TÁCTICAS DE MUERTE, ESTRATEGIAS DE VIDA

Mario Benedetti (1921-2009)¡Santo Dios! ¿Cuántas pérdidas más deberé soportar una detrás de otra? No bien he recibido el libro de Laura Gallego García, La Emperatriz de los Etéreos, recibo igualmente la noticia terrible para mi alma acerca del fallecimiento de otro de mis puntales: Mario Benedetti.

Ya me odio por tu culpa, oh, Dios; me he convertido sin querer en una triste plañidera. Tenía rato de haberme vuelto chillón, es cierto, pero ahora con cada viento, con cada mirada, mi ánimo se embravece y azota a mi alma con una tormenta de llanto.

Ayer apenas me arrebataste a mi más puro y más grande amor, mi madre. Quizá con el afán de allanarme el dolor y curtir mis nervios, previamente tomaste las vidas de otros seres queridos: el señor Sauto, Milka, Tía Pipi, Armando. ¿Cómo al santo Job decidiste ponerme a prueba? Sin trabajo, endeudado, ahora me ves deprimido, al borde de la locura en medio de una soledad que me ahoga como jamás pude imaginar, y mira que te lo dice un solitario. Sin embargo, aquí me tienes, estoico, incluso cínico, dando mi mejor rostro con forma de palabras, alimentándome de verbos y adjetivos, personajes y urdimbres, enfrentando las tácticas de la muerte, entendiéndolas como dosis de estrategias de vida.

Día con día me esfuerzo sobremanera, agradecido sí, pero apesadumbrado. Me levanto tácticamente, vislumbrando estratégicamente el nuevo derrotero que me espera delante. Hoy, no obstante, he tropezado una vez más con la misma piedra de la melancolía. Hoy me das la noticia de que Benedetti, al fin, se rindió.

Como él luego de quedar viudo, yo hice lo propio para sobrevivir preguntándome igualmente "para quién". Con él y mediante su literatura comprendí que la meta de la vida no incluye un "para qué", sino un "para quién". Esto no significa que la causa absoluta no exista o sea despreciable. Claro está, el "que" orienta, materializa, modifica, hace eficiente, instrumenta la razón de ser. Pero la causa relativa es más poderosa pues el "quien" personaliza, dignifica, dirige, comunica, agenda, arraiga, promete, afirma y confirma la humanidad del agente, la santidad del destinatario de cada acto.

"Para qué" vivir posibilita, pone en potencia cualquier intención. "Para quién" vivir desata el ejercicio de la entrega con toda su intensión. Quítale al hombre el "quien" reflexivo y recíproco y qué queda, sólo zurrón. Palpitante, sí. Hablante, sí. Caminante, sin duda. Cuerpo en movimiento, mecanismo cartesiano. Pensante, definitivamente. Pero no más. Déjaselo y entonces tienes un ser dialogante.

Ahora, Mario también se adelantó y aunque deja en herencia una vasta obra de líneas y líneas de estilo, mucha publicada por Alfaguara, viene a ser, en mi zurrón, un hueco más por el que se cuela mi alma.

Los vanos seres humanos nos rasgamos las vestiduras cuando nuestros congéneres vejan las leyes trazadas para el correcto accionar social. La ley de la vida es inmisericorde y ella sola basta para hacer girones nuestro ser sin que nadie proteste suficientemente.

¡Protesto! Si de algo vale ahora, protesto por el dolor, protesto por semejantes ausencias y la soledad en que devienen.

Hoy, nuevamente, veo a mi alrededor y miro una casa llena y sin embargo vacía. Veo dentro de mí y observo un ego desvirtuado, recogido, enjuto mejor dicho, que apenas cabe en un puño sangrante. Queda todo y empero queda nada.

Eso es parte de Vivir Adrede. Bien apunta Mario:



El pasado es una colección de silencios, pero hay partículas calladas, irrecuperables provincias de mutismo, albas y crepúsculos que quedaron ocultos, más allá de ese horizonte tan poco hospitalario; tallos que nunca más se expandirán en rosas, oscuras golondrinas que se aclararán en uno que otro vuelo.

Lo perdido tuvo color pero ahora es incoloro. Los latidos del gastado corazón invaden nuestra noche, pero el insomnio actual tiene otra partitura. Lo perdido es también un par o dos de labios que probaron el sabor de los míos, y que ahora tan sólo puedo besar en mi memoria.

Lo perdido es la luna redonda que yo hacía ovalada en mi retina y el firmamento con estrellas que ahora es apenas un cielo raso azul.

Todo se va borrando, todo pasa a ser sombra y vacío. Y el obligado acabose no nos ayuda a hallarlo.




Hoy Mario se suma a mis pérdidas y paradójicamente, en sus cuentas, la vida va sumando utilidad con carácter de aforismos, extractos de vida y de obra:


  • "Me aferro al tiempo como si pudiera sujetarlo. Pero él transcurre, inexorable y sordo".

  • "La realidad es un manojo de poemas sobre los cuales nadie reclama derechos de autor. Debajo de cada piedra, de cada baldosa, se esconde un poema".

  • "Cuando llegue el momento de ser nadie, el mundo seguirá y no lo veremos. Si antes vivíamos cegados por el sol, ahora estaremos cegados por la sombra... Cuando llegue el momento de ser nadie, es mejor disiparse con la conciencia sepulcral tranquila".

  • "Hay quienes confunden la palabra siempre con la eternidad. Antes que nada conviene aclarar que la eternidad es un cuento chino. En cambio, siempre sí existe: es una permanencia o más bien una rebanada de tiempo... Ahora bien, siempre es antónimo de nunca, y ésta sí es una palabra definitiva: cuando cierra el portal no pasa nadie... Lo más prudente es habilitar dos bolsillos del chaleco: uno para guardar a siempre y otro para esconder a nunca.



El problema es que jamás, que también juega en este partido, siempre quiere hacer de árbitro y nunca expulsa a la trampa ni a la injusticia. Quedándose fuera del tiempo, jamás apela al olvido, marca el paso del devenir y a la larga se sale con la suya.

Así, entre ganancias y pérdidas, poemas y cuentos, ensayos y ocurrencias, "[U]no lee y relee. Cuando lee mucho, suele olvidarse de los títulos pero no de los personajes. Éstos perduran más que la trama novelesca o el ritmo de los poemas. En ocasiones, el nombre del personaje no siempre queda en la memoria, pero en cambio su soplo vital sí penetra en el alma del lector". Hoy Mario Benedetti, el personaje, se suma al índice onomástico. Mañana, como ayer y siempre y nunca jamás, su hálito alentará otros ojos. Hoy descansa en paz. Mañana insuflará nuevas rebeldías, amoríos y exilios

RECOGIENDO RASTROS

Tenía rato de no darme la vuelta por aquí. Perdónenme. Estoy que ya subo que ya bajo en el ánimo. Ya saben por qué y no insistiré en el tema. A causa de esto hoy en particular no tengo muchas palabras, aunque tenga mucho por decir. Baste con apuntar que al fin terminé de leer Fricción, novela escrita por Eloy Urroz.

¿He dicho "al fin"? Sí, pero no quiero que se me tome por un denostador de obras. El libro, como lo dije en un artículo hace ya numerosas entregas atrás tiene sus bondades, pero ahora quiero mencionar sólo dos puntos, uno que me desagradó y otro que me desesperó.

UN BANQUETE CORROMPIDO

El punto que me desesperó tiene que ver con la larga cuenta de páginas dedicadas a una especie o remedo de "Banquete" platónico en donde el autor reúne a varios nombres famosos para discutir, no precisamente de modo mayéutico, acerca del fondo y trasfondo de la fricción, que no ficción, que venimos protagonizando en tanto lectores junto con ellos, mezclada con la filosofía de Heráclito y otras linduras.

La extensión de la escena, plantearla más que cual tertulia académica mejor como una orgía de citas relativamente inconexas alrededor de temas existenciales y metafísicos, si bien por un lado conlleva el acercamiento del lector a determinadas ideas de la historia de la filosofía, a modo de mini conferencia y provocando hasta cierto punto reflexión, por otra parte, en cambio, cobra tal densidad y sustancia que el resto de la "fricción" pierde interés y memoria en uno. De pronto uno llega a pensar, "¿he repasado tantas páginas para llegar aquí!"; o, "¿vaya, un episodio que atrae suficientemente mi atención!"; o, simplemente, "¡uff, hacia dónde con tanta y tan sesuda cita!"

Respecto a mis gustos e intereses podría pasar muy bien este tramo del libro, y de hecho lo asimilé bastante entretenido; pero, el colmo, fue el segundo punto. Ese dio al traste, desde mi punto de vista, con lo que llevaba ganado.

NO SOY ASQUEROSO

Esta "historia", que no acaba de serlo y sí, como el propio autor define, alcanza la categoría (no sabría decir cuán reprobable) de "juguete" literario, es un juguete obsesivo o, preferentemente, una lotería de obsesiones donde la carta ganadora y principal es la caca.

¡No! No vayan a creer que estoy calificando al libro. El libro no es una caca, pero nunca me había topado con uno que desbordara tanta. ¡Y no, no se crea que me refiero a la redacción o la capacidad del escritor o a las palabras o al estilo! Literaria y literalmente desborda caca. A querer o no, acaba uno bañado en mierda, comiendo mierda, oliendo heces.

Como lo lees, amigo lector. Teniendo tantos temas derivados, enredados, propuestos por el mismo autor dentro de la "novela" para hacer de la obra un sendero gozoso, con su carga de sexo bastante explícito, ligero suspenso, una mínima dósis de acción, lo que termina convirtiéndose en el centro neurálgico del libro es la depravación y la burla alrededor. Personajes coprófagos, adoradores de las deposiciones, aparecen sólo en dos momentos, pero la fuerza con que son descritos, el peso específico que cobran en el ánimo de uno como lector los coloca en un sitio preponderante al grado de eclipsar a los protagonistas. Quizá habría preferido que todo el libro tratara el tema y anclar en él a los personajes y no, como sucede, exponerlo como ambiente y leit motif de una subtrama que termina por superponerse a la línea central.

Es sabido que lo oscuro, lo prohibido, lo deleznable, lo mórbido es un imán con la fuerza suficiente para jalar a cualquiera. En este libro queda claro que el autor no quiso abusar, pero justo por ese prurito, al ofrecer simples muestras jalonea el conjunto hacia una esquina riesgosa donde, en mi muy particular modo de leer, perdió el equilibrio.

¡Qué bueno que mi madre finalmente no hizo estofado de libros! No soy asqueroso, pero el platillo que habría resultado de esta novela, quizá un salpicón,  seguro habría funcionado en mí como pócima trasformadora y hoy estaría convertido, como Gregorio Samsa, en escarabajo; pero uno pelotero.

Pensándolo bien, quizá ya sucedió la metamorfosis y, con ese carácter hoy recojo ansioso, rutinario, feliz, los restos que va dejando Salomón o Solimán, el elefante que viaja por Europa en el libro de José Saramago. Mismo que, más pronto todavía que el anterior, estoy apurando como pocos, por su ligereza y facilidad que no obstante encierran la hondura del pensamiento agudo y humanista del autor.

¿Cómo voy con mis otras lecturas? En la próxima les contaré. Por lo pronto, y a propósito de salpicaduras de desechos corporales, cuiden y amen y procuren mucho a sus madres que el dicho que reza "sólo hay una" es más que palabras, si lo sé, es pura verdad. Y para las que son madres, como Angélica, estimada amiga y colega bloguera en este espacio, mis mejores deseos de dicha y felicidad junto a su prole, con quien hacen siempre la mancuerna perfecta.

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