MAÑANA GERMINANDO

Mucho más que molinos

Llegó a la isla con ojos nuevos. Surgió de pronto tras el accionar de un botón. Su nombre recuerda al del limosnero y su apellido encierra el misterio de la primavera, la sabiduría milenaria de oriente.

En su primer día de nacido, Beggar Mayo quedó atónito ante el panorama utópico que se ofrecía a su vista. Como todo neonato, la torpeza de sus movimientos lo delataba. En medio de otros seres que se asemejaban a él, un sentimiento de desamparo lo embargó. Su primer impulso: lloriquear, pero como no salía voz alguna de su garganta, lo único que acertó a hacer fue manotear con desesperación.

Alguien a su lado comenzó a hacer lo mismo y eventualmente fueron surgiendo, letras, palabras, frases que sólo yo veía en su mundo virtual. Me tomó como su intérprete y narrador, y por ello ahora escribo las experiencias de Beggar Mayo, el primer avatar que surgiría en mi vida.

¿Quién soy yo? Eso no importa. Confórmate con saber que de aquí en adelante conocerás por conducto mío los entuertos y aventuras de una quijotesco personaje surgido de una segunda vida y dispuesto, como aquel famoso hidalgo, a confrontar mucho más que molinos.


Apostillando

Los jurados de Alfaguara sabrán perdonar mi reserva. Contar una vida, mi vida, no es cosa tan sencilla como parece. Es un acto de confesión, un desnudarse ante ojos ajenos cuando a veces ni siquiera los propios se atreven a descubrir las huellas de los tormentos, o las tersuras de caricias acumuladas en la memoria.

Para efecto de este concurso, sin pretender ganar, sólo he preferido mostrar una faz, la ficticia. Una careta que, sin embargo, devela una capa de la cebolla que supone toda conciencia. En mi devenir, Beggar Mayo es más que un personaje, es el narrador mismo de una aventura aún guardada en el tintero. Una serie de entuertos y avatares que aún no termina de construirse, pero que es susceptible desde ahora de ser apreciada por lo menos y en principio por el espejo de la ambición.

Así que, no espíen más por lo pronto, señores jueces. En este proceso en el que ahora me encuentro, cualquier argumento podría resultar contraproducente. Sólo sigo los consejos de mi defensora, mi amiga Soledad, de la que siempre he recibido comprensión. Auguro que el fiscal que pose sus ojos sobre este expediente se verá, se sentirá en la necesidad de contratar a un detective, a un historiador o de menos a un avezado periodista para hacer las pesquisas suficientes que den luz sobre el aparente misterio de mi vida. Una vida, sobra decir, que algunos tachan de melodrama barato. Pero es una historia común. ¿Qué más puede ser? Sí, veo esa duda en los ojos de algunos de ustedes. Se los diré. Una novela taquillera cuyo título sería…

No crean que vendaría fácilmente la obra. Tras las páginas web, tras las paredes, los avatares acechan, espían, aguardando el momento para apropiarse de los derechos del creador.

No, no me vean con gesto incrédulo. Cada uno de ustedes está a la caza de historias que no les pertenecen. Se han mostrado incapaces de contar su vida y, como ladrones de tiempo detrás de Momo, babean ante la posibilidad de asestar el golpe artero. Pero yo no les pertenezco, ni Beggar Mayo, ni ninguno de mis álter ego. Aunque pretendan lo contrario y me arresten por guardar mis secretos o contarlos sólo en esa tierra de nadie que ocultan los libros. Entiendo que quizás a sus ojos soy díscolo. Simplemente soy reo de mis aspiraciones literarias. Como alguna vez confesé.


Preso en conciencia

Me encuentro confinado en estas líneas, acusado de herejía, apóstata. ¡Anatema!, dice el sello al calce y, no obstante, me siento más libre que nunca.

No niego que en ocasiones la letra hache me remite a los barrotes de mi conciencia. Hay veces, también, que la letra te me recuerda el cadalso de penurias y sacrificios que la vida levanta en el monte de la esperanza. Todavía la letra o me encierra en un pozo de admiración, sobre todo cuando compruebo cada mañana, al despertar, oh, que aún respiro por la gracia de Dios. ¿O será que el aislamiento ha comenzado a revelarme la inmensidad del horizonte, la pasión del tiempo y la profundidad tras el ocaso?

Te escribo en el afán de escapar del aburrimiento, con la intención de limar la aspereza del letargo; para no caer en el olvido de lo que fui y podría ser. Pero me embarga la sensación de que toda palabra es inútil mientras no encuentra el modo de huir del miedo a decirte cuánto de amo.

En efecto, cada rasgo, cada trazo es un intento por minar el muro de tu indiferencia. Pienso que, socavando tus defensas, algún día me declararé inocente de toda sospecha y, así, me entregarás las llaves que abran tu corazón…

Nunca imaginé cuán placentero podía ser quedar preso entre tus brazos, encerrado entre tus piernas. No fue sino hasta ese aciago día de abril cuando me percaté de lo agobiante que sería añorar tus manos rodeando como tersos grilletes mis tobillos, inmóviles en su deseo, mientras el ritmo de tus caderas torturaba el hilo ardiente de mi pasión ahogada en ti. Desde entonces no hay día que no repase el legajo que contiene la sentencia que me dictaste: nacer de nuevo.

Me hallaste culpable de engendrar en ti el recuerdo de un delito. Un crimen, dijiste, que no quedaría impune, uno que tarde o temprano debería afrontar con entereza y responsabilidad. Yo estuve dispuesto a pagar el precio. Así perdí mi libertad, por causa de tu amor.

ENTREGAS SIN FIN

¿Cuándo es conveniente, adecuado, permisible, deseable contar la autobiografía de uno? ¿Qué es o debería ser una autobiografía? ¿Un acto de expiación, uno de contrición; exorcismo, vanagloria de uno, desdoblamiento, condolencia por el mutuo pesar que el paso tiempo ocasiona en el espíritu y en la materia del propio ser? Acaso sea reminiscencia, pero de seguro implica deseo. Anhelo de lo que pudo ser y no fue, de lo que fue y ya no es aun cuando dejó profunda huella, de lo que es y pudo haber sido, de lo que está siendo y pudiera no ser, de lo que será y pudiere no ser como se imagina, como se sueña, como se espera.

¿Qué palabras me permitieron llegar a este punto gracias a la bonhomía de la editorial Alfaguara; cuáles fueron las frases sueltas o confundidas que dieron tino y pie a que ahora pueda escribir estas líneas en este espacio? Tal cuestionamiento efectuó hace tiempo un amable amigo lector. Un poco bajo la motivación similar a la de Maruja Torres en su novela Un calor tan cercano, y como mera ocurrencia ociosa, en atención a la convocatoria que hizo a fines del año 2007 la editorial Alfaguara para inscribir un texto que narrara la autobiografía de uno mismo, puse a su consideración una mezcolanza salida de un par de bocetos que había publicado en otros espacios de mi autoría (Mucho más que molinos. Andanzas y Avatares de Beggar Mayo SL, VETA Literaria), claro, con la debida corrección de estilo y edición para conformar una relativa unidad temática y narrativa.

A petición de dicho amable amigo y como lo prometido es deuda, ahora, aquí y enseguida, incluiré y compartiré la que sería la primera de una serie de entregas sin fin a la que se suma esta de hoy y las próximas, se trata de la semilla de estos apuntes alrededor del deseo y el rizoma, también, fundamento de una aspiración largamente acariciada.

APUNTES ALREDEDOR DEL DESEO

Hace poco más de dos años que no percibo ningún ingreso formal; he venido viviendo del crédito, de la venta de desechos y vejestorios, de la caridad y más recientemente del aire y casi de milagro. Siempre anhelando. Los reclutadores de las empresas, cuando no alegan que mi currículo es muy “amplio” para sus expectativas, afirman en cambio que carezco de determinados requisitos. Invariablemente —y eso ya desde hace diez años— la edad es un obstáculo. He debido rechazar trabajos donde la paga es tan exigua que apenas da para sobrevivir al día; y no es que no caiga bien esa centaviza, sino que los gastos y compromisos son muchos y onerosos, los fijos e irrecortables. El autoempleo, si no es en algo relacionado con ventas ya por catálogo ya multinivel o las más tradicionales formas, se antoja difícil; porque eso de las ventas no es mi especialidad ni mi gusto ni mi mejor habilidad, o requiere inversión y, a no ser tiempo, ganas y disposición, no tengo nada que invertir, ni siquiera que empeñar o poner como garantía para un préstamo. Además, las deudas me ahogan y me hallo boletinado.

Pero estos apuntes alrededor del deseo y han sido algo mucho más que molinos contra los cuales luchar. Son las andanzas y avatares de un personaje llamado Beggar Mayo SL en su segunda vida, una en la que la apuesta sobre la oportunidad pasa por la soledad y transcurre en el desierto virtual del desconsuelo. Y es que en su primera vida descubrió y comprobó y entendió y se reveló a sí mismo un buen día ante el hecho de que, no la enfermedad sino la pobreza y la ignorancia, es lo que mata. De poco sirve, concluyó entonces, resignarse ni persignarse. El esfuerzo nunca es bastante como tampoco devanar los propios sesos cuando de existir se trata. Más pronto que tarde, la desesperanza acecha y puede hacer presa del desdichado, del abandonado a la desidia, al reconcomio o a la desmemoria.


Vuelto un aventurero, vagabundo virtual, Beggar Mayo SL aprendió a observar más que sólo ver alrededor, a extraer del deseo la fuerza necesaria para adquirir lo pretendido, lo soñado, lo supuesto, sin violentar causas o discriminar efectos. Por esto optó por los senderos matriciales y se lanzó a navegar y a deshacer entuertos en el mundo desdoblado del nunca jamás, donde todo es posible, solo eso, posible y poco más.

TRAZA COINCIDENCIAS, DISYUNCIONES, CONJUNCIONES

Saúl Zuratas “Mascarita”, personaje central de El Hablador novela escrita por Mario Vargas Llosa y que conforma el ancho volumen Obra Reunida. Narrativa Breve, es un humanista interesado en la etnología y crítico acérrimo de las perversiones hegemónicas de la civilización occidental y su nociva incidencia sobre los pueblos indígenas. Crítico también del socialismo real y de las desviaciones del comunismo. Su apodo obedece a un lunar morado oscuro, vino vinagre, que le cubre el lado derecho de la cara. Por esto pienso que es pariente mío en línea paterna, pues ocurre que semejante lunar, sin importar tamaño y ubicación, es hereditario y, como norma genealógica, se repite lateralmente cada dos generaciones. Yo tengo uno igual, diminuto, con forma de fresa o corazón, en la mejilla izquierda; una tía carnal de mi padre, prima hermana de mi abuela, tenía un lunar muy semejante al de “Mascarita”, mientras uno de sus hijos, dicen, en un testículo. Otra razón para suponer un parentesco con un personaje literario, quizá inspirado en uno real (habrá que preguntar a Vargas Llosa) es que el apellido Acuña (el de mi padre y su tía), luego de originarse en Portugal, donde más importancia y difusión ha tenido históricamente han sido España, México, Perú y Filipinas.

Más allá de imaginar o especular que, con su narración ubicada en el Perú amazónico, El Hablador contiene latentes unas características transgeneracionales, tal vez me ha servido como piedra miliar y para descubrir que quien suscribe estas líneas, y hasta cierto punto y como anota Vargas Llosa en la novela, es una suerte de hablador que ejerce “un liderazgo espiritual”; tal vez realiza “ciertas prácticas religiosas. Pero por alusiones captadas aquí y allá, en una frase suelta de uno y una réplica de otro”, su función parece ser, “sobre todo, aquella inscrita en su nombre: hablar. […] El hablador, o los habladores, debían ser algo así como los correos de la comunidad. Personajes que se desplazaban de uno a otro caserío, por el amplio territorio en el que estaban aventados los machiguengas, refiriendo a unos lo que hacían los otros, informándoles recíprocamente sobre las ocurrencias, las aventuras y desventuras de esos hermanos a los que veían muy rara vez o nunca. El nombre los definiría. Hablaban. Sus bocas eran los vínculos aglutinantes de esa sociedad a la que la lucha por la supervivencia había obligado a resquebrajarse y desperdigarse a los cuatro vientos. Gracias a los habladores, los padres sabían de los hijos, los hermanos de las hermanas, y, gracias a ellos, se enteraban de las muertes, nacimientos y demás sucesos de la tribu. [… E]l hablador no sólo trae noticias actuales. También, del pasado. Es probable que sea, asimismo, la memoria de la comunidad. Que cumpla una función parecida a la de los trovadores y juglares medievales. […] ¿Qué tienen de particular los habladores? […] Son una prueba palpable de que contar historias puede ser algo más que una mera diversión […] Algo primordial, algo de lo que depende la existencia misma de un pueblo”.

Así, me rebelo hablador, verborréico, dotado de palabras. Humano. Escucha de anhelos y de sueños propios y ajenos. Colmado de ansias narrativas como la mano del fuego; descriptor, explicador, pretextador. Tejedor de ocasiones capaces de mostrar, como argumenta Ismael, tío de Maruja en Un Calor tan Cercano que, “la verdad flota sobre el error como el aceite sobre el agua”. Tejedor de ocasiones también capaces de cuestionar, parafraseando a Maruja, ¿por qué el error y no la mentira?; y responder igualmente que “mentir es sólo una decisión periférica que apenas modifica la equivocación fundamental” que abarca una vida.

Tal y como confiesa Maruja, a mi vez confieso, usando su dicho, que “cuando la escritura se convirtió para mí en ley de pesos y medidas, en un catalizador capaz de separar el agua y el aceite, la aplicación de su disciplina puso fronteras a mi necesidad de relatar en bruto, y ordenó mi confusión. Por debajo del perfecto entramado serpentea, sin embargo, una malévola anarquía, el ojo incomprensible, siguiéndome desde el lado más oscuro. El error que casi siempre nos conduce, que casi siempre nos alcanza”.

Aunque no lo creamos, los seres humanos solemos vivir en el error. Nos cuesta mucho aceptarlo. El solo reconocimiento de este hecho lo vemos como un atentado a la vanidad y, por ello, optamos mejor por exaltar la poca certeza que logramos de las cosas de la vida y sobre su incidencia en nuestro ser.

Tenemos pues, todos, unos más que otros, vocación de habladores. Contamos mentiras, ficciones que nos confrontan sutilmente con la equivocación fundamental que nos define. Haciendo esto nos volvemos atractivos, personajes recreados para contrarrestar la repulsión que podemos suscitar en nosotros mismos desde y respecto de nosotros mismos. Contamos verdades revestidas de afán, pretendiendo una cautela que simplemente termina por elogiar la estupidez del oponente, aun siendo este uno imaginario, alter ego.


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