MACHACA LIBROS Y GUARNECE

Llegado el nuevo material para alimentar mis siguientes entregas y continuar el hilo de estos apuntes alrededor del deseo, como si el paquete fuera la caja de Pandora, los títulos parecieron ostentar las virtudes que escaparían luego de abierto el sobre, pues aun antes de efectuar esta acción develadora, en casa ya se habían dado el estallido y el reclamo: “¡Con esto te están pagando! ¡Te voy a hacer un guisado con todos los libros y eso comerás de ahora en adelante!"


Primera conclusión: está visto que en México, al menos en mi estado, en mi colonia, en mi calle, en mi casa, la lectura y la escritura, a pesar de ser las formas centrales y técnica y expresivamente más evolucionadas del fenómeno comunicativo que nos caracteriza como humanos, a pesar de esto aún son vistas como actividades accesorias y, en el mejor de los casos, como actividades instrumentales y ancilares de otras. Y eso que quien tal reclamo hizo, en su momento fue detonador y ejemplo que inculcó mis afanes lectores y literarios.


Hipótesis: Tal vez por esta actitud hacia la palabra y sus manifestaciones y usos no pasamos de Perico Perro, pues quizá en ella está la simiente de la odiosa imposición escolar, de la negación estudiantil, de la cerrazón política, de la abulia laboral. Es claro que en el orden de las prioridades diarias, ni el papel ni la tinta ni la palabra ni la idea ni el argumento ni el discurso ni la ficción ni el verso ni la ortografía son vitaminas digeribles ni nutrientes. El alma no engorda ni el conocimiento; y la memoria tiende a ser flaca.


Caray, aún no salía de su escondite frotándose satisfecha la Fricción de Eloy Urroz ni experimentaba Un Día de Cólera de Arturo Pérez-Reverte. Ya estaban haciendo lo propio.

AMORES SUSPIRANTES Y DÍAS DICTADOS

Sí, me anticipo a los jalones de oreja pido perdón por la demora de mis entregas y la acumulación de material. Mi única excusa: soy lento, pero seguro (si se prefiere, es asunto de método).

Como habrás notado, amabilísimo lector que me tienes paciencia y me has seguido hasta este lugar, la fogosa pluma de Alberto Ruy Sánchez ha venido confluyendo aquí con la puntualidad necesaria para cruzarse con las ficciones de los Cuentos Sobrenaturales de Carlos Fuentes, los hechos narrados por Hernán Lara Zavala en Península, Península y, juntos, han estado abonando el terreno para las siguientes lecturas, comprobando que el deseo ata al fetichismo del instante, empero también, viceversa, que el fetiche desata el deseo en un instante.

A 50 años de La Región más Transparente de Carlos Fuentes, el prurito por ejercitar esta forma algo alucinante, sonámbula de reseñar y repasar las líneas apuntadas se antoja cíclica. El propio Fuentes ha anunciado que su siguiente obra intitulada La Voluntad y la Fortuna, por aparecer próximamente, hará las veces de secuela, de un segundo vistazo a la Ciudad de México hoy, con todo y sus factores y personajes decisivos que hacen de ella una región marcada por el encuentro y el desencuentro.

A 10 años del fallecimiento de Octavio Paz, algunos comenzamos a ver a México y su literatura como una moneda en pleno vuelo. La duda permea toda mirada inquisitiva, todo deseo de triunfo y todo temor de fracaso. ¿Hacia qué apunta nuestra vocación nacional, hacia el águila o hacia el Sol? El destino siempre parece descansar en una cara y en una cruz; son sus facetas religiosas: el imperio dominante de la norma que gobierna, el credo provincial con aspiraciones libertarias.

Con cada lectura, coincidencias de caminos, afectos y apegos, presencias y ausencias. En cada palabra, un recuerdo.

Si la literatura se revela absorbente, esto no es nada más porque consuma tiempo y esfuerzo, ideas e imaginación; sino porque sus fronteras, en vez de repeler atraen. Las márgenes de la hoja de papel o de la pantalla de computadora o del televisor contienen en justa madre el decurso de los pensamientos y el sentir, no sólo de los manados del venero creativo de un autor, sino incluso de los ansiados por los esporádicos o asiduos visitantes que acuden a hundir su mirada y empaparse en el ya prístino ya turbio oleaje de las corrientes contenidas.

El lector, así, es un insistente migrante. Emigra del mundo real, inmigra al mundo virtual. Libremente, sin necesidad de más pasaporte o visa que su propio equipaje de palabras e imágenes. Sin temor a ser deportado por no sujetarse al idioma o no comulgar con la sintaxis. Entrar y salir, así como sus causas y efectos, son decisión suya. Vagabundeando entre paisajes, costumbres y fantasías, el lector solo para, quizá, en un punto, toma aire entrando en coma y vive dando vuelta a la página sin preocuparse más que de lo necesario, de lo que los días dictan.

PERFILES DE MAÑANAS

Quizá la única diferencia de verdad evidente entre el escritor y el lector, en los términos que he expuesto a lo largo de estos apuntes alrededor del deseo es —y ojo a la etimología— puramente especulativa: mientras el primero es un lector activo, el segundo es un escritor pasivo.

En sus confesiones hechas con mano de fuego, Alberto Ruy Sánchez dice escribir cuando se siente lleno de algo que lo desborda, “como un jaguar prisionero o enamorado o listo para saltar sobre su presa” y, en diciendo, remite a la memoria hacia el cuento de Jorge Luis Borges “La escritura del Dios” y, en un juego de conexiones, la sobrenaturalidad del anhelo y la caligrafía divina derivan en mañanas que Carlos Fuentes acomoda entre sombras, fantasmas y robots mediante los cuales colegimos en primera instancia que, si el aire es nombrable, lo es en virtud de que un nombre es sólo una aproximación a au naturaleza.

Estamos relativamente acostumbrados a leer libros, pinturas, fotografías y otras obras de nuestras humanas invención y técnica, incluso sin estar debidamente capacitados para hacerlo. Sin embargo, no sucede así con la vida, con las vidas. No leemos la vida y ya no digamos la muerte, ni siquiera atendemos a sus obvios indicios y esto o porque no queremos o porque su imposición cotidiana se nos antoja, cuando no odiosa por lo menos apabullante (de algún modo traté de hacerlo notar en mi “Crónica de un Suicidio”), simplemente descartable en su constante continuidad y variedad.

Muchos colegas periodistas miden su desempeño y experiencia profesionales a partir de la cantidad y la calidad de entrevistas que han efectuado en su carrera, especialmente a personalidades connotadas. Desde esa óptica, un servidor no tendría nada que presumir. Sólo tres entrevistas tengo en mi haber, una a la cantante mexicana Tatiana en su inicio y dos a ejecutivos del mundo farmacéutico. ¿Cómo el peso de semejantes encuentros puede compararse históricamente con los tenidos por famosos periodistas con no menos famosos políticos, académicos, artistas, etc. Que una vez coincidiera en el Museo Rufino Tamayo con Octavio Paz, le estrechara la mano, conversara con él unos minutos, ¿no cuenta por el sólo hecho de no ser pública? ¿No salir en la foto es no existir? ¿Tal vez por eso escribo en estos espacios? ¿Acaso el tacto y la vista no valen para la memoria? Para la colectiva definitivamente no. ¿Pero es la memoria colectiva la que me determina como ser humano en las horas del día? ¿Quién será mi testigo? ¿Quién testimonia los accidentes consuetudinarios, personales, íntimos del Ser? ¿Quién y cómo me bautiza?

Desde un horizonte más humanista hallo en las arcas de mis días cientos de aleccionadores diálogos, cruces de miradas y experiencias públicas o privadas con gente común, que no ha estado menos viva ni ha dejado de hacer su correspondiente aportación mínima a la ya mínima historia que la ha tocado vivenciar.

Parafraseando el famoso eslogan escrito por Salvador Novo, desde Sonora a Yucatán todos llevamos puesto el sombrero de las ideas de nuestra época y todos vestimos la piel novelada de nuestra existencia; cada mañana y en nuestro nombre.

SOBRE LA PIEL DEL TEXTO

La cuarta de forros o contraportada del libro Península, Península de Hernán Lara Zavala rescata como parte de la descripción del producto un fragmento de la página 79. Un cuestionamiento con el que Lara Zavala ensaya y fundamenta su reciente trabajo: “¿Qué es la novela histórica sino un juego del que se sirven la memoria y la imaginación, para evocar otras voces, otros tiempos, otros personajes y otras situaciones? Quienes nos acercamos a la historia para ubicar novelas en un tiempo pasado no hacemos sino aprovechar otra época para reflexionar sobre el presente”.

Nada más cierto.

Hace doce años, determinado acontecimiento en mi vida marcó mi búsqueda personal y estableció el punto de partida y meta de un par de proyectos literarios (entre muchos otros) que siguen entintándose. Dos años antes había experimentado la sensación de haber muerto en vida y, en la necesidad de explicaciones revivificadotas comencé, como es natural, a fincar culpas y responsabilidades en quienes no la tenían o sólo eran causantes parciales, circunstanciales.

Hace doce años, pues, me lancé a una aventura similar a la de Lara Zavala. Pero a diferencia suya, quien gozó del beneficio de los apoyos de CONACULTA, en mi caso lo hice y aún lo hago con mis propios y limitadísimos recursos, fermentando ideas, pergeñando memorias de familiares, provocando espectros de la infancia, todo en un proceso largo, desgastante pero enriquecedor, que empieza a cobrar una mínima forma apenas este año a la par que escribo estas líneas.

Durante este tiempo de sucesos formadores del carácter, quien esto escribe no ha podido más que descubrir que tiene una insospechada vida de novela. Mas lejos de petulancias obscenas, si esto es posible lo es en la medida que se trata de un legado individual para la posteridad. Sí, muy personal, quizá descartable para otros como tú o aquel lector; no obstante es vívido, suficiente, como bien puede serlo el de cualquiera. Y es que aun cuando no lo creamos, toda vida es digna de ser contada. ¿Razones? Basta un argumento: toda vida es una mínima lección de existencia.

FRONTERAS DESDIBUJADAS

“Escribir es componer. El escritor es una suerte de compositor. El texto literario es su partitura”. Tal apunté atrás y, deslizándome, repasando las líneas trazadas, confirmo que el texto, aun en su contexto, lleva latente una miríada de pretextos.

Cabras equilibristas que saltan en la enramada como alegres y despreocupados violinistas sobre tejados ponen en evidencia, para Ruy Sánchez, la capacidad de azoro del intérprete. Desde el islamismo marroquí revelado en gestos de vapores sutiles capaces de denominar al aire, hasta el católico arte mudéjar de los espacios peninsulares yucatecos, el pretexto que insufla los ejemplos reposa en una palabra, quizá dos: provincia, condado.

La Enciclopedia del Idioma de Martín Alonso define provincia como “cada una de las grandes divisiones de un territorio o estado, sujeta por lo común a una autoridad administrativa”. Y por lo que respecta a condado dice: “Territorio o lugar a que se refiere el título nobiliario de conde y sobre el cuál este ejercía antiguamente señorío”. Lo que remite necesariamente a revisar el término conde (del latín comes, -itis: compañero) en su calidad de título originado en la Edad Media como canonjía y denominación otorgada en dignidad a los individuos caudillos que acompañaban o hacían comitiva los señores feudales, fuera como cortesanos o como guerreros capitanes; y en ocasiones se signaba a favor de rústicos en quienes se confiaban funciones de gobierno de cierta comarca.

Previo a esta época, los romanos hacia el 122 A.C. acuñaron el primero de los vocablos mencionados, el cual surge de la frase pro vincitore (para el vencedor), como una apretada y sintética promesa para favorecer a personajes de diversa estofa, tanto centuriones, cónsules o mercenarios que lograran la conquista de las Galias. Conquista, no está de más decirlo, que resultó de la alianza entre romanos y masaliotas (habitantes de la región de Marsella y el Ródano) contra las agresiones que los celtoligures propinaban a estos. De esta conquista nació Provenza, antiguo condado histórico meridional de Francia, y de la idea prometedora en el trasfondo de la palabra derivarían todas las provincias encomendadas a condes y duques (del latín dux: quien guía o conduce) a lo largo de la historia y en todo el orbe.

Provinciano entonces es todo aquel oriundo de una región conquistada, sea de nacimiento o por naturalización. Para el individuo de espíritu independiente y aspiración a la autonomía equivale por ello a un mote peyorativo, lacerante, aun tratándose del gobernador provincial. Se utiliza esta palabra en contraposición a capitalino, que describe al identificado con el centro donde se ubican los poderes principales de donde dimanan los poderes delegados. Y no falta quien presupone que en la perversión de lo provincial radica la simiente de la esclavitud.

Esta forma de división política, económica y demográfica, con el advenimiento de las repúblicas se volvió pretexto, pero también pretensión orgullosa, como trasluce en la guerra de castas experimentada en Yucatán, o en otras luchas intestinas dentro o fuera de México.

Dos veces conquistado, primero por los aztecas y luego por los españoles, el pueblo maya cobró carácter provincial tanto como los criollos y mestizos de esa región sureste de México y otras más.

Lo que desde Provenza y Occitania supuso el fundamento ni más ni menos que del período renacentista, es decir el romanceamiento de las lenguas, su difusión mediante la expresión trovadoresca, el desarrollo del humanismo artístico y filosófico, halla su equivalente en las expresiones culturales propias de Yucalpetén, pero en un sentido contrario pues mientras en aquel caso provino determinada integración cultural, regional, idiomática y hasta religiosa, por supuesto que no exenta de tribulaciones, en este caso que retrata Hernán Lara Zavala en Península, Península comportó en más de una ocasión separatismo y reconcomio. La “hermana República de Yucatán”, como lo fue varias veces en la historia que comprende la segunda mitad del siglo XIX, siempre consciente y determinada en su soberanía estatal, es resultado de conquistas breves, tanto de los mismos provinciales como de “extranjeros”.

Mientras Ruy Sánchez pone a cocimiento en sus libros las ilusiones del ser bajo el ardor del anhelo, la sofocante humedad de la planicie selvática peninsular yucateca aletarga cualquier ebullición de los ánimos hasta hacerlos suficientemente capaces para descarnar el alma.

Hernán Lara Zavala novela la historia de un novelista yucateco del siglo XIX. No obstante esta afirmación, el mismo autor se pregunta y responde si no, de algún modo, nos encontramos ante una novela histórica. Como él mismo apunta y de acuerdo con su dicho “dudo que el adjetivo histórico logre superar al sustantivo novela”.


<< April 2008 >>
Sun Mon Tue Wed Thu Fri Sat
  1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30  

posts recientes

archivos

Suscribirse a este blog