Ya con esta entrega culmina una serie que comenzó en febrero y que denominé Apuntes alrededor del deseo. Planeada como una sucesión de ensayos cuyos títulos dan pretexto para la construcción de un poema; o viceversa como un poema cuyos versos encierran notas personales cuales pretendidas reseñas de las sensaciones provocadas por la lectura de ciertos textos, esta serie que quizá tú has leído curioso(a) dando saltos, bien pudiste darte cuenta de la secuencia llevada y faltante hace cinco artículos atrás. Así, este título es el último verso de ese poema, aunque he de confesar que más que una clausura anuncia una bifurcación. Porque los apuntes continuarán y aún alrededor del deseo, pero en adelante en la forma de elogio de la lectura (tanto en mi blog intitulado de ese modo como aquí, si Alfaguara me lo sigue permitiendo). Supongo que la huella dejada atrás cumplirá su misión guiadora.
Luego, lo que leerás, amigo y amable lector, desde la próxima entrega y subsiguientes serán también apuntes "reseñosos"; algunos, francas reseñas con toda propiedad. No sé si encontrarás mayor o menor libertad de forma y temática, pero prometo o procuraré prometer una continuidad estilística; o sea, seguir siendo y escribiendo... como soy y hago.
Lo anterior no quiere decir, tampoco, que las lecturas previas que he venido haciendo y las cuales algunas aún no termino las botaré como si nada o las dejaré en suspenso. De ninguna manera. Seguiré cerrando uno a uno los ciclos y momentos, como es mi sana costumbre. Si la cuenta al momento rebasa los 15 libros (¡en un año!; ¡sí se puede!), lo menos que debo a sus autores, a la editorial y a ti es el respeto de cumplir con la tarea encomendada y adquirida con beneplácito (aunque en casa me sigan colocando los libros en el plato y rodeados de caldo; a falta de pan... ¡pastas!).
Por ello estos "últimos" apuntes desde ahora y en adelante apuntan a Vivir adrede y Entre fantasmas.
Soy de los irreverentes que subrayan y escriben en los libros; hasta dibujo y marco páginas. Es otra forma de dejar rastro de lo que uno piensa y siente; de la existencia de uno. Hacerlo en los libros de texto, los escolares, permite a otros o a uno mismo descubrir con el tiempo qué de tal o cual curso o lección motivó la neurona en uno, más allá de lo que pudiera haber dictado el profesor o el programa académico. El aprendizaje es lo que queda y desarrolla en la mente. Hacerlo por otra parte en los libros de ficción devela lo que a uno alguna vez lo conmovió y también suscitó formación o deformación del pensamiento y el sentir En ambos casos es una indiscreción propia que expone aquello con lo que uno comulga o comulgó alguna vez.
Cuento esto de mi intimidad y para despecho de los coleccionistas puritanos adoradores del libro objeto, porque esos otros apuntes a modo de compañía de mis huellas dactilares y mi sello ex libris son otra manera de indicar la apropiación, más que del mamotreto de las ideas contenidas y vivas en él, que significa simplemente el acto que en esta cadena nos ocupa y preocupa: leer. Claro, si fuese Leonardo da Vinci quizá mis garabatos obtendrían más valor que sólo siendo de Perico de los Palotes.
Apenas aprecié Vivir adrede hice una pausa y un espacio en mi lista personal e insensata de pinchazos y rayones Entre fantasmas. Un espectro mayor me llamó a rendir cuentas.
"Tenía mucho tiempo, tanto como 20 años, de no leer a Benedetti", comencé a escribir en la página blanca de forros interiores. "El mismo tiempo casi que dura una de las penas más íntimas que aloja mi corazón y la misma que, cosas del destino y de la voluntad humana, me estalló como petardo en la cara en los últimos días de agosto de este 2008.
"En un año particularmente marcado por los recuerdos, el cumplimiento de ciclos y el recuento de dos daños de fatalidades, ahora, como enviado y dictado por mi gran amigo y padre putativo Bartolomé Sauto, este librito, el más reciente de Mario Benedetti (2007) llega para sumarse a la remoción de escombros que vengo experimentando en el alma como para Vivir adrede.
"Reconozco la parte de deuda que tengo con Benedetti. Su influencia en mi prosa y mi poesía no es para nada desdeñable aunque no la única, claro está. Sólo un año menor que el Señor Sauto. Mario es pues también una especie de sabia, entrañable y acogedora referencia, una a la que se vuelve cuando la noche se alarga, cuando el corazón se ensancha. Un amigo de cabecera, eso es, que halla sitio entre San Juan de la Cruz y Eclesiastés, entre Béquer y Neruda, entre Unamuno y Mistral, por seleccionar algunos probables vecinos de estantería, sin olvidar a Gibrán, Sabines, Paz...
"Benedetti es espejo donde se reflejan mis afanes y mis desilusiones, amores y desamores, esperanzas y desesperanzas; donde abrevan imágenes sugerentes e ideas acabadas. Introducirme entre sus páginas me produce la sensación de estarme deslizando, exiliándome bajo mi propia piel y me duele y lo gozo y me alegra y lo sufro. Lo vivo adrede como un gran abrazo de la existencia.
"Por Benedetti concluí, hace muchos años y ahora lo confirmo que, casi, como he dicho en otra parte, la vida es la primera obra, la divina y milagrosa cuyo texto ha de leerse adrede, detenidamente, a propósito, pausa tras pausa, paso tras paso, con la conciencia plena de que cada momento es una página en estos apuntes alrededor del deseo que hacen de la existencia, al menos la mía y para mí, un libro inolvidable".
Dicho esto, me aboco a la labor de comenzar la edición del volumen de estos Apuntes alrededor del deseo. ¿Algún famoso se atrevería a escribir su prólogo? ¿Sus honorarios? Un ejemplar autografiado, para prepararlo con tapioca, canela y clavo.
2 de octubre de 2008, 12:30 a.m. Llega el primero de los dos tomos con que alimentaré mis siguientes capítulos. Ardo en deseos de sumergirme Entre fantasmas, al amparo de la narrativa punzante del colombiano Fernando Vallejo.
14:17 p.m. Estoy en el supermercado en compañía de mi madre. Estirando el dinero lo más posible para cubrir los gastos más básicos. Por la noche, los sueños; por la mañana, la preocupación; me han provocado desasosiego. Quién diría que había una razón suficiente para la inquietud.
Pasadas las cuatro horas de la tarde volvimos a casa. Comimos. El identificador de llamadas indicaba que entró un telefonema a las 14:17 p.m. proveniente de un “número privado”. En la grabadora está registrado un mensaje, pero sólo es silencio.
Hacia las siete de la tarde ocurrió la llamada dolorosa. El hombre del que te conté hace poco, Bartolomé, murió. Falleció a las 14:15 hrs. Aunque mis amados padres viven, bendito Dios, me embarga una honda sensación de orfandad. Ha terminado la vida de un personaje cuya subtrama fue fundamental en la trama de la novela de mi vida. No lo leeré más si no es a través de los recuerdos, alimentando el deseo —uno más para estos apuntes— de albergar en el corazón hasta mi último momento la vivacidad de su mirada traviesa, sus sabias ocurrencias, su leal sonrisa.
Ya lo veré de nuevo, en el más acá de alguna narración que haré, un día de estos, cuando resurja del llanto anegado tras estas letras que nada callan, que todo dicen.
3 de octubre del mismo año. La editorial me indica otros títulos para escoger el segundo de mi consabida tanda. Sin pensarlo demasiado, movido por el sentimiento elijo y espero refugiarme en las palabras de Mario Benedetti y así, con “¡ánimo, valor y miedo!”, Vivir adrede como me han enseñado todos mis padres [1 Co 4 14:17], para ejemplo de nadie en particular, con entrega incondicional. Solo espero y solo deseo, sólo, estar a la altura y no defraudar ni a mí mismo (principalmente); que no hay hoy, solo ayer y mañana, sólo. Y en mi cabeza resuena la canción de Alberto Cortés “Cuando un amigo se va”.
9 de octubre. Una semana después he comenzado la narración anunciada, compondrá parte de un libro de cuentos dedicado amorosamente. A veces no sé quién es más espectro, si el vivo instalado en la melancolía o el muerto que vela por sus afectos en la tierra.
Al cerrar el forro del libro o retirar la mirada de la obra pictórica, al desatender cualquier forma de texto, de pronto uno se siente como una especie de actuario que deja en el interior de su carpeta los detalles de la diligencia cumplida o por ejecutar.
No obstante, terminar la lectura de una obra no acaba con el proceso cual razón de cartapacio, de un golpe. Pueden y de hecho han de quedar las señas de la existencia de una obra en la forma de folios impresos o manuscritos al interior de las pastas, unidos bajo un lomo tan ancho o estrecho como las aspiraciones del autor al efecto de sus signos ilustrativos de las cosas que le han conmovido, pero la inercia interpretativa continúa impeliendo al lector, asiduo o no, hacia nuevos encuentros y desencuentros derivados de la experiencia previa sea o no reciente.
Al momento y personalmente, una vez que he clausurado La mano de fuego de Alberto Ruy Sánchez me he percatado de que uve entre mis manos apenas un paquete de azulejos con los que puede conformarse un caprichoso mosaico. Y no sólo hago referencia a las piezas que hacen de capítulos, sino al conjunto mismo en su carácter de mínima muestra de una colección pentalógica de títulos que necesariamente ha de construirse además con Nueve veces el asombro, Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, aun cuando el mismo autor haga referencia a una tetralogía y a pesar de parecerte a ti ahora, amigo lector, que me repito en la temática cuando en realidad simplemente hago seguimiento.
Y es que, sí, ya llegué al final o quizá el comienzo de la obra. Y voy confirmando sospecha tras sospecha, como habrás leído en artículos anteriores, estimado lector. Ahora confirmo por voz del autor de La mano de fuego que “este libro no es una novela. Es lo que en el mundo árabe se llama una Jamsa, un relato amuleto que se dispara en cinco direcciones simbólicas como cinco dedos. Y después se cierra como si una tela o una historia envolviera el puño”. Tal anota Ruy Sánchez en la “nota de agradecimiento” incluida al final del tomo mogadoriano en cuestión.
Ahora entiendo más por qué su escritura es más propia del gusto femenino que del masculino. Tiene más que ver con la lógica del pensamiento que con la estética descriptiva, la técnica narrativa, las habilidades para la redacción o la apostura del autor.
Si la nota de agradecimiento hubiera estado incluida al comienzo, en las primeras páginas de Los nombres del aire, y se repitiera de igual modo o quizá con mínimas variantes en los restantes volúmenes de la tetratología que es pentalogía, habría sabido mejor a qué atenerme en el consumo de las líneas finamente pespunteadas por Ruy Sánchez. Es más, sería de ran servicio para futuros lectores que la editorial Alfaguara tuviera a bien efectuar semejante reordenamiento, mismo que no iría en contra del espíritu de la obra y las intenciones del escritor, en cuanto a crear una colección de historias, anécdotas, apuntes poéticos y remembranzas que en conjunto no hacen ni harán una trama narrativa, pero sí un hilo de cuentas interactivas, muy similar al que ocurre en la conversación entre mujeres, sin orden preciso, pero ajustado a una secuencia de lógica caprichosa, divergente, complementaria de la acostumbrada convergencia mental masculina (por cierto, ni una ni otra exclusiva ni de hombres ni de mujeres).
Esta sugerencia va de la mano de una preocupación. Cuando de promover la lectura se trata en países como mi querido México es muy riesgoso querer asombrar al consumidor. Si en mis manos cae un libro que dice contar historias, espero un libro de cuentos, fábulas o una novela; si, en cambio, me ofrece el análisis reflexivo, espero un ensayo. Es verdad que el lector avezado no será sorprendido en demasía y quizá hasta su gusto sea satisfecho, pero el lector lego, aventurero, se espanta y recula fácilmente ante lo oscuro, lo retorcido, lo prolongado, lo tramposo, lo solemne, en fin lo que pueda para su olfato despedir cierto tufo rancio.
Un ejemplo, dicho lo anterior. Un servidor no puede aseverar que el modo de escribir, el mío, sea del agrado de todos los lectores; seguramente más de uno sacará la vuelta a mis frases, mis períodos, mis construcciones; no faltará quien por la diferencia de vocabulario, por poseer una gama léxica distinta, me tache y etiquete de petulante, barroco mamarracho engreído, o inepto comunicador presa del rebuscamiento. Tendrá razón o no. Empero, hago lo que me place, con honestidad y ajustado a mi forma de ser, de pensar y sentir, siempre en evolución.
Nunca he creído mucho las máximas mercadológicas que apelan a la vulgarización como único o al menos el más óptimo recurso ofertante, aunque las entiendo y las respeto y en ocasiones las procuro; las que recomiendan simplificar el lenguaje al extremo so pena de, en caso contrario, quedarse en el limitado apetito de los llamados “conocedores” y al margen del “gran público”; so pena de una notable disminución de los emolumentos aparejados a la difusión y el consumo culturales. En cambio, siempre he creído que el público, independientemente de su gusto (y su gasto), aspiraciones o capacidades, en el centro de sus expectativas coloca la honestidad, y consume por consecuencia lo que le parece franco, auténtico en su esfuerzo y pretensiones, y, claro, regularmente ajustado empero n directamente proporcional a sus posibilidades interpretativas. Es decir, así como hay quien decide consumir lo que requiera menor esfuerzo interpretativo, también hay el extremo contrario y en medio una interesante gama de matices en la definición de lo que busca y quiere algún lector. Ahí radica la fidelidad del “cliente”.
En la medida que los deseos son satisfechos el interés merma. Esto es natural. Diluido el efecto de la sorpresa, de la novedad, viene el aburrimiento. Y como sé que tal vez a esta altura estos apuntes te han cansado (pues supongo que has llegado hasta aquí, en cuyo caso lo agradezco), hago una pausa esperando que sigamos leyéndonos en la próxima ocasión.