
Recibo con beneplácito la noticia de que el proyecto de escribir en este espacio continuará de manera indefinida. Por lo que a mí respecta digo ¡viva, viva! Ya he efectuado mi solicitud de títulos en espera de que mi Coneja de Pascua endulce mis días por venir, sobre todo ahora que las mareas parecen hacerse más consistentes y serenas en mi ánimo.
Estos días, no sin dificultad a causa del duelo, he seguido repasando las líneas de Julieta Campos, me he introducido en los cuentos de Julio Cortázar, y así sucesivamente con el afán de no entorpecer las promesas hechas a ti, amigo y amable lector. (Me pregunto, un poco llevado por el ocio, porqué ninguno de los blogueros pedimos un libro de poesía, por ejemplo la Poesía completa de José Saramago; ¿por qué ya casi nadie lee poesía?)
Pero, coincidencias de la vida, así como la embarazada para donde voltea mira mujeres en estado de gravidez; o como el chamaco que, andando con muletas, doquiera tropieza con compañeros aparentes del mismo dolor, así me ha sucedido desde la hondura de las letras. Cada viaje descrito en el
Cuaderno de Viajes de
Julieta Campos desata en ella recuerdos y reflexiones que mueven mis fibras sensibles. Remite a su terruño adoptivo, Tabasco, México, y no puedo dejar de recordar a la hermana de mi madre, a ella misma y los viajes que hicimos juntos a tantas partes, o los que hizo con mi padre.
Julio Cortázar narra en primera persona, en el cuento "Retorno de la noche" incluido en el libro
Historias de Gabriel Medrano que recopila
Alfaguara en
Cuentos Completos 1, la vivencia de morir y experimentar la separación del cuerpo y no puedo dejar de pensar en las sensaciones que experimenté en las horas de agonía de mi Coneja, mi madre, y que a mi vez estoy narrando en un par de cuentos intitulados "Arenga" y "Mirada", que ya daré a conocer en breve dentro de un libro que preparo bajo el título
Silencio y Estación. Cuando el tiempo cuenta.
En casa ocurren sucesos sobrenaturales. No me extraña, no es la primera vez; para mí son naturales. En los libros me cuentan de ellos mientras yo los vivo. Repaso correspondencia que rememora momentos familiares heróicos y sentimentales, y en los libros se narran similarmente: por Arturo Pérez-Reverte la muerte heróica del capitán Luis Daoiz a manos de un oficial de artillería francés en ese
Un Día de Cólera del 12 de mayo de 1808 durante la revuelta en Madrid;
Clara Sánchez, a despecho de mi dolor, describe el regreso de la inconsciencia de Julia, a escasos dos días del fallecimiento de mi Preciosa y me retrotrae a su mirada fija, cuasicomatosa. Cierro este libro y lo doy por terminado el 7 de febrero de 2008, dos días antes del cumpleaños de mi madre, tres dias luego del mío, una semana después de su deceso. A propósito, al día siguiente, el 8 de febrero, cierro otro volumen:
Entre fantasmas escrito por
Fernando Vallejo, en donde da por muertos a muchos personajes aún hoy con vida, como, por ejemplo, la actriz
Martha Roth o la directora y productora teatral
Tina Galindo, conformando una lista extensa de "espectros" como el del "zanuco" (aún no encuentro qué significa el adjetivo)
Jacobo Zabludovsky a quien el narrador, un personaje sin faz ni forma concreta y aparentemente de profesión psiquiatra, detesta y menciona a la menor provocación en su monólogo de 256 páginas. De esta obra varias partes saltan a mi vista por irreverentes e incluso verídicas, como cuando el personaje despepita de la novela, desde su punto de vista "un género manido, un chorro seco". O como cuando concluye que se acabaron "los tiempos de andarle dando coba al lector como si fuera una eminencia y el autor un pendejo. ¿No será al revés? [...] el lector es voluble, caprichoso, olvidadizo, y hay que estarle recordando constantemente las cosas. No registra, y lo poco que registra lo olvida al instante. Más de tres o cuatro personajes se le enredan y apuesto a que no sabe latín. El lector es simplista, incompetente, morboso; quiere que le cuenten cómo entra detalladamente el pene en la vagina. Y traicionero además, cambia de autor. No me merece el menor respeto". Y así como opina de la novela, lo hace del cine y el teatro, por artificiosos. Si estos no tienen razón de ser, "¿qué queda entonces? Hombre, queda la muerte, y en su defecto los recuerdos: el libro de Memorias, que es el género máximo". Tal vez por estas ideas vengo escribiendo últimamente como atestiguas, amigo lector, para quien yo sí guardo respeto simplemente por tu paciencia, disposición y diligencia.
En días funestos como los recientes, no obstante creo en la felicidad y creo, como
Fernando Vallejo en la obra citada que "la felicidad es una pompa de jabón que da visos, pero que no bien uno la mira se revienta. Uno tiene que ser feliz sin saberlo. ¡Qué iba a saber yo de niño que era feliz! Más aún: qué iba a saber que lo era de viejo [...] contigo a mi lado, [Coneja], que ya no estás... Lo que siempre sí está claro es la desdicha. Ahora que tu muerte, niña, me ha vuelto a los recuerdos, recuerdo la tarde feliz en que empecé el libro. Lo empecé a la aventura, como he vivido, sin saber cómo ni hacia dónde ni por qué carajos. O mejor dicho sí, sabiendo que debía terminar aquí como empezó, por mi más lejano recuerdo, con un niño tocado de irrealidad dándose de cabezasos rabiosos contra el piso porque el mundo no hacía su voluntad, la mía, con esta necedada obstinada que fue la única herencia que me dejó mi abuel[a] [...] Lo que perdura en cambio, vívido, en mi recuerdo, es que el niño era yo, mi vago yo, fugaz fantasma...".

¿Y
Mario Benedetti?
Vivir adrede también lo terminé hacia esas fechas. En medio de mi luto vibraron sus palabras como reflejos en el estanque. De entre todas hoy rescato las del texto intitulado "Aleluya" que inyectaron calma y consuelo a mi ser: "El tiempo pasa y yo sigo viviendo, con los dolores y las ausencias de siempre pero sigo viviendo. Con la suerte y la muerte a la vista, con las golondrinas y los buitres, con el alma en pena y la cordura casi loca, con las cenizas del olvido y el pan duro de las promesas. Pero sigo viviendo. [...] Cuando encuentre la verdad aún estaré a tiempo para llevar a mi infancia conmigo y clavarla luego como un afiche en la pared de la cocina [...] El tiempo es un viaje de escalas infinitas donde aprendemos y enseñamos algo". Hoy, solo con mi soledad, añoro y aunque con dudas y temores que calan, sigo viviendo; y ni para qué preguntar por qué.
P.D.: Gracias, Eudiza. Y a todos quienes de un modo u otro han mostrado su solidaridad con este absurdo plumífero.