Presentimientos… Más que un título de novela; un reflejo, una posibilidad. De nuevo mis sospechas se confirman… Ante los ojos de Desirée.
“¿Dónde estoy que me he perdido?”, nos preguntamos Luciano Talbek, Lucía y el autor de estas líneas; el primero en la obra de Federico Reyes Heroles, la segunda en la de Clara Sánchez y el tercero en la vida cotidiana. El primero, periodista y académico, en su extravío existencial concluye: “Todo fue un invento que deseo revivir. Qué solo estoy. Me lamento de mis facultades histriónicas, me admito derrotado”. La segunda, mujer, madre y esposa, en su inconsciencia producto de un fatídico accidente se reconstruye, imagen tras imagen, como elemento de un mundo imaginario que tiene toda la realidad contenida. Y el tercero, aspirante a escritor, comunicólogo, poeta, académico, ermitaño profesional se exhibe medroso, reptante entre renglones y frases silentes como estas que generan ruido en tu cabeza, amable lector.
Dos novelas que, aun cuando distintas, empatan. Un hallazgo más que se suma a los palomazos y señalamientos previos en estos Apuntes alrededor del deseo. Gajes de la vida y de la literatura. Luciano y Lucía son como dos caras de una misma moneda, una que puesta en mi mano y lanzada en suerte me hala a modo de extensión de su valor.
Como Luciano Ante los ojos de Desirée, hoy digo: “No tengo empleo y la palabra liquidar me resuena. Conciencia repleta, a pesar de las horas de sueño. Admito querer fugarme. Ni alcohol, ni pastillas; soy yo conmigo mismo. […] Ni Tagore, ni Rilke. Vacío, plenamente vacío; sin pasión, ni mito; sin mentira, ni verdad. Sin actuación, tal como lo imaginé. Estereotipos que, como agua creciente, me ahogan. Me busco en la falsedad de mi propio engaño. Me busco en la realidad de tu propio ser”.
Como Lucía anhelo el reencuentro con los seres queridos que sé donde están y sin embargo sé lejanos; y como su esposo, Félix, me preocupo, me angustia la salud de mi amor.
Pero, también, atento a los comentarios que pueden o podrían suscitar estos apuntes no descarto escuchar como Talbek: “Mira, Luciano, déjate de marometas intelectuales y sigue viviendo; ya lo dijo alguien, no sé quién, estamos a bordo de la vida, vivir es nuestra profesión”.
Y, escribiendo esto, como fondo, la voz de Eugenia León murmulla en mi oído “Como yo te amé”.
El deseo se antoja como una suerte de noche inquieta; una en la que el sueño es el único que cuenta, cuando las palabras, todas, hasta los neologismos, carecen, si no pierden, el significado usual que les damos en el día, siquiera en la conversación matinal o en la despedida bajo la sombra violeta del ocaso. Una, sin embargo, en la que se conoce de una vez para siempre la razón por la cual el Sol no necesariamente sale para todos.
Todas la personas, en todas las culturas, requerimos la definición; hasta los chinos, y si no se cree, mírese por lo menos de soslayo su aspiración olímpica a modo de advertencia: “aquí estoy”. El verbo, siendo lo primero en la creación, devino y continúa en el plano básico de la determinación. Se es lo que Es. Ser, como verbo fundamental, en cuanto acto originario, desde el cual dimana todo es (valga la redundancia) también destino de nada, de la Nada. En el Ser, en ser, radica La Historia Interminable que nos ha expuesto Michael Ende. Y esto queda apuntado sin ánimo de construir una densa filosofía al amparo de Martin Heidegger.
Empleado un poco de humor involuntario y como siguiendo el hilo de entregas previas, Luciano Talbek, el personaje central que explora Federico Reyes Heroles en su novela corta Ante los ojos de Desirée es victima de la y de su estupidez.
En una suerte de monólogo eventualmente interrumpido por encuentros utilitarios, el pensamiento y el sentir de Luciano se confunden. Mis sospechas expresadas antes acerca de su probable paralelo con mi biografía se confirmaron parcialmente, como ocurre con toda experiencia vicaria surgida de la ficción. Todo en su intimidad es deseo: hacia la mujer amada, figura etérea cuya existencia material es dudosa; hacia la mujer amante, bruja y madre, expuesta y exigente, como trazan las mitologías y según explica Joseph Campbell en El Héroe de las Mil Máscaras.
Impelido por el afán de verdad, pero también con el prurito de la mentira, Luciano Talbek, periodista, observador incluso crítico del régimen político bajo el cual vive, como apunta Glucksman en su examen de la estupidez, “cuando piensa en el totalitarismo […] se convierte en víctima de los mitos que circulan en la sociedad observada. […] El pesimismo del análisis induce al optimismo de los pronósticos: una voluntad que quiere ser ella misma acaba por devorarse a sí misma, del mismo modo que las más devastadoras tempestades de arena acaban por dispersarse. […] En la medida en que la voluntad se dispone como vínculo constitutivo de un sistema donde nadie es digno de fe y donde no es posible contar con nada, es preciso concluir que este antimundo está socavando por una enfermedad mortal y que promete hacerlo estallar; el terror debe volverse contra el terrorista. […] El ejecutor es ejecutado. […] Pero, ¡oh, sorpresa!, el sistema subsiste”.
Talbek busca dejar expuesta la corrupción. Sus fuentes informadoras, sin embargo, no son muy confiables. Desea ser responsable con respecto al hijo que espera su exalumna Gabia. Anhela el reconocimiento de su nombre en los medios cual si fuese el del mismo dios Hermes, pero no puede hacer más que confirmarse con la medianía a que lo ha orillado su condición de hijo predilecto de la clase media. En este punto una tenue, obsesiva “preocupación por sobrevivir” propia del individuo ciudadano de una era postotalitaria “centra la atención —dice Glucksman, citando a Fidelius— en que “el deseo de estar tranquilo, el ritmo biológico, acaban por refrenar y controlar al individuo; y la vida por sí misma se impone como valor supremo mientras no ve otra cosa que el día presente”.
En medio de su circunstancia, sólo le queda reconocer ante la visión de una cerveza que sólo se siente que no se siente solo y, más tarde, ante los ojos del deseo mismo, muriendo literalmente de sueño y ensueño, que, existencialismo de por medio, se nace para morir, se muere para nacer.
Al amparo de esta disquisición expongo mi fundamental coincidencia con lo que el buen amigo bloguero de esta Cadena de Lectores Alfaguara Alfredo Flores Barrón apuntó en su espacio al reseñar este texto de rápida lectura, aunque por experiencia personal me siento inclinado a resistirme a la distancia que obliga la glosa común. En estos Apuntes alrededor del deseo, casi confesionales, me he hallado como Talbek haciendo un monólogo muy al estilo de Miguel de Unamuno y cómo él, sólo me resta disculparme y afirmar que la densidad de mis palabras e intervenciones obedece a una estúpida obsesión por una existencia egoísta mas no ególatra. Sólo me tengo a mí para explicarme la existencia, y sólo desde mí puedo observar la existencia tal como lo hace Talbek Ante los ojos de Desirée: “He pensado que la mediocridad es el gran mito a vencer, el gran monstruo a contener. Salir de ella, ésa es la meta que parece alejarse con la intensidad del trabajo […] la mediocridad, eso sí que a todos nos preocupa. […] Creo al fin en mi propio ser mediocre y, relajado, continúo. Admito que mis fracasos nocturnos me han llevado una y otra vez a situaciones ridículas que prefiero olvidar, aunque en ocasiones me brinda noches aparentemente apacibles. […] Sólo hay una frase que me estorba, de alguien que dijo: tu mente desbocada, pero ella también puede estar en el error. Puede incluso ser la causa por la que no desea verme; claro, eso debe ser. Creyó en mi mente desbocada y ahora descubre mi gran mediocridad. Creyó en mis inventos que ahora resultan inexistentes. Soy lo que veo, un mediano periodista de paisito subdesarrollado, que en ocasiones promete y en otras agota. De paisito que adoro porque se me ha dicho que debo encontrar los beneficios del subdesarrollo y hacer la crítica de los avanzados. […] No soy más que un desgastado Quijote que se reconoce en su dimensión”.
Agradezco mucho tu comentario, Edgard, y tu tiempo. En efecto, El Hablador es quizá de los libros menos conocidos de Vargas Llosa. Confieso que no lo conocía, como tampoco algunos de los títulos incluidos en el volumen que he venido disfrutando. De estos tomé el mencionado primero por lo atractivo del título, en segundo lugar con el propósito de poner a prueba la resistencia física de la edición (muy gruesa), ya que queda justo en medio del tomo; en tercer lugar con la creencia de que era un relato breve y para descubrir que se trata de una novela en toda forma, que aun cuando corta, abarca casi la quinta parte del libro. Descubrí que esta edición es terriblemente incómoda y no abona al goce de leer textos tan frescos y fluidos como los que acostumbra Vargas Llosa en la ficción.
Tema aparte pero no del todo desligado, descubrí un Vargas Llosa estudioso, cuyo oficio periodístico le sirvió de sólido basamento para construir un texto didáctico en lo antropológico, en lo etnológico, preocupado por la conservación de las raíces "primitivas" del Perú amazónico, muchas de ellas ancladas en la tradición oral como son los mitos de la creación, las leyendas relacionadas con los ritos de iniciación, etc. Y por supuesto, con un interés acucioso por registrar el vocabulario más asequible de las lenguas indígenas retratadas.
Su dificultad quizá se encuentra en este último punto, porque es común que el lector no debidamente entrenado en la lectura comprensiva (como nos ocurre a muchos mexicanos) se atore en las palabras y en el afán por definirlas no valore el contexto. Ocurre con textos que incluyen nahua, inglés o cualquier otra lengua. Adoleció de lo mismo la literatura modernista con su cosmopolitismo que hoy no falta quien tache de rancio.Con esta novela, Vargas Llosa se sumerge en la literatura indigenista desde su estilo y consigue una obra que me atrevo a decir es de la mayor importancia. No es por ningún motivo una obra menor. Toda proporción guardada, cabe en el mismo cajón donde pondríamos en México sinnúmero de antologías de cuentos, reproducciones de leyendas, códices y novelas memorables en torno al tema indígena prehispánico, precolombino e incluso de la época de la conquista y posteriores.
POST DATA
El presente texto lo he tomado directamente de entre los comentarios a este espacio. Si bien su inclusión, como la anterior entrega desvirtúan el orden de los títulos de estos Apuntes alrededor del deseo, no hace lo mismo en cuanto a la esencia de los mismos, pues detrás de cada entrega está el deseo de diálogo contigo, amigo lector, cuya paciencia agradezco infinitamente.
De antemano, una disculpa a todos los que, amigos o detractores, han seguido estos apuntes alrededor del deseo. Este título no cuenta como parte del conjunto que llevábamos. Sé que tendría que escribir estas líneas en otra parte, pero por arte del destino han quedado indisolublemente asociadas a esta cadena; no por gusto ni por azar, más bien como exabrupto, cual apéndice deseoso.
En días pasados recibí las lecturas correspondientes a las entregas venideras: Presentimientos, novela por Clara Sánchez y cuyo blog recomiendo ampliamente; y Ante los ojos de Desirée, novela corta escrita por Federico Reyes Heroles. La primera, española. El segundo, mexicano. Como es de esperarse, de inmediato les hice sitio a la mesa del banquete mencionado líneas atrás y me dí a la tarea de comenzar su lectura.
Ahora bien, si he comenzado con una disculpa, es porque no tengo los seis sentidos puestos en la encomienda. Y así lo anoté en la primera de forros internos ante los ojos de Desirée con un texto aplicable a ambas obras:
6 de agosto de 2008. Aun antes de leer este libro adivino en su trama una gran similitud con mis sueños, con mi vida misma. Ya veré cuan cierta es mi sospecha. Por lo pronto lo recibo cargado de tristeza, pesadumbre y angustia, pues en días recientes y hoy se ha confirmado, la noticia acerca del estado de salud de mi madre, de mi gran adoración, me enfrenta con la proximidad de lo inevitable.
Es verdad que aún no hay una sentencia dada, que no hay una fecha definitiva. Nadie muere en la víspera y, mientras hay vida, hay esperanza. La ciencia ha avanzado horrores, pero no hay garantía cuando el diagnóstico señala la inminencia, el pelígro constante del rompimiento del aneurisma que aqueja toda la aorta de mi cómplice, amiga, confidente. No me hago a la idea de vivir alejado de ella, sin ella. No es miedo a la soledad, siempre he sido solo, solitario, soltero. Es miedo en todo caso a su ausencia.
Hace dos años perdí a mi compañera, mi perrita Milka. Nunca experimenté una simbiosis semejante con una mascota. No la he llorado. A la semana siguiente murió la hermana de mi madre, muy querida. No la he llorado. Ahora se me quiere arrancar lo que me queda. No puedo, no debo llorar. La fortaleza es necesaria para sobrellevar el trance, para servir de soporte.
Perdón. A veces flaqueo.
Ahora, sólo espero poder cumplir su íntimo deseo final: ver a sus nietos, aquellos de los que no sabemos nada desde hace 20 años, antes de partir.