qué mejor resumen que el contenido en las palabras mismas del autor.


El acto poético de la literatura descansa sobre los cimientos de la intención y se levanta con la energía de la intensión. La plancha de palabras sólo sirve de base para las paredes, castillo y umbrales que componen la construcción de esa casa llamaba texto o libro, y en la que habitan caras, voces, nombres, estímulos; donde circulan y acaecen sentimientos, pensamientos, ambientes verosímiles.


La realidad grosera del poema deslizado entre estos apuntes alrededor del deseo hace viable cualquier ficción —o, como nombra Urroz, fricción—. Escuchar una voz a través de la línea telefónica puede volverse una promesa, aunque lo dicho por tal voz no asegure o comprometa nada en particular. Del mismo modo que los animales escuchan “a través de nuestro silencio, a través de nuestra piel, a través de nuestros ojos, lo que somos y queremos”, allá en la distancia, del otro lado de la línea telefónica, del otro lado de la invisible conexión que une al autor con su lector, alguien, un personaje como Zaydún (La mano de fuego) “evocaría esa lección de la infancia muchos años después, escribiendo [así fuera sobre el papiro del interés] sobre la urgente necesidad de los hombres de convertirnos en animales del desierto y aprender a escuchar [en los seres amados], a través del silencio incluso, a través de su piel y su presencia [o ausencia, acoto], la naturaleza más profunda de sus deseos”.


Imagino en este preciso momento a uno de los personajes de mi historia personal, su voz inesperada, oída luego de veinte años de ausencia. Imagínole bebiendo un poco de agua, quizá enjugando con el dorso de la mano una lágrima, y descubriendo, como plantea Ruy Sánchez [op.cit.], que “lentamente y por caminos imprevisibles sobre la piel, el agua se convierte en fuego. Y de la mano puede surgir un incendio que se propaga por todo el cuerpo. Que llega a la cabeza y hace arder incluso las ideas, las palabras, lo que se mira y lo que se anhela” cual decreto.


Maravilla extraña, el deseo. Extraña y maravilla, el afán. Por esto y más deseo afanosamente.

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