A TRAVÉS DEL PUENTE DE CRISTAL

Esto del luto es una monserga, pero también una aventura. Hacía mucho tiempo que no escribía tanto y en tantos lados, lo que me encanta pero también me asusta. Mas no me asusta la responsabilidad, el compromiso, sino el riesgo latente de estar en ascuas por causa del acecho de los fantasmas que fustigan así el dolor como el amor. (Y me asusta que aún no percibo un centavo por esas palabras; y la ausencia de comentarios a veces me hace dudar de su utilidad y penetración, aunque claro, la safisfacción personal y la difusión aparejada por ahora bastan y sobran)



Hay muchas formas de duelo, tantas como cabezas en el mundo y como experiencias afectivas. Pero todos en algún momento de la vida experimentamos  El Duelo, así con mayúscula. Generalmente ese tiene que ver con la pérdida del más grande y definitivo amor. Y puede repetirse, aunque graduado. El Duelo es un hito, el punto de partida de la iniciación para ser humano.



Recientemente, la indignación por la tragedia sufrida por las familias de los pequeñitos fallecidos a consecuencia del incendio de la guardería en Hermosillo, Sonora, México, inscribe y nos incluye a todos en esta forma de duelo, si bien los principales protagonistas de esta historia son los padres.



Forro de La Emperatriz de los EtéreosDe nuevo, mi madre sale al paso para ayudarme a asimilar la realidad. Pues aun cuando ella para mí representa hoy El Duelo de mi vida (título que se suma a la lista de mis novelas, cuentos, poemas y ensayos que tengo frente a mí en el escritorio, en plena producción) sé por ella y su experiencia personal que incluso semejante quebranto no se compara con la pérdida (por cualquier medio o circunstancia) de un hijo, máxime cuando la privación sucede en las edades más tiernas. En mi familia lo sabemos y comprendemos con claridad y con dolor compartido.



Pensado y dicho lo anterior me veo al espejo y descubro una copia de mí mismo. Una versión masculina y mexicana de Susan Boyle. De pronto me parece ver en derredor máscaras de facciones neutras, sin embargo imitando los rostros de mis seres queridos. La superficie del espejo me revela el cambio que he venido padeciendo día con día. Soy como Bipa, la joven protagonista de La Emperatriz de los Etéreos, con hilos de plata entre los cabellos cada vez más escasos, una piel que se va adelgazando erosionada por la pena, desgastada por la edad. Tras mi mirada ahora más transparente adivino la piedra semipreciosa que palpita en mi pecho, el ópalo que regula mi vida, el reservorio de la belleza y la razón de mi ser. Como agua cristalina, el frío bloque de hielo, el reflejo mercuriano ante mí me expone invertido, divertido, controvertido, en una compleja introversión que apuesta por extrovertirse aunque sea por medio de las promesas contenidas en las palabras, ésas como estas que ahora lees con paciencia y quizás algún afecto, como cruzando un puente de cristal tan firme y  vulnerable como el  sueño que he tenido.



La Emperatriz de los Etéreos es una novela cuyo público objetivo lo conforman los infantes y los adolescentes; pero no exclusivamente. Se trata de una historia fantástica, que se antoja de ecología un poco futurista. Es una historia que linda con las fronteras de los mitos de iniciación. Sencilla, visual, su motivo central es el cambio, la única constante en la vida; la transformación de la corporeidad a la espiritualidad, el abandono del prejuicio para abrazar el juicio de la madurez.



No es necesario ser niño o adolescente, físicamente, para identificarse con los personajes de la novela y la historia que narra. Personalmente, al principio me identifiqué con Aer, el amigo de Bipa, por lo curioso, su alegre interés en la novedad, su idealismo y su carácter disperso pero firme. Confieso que a Bipa la repelí por su exagerado pragmatismo que a veces raya en la grosería. Me cayó mal. Pronto descubrí que es más cercana a mí de lo que imaginaba.



Aquí no tiene qué ver el lado femenino o masculino del lector, sino los valores y cómo se van lustrando en el transcurso de la narración muy bien escrita por la autora española Laura Gallego García.



Parecerá que ahora, en el párrafo que comienza, cambio de tema. De ningún modo, mi Elogio de la Lectura consiste en la concatenación de sensaciones y experiencias enraizadas en las imágenes que suscitan las palabras, o las palabras que detonan las imágenes. En el cuento "Carta a una señorita de París" de Julio Cortázar incluído en el primer volumen de los Cuentos Completos editado por Alfaguara y que originalmente formó parte del libro Bestiario, el protagonista y narrador detalla su peculiar estado. Es un individuo que vomita gazapos, conejitos vaya. Aquí usé la palabra gazapo con todo propósito, tanto como sinónimo de cría de conejo, como en su sentido de "error o equivocación que por inadvertencia se deja escapar al escribir o al hablar".



El personaje del cuento se dedica a escribir, así que Cortázar tampoco utiliza gratuitamente la palabra "gazapo" sino como metáfora. Quienes escribimos o pretendemos hacerlo, como dicho personaje vivimos entre gazapos, a veces muy encariñados con ellos a pesar de lo molestos e incómodos que pueden ser. Como el personaje, ahora yo veo mi entorno y, agobiado por la ausencia de mi madre, también concluyo "qué difícil oponerse, aún aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en la modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafío me pase por los ojos como un bando de gorriones".



Portada básica de La Emperatriz de los EtéreosSusan Boyle, como yo y de mi misma edad y también soltera, de algún modo adolescente, también recientemente huérfana; Bipa, como ambos, enamorada de la esencia del huérfano Aer, del que en un momento se ve privada, se lanza a la aventura del duelo y todos, igualmente, nos lanzamos a la búsqueda de nosotros mismos, sin rumbo definido, a través de un puente de cristal acompañados apenas por un fardo de recuerdos que, no obstante su peso y apariencia de golem monstruoso, fielmente nos sigue por el sólo hecho de ser el resultado de la memoria, el conjunto más cuidado de gazapos, la reminiscencia de lo que acostumbramos ser como suma de aciertos y errores, la esperanza de resultar en el orgullo de nuestra madre por obra y gracia de nuestros talentos, tal y como promete el físico relativista Daniel Hawking a su mamá dentro de la serie televisiva Lost.  "Las costumbres", escribe Cortázar, "son formas concretas del ritmo, son la cuota de ritmo que nos ayuda a vivir". Pero estas también con el tiempo se diluyen convertidas en rutina. La rutina es útil mientras sirve a la construcción de lo que se tiene: la vida. "Vivir la vida", pone Laura Gallego en voz de Bipa, "eso no tiene precio. Quien no haya pasado nunca frío no apreciará el valor de una huoguera. Quien nunca haya llorado no disfrutará de los momentos de risas. Quien no haya pasado hambre no valorará un plato de estofado caliente. Quien no conozca la muerte no sentirá amor por la vida". Esto es lo que mi Coneja me enseño.



Una postdata para ser congruente con estos Apuntes alrededor del vacío, secuela como bien sabes de mis Apuntes alrededor del Deseo: La Emperatriz de los Etéreos por su impresión es como dos libros en uno, como puede constatarse en las imágenes aquí incluidas. El forro con solapas, impreso en técnicas offset y serigráficas, equivale a uno con cuerpo pero vacío de sustancia; es preferible quitarlo para no dañar el arte, así se descubre una portada de diseños menos corpóreos. Es el segundo libro, nada hueco.

TÁCTICAS DE MUERTE, ESTRATEGIAS DE VIDA

Mario Benedetti (1921-2009)¡Santo Dios! ¿Cuántas pérdidas más deberé soportar una detrás de otra? No bien he recibido el libro de Laura Gallego García, La Emperatriz de los Etéreos, recibo igualmente la noticia terrible para mi alma acerca del fallecimiento de otro de mis puntales: Mario Benedetti.

Ya me odio por tu culpa, oh, Dios; me he convertido sin querer en una triste plañidera. Tenía rato de haberme vuelto chillón, es cierto, pero ahora con cada viento, con cada mirada, mi ánimo se embravece y azota a mi alma con una tormenta de llanto.

Ayer apenas me arrebataste a mi más puro y más grande amor, mi madre. Quizá con el afán de allanarme el dolor y curtir mis nervios, previamente tomaste las vidas de otros seres queridos: el señor Sauto, Milka, Tía Pipi, Armando. ¿Cómo al santo Job decidiste ponerme a prueba? Sin trabajo, endeudado, ahora me ves deprimido, al borde de la locura en medio de una soledad que me ahoga como jamás pude imaginar, y mira que te lo dice un solitario. Sin embargo, aquí me tienes, estoico, incluso cínico, dando mi mejor rostro con forma de palabras, alimentándome de verbos y adjetivos, personajes y urdimbres, enfrentando las tácticas de la muerte, entendiéndolas como dosis de estrategias de vida.

Día con día me esfuerzo sobremanera, agradecido sí, pero apesadumbrado. Me levanto tácticamente, vislumbrando estratégicamente el nuevo derrotero que me espera delante. Hoy, no obstante, he tropezado una vez más con la misma piedra de la melancolía. Hoy me das la noticia de que Benedetti, al fin, se rindió.

Como él luego de quedar viudo, yo hice lo propio para sobrevivir preguntándome igualmente "para quién". Con él y mediante su literatura comprendí que la meta de la vida no incluye un "para qué", sino un "para quién". Esto no significa que la causa absoluta no exista o sea despreciable. Claro está, el "que" orienta, materializa, modifica, hace eficiente, instrumenta la razón de ser. Pero la causa relativa es más poderosa pues el "quien" personaliza, dignifica, dirige, comunica, agenda, arraiga, promete, afirma y confirma la humanidad del agente, la santidad del destinatario de cada acto.

"Para qué" vivir posibilita, pone en potencia cualquier intención. "Para quién" vivir desata el ejercicio de la entrega con toda su intensión. Quítale al hombre el "quien" reflexivo y recíproco y qué queda, sólo zurrón. Palpitante, sí. Hablante, sí. Caminante, sin duda. Cuerpo en movimiento, mecanismo cartesiano. Pensante, definitivamente. Pero no más. Déjaselo y entonces tienes un ser dialogante.

Ahora, Mario también se adelantó y aunque deja en herencia una vasta obra de líneas y líneas de estilo, mucha publicada por Alfaguara, viene a ser, en mi zurrón, un hueco más por el que se cuela mi alma.

Los vanos seres humanos nos rasgamos las vestiduras cuando nuestros congéneres vejan las leyes trazadas para el correcto accionar social. La ley de la vida es inmisericorde y ella sola basta para hacer girones nuestro ser sin que nadie proteste suficientemente.

¡Protesto! Si de algo vale ahora, protesto por el dolor, protesto por semejantes ausencias y la soledad en que devienen.

Hoy, nuevamente, veo a mi alrededor y miro una casa llena y sin embargo vacía. Veo dentro de mí y observo un ego desvirtuado, recogido, enjuto mejor dicho, que apenas cabe en un puño sangrante. Queda todo y empero queda nada.

Eso es parte de Vivir Adrede. Bien apunta Mario:



El pasado es una colección de silencios, pero hay partículas calladas, irrecuperables provincias de mutismo, albas y crepúsculos que quedaron ocultos, más allá de ese horizonte tan poco hospitalario; tallos que nunca más se expandirán en rosas, oscuras golondrinas que se aclararán en uno que otro vuelo.

Lo perdido tuvo color pero ahora es incoloro. Los latidos del gastado corazón invaden nuestra noche, pero el insomnio actual tiene otra partitura. Lo perdido es también un par o dos de labios que probaron el sabor de los míos, y que ahora tan sólo puedo besar en mi memoria.

Lo perdido es la luna redonda que yo hacía ovalada en mi retina y el firmamento con estrellas que ahora es apenas un cielo raso azul.

Todo se va borrando, todo pasa a ser sombra y vacío. Y el obligado acabose no nos ayuda a hallarlo.




Hoy Mario se suma a mis pérdidas y paradójicamente, en sus cuentas, la vida va sumando utilidad con carácter de aforismos, extractos de vida y de obra:


  • "Me aferro al tiempo como si pudiera sujetarlo. Pero él transcurre, inexorable y sordo".

  • "La realidad es un manojo de poemas sobre los cuales nadie reclama derechos de autor. Debajo de cada piedra, de cada baldosa, se esconde un poema".

  • "Cuando llegue el momento de ser nadie, el mundo seguirá y no lo veremos. Si antes vivíamos cegados por el sol, ahora estaremos cegados por la sombra... Cuando llegue el momento de ser nadie, es mejor disiparse con la conciencia sepulcral tranquila".

  • "Hay quienes confunden la palabra siempre con la eternidad. Antes que nada conviene aclarar que la eternidad es un cuento chino. En cambio, siempre sí existe: es una permanencia o más bien una rebanada de tiempo... Ahora bien, siempre es antónimo de nunca, y ésta sí es una palabra definitiva: cuando cierra el portal no pasa nadie... Lo más prudente es habilitar dos bolsillos del chaleco: uno para guardar a siempre y otro para esconder a nunca.



El problema es que jamás, que también juega en este partido, siempre quiere hacer de árbitro y nunca expulsa a la trampa ni a la injusticia. Quedándose fuera del tiempo, jamás apela al olvido, marca el paso del devenir y a la larga se sale con la suya.

Así, entre ganancias y pérdidas, poemas y cuentos, ensayos y ocurrencias, "[U]no lee y relee. Cuando lee mucho, suele olvidarse de los títulos pero no de los personajes. Éstos perduran más que la trama novelesca o el ritmo de los poemas. En ocasiones, el nombre del personaje no siempre queda en la memoria, pero en cambio su soplo vital sí penetra en el alma del lector". Hoy Mario Benedetti, el personaje, se suma al índice onomástico. Mañana, como ayer y siempre y nunca jamás, su hálito alentará otros ojos. Hoy descansa en paz. Mañana insuflará nuevas rebeldías, amoríos y exilios

RECOGIENDO RASTROS

Tenía rato de no darme la vuelta por aquí. Perdónenme. Estoy que ya subo que ya bajo en el ánimo. Ya saben por qué y no insistiré en el tema. A causa de esto hoy en particular no tengo muchas palabras, aunque tenga mucho por decir. Baste con apuntar que al fin terminé de leer Fricción, novela escrita por Eloy Urroz.

¿He dicho "al fin"? Sí, pero no quiero que se me tome por un denostador de obras. El libro, como lo dije en un artículo hace ya numerosas entregas atrás tiene sus bondades, pero ahora quiero mencionar sólo dos puntos, uno que me desagradó y otro que me desesperó.

UN BANQUETE CORROMPIDO

El punto que me desesperó tiene que ver con la larga cuenta de páginas dedicadas a una especie o remedo de "Banquete" platónico en donde el autor reúne a varios nombres famosos para discutir, no precisamente de modo mayéutico, acerca del fondo y trasfondo de la fricción, que no ficción, que venimos protagonizando en tanto lectores junto con ellos, mezclada con la filosofía de Heráclito y otras linduras.

La extensión de la escena, plantearla más que cual tertulia académica mejor como una orgía de citas relativamente inconexas alrededor de temas existenciales y metafísicos, si bien por un lado conlleva el acercamiento del lector a determinadas ideas de la historia de la filosofía, a modo de mini conferencia y provocando hasta cierto punto reflexión, por otra parte, en cambio, cobra tal densidad y sustancia que el resto de la "fricción" pierde interés y memoria en uno. De pronto uno llega a pensar, "¿he repasado tantas páginas para llegar aquí!"; o, "¿vaya, un episodio que atrae suficientemente mi atención!"; o, simplemente, "¡uff, hacia dónde con tanta y tan sesuda cita!"

Respecto a mis gustos e intereses podría pasar muy bien este tramo del libro, y de hecho lo asimilé bastante entretenido; pero, el colmo, fue el segundo punto. Ese dio al traste, desde mi punto de vista, con lo que llevaba ganado.

NO SOY ASQUEROSO

Esta "historia", que no acaba de serlo y sí, como el propio autor define, alcanza la categoría (no sabría decir cuán reprobable) de "juguete" literario, es un juguete obsesivo o, preferentemente, una lotería de obsesiones donde la carta ganadora y principal es la caca.

¡No! No vayan a creer que estoy calificando al libro. El libro no es una caca, pero nunca me había topado con uno que desbordara tanta. ¡Y no, no se crea que me refiero a la redacción o la capacidad del escritor o a las palabras o al estilo! Literaria y literalmente desborda caca. A querer o no, acaba uno bañado en mierda, comiendo mierda, oliendo heces.

Como lo lees, amigo lector. Teniendo tantos temas derivados, enredados, propuestos por el mismo autor dentro de la "novela" para hacer de la obra un sendero gozoso, con su carga de sexo bastante explícito, ligero suspenso, una mínima dósis de acción, lo que termina convirtiéndose en el centro neurálgico del libro es la depravación y la burla alrededor. Personajes coprófagos, adoradores de las deposiciones, aparecen sólo en dos momentos, pero la fuerza con que son descritos, el peso específico que cobran en el ánimo de uno como lector los coloca en un sitio preponderante al grado de eclipsar a los protagonistas. Quizá habría preferido que todo el libro tratara el tema y anclar en él a los personajes y no, como sucede, exponerlo como ambiente y leit motif de una subtrama que termina por superponerse a la línea central.

Es sabido que lo oscuro, lo prohibido, lo deleznable, lo mórbido es un imán con la fuerza suficiente para jalar a cualquiera. En este libro queda claro que el autor no quiso abusar, pero justo por ese prurito, al ofrecer simples muestras jalonea el conjunto hacia una esquina riesgosa donde, en mi muy particular modo de leer, perdió el equilibrio.

¡Qué bueno que mi madre finalmente no hizo estofado de libros! No soy asqueroso, pero el platillo que habría resultado de esta novela, quizá un salpicón,  seguro habría funcionado en mí como pócima trasformadora y hoy estaría convertido, como Gregorio Samsa, en escarabajo; pero uno pelotero.

Pensándolo bien, quizá ya sucedió la metamorfosis y, con ese carácter hoy recojo ansioso, rutinario, feliz, los restos que va dejando Salomón o Solimán, el elefante que viaja por Europa en el libro de José Saramago. Mismo que, más pronto todavía que el anterior, estoy apurando como pocos, por su ligereza y facilidad que no obstante encierran la hondura del pensamiento agudo y humanista del autor.

¿Cómo voy con mis otras lecturas? En la próxima les contaré. Por lo pronto, y a propósito de salpicaduras de desechos corporales, cuiden y amen y procuren mucho a sus madres que el dicho que reza "sólo hay una" es más que palabras, si lo sé, es pura verdad. Y para las que son madres, como Angélica, estimada amiga y colega bloguera en este espacio, mis mejores deseos de dicha y felicidad junto a su prole, con quien hacen siempre la mancuerna perfecta.

¿ADÓNDE VAN A MORIR LOS ELEFANTES?

¿Ya llegó? Sí y no; más bien apenas comienza El viaje del elefante sobre cuya grupa va mi madre con su memoria puntual, abarcadora. Aquí viene, paquidermo vestido de luto santo; y allí va, sin rumbro claro, envuelta en la amarilla luz solar, la misma que baña mi piel desde cada amanecer.

Como si la editorial Alfaguara y su agencia publicitaria Pauta Creativa y José Saramago y el destino y el azar se hubieran coludido para enfatizar mi dolor y mi dicha, a solicitud mía ahora tengo entre mis manos este libro intitulado El viaje del elefante, el primero de una nueva tanda de tres. ¿Por qué? Porque el elefante en la portada es morado. ¿Por qué? Porque el morado era el color favorito de mi madre. ¿Por qué? Porque la traía reminiscencias de su infantil pasado, cuando mi abuela cosía los faldones de luto para estos días de semana santa por venir, esos faldones con que se cubre a los santos en señal católica de luto.

A mi madre le fascinaban, y a mí igual, los elefantes. Provocaban en ella ternura, tristeza, alegría, respeto, admiración. Su colección de elefantes conformada por bisutería y adornos llegó a ser numerosa, pero el tiempo y las necesidades económicas y las desilusiones amorosas la fueron obligando a trasladar de manos sus elefantes. Hoy quedan algunos cuantos, los más valiosos en su significado, los que con la colección de conejos de mi Coneja, conforma parte importante del tesoro que, junto con algo de su memoria de elefante y sus genes, me dejara en herencia.

Comenzaré a degustar esta novela que, conforme dicta la solapa posterior, se le ocurre a Saramago a partir del hecho de que a mediados del siglo XVI el rey Juan III ofreció a su primo, el archiduque Maximiliano de Austria, un elefante asiático. Así, el meollo de la novela es el viaje épico que tuvo que recorrer por Europa Salómón, como se nombró al paquidermo, a causa de caprichos reales y absurdas estrategias.

Está indicado que no se trata de un libro histórico, sino que combina hechos verídicos con anécdotas inventadas, pero lo más importante es que aborda sutilmente y como es costumbre en la obra de este autor una reflexión sobre la humanidad en la que el humor y la ironía se unen a la compasión con que Saramago observa las flaquezas humanas.

Leeremos este texto llegado justo en la fecha cuando se cumplen dos meses de tu ausencia, madre; y lo haremos con fruición, tú por encima de mi hombro, vigilante. Este volumen ya se libró de tus ojos de cocinera sin par y no sufrirá los improperios que podían haberlo llevado a la sartén. No obstante, ahora yo mismo con mis manitas habré de sobarlo y sancocharlo, como hacíamos juntos en aquellas tardes cuando revisábamos nuestro botín de manjares literarios adquiridos en la Feria del Libro de Minería, ¿te acuerdas? ¿Cuántos años, cuántas veces, cuántos libros y discos?

Hoy te pregunto como cuando era niño, a ver si ahora sí puedes responderme, madre, ¿adónde van los elefantes cuando mueren? ¿Acaso la memoria tiene un cementerio como destino? Un epitafio aún no escrito tal vez pueda resumir una vida, pero ¿dónde reposa la memoria? Unos dicen que en el cerebro, otros que en el corazón. Habrá que preguntarles a los elefantes como Salómón, quizá ellos conozcan otros Cantares donde el amar se anegue dichoso en el ombligo del alma; de nuestra alma, madre.

Y para que no haya duda en aquellos lectores primerizos, aunque enseguida anote un punto y aparte, estos nuevos Apuntes alrededor del vacío continuarán, tal como es mi costumbre

¡ALERTA, PRIMEROS LECTORES! (2 y ¿último?)

(SIGUE)

Si no hay autor a quien preguntar; si el conocimiento del lector en torno a la obra y su autor es insuficiente o de plano nula, entonces sólo queda la obra misma en el contexto sustancial que la soporta (el libro, el cuadro, la escultura). Desde el texto en su contexto formal, las expectativas del lector se ven supeditadas a un grado más profundo y complejo de comprensión. La obra no apela a la intención autoral, es decir al propósito voluntarioso del creador; ni recurre, para sobrevivir y proyectarse en el tiempo, al escrutinio del espectador. La obra es, en sí y por sí misma, a pesar de la existencia de un lector y un autor (el editor es un ente que reúne facultades de uno y otro a la vez). Sus formas y significados indican su tendencia, su objetivo, su dinámica íntima. En la obra poco importan la razón por la que aparece una palabra junto a otra o el efecto provocado en el alma sensible del atento.

¿Cuánto más debo escribir al respecto? ¿Cuántas líneas más puedes tolerar, lector? ¿Sigues aquí o ya yo, en calidad de autor te perdí? Responderé graciosamente como en el cuento del tonto (omito regionalidad para no ofender a nadie en particular). Si lees "esto", entonces no te has ido; pero si esto ya cae en el silencio y es un monólogo, pues ya no estás. ¿Tú qué dices? Si respondes esta pregunta, sigues; si no, pues ya no. ¿Me sigues el hilo? ¿Ya te aburriste? ¿Y por qué sigues leyendo? Si cambias de blog o de artículo o de computadora; o si te duermes o estás al teléfono mientras las letras titilan pasmadas en tu monitor, como autor no me doy ni me daré ni pude darme cuenta, sólo tú cual intérprete sabes qué sucede en ese lado tuyo de la cancha. Y este texto ¿zozudo o sesudo?, por sí mismo ni espera ni desespera, simplemente está y de ahora en adelante estará, aunque tú ni yo queramos atenderlo en un rato o mañana. Mientras no lleguemos quien suscribe o el editor o un tercero virulento en discordia a dar al traste con la memoria digital que lo sostiene, aquí estará dispuesto a quedar expuesto.

Si aquí corto la reflexión para continuarla en otra entrega, tal como hice ya al dejar entre el artículo anterior y este un gozne para el respiro, ¿perderías la secuencia? Ayuda haber numerado las entregas, pero ¿qué hubiera pasado si cambio uno de los títulos? ¿Creerías que son párrafos aislados? Probablemente y más si no nos hemos saludado con asiduidad. Aun si en la próxima entrega incluyere una glosa a modo de liga, ¿un lector primerizo comprendería el contenido, se remitiría a los antecedentes o sería visitante de paso? ¿El texto futuro sería suficientemente capaz de explicarse por sí mismo, aún perteneciendo a una aparente serie?

Surge de nuevo la duda. ¿Más allá de para qué se escribe, para quien escribo? Si la esposa de un amigo no captó en primera instancia el significado contextual de lo escrito por mí, sino hasta que me tuvo en calidad de autor a la mano, ¿qué puedo esperar de quienes no me conocen? ¿Qué pueden esperar ellos de mí al primer contacto? Algo similar se habrán preguntado los autores que publican bajo la firma editorial de Alfaguara, y también los de otras.

¿Dónde radica el éxito de una obra? ¿En el autor; en el gusto del lector; en la obra misma? El crítico dirá que en el primero; el mercadólogo, que en el segundo; pero la historia dirá que en la tercera por ser la más capaz de permanecer y maravillar.

El lector trasciende más allá de la conversación, la recomendación y el mercado. El autor puede trascender por intermedio de su obra, aunque no siempre lo consigue, siempre y cuando haya un lector o grupo de lectores en una o más generaciones que guarden memoria de su paso y su quehacer por esta vida y este mundo. La obra, a su vez, trasciende tanto por la referencialidad que deja en el gusto del primero, como por las señas de su existencia sola; trasciende total o parcialmente de una era a otra, sin que por ello importe más a los hombres de una época que a los de otra.

Mi muy personal intención con mis previos Apuntes alrededor del Deseo y ahora estos Apuntes alrededor del Vacío, y los que vengan, es y ha sido y será desprender de la lectura la efeméride egoísta, en un sentido positivo y constructivo; hallar en la obra leída la coincidencia con la anécdota cotidiana y, desde tal ejercicio de comprensión, explicarme, por lo menos y por lo pronto, mi vida; ya que soy nadie para explicar la de ninguno otro si no es sólo de reojo.

Esa intencionalidad no trata de hacer historia, sino de experimentarla humilde y honestamente con lo que se tiene: pluma y papel, sentidos y sentimientos, cuerpo y espíritu, gente amada y huéspedes ignotos. No encierra una bitácora íntima y simple.

La esposa de mi amigo, como parte de la conversación que dio pie a estos devaneos intelectuales (frase dominguera), expuso su gusto por las obras de Arturo Pérez-Reverte (siempre es bueno hallar gustos en común) en su afán de acomodar coincidencias conmigo (algo que siempre agradezco y, a mi vez, procuro hacer). Presumo que ella suponía en mí un conocimiento amplio de la obra de este admirable escritor. Quizá la decepcioné un poco. No obstante su esfuerzo por construir un diálogo, además de mostrar su inteligencia y su femenina intuición, hizo evidente su sensibilidad.

Que ayer yo haya escrito sobre mi madre o ahora lo haga sobre la esposa de mi amigo, ni me empata con Germán Dehesa cuando se refiere a su "tamal" (su benjamín vástago), como tampoco revela liviandad de mi parte. Son pretextos. Pre-textos.

Para un novelista, por ejemplo, la vida y las experiencias son suficientes pretextos para escribir y trazar aventuras y dilucidar confines. En mi caso, perdón por la egolatría, una novela, un cuento o un ensayo, vaya hasta una receta son suficientes pre-textos para hundirme en mi vivir y, desde el fango de mi existencia, edificarme palmo a palmo.

¡ALERTA, PRIMEROS LECTORES! (1)

Más allá de coincidencias, lo que puedes leer en las siguientes líneas, amigo lector, así como en anteriores entregas, son cruzamientos entre la vida de un servidor y las lecturas que voy haciendo de las cosas y situaciones que la vida me ofrece. En esto justo es en lo que menos podemos distinguirnos tú y yo.

¿Por qué dije lo anterior? Es bueno hacer un alto breve en el camino de las colaboraciones, para presentarme ante algunos lectores que pudieren llegar por primera vez a este espacio y los cuales, por primerizos, quizá puedan parecerles mis estilos temático y formal poco o muy peregrinos, máxime tanto si han como si no han pasado por mis variados sitios los cuales pueden revisar desde mi Blog Central.

Tal sensación experimentó recientemente la esposa de un amigo que jamás había leído nada de lo que he o hube escrito en mi vida y en distintos medios. En cierta reunión me halagó sacando a la plática que acababa de leer el texto que antecede a este. Sin ánimo de entrar en polémica hizo un par de observaciones críticas, constructivas, tras las cuales me quedó claro que, en los blogs como en el periodismo impreso, hasta cierto punto la secuencia vale para puro sorbete y confirma que "en gustos, se rompen géneros".

Expliqué a mi amiga que lo escrito por mí en esta Cadena de Lectores obedece a una relativa secuencia, y que mi estilo elegido no tenía ni tiene como pretensión redactar reseñas comunes y corrientes, tampoco ensayos aislados e independientes o relatos de ficción, aun cuando puede darse el caso.

En entregas anteriores, como bien recordarán los asiduos seguidores de quien suscribe (si los hay; ya mi mamá sólo me leerá desde otra dimensión), ya había expuesto el punto, enfatizando mi interés no tanto en provocar la venta de tal o cual libro (mi especialidad no son las ventas; yo no he podido vender-me, ¡sigo en la "estantería" de mi casa!; y miren que mi madre ya estaba rematándome), sino, en la medida y alcance de mis posibilidades, propiciar el ánimo para la lectura.

Me di cuenta también que algunos lectores toman el rábano por las hojas y adjudican al autor las palabras de determinada cita incluida en tal o cual texto, sin reparar en su calidad de préstamo literario; es decir, no discriminan fácilmente o, por no discriminar, terminan discriminando paradójicamente y no en el sentido más edificante y cabal para su comprensión.

Quedé sorprendido con la afirmación, un poco indignada, de la esposa de mi amigo en torno a ciertas aseveraciones sobre los lectores anotadas en la entrega que ella leyó (la anterior a esta, insisto). ¡Pasó desapercibido, a pesar de lo evidente, que cité las palabras del personaje de la novela Entre Fantasmas escrita por el colombiano Fernando Vallejo. ¡Interesante fenómeno! Me llevó a la reflexión. ¿Acaso mi forma de escribir fue y es tan oscura y enredada como señaló esta amiga en su experiencia de lectora primeriza de mis letras? ¿Puede achacarse una torpeza interpretativa y de comprensión en ella? ¿O hay otra explicación?

Aunque sería razonable, me inclino a no responder a la primera pregunta por vanidoso temor. Prefiero dejarla abierta para tus comentarios, críticas y sugerencias, amable lector a quien me debo, tanto si has llegado a este texto por primera vez, como si, primerizo o no, has leído otras entregas de mi autoría.

Me niego también a contestar la segunda pregunta, porque mi respeto hacia el lector me impide calificar su labor individualmente, sin un previo y concienzudo análisis de la comprensión lectora y sus alcances como proceso mental. Hay mucho escrito al respecto por psicopedagogos y educadores y, aun cuando he estudiado el tema y he impartido cursos y talleres sobre el pormenor, soy el primero en cuidarme y reconocer lo difícil de decir a uno "tú no comprendes" sin arriesgarse, con razón o sin ella, a ofender y lastimar la autoestima del otro, con la consiguiente ganancia de enemistad.

Así, para no volver refractarios a mis líneas a los pocos o muchos (qui sá) lectores presentes y futuros interesados, opto por lucubrar desde el tercer cuestionamiento.

Hay otras explicaciones; y parto para esta aseveración de lo que Umberto Eco expone en su ensayo Los Límites de la Interpretación. Ahí, en resumen, dice que hay tres niveles para la interpretación de una obra cualquiera que sea su índole.




  1. La interpretación que hace el autor de su obra desde su creación y en vista de su proceso creativo.

  2. La interpretación que hace el lector desde su óptica peculiar aislada del autor y la obra.

  3. La interpretación que provee la obra desde sí misma, por su estructura y sus funciones semánticas, o sea sus significados implícitos, independientemente de la existencia del autor y el lector.


Para el primer nivel basta con entrevistar al autor y este podrá explicarnos de manera medianamente inteligible qué quiso decir en un párrafo, eligiendo tal o cual palabra o imagen, cuál era su propósito al abordar determinado tema. Es más o menos lo que hizo conmigo la esposa de mi amigo en el afán de fincar la conversación. Pero no siempre se tiene al autor a la mano o este es anónimo, así que luego aquí queda un misterio.

En el segundo nivel, ese misterio puede ser regularmente resuelto por la intervención del lector, quien con su opinión enterada puede estar en capacidad de explicar el trasfondo y hasta la superficie de una obra, y así aventurarse en el ejercicio de la explicación adivinatoria o incluso en el enjuiciamiento crítico. Pero, ojo, se necesita que sea una "opinión enterada". Esto es, el lector requiere no nada más hacerse una idea de lo que lee, sino que esta idea habrá de estar fundada en un conocimiento suficiente y previo sobre las características particulares de la obra, el autor y el contexto que los rodea. Un conocimiento "enciclopédico", al menos, sobre el estilo, la biografía y otras minucias relacionadas. Claro, no siempre el lector, primerizo o no, tiene a la mano o en su bagage cultural la información básica o el interés por investigar, o esta puede variar en vastedad o exactitud entre un lector y otro, y entonces la opinión raya (hecho más que común) en el acto de fe: "creo que esto es bueno porque me gusta". El gusto jamás construye ni ha construido juicios de valor por más apetecible y respetable que sea semejante presunción. El gusto (y me remito a los ensayos y estudios de Gillo Dorfles) es impulso no razonamiento, aun cuando pueda ser razonable; la opinión tira hacia el dogma por basarse en el parecer y no en la demostración, y el juicio envuelve al dictado de la razón.

¡Me vi muy kantiano? Disculpen la involuntaria petulancia, so pena de ser tergiversado.

(CONTINUARÁ)

HACIA AGUAS SERENAS

Recibo con beneplácito la noticia de que el proyecto de escribir en este espacio continuará de manera indefinida. Por lo que a mí respecta digo ¡viva, viva! Ya he efectuado mi solicitud de títulos en espera de que mi Coneja de Pascua endulce mis días por venir, sobre todo ahora que las mareas parecen hacerse más consistentes y serenas en mi ánimo.

Estos días, no sin dificultad a causa del duelo, he seguido repasando las líneas de Julieta Campos, me he introducido en los cuentos de Julio Cortázar, y así sucesivamente con el afán de no entorpecer las promesas hechas a ti, amigo y amable lector. (Me pregunto, un poco llevado por el ocio, porqué ninguno de los blogueros pedimos un libro de poesía, por ejemplo la Poesía completa de José Saramago; ¿por qué ya casi nadie lee poesía?)

Pero, coincidencias de la vida, así como la embarazada para donde voltea mira mujeres en estado de gravidez; o como el chamaco que, andando con muletas, doquiera tropieza con compañeros aparentes del mismo dolor, así me ha sucedido desde la hondura de las letras. Cada viaje descrito en el Cuaderno de Viajes de Julieta Campos desata en ella recuerdos y reflexiones que mueven mis fibras sensibles. Remite a su terruño adoptivo, Tabasco, México, y no puedo dejar de recordar a la hermana de mi madre, a ella misma y los viajes que hicimos juntos a tantas partes, o los que hizo con mi padre. Julio Cortázar narra en primera persona, en el cuento "Retorno de la noche" incluido en el libro Historias de Gabriel Medrano que recopila Alfaguara en Cuentos Completos 1, la vivencia de morir y experimentar la separación del cuerpo y no puedo dejar de pensar en las sensaciones que experimenté en las horas de agonía de mi Coneja, mi madre, y que a mi vez estoy narrando en un par de cuentos intitulados "Arenga" y "Mirada", que ya daré a conocer en breve dentro de un libro que preparo bajo el título Silencio y Estación. Cuando el tiempo cuenta.

En casa ocurren sucesos sobrenaturales. No me extraña, no es la primera vez; para mí son naturales. En los libros me cuentan de ellos mientras yo los vivo. Repaso correspondencia que rememora momentos familiares heróicos y sentimentales, y en los libros se narran similarmente: por Arturo Pérez-Reverte la muerte heróica del capitán Luis Daoiz a manos de un oficial de artillería francés en ese Un Día de Cólera del 12 de mayo de 1808 durante la revuelta en Madrid; Clara Sánchez, a despecho de mi dolor, describe el regreso de la inconsciencia de Julia, a escasos dos días del fallecimiento de mi Preciosa y me retrotrae a su mirada fija, cuasicomatosa. Cierro este libro y lo doy por terminado el 7 de febrero de 2008, dos días antes del cumpleaños de mi madre, tres dias luego del mío, una semana después de su deceso. A propósito, al día siguiente, el 8 de febrero, cierro otro volumen: Entre fantasmas escrito por Fernando Vallejo, en donde da por muertos a muchos personajes aún hoy con vida, como, por ejemplo, la actriz Martha Roth o la directora y productora teatral Tina Galindo, conformando una lista extensa de "espectros" como el del "zanuco" (aún no encuentro qué significa el adjetivo) Jacobo Zabludovsky a quien el narrador, un personaje sin faz ni forma concreta y aparentemente de profesión psiquiatra, detesta y menciona a la menor provocación en su monólogo de 256 páginas. De esta obra varias partes saltan a mi vista por irreverentes e incluso verídicas, como cuando el personaje despepita de la novela, desde su punto de vista "un género manido, un chorro seco". O como cuando concluye que se acabaron "los tiempos de andarle dando coba al lector como si fuera una eminencia y el autor un pendejo. ¿No será al revés? [...] el lector es voluble, caprichoso, olvidadizo, y hay que estarle recordando constantemente las cosas. No registra, y lo poco que registra lo olvida al instante. Más de tres o cuatro personajes se le enredan y apuesto a que no sabe latín. El lector es simplista, incompetente, morboso; quiere que le cuenten cómo entra detalladamente el pene en la vagina. Y traicionero además, cambia de autor. No me merece el menor respeto". Y así como opina de la novela, lo hace del cine y el teatro, por artificiosos. Si estos no tienen razón de ser, "¿qué queda entonces? Hombre, queda la muerte, y en su defecto los recuerdos: el libro de Memorias, que es el género máximo". Tal vez por estas ideas vengo escribiendo últimamente como atestiguas, amigo lector, para quien yo sí guardo respeto simplemente por tu paciencia, disposición y diligencia.

En días funestos como los recientes, no obstante creo en la felicidad y creo, como Fernando Vallejo en la obra citada que "la felicidad es una pompa de jabón que da visos, pero que no bien uno la mira se revienta. Uno tiene que ser feliz sin saberlo. ¡Qué iba a saber yo de niño que era feliz! Más aún: qué iba a saber que lo era de viejo [...] contigo a mi lado, [Coneja], que ya no estás... Lo que siempre sí está claro es la desdicha. Ahora que tu muerte, niña, me ha vuelto a los recuerdos, recuerdo la tarde feliz en que empecé el libro. Lo empecé a la aventura, como he vivido, sin saber cómo ni hacia dónde ni por qué carajos. O mejor dicho sí, sabiendo que debía terminar aquí como empezó, por mi más lejano recuerdo, con un niño tocado de irrealidad dándose de cabezasos rabiosos contra el piso porque el mundo no hacía su voluntad, la mía, con esta necedada obstinada que fue la única herencia que me dejó mi abuel[a] [...] Lo que perdura en cambio, vívido, en mi recuerdo, es que el niño era yo, mi vago yo, fugaz fantasma...".

¿Y Mario Benedetti? Vivir adrede también lo terminé hacia esas fechas. En medio de mi luto vibraron sus palabras como reflejos en el estanque. De entre todas hoy rescato las del texto intitulado "Aleluya" que inyectaron calma y consuelo a mi ser: "El tiempo pasa y yo sigo viviendo, con los dolores y las ausencias de siempre pero sigo viviendo. Con la suerte y la muerte a la vista, con las golondrinas y los buitres, con el alma en pena y la cordura casi loca, con las cenizas del olvido y el pan duro de las promesas. Pero sigo viviendo. [...] Cuando encuentre la verdad aún estaré a tiempo para llevar a mi infancia conmigo y clavarla luego como un afiche en la pared de la cocina [...] El tiempo es un viaje de escalas infinitas donde aprendemos y enseñamos algo". Hoy, solo con mi soledad, añoro y aunque con dudas y temores que calan, sigo viviendo; y ni para qué preguntar por qué.



P.D.: Gracias, Eudiza. Y a todos quienes de un modo u otro han mostrado su solidaridad con este absurdo plumífero.

APUNTES ALREDEDOR DEL VACÍO

Hoy vuelvo a abrir la libreta, a tomar la pluma. Pero con mucho esfuerzo y no sé para qué. Desde el 30 de enero de este 2009 mis motivos, mi razón de ser y de vivir fenecieron con ella.

En verdad, no sé por qué escribo eso aquí y ahora, precisamente. Quizá porque trato de llenar el vacío que me ahoga. Tal vez para encontrar la palabra con la suficiente fuerza proyectiva y creativa como para traerla de nuevo a mi lado,  a mi Coneja, a mi Preciosa, a mi Madre adorada.

Desde ese día, el apetito de letras y nutrientes disminuyó, y si no cesó del todo fue porque a ella no le gustaría verme dejado, abúlico. Debido a su ausencia nada y todo me consuela; pues está en todo y nada deja de mostrar sus señas: la casa, su recámara, su cama, su ropa, los utensilios de cocina, el televisor con sus telenovelas, mis sueños, mis libros, estos benditos fetiches que ya no podrá convertir en estofado a causa de la falta de liquidez monetaria.

Este es mi primer coqueteo con las líneas luego de ese infausto día y no sé ni qué digo. La cabeza no me responde, voy dando tumbos en la calle lo mismo que en el papel. Leo esto, lo otro y no finalizo, no extraigo un tema diferente de la unión de esas dos hermanas egoistas, Vida y Muerte. Me pregunto si sería mejor escribir esto en otro sitio, más personal, menos público. Sólo sé que estoy haciéndolo.

Si en el pasado llegué a escribir que tenía un llanto anegado que no lograba fluir, hoy confieso tener a ratos los ojos secos luego de espasmódicos torrentes que salen a borbotones de su cauce, sin control, inundando el ánimo, arrasando la voluntad.

La vida es el gran libro que alguien escribe para cada uno. Cada uno es tanto un personaje en ella, como el autor de la misma. Pero no cabe duda que hay episodios que nadie quisiera escribir, siquiera leer o por lo menos preferiría eludir, a pesar de ser inevitables. Luego de semejantes capítulos, no faltan quienes elaboran y ejecutan cadenas de oraciones o cosas parecidas. En lo personal llegué hoy aquí con esta cadena de enunciados para eslabonar una cadena de lectores; no porque busque su conmiseración, sino, simplemente, sin un propósito concreto.

Como perro sin dueño, ando; sin rumbo fijo, expectante. ¿Hallaré trabajo? ¿Toparé con mi complemento afectivo? ¿Podré dedicarme a lo que deseo? ¿Sobreviviré ya no digamos solamente a la lucha diaria, en medio de un mundo en crisis, sino al pesar que me provoca su ausencia?

Me preguntan, "¿Qué harás mañana?"; respondo, "No sé". Entiendo que debo pasar por el proceso de duelo y que este varía en duración, intensidad y modos para cada quien. Pero este, para mí, no es un duelo común, como otros que he experimentado. Esta vez me fue cortado de tajo, y porque tenía que suceder, mi propósito de vida, mi refugio, mi lanzadera, el cordón umbilical que daba sustento a mi existencia. Ahora debo renacer, darme a luz solo, lanzarme a lidiar con un mundo al que he aprendido a temer con el alma hasta el punto de casi volverme un eremita.

Hace muchos años, cierta gente bien intencionada (profesores), que me quería bien, me aleccionó halagándome: "Nunca cambies. Sé siempre como eres". ¡Quién me iba a decir entonces que lo único constante es el cambio!; que uno nunca es el mismo de ayer o hace un momento aun cuando lo pretenda; y, aún más, que la razón del cambio es proveernos un nuevo propósito (parafraseando a Heráclito).

Hoy no faltan quienes subrayan: "Tú eres tu nuevo motivo. Has de reconstruir tu vida". ¿Reconstruir? ¡Cuál vida! ¡Si no la he tenido, como otros la pudieran imaginar! ¡Si mi vida la dediqué a mi madre, por decisión personal, como ella hizo lo propio conmigo en su momento! ¡Si desde el primer minuto de mi existencia hasta el último del de la suya nunca nos separamos! ¡Si pasamos juntos las duras y las maduras, incluso lo inconfesable a terceros!

Comprendo que la vida sigue, que el mundo rueda, que el tiempo es inexorable y que es mi "obligación" honrar la memoria de mi madre definiéndome un objetivo nuevo desde mí, para mí y por mí. Pero la verdad es que estoy ciego, dejado al capricho de la cotidianidad, extraviado, sin claridad sobre el camino que puede abrirse al frente. Emocionalmente exahusto. Si tan siquiera fuese como uno de los personajes de José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera, y eso que ese libro no me agradó más allá de la primera mitad.

Estoy pletórico de deseos, muchos más que los apuntados en líneas previas. Atestado de miedos arrastrados desde la infancia. Desierto de caricias y de miradas tiernas. En una palabra, vacío, como seguro se siente el protagonista masculino de la novela japonesa con que se me ocurrió ilustrar esta entrada tan personal, Un grito de amor desde el centro del mundo, escrita por Kyoichi Katayama, y la cual, aun cuando no he leído más que un extracto viene muy a cuento.

CAJA DE REYES PARA MIS MANOTAS

Me da gusto corroborar que aún puedo emplear este espacio para compartir con todos los amables amigos lectores las ocurrencias a este su servidor.

Quiero comenzar el año saludando a todos y abrazando ilusiones y esperanzas. Especialmente quiero agradecer a Alfaguara, Cadena de Lectores, Santillana y Pauta Creativa, particulamente a Aránzazu Núñez y el resto de personas encargadas de este loable proyecto; quiero agradecer, repito, el presente que llegó en fecha reciente como atenta retribución a estas líneas y minutos y palabras dedicadas a trazar Apuntes Alrededor del Deseo y otros menesteres. ¡Ahora tengo dos libros de Julia Campos!; el mismo título Cuadernos de Viaje que he comentado en pasadas entregas y sigo leyendo, ¡pero dos libros! Eso ocurre pocas veces en la vida. Los gemelos se sumarán a otras parejas que se regodean en mis estantes: La Rebelión de las Cañadas, por Carlos Tello Díaz, editorial Cal y Arena (perdón por mencionar a la competencia); Aura, por Carlos Fuentes, y otros más de variopinto linaje que ahora no recuerdo. Unos acomodados en antologías, otros en edición individual; aquellos bajo tal firma y luego bajo tal otra; añejos u hogaños. No faltan los que tienen achaques de encuadernación y urgen una visita al médico restaurador. En fin...

Aunque no llegó en día de Reyes, ni contenía rosca o Niño Dios, el paquete me puso alegre. La bolsa de café Punta del Cielo incluida en el muy bien diseñado y útil empaque del regalo, una caja (cajota) justa para los recuerdos más atesorados, ya comienza a hacerme agua la boca y eso que aún no pongo al fuego la cafetera. Nomás porque la economía está gacha, pero ya hubiera ido y venido de la tabaquería petrechado con un deliciioso tabaco para retacar mi pipa que hace mucho tiempo no degusto y apoltronarme a combinar todos estos edificantes estímulos.

Y, ¡para colmo!, llegó el paquete descrito cuando estaba leyendo uno de los cuentos de Julio Cortázar, aquel en el que a un fulano le crecen las manos luego de golpear a otro en respuesta a la diatriba de que le hizo objeto al llamarle "mal poeta". Ya fuera un castigo a la violencia o simple hinchazón del pelmazo, el desenlace del cuento fue tan sorpresivo como la llegada de esta delicado aguinaldo con que a varios de nosotros nos premió la editorial.

Gracias de nuevo, y mientras este espacio siga abierto, aquí seguiré dando lata, entre dimes, diretes, penas y alegrías. Siempre interesado en observar cuanto llegue a mis manotas y alerte mis sentidos, para hacer desde ello el Elogio de la Lectura correspondiente.

FELIZ 2009

¿ALGO MÁS?

Espero que el año por entrar no nos haga crecer las manos como en el cuento de Cortázar.



UN ABRAZO Y... QUIZÁ LA DESPEDIDA DE ESTE SITIO. ????????

PILA DE LETRAS: SILENCIO Y TÓTEM

Abro mi cuaderno. Tomo la pluma. Pienso. Recuerdo. Organizo. Contemplo la pila de libros que, gracias a Editorial Alfaguara, he venido leyendo en el año que está por terminar. Tomo el que contiene El Hablador de Mario Vargas Llosa (Obra Narrativa Breve), corroborando que faltan pocas páginas para terminar esa novela en particula. Leo. Termino. Cierro el tomo, ubicando el separador donde comienza Elogio de la Madrastra, otra novela del mismo autor y que ya ansío revisar. Veo el cuaderno. Leo mis apuntes. Observo que hay acciones omitidas, supuestas y, sin embargo, están, se adivinan entre los huecos de este párrafo que ahora tú, amable lector, escrutas curioso. Gracias por la deferencia.

"... Yo, antes, no fui lo que soy ahora. Me volví hablador después de ser eso que son ustedes en este momento. Escuchadores. Eso era yo: escuchador. Ocurrió sin quererlo. Poco a poco sucedió. Sin siquiera darme cuenta fui descubriendo mi destino. Lento, tranquilo. a pedacitos apareció. No con el jugo del tabaco ni el conocimiento de ayahuasca. Ni con la ayuda del seripigari. Solo yo lo descubrí", escribe Vargas Llosa con una voz que se antoja la propia, al menos para mí. La mía. Me remite a cierto día sábado en la oficina de mi padre. Me veo sentado con escasos nueve años, ante la máquina de escribir eléctrica. Una Smith-Corona que ahora está en casa. Color gris con blanco hueso. Escucho el zumbido del motor. Presiono las teclas con los dedos índices. Escribo. Extraigo la hoja. Dibujo. ¡Es mi primer retazo de cuento! Uno sobre un fantasmal barco pirata. Fin del recuerdo. Se esfuma entre el nimbo. En su lugar asoman Milka y Candy, mascotas, hija y madre, olfateando. "Todo hombre que anda tiene su animal que lo sigue, ¿no es así? Aunque él no lo vea ni lo llegue a adivinar. Según lo que es, según lo que hace, la madre del animal lo escoge, diciéndole a su cría: Este hombre es para ti, cuídalo. El animal se vuelve su sombra, parece", considera Vargas Llosa y concluyo, aspirante a guerrero tenochca, conozco de antemano el rostro de mi tótem, no será xoloitzcuintle sino brittany spaniel. Venrá por mí en mis últimos instantes, como lo hizo en sus primeros días. Se sentará en mi zapato y andaremos a una nueva vida. Viajaremos como Julia (Campos) y como Julia, la esposa de Félix en Presentimientos, la novela de Clara Sánchez. Cual peregrinos de ensueño, parafraseando a Flores Barrón, compañero y amigo bloguero aquí, volaremos, navegaremos, correremos, caminaremos, en barco, en auto, en avión, por Europa, América, la selva, las ciudades, los ríos, castillos; desde un paseo interior desde el que la felicidad y la tristeza son naufragios, huída, vuelta, fundación o desvío de un futuro siempre latente en el ahora.

UN RESPIRO

¡Uff! Ha sido el anterior un parágrafo de largo aire. Cierto. Concentrado. Como ocurre con los cuentos del maestro Cortázar.

Es poco frecuente que se hagan reseñas de cuentos aislados; por lo general encontramos más bien comentarios, apuntes o referencias alusivas a tal o cual narración, como si se tratase de pellizcos literarios a la obra total de Jorge Luis Borges, Juan José Arreola, Edmundo Valadez u otros muchos muchos cuenteros y cuentistas entre los que está Julio Cortázar, de quien me ocuparé (también) desde esta entrega, aquí mientras me lo permitan Pauta Creativa y Alfaguara, en mi Elogio de la Lectura cuando quiera porque ahí me lo permito yo.

Tal parece que dada la brevedad del cuento, en él está contenida y prevista su síntesis, y bastara con mencionar su título o determinado pasaje o figura para traerlo a la memoria o usarlo a modo de ejemplo; al fin, para muestra basta un botón, se cree. Pero quienes aplican semejante modo prefieren dejar el botón expuesto sobre la mesa a los ojos de todos, como algo acabado o simplemente como un elemento prescindible del traje de escritor.

Si no es para efectos de análisis académico, semiótico, comparativo, biográfico o sociológico, los mitos, leyendas, cuentos, poemas sueltos de un autor, sea un individuo o un pueblo, no se abordan críticamente como podría hacerse. Se prefiere tocarlos como componentes más que como obras en sí mismas, con una vida y un ritmo propios donde bondad y maldad, hambre y satisfacción, amor y odio, entrega y abandono, ánodo y cátodo, están concentrados, apretados, consentidos, a punto del estallido, conformando monstruos o ángeles, gestos, movimientos densos, consistentes.

Cada cuento funciona como caldo burbujeante, magma en ebullición, árida duna caprichosa y saltarina, húmedo y fangoso pantano donde la pila de letras, con su presión sutil moldea, aplasta, conserva significados, formas, ideas, cuyos vapores se cuelan en la conciencia del lector para transformarlo en lo mismo que subyace entre el humus de la creación; haciéndolo uno con la obra, absorbiéndolo.

Algo similar ocurre bajo la superficie de "El Hijo del Vampiro", cuento incluido en el libro Plagios y Traducciones de Julio Cortázar y recogido en Cuentos Completos 1 editado por Alfaguara. Un libro que el autor justificó en su momento, casi como asentamos líneas arriba, al decir: "Forzando su espaciada ejecución --1937/1945-- reúno hoy estas historias un poco por ver si ilustran, con sus frágiles estructuras, el apólogo de haz de mimbres. Toda vez que las hallé en cuadernos sueltos tuve certeza de que se necesitaban entre sí, que su soledad las perdía. Acaso merezcan estar juntas porque el desencanto de cada una creció la voluntad de la siguiente [...] Las doy en libro a fin de cerrar un ciclo y quedarme solo frente a otro menos impuro. Un libro más es un libro menor; un acercarse al último que espera en el ápice, ya perfecto".

Pero este último libro que llega y no llega y sin embargo no es el último cobra calidad de sombra, una de la cual la mente del escritor-lecetor no puede más que enamorarse, ceder a la transfusión de sentido. Como hace Lady Vanda, de quien se sació Duggu Van, el único vampiro que conozco para el que el amor febril gasta tanto como sufrir la saña del paludismo.

"Que los vampiros se enamoren es cosa que en la leyenda permanece oculta", nos narra Cortázar. Sin embargo la tradición de la literatura vampírica da cuenta de generaciones de estos seres, unos surgidos por la vía del contagio y otros por una misteriosa gestación ¿espontánea? que, como imagen especular, tal como ocurre con los humanos encuentra su síntesis en una afirmación que es un deseo que es una certeza que es una esperanza de continuidad: "Es como su padre, como su padre". Una, rayante en la plena identificación por la cual "nadie puede interpolarse entre su esencia y la mía".

CUANDO EL UNO SÓLO ES UNO EN UNO

Resulta curioso que el propio Cortázar pretenda dar unidad o, mejor dicho, sumar hasta la unidad obras enteras cual si fuesen fracciones en una abstrusa ecuación (y eso ocurre con todos los libros de cuentos, independientemente de las razones pragmáticas). Leyendo los libros de Cortázar uno cree comprender que uno más uno hacen dos, o que el todo en efecto lo componen partículas unificadas, integradas. Pero al examinar cada átomo-cuento o cada cuanto del átomo-libro se descubre el verdadero valor cuántico de la literatura.

Desde esta óptica novedosa y renovada, una antología de cuentos (o de poemas, canciones, etcétera) puede vislumbrarse más como un panorama repleto de parajes diversos, maravillosos, tan complejos o simples como castillos ruinosos o fantásticos desde cuyas lumbreras, miles de pasadizos, corredores, salas y habitaciones, un beso en un instante, una mirada, un silencio, lo dicen todo aunque parezca que ha sucedido nada.

Si el vampiro sobrevive, no es por la ignota magia de lo sobrenatural; sino, como imagina Cortázar, por causa del enorme deseo de reengendrarse mediante su amor sanguíneo. ¿Egolatría? Es posible. Tal vez una forma peculiar de adaptación consecuencia de la soledad radical. Quizá la manera más natural y simple de trascendencia. Pero, aunque inhumano, el vampiro experimenta lo que cualquier humano: mediante el amor se hace uno con el objeto de su deseo y de la cópula nace... uno. Aun cuando los azorados no alcancen más que a dudar.

¡QUE EL MUNDO ES UN PAÑUELO!

Definitivamente la certeza del título de esta entrega es una verdad de a kilo.

Los libros que solicité y recibí recientemente, como habrás visto antes son los Cuentos Completos (volúmenes 1 y 2) de Julio Cortázar y los Cuadernos de Viaje de Julieta Campos.

Ambos, para no variar y seguir con las coincidencias entre mi vida y las lecturas, independientemente de cualquier gusto o preferencia personales caen en la categoría de lo familiar.

Un Julio, una Julieta. Elprimero dotado de una imaginación y una perspicacia extraordinarias. La segunda dotada de una sensibilidad más allá de lo puramente femenino. La obra del primero me sirvió en un momento de puente académico para trazar uno de los fundamentos de mi estética pedagógica y compenetrarme con mis estudiantes, en particular los de la Universidad Iberoamericana. La segunda, con su apellido Campos, su matrimonio y oficio me conecta directamente con una línea verde y frondosa de mi herencia materna.

En ambos libros el prólogo es básico e ineludible para adentrarse en sus páginas. A los Cuentos Completos de Julio Cortázar lo prologa Mario Vargas Llosa, gran amigo suyo a pesar de la diferencia de edades, y nos pone sobre el tapete lo necesario para fincar justas expectativas. Lo demás es lo de menos, los cuentos están organizados conforme al orden de los libros por los que vieron la luz; y la edición, aunque choncha, es muy manejable, muy legible. Vargas Llosa explica y describe, glosa el conjunto de la obra y destaca algunos rasgos de la personalidad del autor ya fallecido. Por mi parte y con gran humildad preferiré en adelante irme piano pianito, cuento tras cuento, pues como apunta la segunda solapa: "Hay que leer a Cortázar. Siempre. Sus cuentos son la pintura genial del sueño de seres improbables, llenos de ternura, ausentes, mágicos". Siendo entonces esta obra en dos volúmenes el equivalente a un museo o galería con varias salas de exhibición, me apresto a apreciar una a una las obras expuestas. Para hablar del todo hay que degustar cada parte que lo conforma.

A los Cuadernos de Viaje de Julieta Campos los prologa Enrique González Pedrero, su marido y hoy viudo, destacado político priyísta y de esos pocos políticos intelectuales de rancio abolengo que no nada más saben lo que dicen y hacen, sino además por qué y para qué. Él fue gobernador, y uno de los mejores, del estado mexicano de Tabasco entre 1983 y 1987. En ese estado vivió buena parte de su vida Guadalupe Glafira Torres (Pallares) de Castellanos, hermana de mi madre y quien falleció hace dos años, y recuerdo sólo cosas buenas que me platicó mi tía sobre esta pareja a la que conoció de cerca por las relaciones existentes entre mi difunto tío, el Dr. Lamberto Castellanos (cuyo nombre ostenta orgullosamente una calle de Villahermosa, la capital del estado) y el gobernador.

Así pues, como por obra de un designio misterioso, corroboro con estos títulos que ahora comienzo a examinar y disfrutar junto con los anteriores, que en efecto el mundo es un pañuelo a modo de taleguilla donde tarde o temprano, más temprano que tarde, nuestras canicas, nuestras cuentas, nuestras personas finalmente se rozan, convergen, coinciden, comparten, conviven.

Por último, el libro de Julieta Campos lo reseñó muy bien y cuidadosamente nuestro buen amigo y vecino bloguero Alfredo Flores Barrón en su artículo fechado el 23 de octubre de 2008 bajo el título "¿Qué hacemos con los viajes?". No te extrañe entonces, apreciable lector, que en lo futuro haga alguna referencia a su texto. Pero, en la medida de lo posible, por supuesto y como he prometido sin romper mi estilo, espero aportar si no algo nuevo, por lo menos algo un poco distinto. Ya tú me dirás si el camino a tomar es el correcto.

¡NOMBRES, MÁS NOMBRES!

Debo reconocer que a pesar de lo bien escrito que está Un Día de Cólera, novela histórica escrita por Arturo Pérez-Reverte, es una lectura que traigo algo atorada y en gran parte porque me resulta cansada a causa de la plaga de nombres que asienta el autor.

Tengo muy claro y bien comprendido que el único protagonista de esta novela es el pueblo madrileño, y el único antagonista es el imperio napoleónico. La vaguedad de los conceptos pueblo e imperio sólo puede concretarse en los rostros y los nombres de los actores que los representan. Pero como si fuese una película hollywodense, Un Día de Cólera invierte muchas líneas y páginas enlistando nombres de amigos y enemigos, de héroes (que de otro modo lo serían anónimos), mártires (algunos ocasionales), viandantes y vecinos, calles y lugares que ni aún con el mapa anexo (poco legible) se facilita abarcar con la imaginación.

Las bondades que tiene como un trabajo de crónica "periodística" (así dije más o menos en alguna entrega previa del 22 de mayo intitulada "Entre Amor y Discordia, las Ansias guardadas") raya con la idea de un ligeramente torpe homenaje a modo de placa conmemorativa. Ventaja: uno vive en la mente la confusión, como los personajes a su vez experimentaron en las esquinas y los callejores madrileños en aquel 2 de mayo de 1808. Desventaja: llega un momento en que tantas pistas de actividades en el circo de la revuelta impiden que uno, como lector, pueda seguir el hilo.

El libro vale por la edición, las figuras, las escenas, la redacción, el esfuerzo, la época y los sucesos retratados. Pero definitivamente no es de lectura rápida aun cuando envuelve con el vértigo de la rebelión y entusiasma al plasmar momentos como extractos de pinturas de Goya.

Seguiré leyendo, lento pero seguro, hasta el final. Sobre todo seguro de que aun con los tropiezos el goce está garantizado.

DESEO APUNTES ALREDEDOR DEL...

Cuentos Completos Julio CortázarCuentos Completos 2 Julio Cortázar

No cabe duda que la fortuna me sonríe, muy a pesar de los sucesos tristes o dolorosos que pueden ocurrir en el diario.

Apenas he recibido la nueva tanda y con ella ha llegado otra mala noticia, esta vez relacionada con a salud de mi padre, aparentemente (a reserva de confirmación), padece cáncer en la vejiga. Dentro de lo malo, lo bueno: se descubrió a tiempo.

Por eso los títulos que vengo leyendo y sumando cobran más importancia y valor, y me dan pie mientras tengo la oportunidad de seguir escribiendo en este grato espacio ahora de dar la vuelta al experimento anterior para decir que "deseo apuntes alrededor del..."

CON EL BOTÍN EN LA MANO

Creo que existe una seria posibilidad de que, en los días siguientes a la Navidad próxima (muchas felicidades a todos), mi voluntad muera empachada, mejor que de hartazgo. Mi actual dieta de letras, líneas y páginas ha resultado tan nutritiva que temo estar comenzando a padecer de bulimia literaria.

Calientitos están los libros recientemente entregados a mi persona por editorial Alfaguara y, aún cuando contienen palabras de escritores muertos, hablan y dicen y narran tales cosas que ya quisiéramos muchos "vivos" pronunciar con semejante palpitación.

Me encuentro relamiéndome aún mis lecturas previas, endeudado con los amables amigos lectores por no pagar justa y oportunamente mis promesas y, todo, por ceder a las preocupaciones de la brega diaria y perseguir al bolillo y a la chuleta (no me refiero a mi amiga, Julieta, a quien saludo desde aquí; no me refiero a la Campos, de quien trataré en las próximas entregas).

EXPUESTOS, DENUDADOS APUNTES ALREDEDOR DEL DESEO

Ya con esta entrega culmina una serie que comenzó en febrero y que denominé Apuntes alrededor del deseo. Planeada como una sucesión de ensayos cuyos títulos dan pretexto para la construcción de un poema; o viceversa como un poema cuyos versos encierran notas personales cuales pretendidas reseñas de las sensaciones provocadas por la lectura de ciertos textos, esta serie que quizá tú has leído curioso(a) dando saltos, bien pudiste darte cuenta de la secuencia llevada y faltante hace cinco artículos atrás. Así, este título es el último verso de ese poema, aunque he de confesar que más que una clausura anuncia una bifurcación. Porque los apuntes continuarán y aún alrededor del deseo, pero en adelante en la forma de elogio de la lectura (tanto en mi blog intitulado de ese modo como aquí, si Alfaguara me lo sigue permitiendo). Supongo que la huella dejada atrás cumplirá su misión guiadora.



Luego, lo que leerás, amigo y amable lector, desde la próxima entrega y subsiguientes serán también apuntes "reseñosos"; algunos, francas reseñas con toda propiedad. No sé si encontrarás mayor o menor libertad de forma y temática, pero prometo o procuraré prometer una continuidad estilística; o sea, seguir siendo y escribiendo... como soy y hago.




Lo anterior no quiere decir, tampoco, que las lecturas previas que he venido haciendo y las cuales algunas aún no termino las botaré como si nada o las dejaré en suspenso. De ninguna manera. Seguiré cerrando uno a uno los ciclos y momentos, como es mi sana costumbre. Si la cuenta al momento rebasa los 15 libros (¡en un año!; ¡sí se puede!), lo menos que debo a sus autores, a la editorial y a ti es el respeto de cumplir con la tarea encomendada y adquirida con beneplácito (aunque en casa me sigan colocando los libros en el plato y rodeados de caldo; a falta de pan... ¡pastas!).




Por ello estos "últimos" apuntes desde ahora y en adelante apuntan a Vivir adrede y Entre fantasmas.




Soy de los irreverentes que subrayan y escriben en los libros; hasta dibujo y marco páginas. Es otra forma de dejar rastro de lo que uno piensa y siente; de la existencia de uno. Hacerlo en los libros de texto, los escolares, permite a otros o a uno mismo descubrir con el tiempo qué de tal o cual curso o lección motivó la neurona en uno, más allá de lo que pudiera haber dictado el profesor o el programa académico. El aprendizaje es lo que queda y desarrolla en la mente. Hacerlo por otra parte en los libros de ficción devela lo que a uno alguna vez lo conmovió y también suscitó formación o deformación del pensamiento y el sentir En ambos casos es una indiscreción propia que expone aquello con lo que uno comulga o comulgó alguna vez.




Cuento esto de mi intimidad y para despecho de los coleccionistas puritanos adoradores del libro objeto, porque esos otros apuntes a modo de compañía de mis huellas dactilares y mi sello ex libris son otra manera de indicar la apropiación, más que del mamotreto de las ideas contenidas y vivas en él, que significa simplemente el acto que en esta cadena nos ocupa y preocupa: leer. Claro, si fuese Leonardo da Vinci quizá mis garabatos obtendrían más valor que sólo siendo de Perico de los Palotes.




Apenas aprecié Vivir adrede hice una pausa y un espacio en mi lista personal e insensata de pinchazos y rayones Entre fantasmas. Un espectro mayor me llamó a rendir cuentas.




"Tenía mucho tiempo, tanto como 20 años, de no leer a Benedetti", comencé a escribir en la página blanca de forros interiores. "El mismo tiempo casi que dura una de las penas más íntimas que aloja mi corazón y la misma que, cosas del destino y de la voluntad humana, me estalló como petardo en la cara en los últimos días de agosto de este 2008.




"En un año particularmente marcado por los recuerdos, el cumplimiento de ciclos y el recuento de dos daños de fatalidades, ahora, como enviado y dictado por mi gran amigo y padre putativo Bartolomé Sauto, este librito, el más reciente de Mario Benedetti (2007) llega para sumarse a la remoción de escombros que vengo experimentando en el alma como para Vivir adrede.




"Reconozco la parte de deuda que tengo con Benedetti. Su influencia en mi prosa y mi poesía no es para nada desdeñable aunque no la única, claro está. Sólo un año menor que el Señor Sauto. Mario es pues también una especie de sabia, entrañable y acogedora referencia, una a la que se vuelve cuando la noche se alarga, cuando el corazón se ensancha. Un amigo de cabecera, eso es, que halla sitio entre San Juan de la Cruz y Eclesiastés, entre Béquer y Neruda, entre Unamuno y Mistral, por seleccionar algunos probables vecinos de estantería, sin olvidar a Gibrán, Sabines, Paz...




"Benedetti es espejo donde se reflejan mis afanes y mis desilusiones, amores y desamores, esperanzas y desesperanzas; donde abrevan imágenes sugerentes e ideas acabadas. Introducirme entre sus páginas me produce la sensación de estarme deslizando, exiliándome bajo mi propia piel y me duele y lo gozo y me alegra y lo sufro. Lo vivo adrede como un gran abrazo de la existencia.



"Por Benedetti concluí, hace muchos años y ahora lo confirmo que, casi, como he dicho en otra parte, la vida es la primera obra, la divina y milagrosa cuyo texto ha de leerse adrede, detenidamente, a propósito, pausa tras pausa, paso tras paso, con la conciencia plena de que cada momento es una página en estos apuntes alrededor del deseo que hacen de la existencia, al menos la mía y para mí, un libro inolvidable".



Dicho esto, me aboco a la labor de comenzar la edición del volumen de estos Apuntes alrededor del deseo. ¿Algún famoso se atrevería a escribir su prólogo? ¿Sus honorarios? Un ejemplar autografiado, para prepararlo con tapioca, canela y clavo.

QUE NO HAY HOY, SOLO AYER Y MAÑANA

2 de octubre de 2008, 12:30 a.m. Llega el primero de los dos tomos con que alimentaré mis siguientes capítulos. Ardo en deseos de sumergirme Entre fantasmas, al amparo de la narrativa punzante del colombiano Fernando Vallejo.

14:17 p.m. Estoy en el supermercado en compañía de mi madre. Estirando el dinero lo más posible para cubrir los gastos más básicos. Por la noche, los sueños; por la mañana, la preocupación; me han provocado desasosiego. Quién diría que había una razón suficiente para la inquietud.


Pasadas las cuatro horas de la tarde volvimos a casa. Comimos. El identificador de llamadas indicaba que entró un telefonema a las 14:17 p.m. proveniente de un “número privado”. En la grabadora está registrado un mensaje, pero sólo es silencio.


Hacia las siete de la tarde ocurrió la llamada dolorosa. El hombre del que te conté hace poco, Bartolomé, murió. Falleció a las
14:15 hrs. Aunque mis amados padres viven, bendito Dios, me embarga una honda sensación de orfandad. Ha terminado la vida de un personaje cuya subtrama fue fundamental en la trama de la novela de mi vida. No lo leeré más si no es a través de los recuerdos, alimentando el deseo —uno más para estos apuntes— de albergar en el corazón hasta mi último momento la vivacidad de su mirada traviesa, sus sabias ocurrencias, su leal sonrisa.

Ya lo veré de nuevo, en el más acá de alguna narración que haré, un día de estos, cuando resurja del llanto anegado tras estas letras que nada callan, que todo dicen.


3 de octubre
del mismo año. La editorial me indica otros títulos para escoger el segundo de mi consabida tanda. Sin pensarlo demasiado, movido por el sentimiento elijo y espero refugiarme en las palabras de Mario Benedetti y así, con “¡ánimo, valor y miedo!”, Vivir adrede como me han enseñado todos mis padres [1 Co 4 14:17], para ejemplo de nadie en particular, con entrega incondicional. Solo espero y solo deseo, sólo, estar a la altura y no defraudar ni a mí mismo (principalmente); que no hay hoy, solo ayer y mañana, sólo. Y en mi cabeza resuena la canción de Alberto Cortés “Cuando un amigo se va”.

9 de octubre
. Una semana después he comenzado la narración anunciada, compondrá parte de un libro de cuentos dedicado amorosamente. A veces no sé quién es más espectro, si el vivo instalado en la melancolía o el muerto que vela por sus afectos en la tierra.

Y HABRÁS DE PERCATARTE CON AZORO





Al cerrar el forro del libro o retirar la mirada de la obra pictórica, al desatender cualquier forma de texto, de pronto uno se siente como una especie de actuario que deja en el interior de su carpeta los detalles de la diligencia cumplida o por ejecutar.

No obstante, terminar la lectura de una obra no acaba con el proceso cual razón de cartapacio, de un golpe. Pueden y de hecho han de quedar las señas de la existencia de una obra en la forma de folios impresos o manuscritos al interior de las pastas, unidos bajo un lomo tan ancho o estrecho como las aspiraciones del autor al efecto de sus signos ilustrativos de las cosas que le han conmovido, pero la inercia interpretativa continúa impeliendo al lector, asiduo o no, hacia nuevos encuentros y desencuentros derivados de la experiencia previa sea o no reciente.


Al momento y personalmente, una vez que he clausurado La mano de fuego de Alberto Ruy Sánchez me he percatado de que uve entre mis manos apenas un paquete de azulejos con los que puede conformarse un caprichoso mosaico. Y no sólo hago referencia a las piezas que hacen de capítulos, sino al conjunto mismo en su carácter de mínima muestra de una colección pentalógica de títulos que necesariamente ha de construirse además con Nueve veces el asombro, Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, aun cuando el mismo autor haga referencia a una tetralogía y a pesar de parecerte a ti ahora, amigo lector, que me repito en la temática cuando en realidad simplemente hago seguimiento.


Y es que, sí, ya llegué al final o quizá el comienzo de la obra. Y voy confirmando sospecha tras sospecha, como habrás leído en artículos anteriores, estimado lector. Ahora confirmo por voz del autor de La mano de fuego que “este libro no es una novela. Es lo que en el mundo árabe se llama una Jamsa, un relato amuleto que se dispara en cinco direcciones simbólicas como cinco dedos. Y después se cierra como si una tela o una historia envolviera el puño”. Tal anota Ruy Sánchez en la “nota de agradecimiento” incluida al final del tomo mogadoriano en cuestión.


Ahora entiendo más por qué su escritura es más propia del gusto femenino que del masculino. Tiene más que ver con la lógica del pensamiento que con la estética descriptiva, la técnica narrativa, las habilidades para la redacción o la apostura del autor.


Si la nota de agradecimiento hubiera estado incluida al comienzo, en las primeras páginas de Los nombres del aire, y se repitiera de igual modo o quizá con mínimas variantes en los restantes volúmenes de la tetratología que es pentalogía, habría sabido mejor a qué atenerme en el consumo de las líneas finamente pespunteadas por Ruy Sánchez. Es más, sería de ran servicio para futuros lectores que la editorial Alfaguara tuviera a bien efectuar semejante reordenamiento, mismo que no iría en contra del espíritu de la obra y las intenciones del escritor, en cuanto a crear una colección de historias, anécdotas, apuntes poéticos y remembranzas que en conjunto no hacen ni harán una trama narrativa, pero sí un hilo de cuentas interactivas, muy similar al que ocurre en la conversación entre mujeres, sin orden preciso, pero ajustado a una secuencia de lógica caprichosa, divergente, complementaria de la acostumbrada convergencia mental masculina (por cierto, ni una ni otra exclusiva ni de hombres ni de mujeres).


Esta sugerencia va de la mano de una preocupación. Cuando de promover la lectura se trata en países como mi querido México es muy riesgoso querer asombrar al consumidor. Si en mis manos cae un libro que dice contar historias, espero un libro de cuentos, fábulas o una novela; si, en cambio, me ofrece el análisis reflexivo, espero un ensayo. Es verdad que el lector avezado no será sorprendido en demasía y quizá hasta su gusto sea satisfecho, pero el lector lego, aventurero, se espanta y recula fácilmente ante lo oscuro, lo retorcido, lo prolongado, lo tramposo, lo solemne, en fin lo que pueda para su olfato despedir cierto tufo rancio.


Un ejemplo, dicho lo anterior. Un servidor no puede aseverar que el modo de escribir, el mío, sea del agrado de todos los lectores; seguramente más de uno sacará la vuelta a mis frases, mis períodos, mis construcciones; no faltará quien por la diferencia de vocabulario, por poseer una gama léxica distinta, me tache y etiquete de petulante, barroco mamarracho engreído, o inepto comunicador presa del rebuscamiento. Tendrá razón o no. Empero, hago lo que me place, con honestidad y ajustado a mi forma de ser, de pensar y sentir, siempre en evolución.


Nunca he creído mucho las máximas mercadológicas que apelan a la vulgarización como único o al menos el más óptimo recurso ofertante, aunque las entiendo y las respeto y en ocasiones las procuro; las que recomiendan simplificar el lenguaje al extremo so pena de, en caso contrario, quedarse en el limitado apetito de los llamados “conocedores” y al margen del “gran público”; so pena de una notable disminución de los emolumentos aparejados a la difusión y el consumo culturales. En cambio, siempre he creído que el público, independientemente de su gusto (y su gasto), aspiraciones o capacidades, en el centro de sus expectativas coloca la honestidad, y consume por consecuencia lo que le parece franco, auténtico en su esfuerzo y pretensiones, y, claro, regularmente ajustado empero n directamente proporcional a sus posibilidades interpretativas. Es decir, así como hay quien decide consumir lo que requiera menor esfuerzo interpretativo, también hay el extremo contrario y en medio una interesante gama de matices en la definición de lo que busca y quiere algún lector. Ahí radica la fidelidad del “cliente”.


En la medida que los deseos son satisfechos el interés merma. Esto es natural. Diluido el efecto de la sorpresa, de la novedad, viene el aburrimiento. Y como sé que tal vez a esta altura estos apuntes te han cansado (pues supongo que has llegado hasta aquí, en cuyo caso lo agradezco), hago una pausa esperando que sigamos leyéndonos en la próxima ocasión.

EN LA PROXIMIDAD, A LONTANANZA





Buenos ni malos lectores, de eso sí no hay en la viña del señor, como tampoco buenas o malas obras, buenos o malos artistas, buenas o malas palabras. Hay solo lectores, artistas, textos, palabras. Estos, todos podrán tener en algún momento de su existencia buenos o malos ratos, encuentros, quizá desencuentros, feas fachas, bonitas maneras, errata, precisiones, usos, abusos, desusos; vaya, incluso para unas cosas suponerse útiles y para otras totales estorbos, pero hasta ahí, nada más.

Así como en líneas pasadas traje al punto la mención de determinada obra literaria o musical a modo de complemento compositivo, ahora también como otrora encuentro motivos vitales para ligar la experiencia en tanto lector con el devenir de los días.

Tal se diría que el destina lleva jugándome malas pasadas desde hace dos años, tocando especialmente aquellas fibras sensibles que más me duelen entre recuerdos, personas, afectos, ánimos, vivencias y anhelos. Desde abril de 2006 voy de emoción en emoción, de tropiezo en tropiezo, y mi vida, cada vez más llena de presentimientos, se encamina por un túnel cuyo final luminoso aún no vislumbro.

Han sido dos años plagados de sustos, de pérdidas, de confusión. Ausencias y presencias se tocan como extremos en una adivinanza. En este instante me embarga y colma la música de Mahler, el adagio de su quinta sinfonía, y necesariamente me remito a la muerte, no sólo a la Muerte en Venecia (película dirigida por Luchino Visconti y adaptación de la novela intitulada del mismo modo escrita por Thomas Mann y que, como estos apuntes, se introduce en la intimidad de un solitario escritor llamado Gustavo Aschenbach), sino al suceso mismo y su necia posibilidad, su ominosa realidad.

A mis pesares previos ahora se suma otro en la cercanía y sin embargo lejos, tras la frontera norte de mi adorado México. Un hombre que quiero mucho, que ha sido auténticamente un segundo padre para mí, hoy se debate entre la vida y la muerte. Un accidente trágico fue la causa, uno más de los que han acontecido en mi historia de los años corrientes. Un golpe en la vetusta cabeza de 89 años es hoy para él un nuevo desafío, una nueva oportunidad para demostrar su apego a la vida que tan bien se acomoda en estos Apuntes alrededor del deseo.

En su novela Presentimientos, Clara Sánchez coloca a Julia en una situación semejante. Similar además a la que experimentara mi hermana mayor hace más o menos veinte años luego que una torpe conductora chocara su automóvil contra un poste y este cayera sobre el toldo del de mi hermana afectándole la testa. En un bosquejo, el individuo postrado, sufriendo las consecuencias de un derrame cerebral por golpe contuso vive no en coma pero en el limbo. Sí, en ese espacio abstracto y evanescente que ahora la Iglesia Católica borró de un plumazo como quien arranca de las páginas de la Divina Comedia de Dante Alighieri las relativas a la sala de espera entre el cielo y el infierno donde aguardan los inocentes para venir al mundo.

En dicha novela que vengo leyendo desde hace tiempo, como bien sabes estimado lector, cuando Clara Sánchez describe el estado de espera e incertidumbre de Félix, esposo de Julia, anota que “se dice que uno elige a las personas que le rodean, pero no es verdad, las eligen las circunstancias”. Suscribo la idea con tintes de la filosofía de Ortega y Gasset. Como Félix, el hijo único de este hombre tan amable, mi amigo y hermano desde la infancia más tierna, junto con su esposa, sus hijos y su madre, no pueden hacer más que aguardar el desenlace, cualquiera que este sea, de una historia rica en escenas de aventuras y desventuras. Como ellos, aún en la distancia —como versa el bolero— aguardo y oro igualmente por que se haga la voluntad de Dios, pidiendo como es comprensible que la balanza se incline hacia la vida, sobre todo pues siendo un abuelo tardío no ha gozado suficientemente de la dicha de consentir a unos nietos pequeños y ahora testigos de la calamidad.

Como Julio en Presentimientos o mi hermana hace años, hoy Bartolomé ha de estar deambulando por un mundo virtual, en busca de los rostros, los objetos, lugares y momentos referenciales que lo ligan a la Tierra. Una guerra civil en España tras la que acuñó la arenga que le ha definido y la cual personalmente he adoptado a manera de la más rica de las herencias: “¡Ánimo, Valor y Miedo!, entre otros capítulos.

Como Félix, apenas suspiro me percato de que mientras yo halo el aire que insufla mis pulmones, el hombre que me ha acompañado en las buenas y las malas, con dificultad respira en una cama. Y mientras a mi memoria concurren los recuerdos, quizá en su mente los efluvios del olvido pretenden hacer estragos.

La didáctica de la vida a veces se muestra cruel, pero invariablemente, como bien plantea Giacommo Puccini en el aria “Nessum Dorma” (Nadie duerma) de su ópera Turandot, el amor y la fuerza que lo sostiene, como la estrella matutina que es, aun a la luz del día vencerá.

La ilusión de vivir es como el deseo de leer. Las páginas cotidianas de la vida encierran, cada una, una lección inolvidable, amable u odiosa, capaz de transformarnos de espectadores en protagonistas. Y lo que esta lección enseña es que antes de las obras extensiones de nosotros, lo más digno de leer son nuestros actos y nuestras omisiones, los mismos que dan pie y se resumen en los libros, los edificios o melodías. No en balde enfatizan Calderón de la Barca y Shakespeare que La Vida es Sueño, aunque a veces algo nos parezca el sueño de la vida.

La ilusión de vivir escribe en nuestra alma como la tinta en estos Apuntes alrededor del deseo, confrontándonos con nuestra soledad radical, con lo que somos o pretendemos ser.

Papa, can you hear me?”, “There are moments you remember all your life” serían dos canciones del filme Yentl, protagonizada y dirigida por mi amada Barbra Streisand, que por ahora quiero añadir a modo de remate para esta reseña, en el entendido de que estos apuntes no nada más pretenden inducir a la lectura de ciertos títulos, sino con mayor ambición propiciar, en quien posa sus ojos aquí, la inquietud por hacer de lo que la vida nos da el meollo del deseo de leer lo que de la vida queda en las obras de los hombres.

TÍTULOS VEREDES, SANCHO

Y como esto no se acaba hasta que se acaba, comienzo esta entrega como si se tratara de un nuevo principio, cual preludio de Chopin; como de costumbre, usando palabras prestadas que ahora me pertenecen por estar alojadas en uno de mis ventrículos y no nada más en uno de mis hemisferios o entre los pliegos de un mamotreto.

Líneas más o menos, dichas o supuestas, voy descubriendo como El Hablador que “pasan cosas buenas y pasan malas cosas. Antes abundaban los seripigaris y, si tenía duda sobre qué comer, la manera de curar el daño, las piedras que protegen contra Kientibakori y sus diablillos, el hombre que andaba iba a preguntar. Siempre había algún seripigari cerca. Fumando, tomando conocimiento, reflexionando y conversando con el saankarite en los mundos de más arriba, él averiguaba la respuesta. Ahora, hay pocos, y algunos no deberían llamarse seripigaris, pues ¿saben acaso dar consejos? Su sabiduría se les secó como raíz agusanada, quizás. Eso está trayendo mucha confusión. Así dicen, por donde voy, los hombres que andan. ¿Será que no nos movemos bastante? […] ¿Nos habremos vuelto, tal vez, perezosos? Estaremos faltando a nuestra obligación, quizás”.

Esto, escrito por Mario Vargas Llosa en una novela que ahora grata y venturosamente Alfaguara reedita en un tomo aparte, más manuable que el que me ha venido ocupando desde hace días, lo voy leyendo alrededor de los acontecimientos recientes que han incidido en la conciencia de los mexicanos; sucesos internos y externos, macabros unos, inesperados otros, todos causantes de desasosiego. ¿Será que el movimiento hoy es tal que ocasiona vértigo? Confusión parece la consigna diaria recogida por los colegas periodistas y comunicadores, voceros del bien y el mal. ¿Nos habremos vuelto, tal vez, conformistas? El miedo nos tiene ateridos, como si viviéramos en un invierno pertinaz que comenzó en 1994 y ha sido abonando a nuestra sabiduría como pueblo.

A veces quisiera encontrarme con Tasurinchi, “el del Kompiroshiato, [quien] mejoraba la vida de la gente. Tenía recetas de todo y para todo […] Me enseñó muchas cosas. Ahora me acuerdo de esta. Al que muere picado de víbora hay que quemarlo rápido, si no, su cadáver criará reptiles y el bosque en torno hervirá de animales ponzoñosos. Y de esta otra. No basta quemar la casa del que se va, hay que hacerlo de espaldas. Mirar a las llamas trae desgracia. Hablar con ese seripigari daba miedo. Uno averiguaba lo mucho que no sabía. De la ignorancia sus peligros, tal vez”.

Por supuesto tendría muchas preguntas, especialmente coincidiría con la inquietud sobre cómo habría aprendido tantas cosas, y seguramente obtendría la misma respuesta: “Lo importante es no impacientarse y dejar que lo que tiene qué ocurrir, ocurra […] Si el hombre vive tranquilo, sin impacientarse, tiene tiempo de reflexionar y de recordar […] Así encontrará su destino, tal vez. Vivirá contento, quizás. Lo aprendido no se le olvidará. Si se impacienta, adelantándose al tiempo, el mundo se enturbia, parece. Y el alma cae en una telaraña de barro. Eso es la confusión. Lo peor, dicen. En este mundo y en el alma del hombre que anda. Entonces, no sabe qué hacer, dónde ir. No sabe defenderse […] Entonces, los diablos y sus diablillos se entrometen en su vida y juegan con ella […] Los errores se cometen siempre por la confusión […] ¿Qué hay que hacer para no perder la serenidad […]? Comer lo debido y respetar las prohibiciones”.

Pero esta visto que, en los tiempos que vivimos, las prohibiciones evidentes, convenidas y asentadas en los instrumentos de la ley son, todo lo contrario, puntos de partida, permisos para explorar lo oculto, lo negativo. Se trata de la herencia adánica, quizás; la debilidad humana frente al pecado va más allá de siete teologales mancuernas, o de claros delitos contra la sociedad y sus costumbres.

Lo peor de todo es que nos estamos acostumbrando. Mario Vargas Llosa juega en El Hablador con la influencia kafkiana y dota su texto con una versión indiana de La Metamorfosis. En ella, Tasurinchi-Gregorio [Samsa], mutado en chicharra-machacuy, allana una explicación para el cambio asociándolo con una “mala mareada”. Simple. Un mal rato.

Lo que México está experimentando desde hace poco más de una década, sin embargo, pesa y molesta má