Ya con esta entrega culmina una serie que comenzó en febrero y que denominé Apuntes alrededor del deseo. Planeada como una sucesión de ensayos cuyos títulos dan pretexto para la construcción de un poema; o viceversa como un poema cuyos versos encierran notas personales cuales pretendidas reseñas de las sensaciones provocadas por la lectura de ciertos textos, esta serie que quizá tú has leído curioso(a) dando saltos, bien pudiste darte cuenta de la secuencia llevada y faltante hace cinco artículos atrás. Así, este título es el último verso de ese poema, aunque he de confesar que más que una clausura anuncia una bifurcación. Porque los apuntes continuarán y aún alrededor del deseo, pero en adelante en la forma de elogio de la lectura (tanto en mi blog intitulado de ese modo como aquí, si Alfaguara me lo sigue permitiendo). Supongo que la huella dejada atrás cumplirá su misión guiadora.
Luego, lo que leerás, amigo y amable lector, desde la próxima entrega y subsiguientes serán también apuntes "reseñosos"; algunos, francas reseñas con toda propiedad. No sé si encontrarás mayor o menor libertad de forma y temática, pero prometo o procuraré prometer una continuidad estilística; o sea, seguir siendo y escribiendo... como soy y hago.
Lo anterior no quiere decir, tampoco, que las lecturas previas que he venido haciendo y las cuales algunas aún no termino las botaré como si nada o las dejaré en suspenso. De ninguna manera. Seguiré cerrando uno a uno los ciclos y momentos, como es mi sana costumbre. Si la cuenta al momento rebasa los 15 libros (¡en un año!; ¡sí se puede!), lo menos que debo a sus autores, a la editorial y a ti es el respeto de cumplir con la tarea encomendada y adquirida con beneplácito (aunque en casa me sigan colocando los libros en el plato y rodeados de caldo; a falta de pan... ¡pastas!).
Por ello estos "últimos" apuntes desde ahora y en adelante apuntan a Vivir adrede y Entre fantasmas.
Soy de los irreverentes que subrayan y escriben en los libros; hasta dibujo y marco páginas. Es otra forma de dejar rastro de lo que uno piensa y siente; de la existencia de uno. Hacerlo en los libros de texto, los escolares, permite a otros o a uno mismo descubrir con el tiempo qué de tal o cual curso o lección motivó la neurona en uno, más allá de lo que pudiera haber dictado el profesor o el programa académico. El aprendizaje es lo que queda y desarrolla en la mente. Hacerlo por otra parte en los libros de ficción devela lo que a uno alguna vez lo conmovió y también suscitó formación o deformación del pensamiento y el sentir En ambos casos es una indiscreción propia que expone aquello con lo que uno comulga o comulgó alguna vez.
Cuento esto de mi intimidad y para despecho de los coleccionistas puritanos adoradores del libro objeto, porque esos otros apuntes a modo de compañía de mis huellas dactilares y mi sello ex libris son otra manera de indicar la apropiación, más que del mamotreto de las ideas contenidas y vivas en él, que significa simplemente el acto que en esta cadena nos ocupa y preocupa: leer. Claro, si fuese Leonardo da Vinci quizá mis garabatos obtendrían más valor que sólo siendo de Perico de los Palotes.
Apenas aprecié Vivir adrede hice una pausa y un espacio en mi lista personal e insensata de pinchazos y rayones Entre fantasmas. Un espectro mayor me llamó a rendir cuentas.
"Tenía mucho tiempo, tanto como 20 años, de no leer a Benedetti", comencé a escribir en la página blanca de forros interiores. "El mismo tiempo casi que dura una de las penas más íntimas que aloja mi corazón y la misma que, cosas del destino y de la voluntad humana, me estalló como petardo en la cara en los últimos días de agosto de este 2008.
"En un año particularmente marcado por los recuerdos, el cumplimiento de ciclos y el recuento de dos daños de fatalidades, ahora, como enviado y dictado por mi gran amigo y padre putativo Bartolomé Sauto, este librito, el más reciente de Mario Benedetti (2007) llega para sumarse a la remoción de escombros que vengo experimentando en el alma como para Vivir adrede.
"Reconozco la parte de deuda que tengo con Benedetti. Su influencia en mi prosa y mi poesía no es para nada desdeñable aunque no la única, claro está. Sólo un año menor que el Señor Sauto. Mario es pues también una especie de sabia, entrañable y acogedora referencia, una a la que se vuelve cuando la noche se alarga, cuando el corazón se ensancha. Un amigo de cabecera, eso es, que halla sitio entre San Juan de la Cruz y Eclesiastés, entre Béquer y Neruda, entre Unamuno y Mistral, por seleccionar algunos probables vecinos de estantería, sin olvidar a Gibrán, Sabines, Paz...
"Benedetti es espejo donde se reflejan mis afanes y mis desilusiones, amores y desamores, esperanzas y desesperanzas; donde abrevan imágenes sugerentes e ideas acabadas. Introducirme entre sus páginas me produce la sensación de estarme deslizando, exiliándome bajo mi propia piel y me duele y lo gozo y me alegra y lo sufro. Lo vivo adrede como un gran abrazo de la existencia.
"Por Benedetti concluí, hace muchos años y ahora lo confirmo que, casi, como he dicho en otra parte, la vida es la primera obra, la divina y milagrosa cuyo texto ha de leerse adrede, detenidamente, a propósito, pausa tras pausa, paso tras paso, con la conciencia plena de que cada momento es una página en estos apuntes alrededor del deseo que hacen de la existencia, al menos la mía y para mí, un libro inolvidable".
Dicho esto, me aboco a la labor de comenzar la edición del volumen de estos Apuntes alrededor del deseo. ¿Algún famoso se atrevería a escribir su prólogo? ¿Sus honorarios? Un ejemplar autografiado, para prepararlo con tapioca, canela y clavo.
2 de octubre de 2008, 12:30 a.m. Llega el primero de los dos tomos con que alimentaré mis siguientes capítulos. Ardo en deseos de sumergirme Entre fantasmas, al amparo de la narrativa punzante del colombiano Fernando Vallejo.
14:17 p.m. Estoy en el supermercado en compañía de mi madre. Estirando el dinero lo más posible para cubrir los gastos más básicos. Por la noche, los sueños; por la mañana, la preocupación; me han provocado desasosiego. Quién diría que había una razón suficiente para la inquietud.
Pasadas las cuatro horas de la tarde volvimos a casa. Comimos. El identificador de llamadas indicaba que entró un telefonema a las 14:17 p.m. proveniente de un “número privado”. En la grabadora está registrado un mensaje, pero sólo es silencio.
Hacia las siete de la tarde ocurrió la llamada dolorosa. El hombre del que te conté hace poco, Bartolomé, murió. Falleció a las 14:15 hrs. Aunque mis amados padres viven, bendito Dios, me embarga una honda sensación de orfandad. Ha terminado la vida de un personaje cuya subtrama fue fundamental en la trama de la novela de mi vida. No lo leeré más si no es a través de los recuerdos, alimentando el deseo —uno más para estos apuntes— de albergar en el corazón hasta mi último momento la vivacidad de su mirada traviesa, sus sabias ocurrencias, su leal sonrisa.
Ya lo veré de nuevo, en el más acá de alguna narración que haré, un día de estos, cuando resurja del llanto anegado tras estas letras que nada callan, que todo dicen.
3 de octubre del mismo año. La editorial me indica otros títulos para escoger el segundo de mi consabida tanda. Sin pensarlo demasiado, movido por el sentimiento elijo y espero refugiarme en las palabras de Mario Benedetti y así, con “¡ánimo, valor y miedo!”, Vivir adrede como me han enseñado todos mis padres [1 Co 4 14:17], para ejemplo de nadie en particular, con entrega incondicional. Solo espero y solo deseo, sólo, estar a la altura y no defraudar ni a mí mismo (principalmente); que no hay hoy, solo ayer y mañana, sólo. Y en mi cabeza resuena la canción de Alberto Cortés “Cuando un amigo se va”.
9 de octubre. Una semana después he comenzado la narración anunciada, compondrá parte de un libro de cuentos dedicado amorosamente. A veces no sé quién es más espectro, si el vivo instalado en la melancolía o el muerto que vela por sus afectos en la tierra.
Al cerrar el forro del libro o retirar la mirada de la obra pictórica, al desatender cualquier forma de texto, de pronto uno se siente como una especie de actuario que deja en el interior de su carpeta los detalles de la diligencia cumplida o por ejecutar.
No obstante, terminar la lectura de una obra no acaba con el proceso cual razón de cartapacio, de un golpe. Pueden y de hecho han de quedar las señas de la existencia de una obra en la forma de folios impresos o manuscritos al interior de las pastas, unidos bajo un lomo tan ancho o estrecho como las aspiraciones del autor al efecto de sus signos ilustrativos de las cosas que le han conmovido, pero la inercia interpretativa continúa impeliendo al lector, asiduo o no, hacia nuevos encuentros y desencuentros derivados de la experiencia previa sea o no reciente.
Al momento y personalmente, una vez que he clausurado La mano de fuego de Alberto Ruy Sánchez me he percatado de que uve entre mis manos apenas un paquete de azulejos con los que puede conformarse un caprichoso mosaico. Y no sólo hago referencia a las piezas que hacen de capítulos, sino al conjunto mismo en su carácter de mínima muestra de una colección pentalógica de títulos que necesariamente ha de construirse además con Nueve veces el asombro, Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, aun cuando el mismo autor haga referencia a una tetralogía y a pesar de parecerte a ti ahora, amigo lector, que me repito en la temática cuando en realidad simplemente hago seguimiento.
Y es que, sí, ya llegué al final o quizá el comienzo de la obra. Y voy confirmando sospecha tras sospecha, como habrás leído en artículos anteriores, estimado lector. Ahora confirmo por voz del autor de La mano de fuego que “este libro no es una novela. Es lo que en el mundo árabe se llama una Jamsa, un relato amuleto que se dispara en cinco direcciones simbólicas como cinco dedos. Y después se cierra como si una tela o una historia envolviera el puño”. Tal anota Ruy Sánchez en la “nota de agradecimiento” incluida al final del tomo mogadoriano en cuestión.
Ahora entiendo más por qué su escritura es más propia del gusto femenino que del masculino. Tiene más que ver con la lógica del pensamiento que con la estética descriptiva, la técnica narrativa, las habilidades para la redacción o la apostura del autor.
Si la nota de agradecimiento hubiera estado incluida al comienzo, en las primeras páginas de Los nombres del aire, y se repitiera de igual modo o quizá con mínimas variantes en los restantes volúmenes de la tetratología que es pentalogía, habría sabido mejor a qué atenerme en el consumo de las líneas finamente pespunteadas por Ruy Sánchez. Es más, sería de ran servicio para futuros lectores que la editorial Alfaguara tuviera a bien efectuar semejante reordenamiento, mismo que no iría en contra del espíritu de la obra y las intenciones del escritor, en cuanto a crear una colección de historias, anécdotas, apuntes poéticos y remembranzas que en conjunto no hacen ni harán una trama narrativa, pero sí un hilo de cuentas interactivas, muy similar al que ocurre en la conversación entre mujeres, sin orden preciso, pero ajustado a una secuencia de lógica caprichosa, divergente, complementaria de la acostumbrada convergencia mental masculina (por cierto, ni una ni otra exclusiva ni de hombres ni de mujeres).
Esta sugerencia va de la mano de una preocupación. Cuando de promover la lectura se trata en países como mi querido México es muy riesgoso querer asombrar al consumidor. Si en mis manos cae un libro que dice contar historias, espero un libro de cuentos, fábulas o una novela; si, en cambio, me ofrece el análisis reflexivo, espero un ensayo. Es verdad que el lector avezado no será sorprendido en demasía y quizá hasta su gusto sea satisfecho, pero el lector lego, aventurero, se espanta y recula fácilmente ante lo oscuro, lo retorcido, lo prolongado, lo tramposo, lo solemne, en fin lo que pueda para su olfato despedir cierto tufo rancio.
Un ejemplo, dicho lo anterior. Un servidor no puede aseverar que el modo de escribir, el mío, sea del agrado de todos los lectores; seguramente más de uno sacará la vuelta a mis frases, mis períodos, mis construcciones; no faltará quien por la diferencia de vocabulario, por poseer una gama léxica distinta, me tache y etiquete de petulante, barroco mamarracho engreído, o inepto comunicador presa del rebuscamiento. Tendrá razón o no. Empero, hago lo que me place, con honestidad y ajustado a mi forma de ser, de pensar y sentir, siempre en evolución.
Nunca he creído mucho las máximas mercadológicas que apelan a la vulgarización como único o al menos el más óptimo recurso ofertante, aunque las entiendo y las respeto y en ocasiones las procuro; las que recomiendan simplificar el lenguaje al extremo so pena de, en caso contrario, quedarse en el limitado apetito de los llamados “conocedores” y al margen del “gran público”; so pena de una notable disminución de los emolumentos aparejados a la difusión y el consumo culturales. En cambio, siempre he creído que el público, independientemente de su gusto (y su gasto), aspiraciones o capacidades, en el centro de sus expectativas coloca la honestidad, y consume por consecuencia lo que le parece franco, auténtico en su esfuerzo y pretensiones, y, claro, regularmente ajustado empero n directamente proporcional a sus posibilidades interpretativas. Es decir, así como hay quien decide consumir lo que requiera menor esfuerzo interpretativo, también hay el extremo contrario y en medio una interesante gama de matices en la definición de lo que busca y quiere algún lector. Ahí radica la fidelidad del “cliente”.
En la medida que los deseos son satisfechos el interés merma. Esto es natural. Diluido el efecto de la sorpresa, de la novedad, viene el aburrimiento. Y como sé que tal vez a esta altura estos apuntes te han cansado (pues supongo que has llegado hasta aquí, en cuyo caso lo agradezco), hago una pausa esperando que sigamos leyéndonos en la próxima ocasión.
Buenos ni malos lectores, de eso sí no hay en la viña del señor, como tampoco buenas o malas obras, buenos o malos artistas, buenas o malas palabras. Hay solo lectores, artistas, textos, palabras. Estos, todos podrán tener en algún momento de su existencia buenos o malos ratos, encuentros, quizá desencuentros, feas fachas, bonitas maneras, errata, precisiones, usos, abusos, desusos; vaya, incluso para unas cosas suponerse útiles y para otras totales estorbos, pero hasta ahí, nada más.
Así como en líneas pasadas traje al punto la mención de determinada obra literaria o musical a modo de complemento compositivo, ahora también como otrora encuentro motivos vitales para ligar la experiencia en tanto lector con el devenir de los días.
Tal se diría que el destina lleva jugándome malas pasadas desde hace dos años, tocando especialmente aquellas fibras sensibles que más me duelen entre recuerdos, personas, afectos, ánimos, vivencias y anhelos. Desde abril de 2006 voy de emoción en emoción, de tropiezo en tropiezo, y mi vida, cada vez más llena de presentimientos, se encamina por un túnel cuyo final luminoso aún no vislumbro.
Han sido dos años plagados de sustos, de pérdidas, de confusión. Ausencias y presencias se tocan como extremos en una adivinanza. En este instante me embarga y colma la música de Mahler, el adagio de su quinta sinfonía, y necesariamente me remito a la muerte, no sólo a la Muerte en Venecia (película dirigida por Luchino Visconti y adaptación de la novela intitulada del mismo modo escrita por Thomas Mann y que, como estos apuntes, se introduce en la intimidad de un solitario escritor llamado Gustavo Aschenbach), sino al suceso mismo y su necia posibilidad, su ominosa realidad.
A mis pesares previos ahora se suma otro en la cercanía y sin embargo lejos, tras la frontera norte de mi adorado México. Un hombre que quiero mucho, que ha sido auténticamente un segundo padre para mí, hoy se debate entre la vida y la muerte. Un accidente trágico fue la causa, uno más de los que han acontecido en mi historia de los años corrientes. Un golpe en la vetusta cabeza de 89 años es hoy para él un nuevo desafío, una nueva oportunidad para demostrar su apego a la vida que tan bien se acomoda en estos Apuntes alrededor del deseo.
En su novela Presentimientos, Clara Sánchez coloca a Julia en una situación semejante. Similar además a la que experimentara mi hermana mayor hace más o menos veinte años luego que una torpe conductora chocara su automóvil contra un poste y este cayera sobre el toldo del de mi hermana afectándole la testa. En un bosquejo, el individuo postrado, sufriendo las consecuencias de un derrame cerebral por golpe contuso vive no en coma pero en el limbo. Sí, en ese espacio abstracto y evanescente que ahora la Iglesia Católica borró de un plumazo como quien arranca de las páginas de la Divina Comedia de Dante Alighieri las relativas a la sala de espera entre el cielo y el infierno donde aguardan los inocentes para venir al mundo.
En dicha novela que vengo leyendo desde hace tiempo, como bien sabes estimado lector, cuando Clara Sánchez describe el estado de espera e incertidumbre de Félix, esposo de Julia, anota que “se dice que uno elige a las personas que le rodean, pero no es verdad, las eligen las circunstancias”. Suscribo la idea con tintes de la filosofía de Ortega y Gasset. Como Félix, el hijo único de este hombre tan amable, mi amigo y hermano desde la infancia más tierna, junto con su esposa, sus hijos y su madre, no pueden hacer más que aguardar el desenlace, cualquiera que este sea, de una historia rica en escenas de aventuras y desventuras. Como ellos, aún en la distancia —como versa el bolero— aguardo y oro igualmente por que se haga la voluntad de Dios, pidiendo como es comprensible que la balanza se incline hacia la vida, sobre todo pues siendo un abuelo tardío no ha gozado suficientemente de la dicha de consentir a unos nietos pequeños y ahora testigos de la calamidad.
Como Julio en Presentimientos o mi hermana hace años, hoy Bartolomé ha de estar deambulando por un mundo virtual, en busca de los rostros, los objetos, lugares y momentos referenciales que lo ligan a la Tierra. Una guerra civil en España tras la que acuñó la arenga que le ha definido y la cual personalmente he adoptado a manera de la más rica de las herencias: “¡Ánimo, Valor y Miedo!, entre otros capítulos.
Como Félix, apenas suspiro me percato de que mientras yo halo el aire que insufla mis pulmones, el hombre que me ha acompañado en las buenas y las malas, con dificultad respira en una cama. Y mientras a mi memoria concurren los recuerdos, quizá en su mente los efluvios del olvido pretenden hacer estragos.
La didáctica de la vida a veces se muestra cruel, pero invariablemente, como bien plantea Giacommo Puccini en el aria “Nessum Dorma” (Nadie duerma) de su ópera Turandot, el amor y la fuerza que lo sostiene, como la estrella matutina que es, aun a la luz del día vencerá.
La ilusión de vivir es como el deseo de leer. Las páginas cotidianas de la vida encierran, cada una, una lección inolvidable, amable u odiosa, capaz de transformarnos de espectadores en protagonistas. Y lo que esta lección enseña es que antes de las obras extensiones de nosotros, lo más digno de leer son nuestros actos y nuestras omisiones, los mismos que dan pie y se resumen en los libros, los edificios o melodías. No en balde enfatizan Calderón de la Barca y Shakespeare que La Vida es Sueño, aunque a veces algo nos parezca el sueño de la vida.
La ilusión de vivir escribe en nuestra alma como la tinta en estos Apuntes alrededor del deseo, confrontándonos con nuestra soledad radical, con lo que somos o pretendemos ser.
“Papa, can you hear me?”, “There are moments you remember all your life” serían dos canciones del filme Yentl, protagonizada y dirigida por mi amada Barbra Streisand, que por ahora quiero añadir a modo de remate para esta reseña, en el entendido de que estos apuntes no nada más pretenden inducir a la lectura de ciertos títulos, sino con mayor ambición propiciar, en quien posa sus ojos aquí, la inquietud por hacer de lo que la vida nos da el meollo del deseo de leer lo que de la vida queda en las obras de los hombres.
Y como esto no se acaba hasta que se acaba, comienzo esta entrega como si se tratara de un nuevo principio, cual preludio de Chopin; como de costumbre, usando palabras prestadas que ahora me pertenecen por estar alojadas en uno de mis ventrículos y no nada más en uno de mis hemisferios o entre los pliegos de un mamotreto.
Líneas más o menos, dichas o supuestas, voy descubriendo como El Hablador que “pasan cosas buenas y pasan malas cosas. Antes abundaban los seripigaris y, si tenía duda sobre qué comer, la manera de curar el daño, las piedras que protegen contra Kientibakori y sus diablillos, el hombre que andaba iba a preguntar. Siempre había algún seripigari cerca. Fumando, tomando conocimiento, reflexionando y conversando con el saankarite en los mundos de más arriba, él averiguaba la respuesta. Ahora, hay pocos, y algunos no deberían llamarse seripigaris, pues ¿saben acaso dar consejos? Su sabiduría se les secó como raíz agusanada, quizás. Eso está trayendo mucha confusión. Así dicen, por donde voy, los hombres que andan. ¿Será que no nos movemos bastante? […] ¿Nos habremos vuelto, tal vez, perezosos? Estaremos faltando a nuestra obligación, quizás”.
Esto, escrito por Mario Vargas Llosa en una novela que ahora grata y venturosamente Alfaguara reedita en un tomo aparte, más manuable que el que me ha venido ocupando desde hace días, lo voy leyendo alrededor de los acontecimientos recientes que han incidido en la conciencia de los mexicanos; sucesos internos y externos, macabros unos, inesperados otros, todos causantes de desasosiego. ¿Será que el movimiento hoy es tal que ocasiona vértigo? Confusión parece la consigna diaria recogida por los colegas periodistas y comunicadores, voceros del bien y el mal. ¿Nos habremos vuelto, tal vez, conformistas? El miedo nos tiene ateridos, como si viviéramos en un invierno pertinaz que comenzó en 1994 y ha sido abonando a nuestra sabiduría como pueblo.
A veces quisiera encontrarme con Tasurinchi, “el del Kompiroshiato, [quien] mejoraba la vida de la gente. Tenía recetas de todo y para todo […] Me enseñó muchas cosas. Ahora me acuerdo de esta. Al que muere picado de víbora hay que quemarlo rápido, si no, su cadáver criará reptiles y el bosque en torno hervirá de animales ponzoñosos. Y de esta otra. No basta quemar la casa del que se va, hay que hacerlo de espaldas. Mirar a las llamas trae desgracia. Hablar con ese seripigari daba miedo. Uno averiguaba lo mucho que no sabía. De la ignorancia sus peligros, tal vez”.
Por supuesto tendría muchas preguntas, especialmente coincidiría con la inquietud sobre cómo habría aprendido tantas cosas, y seguramente obtendría la misma respuesta: “Lo importante es no impacientarse y dejar que lo que tiene qué ocurrir, ocurra […] Si el hombre vive tranquilo, sin impacientarse, tiene tiempo de reflexionar y de recordar […] Así encontrará su destino, tal vez. Vivirá contento, quizás. Lo aprendido no se le olvidará. Si se impacienta, adelantándose al tiempo, el mundo se enturbia, parece. Y el alma cae en una telaraña de barro. Eso es la confusión. Lo peor, dicen. En este mundo y en el alma del hombre que anda. Entonces, no sabe qué hacer, dónde ir. No sabe defenderse […] Entonces, los diablos y sus diablillos se entrometen en su vida y juegan con ella […] Los errores se cometen siempre por la confusión […] ¿Qué hay que hacer para no perder la serenidad […]? Comer lo debido y respetar las prohibiciones”.
Pero esta visto que, en los tiempos que vivimos, las prohibiciones evidentes, convenidas y asentadas en los instrumentos de la ley son, todo lo contrario, puntos de partida, permisos para explorar lo oculto, lo negativo. Se trata de la herencia adánica, quizás; la debilidad humana frente al pecado va más allá de siete teologales mancuernas, o de claros delitos contra la sociedad y sus costumbres.
Lo peor de todo es que nos estamos acostumbrando. Mario Vargas Llosa juega en El Hablador con la influencia kafkiana y dota su texto con una versión indiana de La Metamorfosis. En ella, Tasurinchi-Gregorio [Samsa], mutado en chicharra-machacuy, allana una explicación para el cambio asociándolo con una “mala mareada”. Simple. Un mal rato.
Lo que México está experimentando desde hace poco más de una década, sin embargo, pesa y molesta más que una resaca. Ya lo observaba el autor de estos apuntes en su ensayo Una crisálida llamada México (http://tiempoydestiempo.wordpress.com/2005/11/18/crisalida-mexicana/). La ebriedad que ha hecho presa de unos cuantos con cierto poder, enfermos de soberbia y codicia, cimienta el diagnóstico de lo que hoy nos aqueja. Como bien dice el Tasurinchi, “[N]ada de lo que pasa, pasa por que sí […] Todo tiene su explicación, todo es causa o consecuencia de algo. Tal vez. Hay más diosecillos y diablillos que gotas de agua en la cocha y el río más grandes […] Andan mezclados con las cosas. Los hijos de Kientibakori para desordenar el mundo y los de Tasurinchi para conservarle su orden. El que sabe las causas y las consecuencias tiene la sabiduría, tal vez. Yo aún no la alcancé, diciendo, aunque se algo sabio y pueda hacer cosas que el resto no […] Volar, hablar con el alma del muerto, visitar los mundos de abajo y de arriba, meterme en el cuerpo de los vivos, adivinar el porvenir y entender el idioma de ciertos animales […]”.
Antes de levantar la pluma y haciendo honor a la palabra empeñada quizá en el mismo origen de mis apegos, quepa decir, sumar a estos apuntes alrededor del deseo un viejo pera renovado afán, ahora enhiesto con el énfasis del llamado a solidaridad a que ha orillado el insidioso mascarón del dolor impuesto en Morelia y mismo que lleva hoy a todos a echar venablos. Sirva pues esta reseña del sentir para hacer del lamento un homenaje; de la indignación, fortaleza; de la rabia, valentía; de la oposición, franca honestidad.
Toda proporción guardada, hoy y desde hoy, el festejo de nuestra independencia será, parafraseando la obra de Arturo Pérez-Reverte, un día de cólera contra la ignominia de la impunidad, contra el abuso del desatino y el desconcierto; un día para recordarnos aún más por qué somos mexicanos y que aun siendo varios somos uno. Esta es mi palabra entregada.
Fluyen las notas cálidas, profundas del Concierto No. 2 en Do menor opus 18 para piano y orquesta de Sergei Rachmaninov e inundan el estudio con memorias de momentos dichosos que ya no serán más, sino en el espacio de los recuerdos. Traen imágenes de lapsos lacrimosos que marcaron mi pasado, ensueños, imaginaciones de cómo veía lo que hoy no soy, suposiciones sobre el mañana que ahora comienza a ser sólo un bosquejo de lo deseado.
La música es un libro abierto, el más sencillo y por lo mismo el más complejo de todos. No existe Quijote o rey shakesperiano alguno que no sucumba ante sus encantos. Cada músico es un autor nuevo que con su habilidad reescribe la noción de vida de aquel que se atrevió a gemir mediante determinado instrumento. Pero más allá de burdas definiciones está la expresión penetrante, la sujeción y la liberación de las emociones más encontradas.
¿Cuántas veces he escrito inspirado por esta pieza? No lo sé. No me he puesto a contar las palabras, poemas, cuentos o ensayos impregnados de Rachmaninov. Versiones van y vienen, y una en particular está alojada en mi discoteca y en mi mente: la ejecución magistral del pianista Alexis Weissenberg conducido genialmente por Herbert von Karajan al mando de la Orquesta Filarmónica de Berlín, por cierto muy similar a la que escucho al momento de escribir estas líneas interpretada por el mismo director y orquesta pero con Lilia Silverstein al piano.
Como la humedad, la melodía se ha colado hasta estos Apuntes alrededor del deseo para acentuar en mi pensamiento el hecho de que, como concluye Manola en Un calor más cercano, novela escrita por Maruja Torres y la cual terminé de leer recientemente con un gratísimo sabor de ojos; concluyo como Manola, decía, que “dentro del Barrio, como de las personas, [hay] otros muchos barrios, pero que en este caso sólo necesitaba entrar en una calle, doblar una esquina o cambiar de acera, para conocerlos como quien avanza, página a página, en la lectura de los libros gordos que [alguien muy querido] empezó a regalarme a partir de Oliver Twist”.
Así, hoy, Rachmaninov me ha alcanzado un volumen denso, sustancioso que me habla al oído como Maruja Torres a mis pupilas cuando escribe: “Hay un principio para cada episodio de la vida, como hay un final, pero nadie es capaz de reconocerlo cuando se presenta, quizá porque vivir consiste en perder a menudo, ganar de vez en cuando, pero casi nunca en saber. Amamos sin razones, y sin razones, también, caemos en la indiferencia. Partimos, creyendo que la despedida ha sido consumada, para descubrir que el adiós aún sigue ahí, lento y desgarrador, inexplicable. Con igual falta de pericia confundimos la nostalgia por un sentimiento con el sentimiento mismo, y arrastramos, durante más tiempo del necesario, difuntos que piden a gritos que se les eche tierra encima. No creo que el conocimiento acerca de o que uno siente mitigue el dolor o intensifique el goce. Más bien al contrario, porque aleja del que sufre la esperanza e introduce en la felicidad el germen de la duda. Pero algo te da: la posibilidad de renacer entre las ruinas”.
Entre lo que queda de lo que una vez fue deseo surgen, se erigen como restos de una aspiración los primeros títulos de estos apuntes y, como ocurre con un templo griego o maya o una fortaleza medieval derribados por la inclemencia del tiempo y los elementos, forman un conjunto que describe el trabajo de la pluma:
Bautizando el aire,
la tinta del deseo,
legajos con literatura en el cuerpo,
el gran transformista
recorta fragmentos de deseo
acusaciones de afanes confesos
entre dunas y regiones;
fronteras desdibujadas
sobre la piel del texto;
perfiles de mañanas,
amores suspirantes y días dictados;
machaca libros y guarnece,
entre amor y discordia, las ansias guardadas.
Va tallando en sus batallas
—camino a la redención
en alas de la culpa y la ironía, monologando
apetitosamente, cual gourmet concentrado
entre el hablador y el idiota—
bruma selvática, meandros de ideas.
El gran transformista, en su estupidez,
conviviendo con trece a la mesa,
eslabona una cadena de lectores
y, entre tiempos, el banquete de palabras
traza coincidencias, disyunciones, conjunciones,
apuntes alrededor del deseo,
entregas sin fin,
mañana germinando
este título que no cuenta
la correspondencia con el lector.
Entre tantos afanes, el hambre,
la sed de conocimiento, de Ser,
construyen un poema ínclito
al menos en su pretensión más íntima.
Títulos veredes, Sancho,
en la proximidad, a lontananza,
y habrás de percatarte con azoro
que no hay hoy, sólo ayer y mañana,
expuestos, denudados apuntes alrededor del deseo.
O, como dice Tasurinchi en El Hablador: “Cada hombre tiene su obligación […] ¿Para qué andamos? Para que haya luz y calor, para que todo esté tranquilo. Ése es el orden del mundo. El que conversó con las luciérnagas hace lo que debe hacer. Yo cambio de lugar cuando aparecen los viracochas. Será mi destino, tal vez. ¿Y el tuyo? Visitar a la gente, hablándole. Es peligroso desobedecer al destino. […] Ahora les hablo a ustedes. Mañana cómo será”.
He llegado al punto en el que el deseo se convierte en maravilla y la evocación transforma el clamor en ruego.
¡Qué importante es el retorno!; para una cultura como la nuestra donde la memoria es cosa del pasado, no más, y para la que es preferible el progreso a la historia. Aquí cabría apuntar algunas de las consideraciones que hace Eloy Urroz en su novela Fricción, que aún estoy leyendo, y las cuales pone en boca de su personaje Eusebio Cardoso. Me interesa retomar esas palabras por razones personales, pero también para prenderme del gancho de esta cadena a modo de cebo, quien quita y pesco más que un resfriado.
Y es que “esto del realismo […] es una pinche manía que en el fondo tiene que ver más con un problema de verosimilitud que con un problema de mimetismo o reflejo acucioso del mundo, el cual, en principio, no me interesa. A mí como lector y/o espectador de películas siempre me ha importado una cosa por encima de todas las demás: la verosimilitud, la puta verosimilitud, aun cuando se trate de marcianos, sirenas ninfómanas o gigantes meones en la cima de Notre Dame […] Lo demás se desprende de ella, de la verosimilitud; lo demás se supedita a mi convicción o fe, a la capacidad del autor por hacerme creer lo que estoy viendo o leyendo, y si no lo consigue, si yo no adquiero o me avengo con la supuesta verdad insinuada por él, entonces decaen mis ganas de continuar mi tarea de inmersión friccional: mi atención se desvanece, el acto de ver la película o leer el libro deja de tener sentido, deja de importar, y me quedo dormido […] ¿Para qué sigo[…]? […] Mejor cerrar el libro, mejor salirse del cine, mejor enfrentar la realidad, la cual, es cierto, a veces resulta mucho menos verosímil que cualquier fricción. ¿A qué se deberá esa debilidad, esa flaqueza mía o lo que sea? Acaso de allí surja esa urgencia por cerrar lo que hace rato dejé inconcluso, a medias […]”.
Todos en algún momento dejamos algo inconcluso, queriendo o no. Eusebio Cardoso en ese punto retoma dentro de la novela la truculenta historia de la parentela de su mujer. ¿En mi caso? Sumo y resto ideas, añado títulos que no cuentan y sin embargo abonan significado a estos Apuntes alrededor del deseo, que cuentan sin grandes detalles, que asoman tímidamente la historia de una familia, de un individuo común que de pronto se cree extraordinario; una historia con tintes de ficción y, sin embargo, en su vaguedad, verosímiles. Estos apuntes se antojan cual mi historia, tu historia, la historia de no sé quién. Lo que se cuenta puede ser tan cierto como falso, según se cuente y sobre todo según el propósito de quien narre.
Aquí seguro alguno me reconvendrá acentuando la finalidad de estos espacios, reclamando que súbito en mis regodeos lingüísticos no tome en cuenta al lector. En ese caso sólo me queda citar divertido a Eloy Urroz nuevamente: “Querido lector, no me he olvidado de ti, de ninguna manera. Imposible. Sin ti, ¿recuerdas?, no habría historia y tampoco tendría compañía, estaría solo como ostra. Jamás te he abandonado […] y tampoco, lo sé, tú me has olvidado a mí, de lo contrario ya no estarías leyendo, ¿o no es cierto?, de lo contrario no habrías llegado hasta este infame y escabroso recodo del camino, hasta estalargahileradetenebrosatipografía”.
Y no faltará también quien se exalte y exclame: “¡Basta de citas! Espero reseña”. A tal responderé: qué mejor resumen que el contenido en las palabras mismas del autor.
El acto poético de la literatura descansa sobre los cimientos de la intención y se levanta con la energía de la intensión. La plancha de palabras sólo sirve de base para las paredes, castillo y umbrales que componen la construcción de esa casa llamaba texto o libro, y en la que habitan caras, voces, nombres, estímulos; donde circulan y acaecen sentimientos, pensamientos, ambientes verosímiles.
La realidad grosera del poema deslizado entre estos apuntes alrededor del deseo hace viable cualquier ficción —o, como nombra Urroz, fricción—. Escuchar una voz a través de la línea telefónica puede volverse una promesa, aunque lo dicho por tal voz no asegure o comprometa nada en particular. Del mismo modo que los animales escuchan “a través de nuestro silencio, a través de nuestra piel, a través de nuestros ojos, lo que somos y queremos”, allá en la distancia, del otro lado de la línea telefónica, del otro lado de la invisible conexión que une al autor con su lector, alguien, un personaje como Zaydún (La mano de fuego) “evocaría esa lección de la infancia muchos años después, escribiendo [así fuera sobre el papiro del interés] sobre la urgente necesidad de los hombres de convertirnos en animales del desierto y aprender a escuchar [en los seres amados], a través del silencio incluso, a través de su piel y su presencia [o ausencia, acoto], la naturaleza más profunda de sus deseos”.
Imagino en este preciso momento a uno de los personajes de mi historia personal, su voz inesperada, oída luego de veinte años de ausencia. Imagínole bebiendo un poco de agua, quizá enjugando con el dorso de la mano una lágrima, y descubriendo, como plantea Ruy Sánchez [op.cit.], que “lentamente y por caminos imprevisibles sobre la piel, el agua se convierte en fuego. Y de la mano puede surgir un incendio que se propaga por todo el cuerpo. Que llega a la cabeza y hace arder incluso las ideas, las palabras, lo que se mira y lo que se anhela” cual decreto.
Maravilla extraña, el deseo. Extraña y maravilla, el afán. Por esto y más deseo afanosamente.
Presentimientos… Más que un título de novela; un reflejo, una posibilidad. De nuevo mis sospechas se confirman… Ante los ojos de Desirée.
“¿Dónde estoy que me he perdido?”, nos preguntamos Luciano Talbek, Lucía y el autor de estas líneas; el primero en la obra de Federico Reyes Heroles, la segunda en la de Clara Sánchez y el tercero en la vida cotidiana. El primero, periodista y académico, en su extravío existencial concluye: “Todo fue un invento que deseo revivir. Qué solo estoy. Me lamento de mis facultades histriónicas, me admito derrotado”. La segunda, mujer, madre y esposa, en su inconsciencia producto de un fatídico accidente se reconstruye, imagen tras imagen, como elemento de un mundo imaginario que tiene toda la realidad contenida. Y el tercero, aspirante a escritor, comunicólogo, poeta, académico, ermitaño profesional se exhibe medroso, reptante entre renglones y frases silentes como estas que generan ruido en tu cabeza, amable lector.
Dos novelas que, aun cuando distintas, empatan. Un hallazgo más que se suma a los palomazos y señalamientos previos en estos Apuntes alrededor del deseo. Gajes de la vida y de la literatura. Luciano y Lucía son como dos caras de una misma moneda, una que puesta en mi mano y lanzada en suerte me hala a modo de extensión de su valor.
Como Luciano Ante los ojos de Desirée, hoy digo: “No tengo empleo y la palabra liquidar me resuena. Conciencia repleta, a pesar de las horas de sueño. Admito querer fugarme. Ni alcohol, ni pastillas; soy yo conmigo mismo. […] Ni Tagore, ni Rilke. Vacío, plenamente vacío; sin pasión, ni mito; sin mentira, ni verdad. Sin actuación, tal como lo imaginé. Estereotipos que, como agua creciente, me ahogan. Me busco en la falsedad de mi propio engaño. Me busco en la realidad de tu propio ser”.
Como Lucía anhelo el reencuentro con los seres queridos que sé donde están y sin embargo sé lejanos; y como su esposo, Félix, me preocupo, me angustia la salud de mi amor.
Pero, también, atento a los comentarios que pueden o podrían suscitar estos apuntes no descarto escuchar como Talbek: “Mira, Luciano, déjate de marometas intelectuales y sigue viviendo; ya lo dijo alguien, no sé quién, estamos a bordo de la vida, vivir es nuestra profesión”.
Y, escribiendo esto, como fondo, la voz de Eugenia León murmulla en mi oído “Como yo te amé”.
El deseo se antoja como una suerte de noche inquieta; una en la que el sueño es el único que cuenta, cuando las palabras, todas, hasta los neologismos, carecen, si no pierden, el significado usual que les damos en el día, siquiera en la conversación matinal o en la despedida bajo la sombra violeta del ocaso. Una, sin embargo, en la que se conoce de una vez para siempre la razón por la cual el Sol no necesariamente sale para todos.
Todas la personas, en todas las culturas, requerimos la definición; hasta los chinos, y si no se cree, mírese por lo menos de soslayo su aspiración olímpica a modo de advertencia: “aquí estoy”. El verbo, siendo lo primero en la creación, devino y continúa en el plano básico de la determinación. Se es lo que Es. Ser, como verbo fundamental, en cuanto acto originario, desde el cual dimana todo es (valga la redundancia) también destino de nada, de la Nada. En el Ser, en ser, radica La Historia Interminable que nos ha expuesto Michael Ende. Y esto queda apuntado sin ánimo de construir una densa filosofía al amparo de Martin Heidegger.
Empleado un poco de humor involuntario y como siguiendo el hilo de entregas previas, Luciano Talbek, el personaje central que explora Federico Reyes Heroles en su novela corta Ante los ojos de Desirée es victima de la y de su estupidez.
En una suerte de monólogo eventualmente interrumpido por encuentros utilitarios, el pensamiento y el sentir de Luciano se confunden. Mis sospechas expresadas antes acerca de su probable paralelo con mi biografía se confirmaron parcialmente, como ocurre con toda experiencia vicaria surgida de la ficción. Todo en su intimidad es deseo: hacia la mujer amada, figura etérea cuya existencia material es dudosa; hacia la mujer amante, bruja y madre, expuesta y exigente, como trazan las mitologías y según explica Joseph Campbell en El Héroe de las Mil Máscaras.
Impelido por el afán de verdad, pero también con el prurito de la mentira, Luciano Talbek, periodista, observador incluso crítico del régimen político bajo el cual vive, como apunta Glucksman en su examen de la estupidez, “cuando piensa en el totalitarismo […] se convierte en víctima de los mitos que circulan en la sociedad observada. […] El pesimismo del análisis induce al optimismo de los pronósticos: una voluntad que quiere ser ella misma acaba por devorarse a sí misma, del mismo modo que las más devastadoras tempestades de arena acaban por dispersarse. […] En la medida en que la voluntad se dispone como vínculo constitutivo de un sistema donde nadie es digno de fe y donde no es posible contar con nada, es preciso concluir que este antimundo está socavando por una enfermedad mortal y que promete hacerlo estallar; el terror debe volverse contra el terrorista. […] El ejecutor es ejecutado. […] Pero, ¡oh, sorpresa!, el sistema subsiste”.
Talbek busca dejar expuesta la corrupción. Sus fuentes informadoras, sin embargo, no son muy confiables. Desea ser responsable con respecto al hijo que espera su exalumna Gabia. Anhela el reconocimiento de su nombre en los medios cual si fuese el del mismo dios Hermes, pero no puede hacer más que confirmarse con la medianía a que lo ha orillado su condición de hijo predilecto de la clase media. En este punto una tenue, obsesiva “preocupación por sobrevivir” propia del individuo ciudadano de una era postotalitaria “centra la atención —dice Glucksman, citando a Fidelius— en que “el deseo de estar tranquilo, el ritmo biológico, acaban por refrenar y controlar al individuo; y la vida por sí misma se impone como valor supremo mientras no ve otra cosa que el día presente”.
En medio de su circunstancia, sólo le queda reconocer ante la visión de una cerveza que sólo se siente que no se siente solo y, más tarde, ante los ojos del deseo mismo, muriendo literalmente de sueño y ensueño, que, existencialismo de por medio, se nace para morir, se muere para nacer.
Al amparo de esta disquisición expongo mi fundamental coincidencia con lo que el buen amigo bloguero de esta Cadena de Lectores Alfaguara Alfredo Flores Barrón apuntó en su espacio al reseñar este texto de rápida lectura, aunque por experiencia personal me siento inclinado a resistirme a la distancia que obliga la glosa común. En estos Apuntes alrededor del deseo, casi confesionales, me he hallado como Talbek haciendo un monólogo muy al estilo de Miguel de Unamuno y cómo él, sólo me resta disculparme y afirmar que la densidad de mis palabras e intervenciones obedece a una estúpida obsesión por una existencia egoísta mas no ególatra. Sólo me tengo a mí para explicarme la existencia, y sólo desde mí puedo observar la existencia tal como lo hace Talbek Ante los ojos de Desirée: “He pensado que la mediocridad es el gran mito a vencer, el gran monstruo a contener. Salir de ella, ésa es la meta que parece alejarse con la intensidad del trabajo […] la mediocridad, eso sí que a todos nos preocupa. […] Creo al fin en mi propio ser mediocre y, relajado, continúo. Admito que mis fracasos nocturnos me han llevado una y otra vez a situaciones ridículas que prefiero olvidar, aunque en ocasiones me brinda noches aparentemente apacibles. […] Sólo hay una frase que me estorba, de alguien que dijo: tu mente desbocada, pero ella también puede estar en el error. Puede incluso ser la causa por la que no desea verme; claro, eso debe ser. Creyó en mi mente desbocada y ahora descubre mi gran mediocridad. Creyó en mis inventos que ahora resultan inexistentes. Soy lo que veo, un mediano periodista de paisito subdesarrollado, que en ocasiones promete y en otras agota. De paisito que adoro porque se me ha dicho que debo encontrar los beneficios del subdesarrollo y hacer la crítica de los avanzados. […] No soy más que un desgastado Quijote que se reconoce en su dimensión”.
Agradezco mucho tu comentario, Edgard, y tu tiempo. En efecto, El Hablador es quizá de los libros menos conocidos de Vargas Llosa. Confieso que no lo conocía, como tampoco algunos de los títulos incluidos en el volumen que he venido disfrutando. De estos tomé el mencionado primero por lo atractivo del título, en segundo lugar con el propósito de poner a prueba la resistencia física de la edición (muy gruesa), ya que queda justo en medio del tomo; en tercer lugar con la creencia de que era un relato breve y para descubrir que se trata de una novela en toda forma, que aun cuando corta, abarca casi la quinta parte del libro. Descubrí que esta edición es terriblemente incómoda y no abona al goce de leer textos tan frescos y fluidos como los que acostumbra Vargas Llosa en la ficción.
Tema aparte pero no del todo desligado, descubrí un Vargas Llosa estudioso, cuyo oficio periodístico le sirvió de sólido basamento para construir un texto didáctico en lo antropológico, en lo etnológico, preocupado por la conservación de las raíces "primitivas" del Perú amazónico, muchas de ellas ancladas en la tradición oral como son los mitos de la creación, las leyendas relacionadas con los ritos de iniciación, etc. Y por supuesto, con un interés acucioso por registrar el vocabulario más asequible de las lenguas indígenas retratadas.
Su dificultad quizá se encuentra en este último punto, porque es común que el lector no debidamente entrenado en la lectura comprensiva (como nos ocurre a muchos mexicanos) se atore en las palabras y en el afán por definirlas no valore el contexto. Ocurre con textos que incluyen nahua, inglés o cualquier otra lengua. Adoleció de lo mismo la literatura modernista con su cosmopolitismo que hoy no falta quien tache de rancio.Con esta novela, Vargas Llosa se sumerge en la literatura indigenista desde su estilo y consigue una obra que me atrevo a decir es de la mayor importancia. No es por ningún motivo una obra menor. Toda proporción guardada, cabe en el mismo cajón donde pondríamos en México sinnúmero de antologías de cuentos, reproducciones de leyendas, códices y novelas memorables en torno al tema indígena prehispánico, precolombino e incluso de la época de la conquista y posteriores.
POST DATA
El presente texto lo he tomado directamente de entre los comentarios a este espacio. Si bien su inclusión, como la anterior entrega desvirtúan el orden de los títulos de estos Apuntes alrededor del deseo, no hace lo mismo en cuanto a la esencia de los mismos, pues detrás de cada entrega está el deseo de diálogo contigo, amigo lector, cuya paciencia agradezco infinitamente.
De antemano, una disculpa a todos los que, amigos o detractores, han seguido estos apuntes alrededor del deseo. Este título no cuenta como parte del conjunto que llevábamos. Sé que tendría que escribir estas líneas en otra parte, pero por arte del destino han quedado indisolublemente asociadas a esta cadena; no por gusto ni por azar, más bien como exabrupto, cual apéndice deseoso.
En días pasados recibí las lecturas correspondientes a las entregas venideras: Presentimientos, novela por Clara Sánchez y cuyo blog recomiendo ampliamente; y Ante los ojos de Desirée, novela corta escrita por Federico Reyes Heroles. La primera, española. El segundo, mexicano. Como es de esperarse, de inmediato les hice sitio a la mesa del banquete mencionado líneas atrás y me dí a la tarea de comenzar su lectura.
Ahora bien, si he comenzado con una disculpa, es porque no tengo los seis sentidos puestos en la encomienda. Y así lo anoté en la primera de forros internos ante los ojos de Desirée con un texto aplicable a ambas obras:
6 de agosto de 2008. Aun antes de leer este libro adivino en su trama una gran similitud con mis sueños, con mi vida misma. Ya veré cuan cierta es mi sospecha. Por lo pronto lo recibo cargado de tristeza, pesadumbre y angustia, pues en días recientes y hoy se ha confirmado, la noticia acerca del estado de salud de mi madre, de mi gran adoración, me enfrenta con la proximidad de lo inevitable.
Es verdad que aún no hay una sentencia dada, que no hay una fecha definitiva. Nadie muere en la víspera y, mientras hay vida, hay esperanza. La ciencia ha avanzado horrores, pero no hay garantía cuando el diagnóstico señala la inminencia, el pelígro constante del rompimiento del aneurisma que aqueja toda la aorta de mi cómplice, amiga, confidente. No me hago a la idea de vivir alejado de ella, sin ella. No es miedo a la soledad, siempre he sido solo, solitario, soltero. Es miedo en todo caso a su ausencia.
Hace dos años perdí a mi compañera, mi perrita Milka. Nunca experimenté una simbiosis semejante con una mascota. No la he llorado. A la semana siguiente murió la hermana de mi madre, muy querida. No la he llorado. Ahora se me quiere arrancar lo que me queda. No puedo, no debo llorar. La fortaleza es necesaria para sobrellevar el trance, para servir de soporte.
Perdón. A veces flaqueo.
Ahora, sólo espero poder cumplir su íntimo deseo final: ver a sus nietos, aquellos de los que no sabemos nada desde hace 20 años, antes de partir.
Llegó a la isla con ojos nuevos. Surgió de pronto tras el accionar de un botón. Su nombre recuerda al del limosnero y su apellido encierra el misterio de la primavera, la sabiduría milenaria de oriente.
En su primer día de nacido, Beggar Mayo quedó atónito ante el panorama utópico que se ofrecía a su vista. Como todo neonato, la torpeza de sus movimientos lo delataba. En medio de otros seres que se asemejaban a él, un sentimiento de desamparo lo embargó. Su primer impulso: lloriquear, pero como no salía voz alguna de su garganta, lo único que acertó a hacer fue manotear con desesperación.
Alguien a su lado comenzó a hacer lo mismo y eventualmente fueron surgiendo, letras, palabras, frases que sólo yo veía en su mundo virtual. Me tomó como su intérprete y narrador, y por ello ahora escribo las experiencias de Beggar Mayo, el primer avatar que surgiría en mi vida.
¿Quién soy yo? Eso no importa. Confórmate con saber que de aquí en adelante conocerás por conducto mío los entuertos y aventuras de una quijotesco personaje surgido de una segunda vida y dispuesto, como aquel famoso hidalgo, a confrontar mucho más que molinos.
Apostillando
Los jurados de Alfaguara sabrán perdonar mi reserva. Contar una vida, mi vida, no es cosa tan sencilla como parece. Es un acto de confesión, un desnudarse ante ojos ajenos cuando a veces ni siquiera los propios se atreven a descubrir las huellas de los tormentos, o las tersuras de caricias acumuladas en la memoria.
Para efecto de este concurso, sin pretender ganar, sólo he preferido mostrar una faz, la ficticia. Una careta que, sin embargo, devela una capa de la cebolla que supone toda conciencia. En mi devenir, Beggar Mayo es más que un personaje, es el narrador mismo de una aventura aún guardada en el tintero. Una serie de entuertos y avatares que aún no termina de construirse, pero que es susceptible desde ahora de ser apreciada por lo menos y en principio por el espejo de la ambición.
Así que, no espíen más por lo pronto, señores jueces. En este proceso en el que ahora me encuentro, cualquier argumento podría resultar contraproducente. Sólo sigo los consejos de mi defensora, mi amiga Soledad, de la que siempre he recibido comprensión. Auguro que el fiscal que pose sus ojos sobre este expediente se verá, se sentirá en la necesidad de contratar a un detective, a un historiador o de menos a un avezado periodista para hacer las pesquisas suficientes que den luz sobre el aparente misterio de mi vida. Una vida, sobra decir, que algunos tachan de melodrama barato. Pero es una historia común. ¿Qué más puede ser? Sí, veo esa duda en los ojos de algunos de ustedes. Se los diré. Una novela taquillera cuyo título sería…
No crean que vendaría fácilmente la obra. Tras las páginas web, tras las paredes, los avatares acechan, espían, aguardando el momento para apropiarse de los derechos del creador.
No, no me vean con gesto incrédulo. Cada uno de ustedes está a la caza de historias que no les pertenecen. Se han mostrado incapaces de contar su vida y, como ladrones de tiempo detrás de Momo, babean ante la posibilidad de asestar el golpe artero. Pero yo no les pertenezco, ni Beggar Mayo, ni ninguno de mis álter ego. Aunque pretendan lo contrario y me arresten por guardar mis secretos o contarlos sólo en esa tierra de nadie que ocultan los libros. Entiendo que quizás a sus ojos soy díscolo. Simplemente soy reo de mis aspiraciones literarias. Como alguna vez confesé.
Preso en conciencia
Me encuentro confinado en estas líneas, acusado de herejía, apóstata. ¡Anatema!, dice el sello al calce y, no obstante, me siento más libre que nunca.
No niego que en ocasiones la letra hache me remite a los barrotes de mi conciencia. Hay veces, también, que la letra te me recuerda el cadalso de penurias y sacrificios que la vida levanta en el monte de la esperanza. Todavía la letra o me encierra en un pozo de admiración, sobre todo cuando compruebo cada mañana, al despertar, oh, que aún respiro por la gracia de Dios. ¿O será que el aislamiento ha comenzado a revelarme la inmensidad del horizonte, la pasión del tiempo y la profundidad tras el ocaso?
Te escribo en el afán de escapar del aburrimiento, con la intención de limar la aspereza del letargo; para no caer en el olvido de lo que fui y podría ser. Pero me embarga la sensación de que toda palabra es inútil mientras no encuentra el modo de huir del miedo a decirte cuánto de amo.
En efecto, cada rasgo, cada trazo es un intento por minar el muro de tu indiferencia. Pienso que, socavando tus defensas, algún día me declararé inocente de toda sospecha y, así, me entregarás las llaves que abran tu corazón…
Nunca imaginé cuán placentero podía ser quedar preso entre tus brazos, encerrado entre tus piernas. No fue sino hasta ese aciago día de abril cuando me percaté de lo agobiante que sería añorar tus manos rodeando como tersos grilletes mis tobillos, inmóviles en su deseo, mientras el ritmo de tus caderas torturaba el hilo ardiente de mi pasión ahogada en ti. Desde entonces no hay día que no repase el legajo que contiene la sentencia que me dictaste: nacer de nuevo.
Me hallaste culpable de engendrar en ti el recuerdo de un delito. Un crimen, dijiste, que no quedaría impune, uno que tarde o temprano debería afrontar con entereza y responsabilidad. Yo estuve dispuesto a pagar el precio. Así perdí mi libertad, por causa de tu amor.
¿Cuándo es conveniente, adecuado, permisible, deseable contar la autobiografía de uno? ¿Qué es o debería ser una autobiografía? ¿Un acto de expiación, uno de contrición; exorcismo, vanagloria de uno, desdoblamiento, condolencia por el mutuo pesar que el paso tiempo ocasiona en el espíritu y en la materia del propio ser? Acaso sea reminiscencia, pero de seguro implica deseo. Anhelo de lo que pudo ser y no fue, de lo que fue y ya no es aun cuando dejó profunda huella, de lo que es y pudo haber sido, de lo que está siendo y pudiera no ser, de lo que será y pudiere no ser como se imagina, como se sueña, como se espera.
¿Qué palabras me permitieron llegar a este punto gracias a la bonhomía de la editorial Alfaguara; cuáles fueron las frases sueltas o confundidas que dieron tino y pie a que ahora pueda escribir estas líneas en este espacio? Tal cuestionamiento efectuó hace tiempo un amable amigo lector. Un poco bajo la motivación similar a la de Maruja Torres en su novela Un calor tan cercano, y como mera ocurrencia ociosa, en atención a la convocatoria que hizo a fines del año 2007 la editorial Alfaguara para inscribir un texto que narrara la autobiografía de uno mismo, puse a su consideración una mezcolanza salida de un par de bocetos que había publicado en otros espacios de mi autoría (Mucho más que molinos. Andanzas y Avatares de Beggar Mayo SL, VETA Literaria), claro, con la debida corrección de estilo y edición para conformar una relativa unidad temática y narrativa.
A petición de dicho amable amigo y como lo prometido es deuda, ahora, aquí y enseguida, incluiré y compartiré la que sería la primera de una serie de entregas sin fin a la que se suma esta de hoy y las próximas, se trata de la semilla de estos apuntes alrededor del deseo y el rizoma, también, fundamento de una aspiración largamente acariciada.
Hace poco más de dos años que no percibo ningún ingreso formal; he venido viviendo del crédito, de la venta de desechos y vejestorios, de la caridad y más recientemente del aire y casi de milagro. Siempre anhelando. Los reclutadores de las empresas, cuando no alegan que mi currículo es muy “amplio” para sus expectativas, afirman en cambio que carezco de determinados requisitos. Invariablemente —y eso ya desde hace diez años— la edad es un obstáculo. He debido rechazar trabajos donde la paga es tan exigua que apenas da para sobrevivir al día; y no es que no caiga bien esa centaviza, sino que los gastos y compromisos son muchos y onerosos, los fijos e irrecortables. El autoempleo, si no es en algo relacionado con ventas ya por catálogo ya multinivel o las más tradicionales formas, se antoja difícil; porque eso de las ventas no es mi especialidad ni mi gusto ni mi mejor habilidad, o requiere inversión y, a no ser tiempo, ganas y disposición, no tengo nada que invertir, ni siquiera que empeñar o poner como garantía para un préstamo. Además, las deudas me ahogan y me hallo boletinado.
Pero estos apuntes alrededor del deseo y han sido algo mucho más que molinos contra los cuales luchar. Son las andanzas y avatares de un personaje llamado Beggar Mayo SL en su segunda vida, una en la que la apuesta sobre la oportunidad pasa por la soledad y transcurre en el desierto virtual del desconsuelo. Y es que en su primera vida descubrió y comprobó y entendió y se reveló a sí mismo un buen día ante el hecho de que, no la enfermedad sino la pobreza y la ignorancia, es lo que mata. De poco sirve, concluyó entonces, resignarse ni persignarse. El esfuerzo nunca es bastante como tampoco devanar los propios sesos cuando de existir se trata. Más pronto que tarde, la desesperanza acecha y puede hacer presa del desdichado, del abandonado a la desidia, al reconcomio o a la desmemoria.
Vuelto un aventurero, vagabundo virtual, Beggar Mayo SL aprendió a observar más que sólo ver alrededor, a extraer del deseo la fuerza necesaria para adquirir lo pretendido, lo soñado, lo supuesto, sin violentar causas o discriminar efectos. Por esto optó por los senderos matriciales y se lanzó a navegar y a deshacer entuertos en el mundo desdoblado del nunca jamás, donde todo es posible, solo eso, posible y poco más.
Saúl Zuratas “Mascarita”, personaje central de El Hablador novela escrita por Mario Vargas Llosa y que conforma el ancho volumen Obra Reunida. Narrativa Breve, es un humanista interesado en la etnología y crítico acérrimo de las perversiones hegemónicas de la civilización occidental y su nociva incidencia sobre los pueblos indígenas. Crítico también del socialismo real y de las desviaciones del comunismo. Su apodo obedece a un lunar morado oscuro, vino vinagre, que le cubre el lado derecho de la cara. Por esto pienso que es pariente mío en línea paterna, pues ocurre que semejante lunar, sin importar tamaño y ubicación, es hereditario y, como norma genealógica, se repite lateralmente cada dos generaciones. Yo tengo uno igual, diminuto, con forma de fresa o corazón, en la mejilla izquierda; una tía carnal de mi padre, prima hermana de mi abuela, tenía un lunar muy semejante al de “Mascarita”, mientras uno de sus hijos, dicen, en un testículo. Otra razón para suponer un parentesco con un personaje literario, quizá inspirado en uno real (habrá que preguntar a Vargas Llosa) es que el apellido Acuña (el de mi padre y su tía), luego de originarse en Portugal, donde más importancia y difusión ha tenido históricamente han sido España, México, Perú y Filipinas.
Más allá de imaginar o especular que, con su narración ubicada en el Perú amazónico, El Hablador contiene latentes unas características transgeneracionales, tal vez me ha servido como piedra miliar y para descubrir que quien suscribe estas líneas, y hasta cierto punto y como anota Vargas Llosa en la novela, es una suerte de hablador que ejerce “un liderazgo espiritual”; tal vez realiza “ciertas prácticas religiosas. Pero por alusiones captadas aquí y allá, en una frase suelta de uno y una réplica de otro”, su función parece ser, “sobre todo, aquella inscrita en su nombre: hablar. […] El hablador, o los habladores, debían ser algo así como los correos de la comunidad. Personajes que se desplazaban de uno a otro caserío, por el amplio territorio en el que estaban aventados los machiguengas, refiriendo a unos lo que hacían los otros, informándoles recíprocamente sobre las ocurrencias, las aventuras y desventuras de esos hermanos a los que veían muy rara vez o nunca. El nombre los definiría. Hablaban. Sus bocas eran los vínculos aglutinantes de esa sociedad a la que la lucha por la supervivencia había obligado a resquebrajarse y desperdigarse a los cuatro vientos. Gracias a los habladores, los padres sabían de los hijos, los hermanos de las hermanas, y, gracias a ellos, se enteraban de las muertes, nacimientos y demás sucesos de la tribu. [… E]l hablador no sólo trae noticias actuales. También, del pasado. Es probable que sea, asimismo, la memoria de la comunidad. Que cumpla una función parecida a la de los trovadores y juglares medievales. […] ¿Qué tienen de particular los habladores? […] Son una prueba palpable de que contar historias puede ser algo más que una mera diversión […] Algo primordial, algo de lo que depende la existencia misma de un pueblo”.
Así, me rebelo hablador, verborréico, dotado de palabras. Humano. Escucha de anhelos y de sueños propios y ajenos. Colmado de ansias narrativas como la mano del fuego; descriptor, explicador, pretextador. Tejedor de ocasiones capaces de mostrar, como argumenta Ismael, tío de Maruja en Un Calor tan Cercano que, “la verdad flota sobre el error como el aceite sobre el agua”. Tejedor de ocasiones también capaces de cuestionar, parafraseando a Maruja, ¿por qué el error y no la mentira?; y responder igualmente que “mentir es sólo una decisión periférica que apenas modifica la equivocación fundamental” que abarca una vida.
Tal y como confiesa Maruja, a mi vez confieso, usando su dicho, que “cuando la escritura se convirtió para mí en ley de pesos y medidas, en un catalizador capaz de separar el agua y el aceite, la aplicación de su disciplina puso fronteras a mi necesidad de relatar en bruto, y ordenó mi confusión. Por debajo del perfecto entramado serpentea, sin embargo, una malévola anarquía, el ojo incomprensible, siguiéndome desde el lado más oscuro. El error que casi siempre nos conduce, que casi siempre nos alcanza”.
Aunque no lo creamos, los seres humanos solemos vivir en el error. Nos cuesta mucho aceptarlo. El solo reconocimiento de este hecho lo vemos como un atentado a la vanidad y, por ello, optamos mejor por exaltar la poca certeza que logramos de las cosas de la vida y sobre su incidencia en nuestro ser.
Tenemos pues, todos, unos más que otros, vocación de habladores. Contamos mentiras, ficciones que nos confrontan sutilmente con la equivocación fundamental que nos define. Haciendo esto nos volvemos atractivos, personajes recreados para contrarrestar la repulsión que podemos suscitar en nosotros mismos desde y respecto de nosotros mismos. Contamos verdades revestidas de afán, pretendiendo una cautela que simplemente termina por elogiar la estupidez del oponente, aun siendo este uno imaginario, alter ego.
“Sigo en espera de que alguien animoso aporte algo más a nuestra cadena de lectores”, opinó recientemente Eudiza Quevedo, compañera de aventuras bloguísticas.
Buena compañía he tenido sin duda, como habrás constatado, amigo lector, a lo largo de estos meses. En una tertulia donde tú has sido el testigo principal y el único autorizado de aquí en adelante para juzgar el papel que como anfitriones hemos desempeñado varios curiosos.
Desde un principio alerté: “[…] tomaré como ejercicio cotidiano sentar aquí algunas frases, textos breves o largos, secuenciados o sin hilvanar, alrededor de obras que iré leyendo, saboreando, desjugando para, con su sustancia, bautizar al aire que pueda colarse entre los renglones de este sitio”.
Una doble esperanza y una doble certeza han subrayado mi compromiso desde el comienzo: esperanza de ser leído y de haber sido grato, al fin y al cabo no son uno ni siquiera la pluma quienes eligen al lector, sino las palabras por sí mismas, desde su presentación, con su forma, densidad, colorido y aromas. Bien lo dice el refrán culinario: de la vista nace el amor. Y es que todo texto, en cuanto tejido emocional e idílico, apuesta en su soledad al amor de una mirada indiscreta que quizá se atreva a asomarse curiosa a su intimidad lineal.
Así, lo leído por aquí ha pretendido convertirse en un juego o cuando menos una invitación a degustar de la lectura. No del modo más característico de la reseña clásica, sino aspirando a extraer una experiencia adicional.
Toda reseña tiene dos cometidos: resumir, vender. La mayoría de nosotros sacamos la vuelta a los vendedores y pedigüeños de puerta en puerta, siempre encontramos un pretexto para no hacernos de un libro y más para no leerlo. Nos parece que el ejercicio intelectual de comprender es harto más arduo en comparación con el físico, y no reparamos en el hecho de que el órgano que trabaja más en nuestro cuerpo es el cerebro; y por supuesto no olvido al corazón.
De tiempo en tiempo nos reunimos con amistades, vamos al cine o al teatro y, al día siguiente, reseñamos a otros más que la obra, la experiencia del gozo o disgusto que nos produjo o la acompañó. Sea de modo profuso o escueto, ilustrando o simplemente trazando letras —cosa nada despreciable en su dificultad— nos prodigamos en consideraciones sobre las bondades y defectos que detectamos, y los cuales no son más que un reflejo de nuestras aspiraciones o de nuestras deficiencias. Entonces, lo que hacemos son apuntes alrededor del deseo; o al menos en torno a la necesidad.
Como en estos que has repasado, entrega tras entrega, las palabras han hecho lo propio libremente, confundiendo o aclarando. Pudieron haber enfatizado, por ejemplo: “tal y cual libros son recomendables para los lectores que buscan y gustan de las emociones fuertes salpicadas con ingeniosos episodios y sugerentes escenas”; o quizá: “acercarse a las páginas de semejante obra de tan renombrado autor puede ser tanto como sentirse en la proximidad del ser amado, de la persona anhelada”. Pero en realidad nadie experimenta en cabeza ajena y, por lo que toca a mi caso y no con un propósito predefinido, las palabras no salieron de esa manera. Fueron y han sido signos con una vitalidad intrínseca, espontáneos, incontrolables mas mesurados y por ello honestos.
Nada me quitaba escribir un blog a modo de diario. Bosquejar notas con similitud a la noticia periódica. Pulverizar ideas para publicar frases suficientemente breves. En cambio opté por ensayar sobre la reseña —que no sobre las rodillas, aun cuando me hubiera gustado hacerlo sobre la espalda desnuda de una musa. El resultado, esto que lees y has leído.
Más que moda y sin excusa de por medio, el blog como fenómeno y recurso comunicativo tiene muchos usos, una gran potencialidad y también importantes limitaciones técnicas que van superándose poco a poco. ¿Cuánto animo se requiere para eslabonar conciencias? No lo sé. ¿Cuál es la tasa esperada de innovación capaz de potenciar el incremento en el número de lectores? No lo sé. ¿Se corresponde dicho incremento con el respectivo al número de consumidores de espacios de lectura impresos o electrónicos? No lo sé. Hay lectores que no adquieren libros ni revistas, y hay consumidores que aun comprando no leen o su nivel de lectura es deficiente. El público por lo general es veleidoso y el gusto jamás es ni ha sido un elemento suficiente de juicio, por eso lo gustado hoy puede disgustar mañana sin razón aparente. Al comunicador, sea cual sea su etiqueta, profesional o no, sólo resta encomendarse a algún santo para caerle bien, sin ser monedita de oro y aún siéndolo, a príncipes y mendigos; y todo en virtud de su carga de talento o fortuna.
Mis amigos de papel aún no acaban de levantarse de la mesa. Ahora mismo Un Calor tan Cercano escucha a El Hablador, quien le cuenta sobre un personaje que quizá sea pariente mío y a su modo discute sobre la estupidez de la llamada civilización. Pero eso puede esperar a la siguiente cita.
Veo que me has seguido hasta aquí. Eso es bueno, pero también en este negocio existen los conceptos de rating y ranking. Así que no dejes de compartir lo que vas pensando paso a paso, entrega tras entrega. Si ya desde este párrafo te sientes perdido, simplemente retrocede en los artículos entregados. Te darás cuenta de que lo planteado en uno de ellos (Bruma selvática, meandros de ideas) es cierto en lo elemental tanto como en lo total, o como dirían los mosqueteros aplicándolo a estos apuntes: uno para todos y todos para uno.
Puesto que un blog es en estricto sentido metafórico una vulgar página en blanco, entonces es claro que en ella cabe de todo como en botica. He aquí que en este espacio han hallado lugar en mi mesa doce amigos botarates, dos de los cuales, no conformes con su sola presencia se han sentado a sus anchas, obligándome a colocar un décimo tercer sitio y, tú, amigo lector, ya conoces la superstición respectiva.
La charla entre estos amigos ha sido rica, difusa, orientadora, divertida, en ocasiones elevada pero sin más pretensiones que el intercambio de puntos de vista. Por momentos ruidosa y sin embargo, en esencia, bastante muda. Sus palabras han ido y venido; cuando no abofetean, acarician; cuando no ensalzan, engullen. No reparan en estipendio de ideas e imaginación y, si no concluyen, dejan la conversación en un suspenso inquietante.
Tal como sucede en un libro, en este blog he buscado establecer un cierto orden, aun cuando entre saltos, como haría un conejo en medio de chapulines. Tal como ocurre con un blog, en este “libro electrónico” he intentado pespuntar páginas como otrora hubiera publicado alguien, cualquiera, en un folletín ilustrado, una revista del corazón, el diario de alguna adolescente o incluso en el conjunto de un volumen enciclopédico.
Y es que estos amigos son de carrera larga. Hay que ver como beben historias, como catan pasiones. Por ahora baste con enlistarlos para que te des cuenta, amable lector y décimo cuarto convidado a este ágape —por lo cual (¡gracias!) va rompiéndose la superstición—; para que te percates, decía, del por qué de los derroteros seguidos por estos apuntes alrededor del deseo.
Todos estos amigos están ahora sentados a mi mesa y así como atiendo a uno atiendo al otro, a todos juntos y casi simultáneamente, tratando de hacer el papel del anfitrión modelo, en una reunión que data desde septiembre del año 2007 y que gracias a Alfaguara se ha prolongado con gran alegría.
LISTA DE INVITADOS (por orden de aparición) al BANQUETE: “Elogio de la Lectura”. MOTIVO: “Apuntes alrededor del deseo” (ensayo entre la epístola y la meditación).
1.Cien años de soledad por Gabriel García Márquez (al fin me decidí a invitarlo).
2.Historia de la Magia por Louis Chochod (vino muy solemne y revelando secretos interesantes).
3.Los Nombres del Aire y La Mano de Fuego por Alberto Ruy Sánchez (se sentaron muy juntitos, el primero terminó pronto el primer plato y cuchichea de lo lindo; el segundo pidió permiso para preparar el postre, una fresas flameadas y en eso anda).
4.Cuentos Sobrenaturales por Carlos Fuentes (terminó su primer plato bastante rápido, aunque con sus acostumbradas maneras diplomáticas dejó algunas mínimas sobras. Lo excuso porque yo hice lo mismo. De repente incide en dos o tres comentarios con su “Aura” de santón).
5.Península, Península por Hernán Lara Zavala (está muy entretenido, no le quita los ojos al faisán en el centro de la mesa aunque insiste en pedir que le sean servidos papadzules. En algún momento hizo referencia al héroe maya Can Ek y me recordó el bello libro de Ermilo Abreu Gómez Canek. Historia y leyenda de un héroe maya, especialmente aquellos pasajes cuando el valeroso y sabio personaje épico, con gran poesía y fino humor pregunta a sus amigos Domingo Canché, Ramón Balam y el niño Guy “¿Quién me dice cuáles son los agujeros por donde gritan las cañas? ¿Quién me dice qué es lo que está torcido en tres ramales? ¿Quién me dice qué significan dos piedras verdes y una cruz alzada?”, respondiendo divertido a los azorados que no sabían qué contestar: “Tontos. Todo es claro: se trata de los agujeros de la flauta; se dice de la iguana y se piensa de los ojos del hombre”. O cuando dijo: “Es verdad: la palabra nació por sí misma dentro de lo oscuro. Aquí es necesario declarar el sentido de esta oración. La palabra no es la voz que se dice y se oye. La palabra es cuna del espíritu creador. El espíritu creador que siempre fue, en las tinieblas del tiempo, vio su conciencia, y de ella nació la palabra. Por esto toda palabra debe ser sentida dentro de lo oscuro del pecho para que sea imagen de esa otra que nació del ser, espejo de sí mismo”. Y sin olvidar cuando expresó —y esto viene muy a tono—: “En los libros se dice lo que es un profeta y también lo que es un poeta. Se dice esto, pero muchos lo han olvidado. Es bueno recordarlo. Es profeta el hombre que puede mirar el rostro de Dios; en su resplandor aprende a distinguir la verdad, de la mentira. Por esto le es dable hablar de lo que ha de suceder en el tiempo. Es poeta el hombre que recibe en su rostro la mirada de Dios. Por eso le es dable distinguir la belleza, de la fealdad. Los profetas tuvieron permiso para guiar a los hombres que vendrán. Los poetas tienen licencia para guiar a los hombres que son. Unos y otros, cuando tienen conciencia del dolor, hacen el bien”).
6.Un Día de Cólera por Arturo Pérez-Reverte (lleno de anécdotas, me trae esquivando sus ocurrencias, tratando de mapearlas)
7.Fricción por Eloy Urroz (aún no se había servido el primer plato y ya empezaba a picar del Platón mientras al calor del vino servido distraía a su vecino de al lado con discursos sobre Empédocles y la fidelidad, así como extrañaba que no le hubiera tocado una colega próxima para sobarle las piernas).
8.Obra Reunida. Narrativa Breve por Mario Vargas Llosa (“El Hablador” se sentó tan al centro que incluso resulta incómodo acercarse a él. Como llegó acompañado de varios familiares y no quise ofenderlo, decidí en mi papel de anfitrión cederle la palabra antes que a cualquiera de sus acompañantes con todo propósito. Pobre, no ha sido culpa de él su torpe desempeño en la tertulia, sino del sastre que le confeccionó el traje tan ancho y de costuras apretadas que lo hacen ver cual choncho bodoque. Sólo de verlo, solidariamente uno suda la gota gorda. Y no es que sea vasto en las cosas que tiene por decir, sino que sólo asirlo o abrazarlo anquilosa los dedos. Cada vez que me remito a él debo concentrar mi atención de tal forma que no pierda idea. Insisto, lo que cuenta es fabuloso, entretenido, rico, delicioso, pero su corpulencia orilla a que uno siga con extrema lentitud su discurso. Yo hubiera preferido verlo en un traje menos ajustado, mejor cosido y más maniobrable, con menos bolsillos aunque eso significara más prendas complementarias. Se lo propondré sutilmente, para que a su vez lo sugiera a su sastre).
9.La Estupidez: Ideologías del Posmodernismo por André Glucksman (inquietito e inquietante; ya van varias veces que me señala detalles sobre el banquete y sus opiniones no dejan de tener verdad. Valoré mucho su “Elogio de la Tarta de Nata”).
10.El Proceso Ideológico de la Revolución de Independencia por Luis Villoro (me ha estado susurrando algunas ideas para un par de novelas que tengo en mente, ya comencé a barruntar y ojalá puedan ver la luz).
11.El Valor de Educar por Fernando Savater (andaba perdido y está queriendo colarse en una que otra conversación, pero ya le dije que espere turno. Con Aires de Familia (por Carlos Monsiváis) ronda expectante para ubicarse en la mesa en cuanto alguno de los invitados abandone su silla).
12.Un Calor tan Cercano por Maruja Torres (le pedí que se sentara a mi lado; siempre es bueno tener una mujer inteligente, sensible, sensitiva y de buen decir al lado, y aun cuando de pronto los otros convidados me distraen, la calidez de su cercanía hace que me tome tiempo para ver fluir sus narraciones. Con ella, aunque uno quiera ir rápido, se hace necesaria la pausa para el disfrute).
Sí. He registrado el pasmo de alguno que otro lector y amigo llegado a estas líneas. Sobre todo luego de la anterior entrega. Y aunque no lo parezca, todo tiene una explicación sencilla, la misma que ha ido reptando entre los artículos que componen estos apuntes alrededor del deseo.
¿Qué es un blog? ¿Cómo debe abordar el escritor o aspirante a tal esta forma de expresión? Para hallar una respuesta a estos cuestionamientos basta —y no siempre— con navegar por la Internet y visitar varios de los blogs existentes. Los hay de todo tipo, factura, enfoque y temática. En unos sus autores optan por anotar breves efemérides, confesiones íntimas; en otros abundan imágenes y en unos más el texto lato. Estos prefieren temas jocosos, esos son más solemnes. Aquellos tienden a soltar consejos, críticas, lecciones; aquestos comentan, narran, cuentan chistes, incluyen audio o video, se regodean con su idioma entre faltas ortográficas y gramaticales, o discuten su vida y milagros, la inmortalidad del cangrejo o discurren sobre la invención del agua tibia y el hilo negro.
Ante el empuje de este fenómeno comunicativo —que en lo personal, confieso, me ha venido resultando no sólo fascinante sino providencial— que posibilita la autopublicación, y dada su penetración e influencia creciente y probable en la conformación de la opinión pública actual, los grandes medios comunicativos, las grandes cadenas y consorcios han empezado desde hace un par de años, más o menos, a emplear este modo expresivo como un recurso, a veces distractivo, a veces propositivo; ya con fines de clara estrategia mercadológica mediante la cual se propicia la generación y ampliación de públicos consumidores por la acción de esta novedosa y adaptada forma del método publicitario de la transmisión de boca en boca; ya con la meta de “abrirse” a los no profesionales de la comunicación y la información. Así, los espacios cedidos abonan en cierta manera a la confusión mediática bajo la promesa cada vez menos ilusoria de una democratización de los medios.
La intrusión de los miembros de esa “masa” de consumidores de mensajes para convertirse ahora, por gracia de la tecnología facilitadora, en productores de mensajes y difundidores de su propio parecer acerca del mundo y lo que en él acontece, significa la disolución social con vistas a una recomposición. Se acentúa la individualidad, pero no como una especia de aislamiento —no solamente, aun cuando este es un problema real y preocupante—, sino como germen de la posibilidad de la integración fundamental mediante el intercambio.
Exponer las propias palabras o gestos en espacios como este es sumamente arriesgado, tanto como cuando se abre la boca en una reunión para decir lo que se piensa o siente sobre determinado tópico; y más, pues no hay certeza de quién estará del otro lado del salón atendiendo nuestro dicho. Invariablemente pende sobre uno la espada de Damócles recordándonos la amenaza del ridículo y, sin embargo, hablamos y escribimos aunque sean estupideces.
Seguramente más de uno se preguntará ahora, “¿por qué insiste este bato en mencionar la estulticia?” Y debo contestar astutamente y en congruencia con lo trazado en el primer párrafo de este artículo: todo parte de los invitados a mi fiesta, a este elogio de la lectura.
Hemisferio derecho, hemisferio izquierdo. Norte, Sur. Partidos políticos de derecha e izquierda. Mundo primitivo y mundo civilizado. Bien y Mal. Arriba y abajo. Si aquí apenas se barruntan dejos de pretendidas reseñas que aspiran a algo más, la historia de la humanidad es la reseña de las reseñas: la antología de la estupidez, el compendio de lo que queda entre extremos en pugna.
Escribiendo estas líneas ha llegado a mi mesa de trabajo el esperado segundo libro convenido. ¡Albricias! Haré justicia a las mujeres aunque sea mínimamente, pues se trata del título Un calor tan cercano de la escritora barcelonesa Maruja Torres, obra que, haciendo eco a estos apuntes sobre el deseo, ya desde su nota descriptiva la autora explica que no se trata de una novela autobiográfica sino deseobiográfica; y que, siguiendo ideas vertida aquí “uno escribe […] para dotar de sentido a lo que no lo tuvo, y para inventar lo que a la vida se le olvidó. Para ordenar el caos”.
Hubo un tiempo cuando los hombres creían ser más que las mujeres. Llegó luego el tiempo cuando las mujeres en emancipación creyeron ser más que los hombres. Están próximos los días cuando nos veremos como lo que somos, ni iguales (pues para empezar por la anatomía y la fisiología tal se comprueba) ni distintos del todo por cuanto toca a nuestra esencia y naturaleza humanas.
En la segunda mitad del siglo XX, el antropólogo Clifford Geertz así como algunos filósofos, psicolingüístas y semiólogos de corte posmodernista señalaron que la humanidad había llegado a un punto tal en el ejercicio de la crítica que las palabras no bastaban ya. Desgastadas, desusadas, abusadas y hasta violentadas, en muchos idiomas y culturas era notorio hacia la década final del siglo XX el afán por desbrozar el léxico, y esto tanto por parte de académicos como de legos, jóvenes o viejos, aquellos por desprecio a la herencia, las tradiciones o simple reduccionismo fundamentado en la ley del mínimo esfuerzo; aquestos por anhelo de vigencia.
Hoy, atender a la conversación de hombres y mujeres igualados por la democracia y el consumismo, equivale —toda proporción guardada— a atestiguar la tala “clandestina” de algún bosque o selva. Con cada “cabrón”, “pendejo”, uno descubre que todos somos “güeyes” (ni siquiera bueyes) de la misma especie; así, igualados en afanes, tropelías, ilusiones, oficios y vocaciones, nuestras raíces van quedando al descubierto para pudrirse en medio del desparpajo de este atado de badulaques en que a veces nos convertimos, parafraseando a Octavio Paz, en medio de nuestros contemporáneos.
Opuestas, las cosas y los hombres, terminan secos, carentes de sentido. Si el absolutismo despótico o ilustrado se antojó despreciable a los españoles que en Un Día de Cólera