APETITOSAMENTE, CUAL GOURMET CONCENTRADO

Y es que dicen que la lectura surge del deseo.

Nótese la generalización que he sacado de una sola frase expresada por la bióloga, cuentista y ahora novelista mexicana Mónica Lavín en cierta conversación que sostuvo con estudiantes de la escuela de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), luego que alguno le preguntara en relación con los motivos inspiradores de su reciente obra cuáles habían sido sus apetitos. “Yo creo que la literatura surge del deseo”, afirmó. Concuerdo.

A lo largo de estos apuntes alrededor del deseo hemos sobrevolado contextos, anclado pretextos y leído gozosa y acuciosamente textos sólo por el afán.

Generalmente entendido como opuesto a la necesidad desde las perspectivas psicológica, filosófica, sociológica e incluso mercadológica, si pidiéramos a un grupo de cartonistas que hicieran su versión sobre el deseo, muy probablemente la mayoría utilizaría como leitmotiv un rostro babeante.

Y es que el deseo nos deja idiotas tanto si se cumple a plenitud como si no. Por ejemplo, previo a este apartado me quedé idiota al corroborar que el Big Brother Alfaguara, atento con ojo de satélite o sonda sobre Marte, recogió no solo muestras de vida, ideas, ocurrencias, propuestas y comentarios publicados en los espacios que han conformado esta Cadena de Lectores, sino incluso los deseos expresados en esta especie de confesionario en línea donde uno a uno y en grupo los participantes hemos hecho solaz y esparcimiento conociéndonos, reconociéndonos, más allá de caras y cuerpos, simplemente por la palabra empeñada.

Otro ejemplo, al momento de escribir estos nerviosos renglones recibo el nuevo paquete mágico conteniendo las lecturas en turno de elogiar. Como es costumbre había solicitado dos volúmenes específicos conforme al acuerdo original con la editorial: Obra Reunida. Teatro de Mario Vargas Llosa y una lista de opciones que siguiera la trama de estos apuntes. ¡Oh, sorpresa! Nueva cara de idiota. Al abrir el paquete saltó como liebre ansiosa un volumen ancho, grueso: Obra Reunida. Narrativa breve, que forma parte de la colección que junta las obras hasta 1997 del autor mencionado. De pronto me retrotraje a mi infancia. ¡Qué ilusión! Temprano, muy temprano, anhelante, brincaba de la cama y corría al árbol navideño o al nacimiento, según la época, con la mirada ávida de regalos. ¡Ah, felicidad! Este, aquel, ese otro eran los presentes pedidos con fervor en la cartita escrita con ayuda de mi madre o alguna de mis hermanas. Pero uno o dos o tres más eran pilón o de plano premio consolador, sustituto. ¡Bah, decepción!

Pero hete aquí que, como anotan los refranes, “a caballo dado no se le ve colmillo” y “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Ergo, el genio de la lámpara siempre tiene alguna disculpa —muy razonable—, y lo mejor que puede hacer el deseante es agradecer el cumplimiento del compromiso y sacarle el mejor beneficio. Deseo satisfecho.

Y es que saciar el apetito es muy sencillo; no sucede igual cuando se trata del capricho.

Anhelaba volver a leer a Vargas Llosa. ¡Voilà! ¿Qué más? Esperaba un volumen adicional como parte de mi dieta. ¡Ups! ¿Sobrepasaría las calorías?

Sí, la literatura surge del deseo. Del deseo de contar, de narrar, describir, expresar. Del afán de las palabras, de los personajes, de las situaciones que, en ocasiones y en medio de la incertidumbre se desarrollan, crecen, nacen, mueren, transmutan.

Desconozco el teatro de Vargas Llosa, pero el filetote ante mis ojos como las viandas anteriores y que aún degusto goloso, chícharo a chícharo, se ofrece igual de jugoso. No cabe duda, la lectura surge del deseo. Comenzaré a destilar baba con este tomo.

Y de la baba se hizo la tinta con que escribe el caracol en su camino la sarta de silencios elocuentes que sólo la noche cuenta.

EN ALAS DE LA CULPA Y LA IRONÍA, MONOLOGANDO

Ya entrados y encaminados por la idea del festejo, de la celebración de aniversarios, aún es oportuno hacer extensivo el saludo a un periodista y escritor mexicano que en los primeras días de mayo cumplió 70 años de vida y recientemente recibió una nueva presea otorgada por el gobierno del Distrito Federal denominada 1808, y que pretende ensalzar al pensamiento crítico, independiente. Me refiero a Carlos Monsiváis.


Ávido lector de todo o casi todo cuanto cae ante sus ojos, ubicuo, persistente, tiene el impulso del naturalista al más puro estilo del siglo XIX, pero siempre moderno y hasta posmoderno. Especie rara que halla en la selva de asfalto o entre los matorrales de la cultura nacional o en lontananza, rumbo a un horizonte latinoamericano, “Monchi” —cómo algunos mientan cariñosamente al autor de Los Rituales del Caos, Aires de Familia, entre una abundantísima producción— se ha erigido aún sin proponérselo en el cronista de México.


Dueño de una expresividad irónica, punzante, el ejercicio del registro de los acontecimientos, los vínculos, mitos, monstruos, esperpentos e inclinaciones de la literatura, la política, la sociedad, le ha llevado a explotar con maestría la cantera de la crítica, a coleccionar los objetos y aforismos más ridículos y sobreponerse a su timidez gatuna cada vez que es requerido por la radio o la televisión.


En su “juguete”, como describe a su novela Fricción el propio Eloy Urroz, uno de sus personajes centrales, Arturo, en su afán seductor por atraer la atención de su entrevistadora Matilde, —ni más ni menos que “tu esposo(a)”, “lector(a)”—, argumenta crítico y sardónico: “Algunos vivimos, pintamos, no leemos”. Y en réplica, Maty dice: “[…] a mí me gusta leer también. En cuanto lo veo [a su esposo que eres tú, lector] con Fricción en la mano, yo también me pongo a leer y ¡vaya que tengo cantidad de libros atrasados!”. La lectura entonces cobra valor afrodisíaco, provocación, invocación, dislocación.


Leer o no leer. He aquí el dilema al que tal vez Monsiváis como Hamlet o como tú o como yo nos enfrentamos. ¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los insultantes dardos del infortunio, el abandono y la infidelidad del amante por centrar la atención en un atado de hojas; o, haciéndoles frente, haciendo a un lado las palabras ígneas, ideas, imágenes y ficciones de otros, cerrando el libro, acabar con ellos? Escribir. Ojear. No más. ¡Y pensar que todo puede llegar al fin por la simple acción de un estilete!


Vista la lectura como pretexto shakesperiano propiciatorio de la infidencia amatoria, de Monsiváis a Urroz solo dista… un lector; del libro a la cópula, sólo un guiño. Uno que transite entre obscenidades, bajo la penumbra de la duda en el solar, hacia la iluminación filosófica de la mano de Empédocles, confundido, confundiendo. ¿Culpable; de qué? ¿De hallarse en un monólogo con disfraz de charla?


Trazando en propósito una crítica constructiva, específicamente relacionada a la publicación de la novela Fricción, sugeriría al diseñador de la portada que cuide los detalles, pues si bien las piernas fotografiadas son fuertes y hermosas, el tapiz elocuente y el juguete evocador, perdió de vista que al voltear la imagen del robot, el rótulo “X-70” en el brazo de este quedó al revés dando al traste con el significado derivado de la cronología utilizada por Eloy Urroz para ubicar la raíz de los acontecimientos que contribuyeron a la formación individual del carácter de los personajes. ¿Peccata minuta? No lo creo, para una novela pensada y armada con dos historias corriendo paralelas, contrapuestas, complementarias como engranes sobre una cremallera.


Cual lector insaciable, Monsiváis es ejemplo de reciclaje. A través de su mirada trituradora, páginas enteras quedan desmenuzadas hasta el último átomo de letra impresa, de emulsión fílmica. Y quizá eso explique la compulsividad de su vasta obra en continua reproducción, pues las palabras en él semejan maná incontenible, vasca impresionante, cuajo sustancioso en espera de la paleta transformadora que lo vuelva crema, mantequilla, unto para la conciencia febril de poetastros, de politicastros, liliputienses y demás fauna letrista a la que de un modo u otro discursivo ya pertenecemos tú, aquel, todos, por virtud de las maravillas tecnológicas que facilitan la fricción implícita en el encuentro tanto como en el desencuentro inter net.

VA TALLANDO EN SUS BATALLAS

Con la guardia baja, ahora surgen las caras, los nombres, las justificaciones de los afanes.


Para Zaydún… El deseo. Así lo plantea Alberto Ruy Sánchez. Deseo: punto de fuga para el amor.


Para Arturo… El deseo. Así lo expone y disloca Eloy Urroz. Deseo: punto para la fuga del amor. Mientras él mismo indica en Eusebio… El deseo: fuga puntual y amorosa.


Para el pueblo español… El deseo. Así lo muestra Arturo Pérez-Reverte. Deseo: amor al punto para la fuga y la derrota del opresor. En tanto que para el imperio napoleónico… simplemente… deseo cargado de arrogancia.


Para el doctor Fitzpatrick, no puede ser distintivo: el deseo… de morir y olvidar, de hallarse y perderse en medio del calor peninsular. Asimismo, para el novelista, su justificación es el deseo de contar contándose.


Por suerte, las historias breves sobre naturales y sobrenaturales de Carlos Fuentes, se hilvanan con el hilo del deseo ya de creer ya de revivir.


Para Alfaguara, el deseo de promover y difundir.


Para mí, el deseo de escribir y leer y llenarme de palabras, emociones, idea, de imaginar, solazarme con mi maravilloso idioma.


¿Y para ti? ¿Cuál es tu justificación para haber llegado hasta este punto de fuga de unos apuntes alrededor del deseo y el amor a la literatura?


No me digas que “el deseo”, porque entonces habremos descubierto cómo éste va tallando su huella, constante, indeleble, en sus batallas por situarnos entre el pecado y la virtud.

ENTRE AMOR Y DISCORDIA, LAS ANSIAS GUARDADAS

Cerca de la meta, apuro una suerte de resumen o un resumen en suerte, desgajando citas, referencias, piezas de un rompecabezas cuyos perfiles esperan encajar en su réplica.


“Un buen libro erótico nunca se cierra, sigue vivo en las manos y en los ojos de quien gozó de sus formas. Un libro erótico puede contar la historia que sea, incluso la más inverosímil, lo importante es que produzca la aparición, el instante de la visión maravillosa, de la sensación irremplazable. Lo importante de un libro erótico es la epifanía: la revelación poética del cuerpo amado […]


“Que nada es lo que parece. Que al hacer el amor los amantes se leen y se escriben historias siempre distintas. Y siempre se hace por primera vez: siempre comienza de nuevo el reto de aprender a leer los deseos en ese otro cuerpo al que anhelamos […]


“En el amor y en el deseo todo cambia constantemente de sentido, todo es distinto o puede serlo: la realidad erótica es una especie de circo nómada en movimiento. De ahí el reto enorme de escribirlo. Porque una de las razones de contar cuentos, en la plaza o en los libros, es tratar de comprender la naturaleza cambiante del corazón enamorado, incendiado de figuras que engendra su imaginación deseante […]


“En el río del erotismo, de sus misterios y revelaciones, todos de una manera u otra navegamos. No todos tienen conciencia de ello y con frecuencia hay ahogados que no entienden qué les sucedió en la vida: los náufragos del erotismo. Quienes llegan a darse cuenta, lo navegan, lo sobreviven, incluso hay quienes franca y sanamente lo gozan, pero muy pocas veces lo reconocen como un río especialmente sagrado. Y como tal, uno de los componentes fundamentales de la vida” [Ruy Sánchez, op.cit., 140, 142, 144-145 y 183].


“Melville decía que un escritor necesita del ambiente de calma frescura y silencio con el que crece la hierba para poder componer debidamente una obra” [Lara Zavala, op.cit. 185].


“Los ojos claros son como la luz de una vela que atraviesa una linterna en la noche de la borrasca, es decir, los rayos que emiten no los apaga el viento pero, al mismo tiempo, logran iluminar, perforar la oscuridad” [Urroz, Fricción, 104-105].


“Vestido con sombrero de la inglesa, frac solapado y chaleco ombliguero, el literato e ingeniero retirado de la Armada José Mar de Fuentes pasea por la calle Mayor, paraguas bajo el brazo. Se encuentra en Madrid […] [T]ras un refrigerio en un café de la carrera de San Jerónimo, decide echar un vistazo por la parte de Palacio. La gente con la que se cruza parece agitada, dirigiéndose en grupos hacia la puerta del Sol. Un platero, al que encuentra abriendo la tienda, le pregunta si es cierto que se prevén disturbios.


“—No será gran cosa— responde Mar de Fuentes muy tranquilo—. Ya sabe: pueblo ladrador, poco mordedor” [Pérez-Reverte, Un Día de Cólera, 54].


A lo largo de estas entregas he venido jugando con los riesgos implícitos en el transporte de una obra a otra. Son varios los libros leídos al momento, y aun cuando pueda parecer tarea de locos supone un gran respeto y disciplina (trompetilla autocomplaciente).


A modo de quien se imbuye en un harén literario, acariciar pastas, revisar impresiones, hallar faltas sintácticas y ortográficas (algo imperdonable por mínimo que sea en editoriales de la talla de Alfaguara), se vuelven día con día tareas gozosas en una travesía apasionante.


En cada obra, mucho más que en su autor, pasajes y personajes, a cada lectura crecen en celo, aumenta su demanda de atención y cuidado, el hambre de letras.


Formando temporalmente una familia virtual, día con día dan señales no sólo de vida sino de su razón de ser (como si fuesen parientes revoltosos de aquellos dramáticos Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello) y, más importante, de las ligas invisibles que unen sus motivaciones, sus derroteros, aún encontrándose en historias disímiles.


Si Urroz construye un dominó cuyas fichas capitulares constituyen dos aproximaciones encontradas al triunfo y al fracaso, a la victoria y a la derrota, a la verdad y a la mentira, como dos polos siempre en constante frotamiento; si en Un Día de Cólera se arma y distribuye minuto tras minuto, esquina tras esquina, el valor del descontento, alimentándose el anhelo de librarse del oprobio y del invasor que lo calza; si, en fin, de indígenas a castas, de imperios a pueblos, de amantes a escritores, solo raya un perfil, entonces de páginas a libros, de palabras a enunciados sólo dista el sentido interpretativo del lector, como un conjunto de ansias guardadas, ansias de escritor en potencia a las que basta sólo el pretexto del silencio y la calma chicha para componer instantes, imaginar fricciones revolucionarias, penínsulas corporales, iras amatorias que se hornean pausadamente ya en el desierto, en la plaza tanto como en la hoja en blanco.


Citas, referencias, extractos, piezas sueltas dicen mucho y unidas dicen más. Construyen. ¿Pero dónde, cómo se las debe unir? Ya su autor lo ha hecho una vez en su estudio, desde su pluma; luego el editor ha hecho lo propio en un volumen asible, acariciable, amable; ¿y uno cual lector?


El poeta, sabedor de juegos de palabras, maestro edificador, inventor de metáforas, no obstante su oficio, a veces puede verse rebasado, superado o destruido o disuelto por un lector eremita, acumulador de voces, profeta de ayeres olvidados que, sea en su ignorancia o con audacia contumaz, desgaja la biblia a su alcance para conformar su propio, muy personal orgasmo, en rebelión sacrílega, entre amor y discordia.


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