Me da gusto corroborar que aún puedo emplear este espacio para compartir con todos los amables amigos lectores las ocurrencias a este su servidor.
Quiero comenzar el año saludando a todos y abrazando ilusiones y esperanzas. Especialmente quiero agradecer a
Alfaguara,
Cadena de Lectores,
Santillana y
Pauta Creativa, particulamente a
Aránzazu Núñez y el resto de personas encargadas de este loable proyecto; quiero agradecer, repito, el presente que llegó en fecha reciente como atenta retribución a estas líneas y minutos y palabras dedicadas a trazar Apuntes Alrededor del Deseo y otros menesteres. ¡Ahora tengo dos libros de Julia Campos!; el mismo título
Cuadernos de Viaje que he comentado en pasadas entregas y sigo leyendo, ¡pero dos libros! Eso ocurre pocas veces en la vida. Los gemelos se sumarán a otras parejas que se regodean en mis estantes:
La Rebelión de las Cañadas, por
Carlos Tello Díaz, editorial
Cal y Arena (perdón por mencionar a la competencia);
Aura, por
Carlos Fuentes, y otros más de variopinto linaje que ahora no recuerdo. Unos acomodados en antologías, otros en edición individual; aquellos bajo tal firma y luego bajo tal otra; añejos u hogaños. No faltan los que tienen achaques de encuadernación y urgen una visita al médico restaurador. En fin...
Aunque no llegó en día de Reyes, ni contenía rosca o Niño Dios, el paquete me puso alegre. La bolsa de café
Punta del Cielo incluida en el muy bien diseñado y útil empaque del regalo, una caja (cajota) justa para los recuerdos más atesorados, ya comienza a hacerme agua la boca y eso que aún no pongo al fuego la cafetera. Nomás porque la economía está gacha, pero ya hubiera ido y venido de la tabaquería petrechado con un deliciioso tabaco para retacar mi pipa que hace mucho tiempo no degusto y apoltronarme a combinar todos estos edificantes estímulos.
Y, ¡para colmo!, llegó el paquete descrito cuando estaba leyendo uno de los cuentos de Julio Cortázar, aquel en el que a un fulano le crecen las manos luego de golpear a otro en respuesta a la diatriba de que le hizo objeto al llamarle "mal poeta". Ya fuera un castigo a la violencia o simple hinchazón del pelmazo, el desenlace del cuento fue tan sorpresivo como la llegada de esta delicado aguinaldo con que a varios de nosotros nos premió la editorial.
Gracias de nuevo, y mientras este espacio siga abierto, aquí seguiré dando lata, entre dimes, diretes, penas y alegrías. Siempre interesado en observar cuanto llegue a mis manotas y alerte mis sentidos, para hacer desde ello el
Elogio de la Lectura correspondiente.