Pocas horas antes de escribir esta entrega (que ahora sí me tardé en publicar y acepto todos los cocos, jalones de oreja, recriminaciones, escupitajos, mentadas por incumplir mis promesas por culpa de la mala influencia de la necesidad cotidiana, que orilla a la distracción en cosas menos edificantes para el alma pero más nutritivas para el cuerpo); pocas horas, decía, antes de escribir esta entrega falleció otro grande de las letras: Germán Dehesa. Ah, dolor. Quiero aquí, para recordar a un autor que aún no siendo del catálogo de Editorial Alfaguara tiene capital importancia para las letras mexicana, hacer no una semblanza, que de esas hallaremos muchas en la red y en los periódicos y demás medios en todos los formatos. Quiero detenerme, para seguir mi costumbre, en la relación que guarda con dos de mis amores: mi madre y la lectura. Mi madre gustaba de y aborrecía a Germán Dehesa. Gustaba de su ironía, aunque no siempre la entendía o compartía. Gustaba de su lucidez y agudeza mental. Gustaba y admiraba su compromiso social. Y aunque aborrecía su letárgica forma de expresarse ante cámaras y micrófonos, gustaba de su programa televisivo que tuvo hace muchos años intitulado "La Almohada". Era una revista miscelanea, como se conoce a ese formato, con bloques de música, entrevistas, reseñas de libros, reportajes, etcétera. Gustaba de ese programa porque era edificante, pero aborrecía que le provocara un sueño irremisible y también por eso le gustaba, porque descansaba profundamente llevando a sus sueños gratos comentarios, imágenes y sonidos. En cuanto a la lectura quiero retomar, para no aburrir con mis decires y opiniones que a algunos les han parecido, conforme a algún comentario, propios de un puto, lo que el propio Dehesa coincidiendo con ellos, pero con más autoridad que un servidor, dijo en alguna entrevista al sitio "Club de Lectura" sobre el tema que nos convoca aquí. A la pregunta de "¿usted diría que los libros tienen un gran impacto en la vida de las personas?", Germán respondió: ¡Enorme! No porque haya lecciones inmediatas, ni moralejas; todo eso es muy trivial, es como la epidermis de un libro. La forma es la que siempre acaba pegando, te hace entender que hay un milagro en todo. Porque yo no veo una rosa y digo: ¡Ah, mira! "una rosa divina que en gentil cultura / es con su fragante sutileza / magisterio purpúreo a la belleza / enseñanza nevada a la hermosura"; yo ya me conformo con saber que es una rosa, pero Sor Juana... la veía y encontraba en ella "un amago de la humana arquitectura" y simplemente esa música que ella creaba con las palabras hace darme cuenta de que se puede hacer una flor de puras palabras, es decir, Sor Juana termina, no hablando de la rosa, sino edificando una rosa verbal. Y eso es ¡alucinante! Entonces se puede ir creando una especie de mundo paralelo y entendiendo mejor este mundo. Casi como el lobo de "Caperucita" "para entenderte mejor" ... para eso leo, para eso escribo, "para mirarte mejor"... Seguramente pasé por la etapa narcisista donde uno al leer se está buscando a sí mismo. Es decir, el libro funciona como un espejo y el libro que más nos gusta nos refleja mejor. Leía en la infancia, febrilmente, a "Los tres mosqueteros", porque en mis delirios imaginativos pensaba que podía ser uno de ellos, que sólo las circunstancias de espacio-tiempo ya no me permitían ser D'Artagnan, Aramis, Porthos o todos juntos. Era para mí un gran espejo. Y Germán Dehesa, autor oriundo de Tlacotalpan, Veracruz, donde ahora sus cenizas serán esparcidas y quizá con las inundaciones se distribuya por más espacio del imaginado, continuó explicando: Hay lectores que mueren en esta etapa narcisista, de "espejito, espejito, dime que soy bello, dime que soy valiente o el más málo de toda la región". Pero debería haber un momento en que descubres que no hay tal, que más que un espejo, el libro es una ventana. En el momento en que la ventana te es revelada, la lectura se vuelve absolutamente imprescindible. Porque desde ahí tienes el mejor mirador hacia el mundo. Aprendes a leer, para leer mejor a tu pareja, para leer mejor a tus amigos, para entender mejor a tu país. Para ubicarte de mejor manera en el mundo, hasta donde esto es posible. Tomar conciencia del misterio, no resolverlo, pero por lo menos, adivinar las orillas del misterio o, como proponía Sor Juana "Rotular el silencio". Esa es nuestra tarea. Y así, con esas ideas de Dehesa, esta ha sido mi tarea que sigo y seguiré cumpliendo por vocación y convencimiento inculcados por mi madre. Parafraseando a Dehesa, tanto para su vida como para la de quien escribe esto, los libros la atraviesan y vamos circulando entre coches y libros como toreros al encuentro del destino. "El mexicano siempre está sentado, a ver qué le trae la vida", hay que "salirle al paso a la vida, no esperar que llegue, sino encontrarla, agarrarla de buenas y con un libro en la mano, porque el libro te va a permitir descifrarla mejor". (Me parece estar escuchando a mi madre que, como la de Dehesa y según él apuntaba, era mucho más sabia que el de la palabra.) Aún así, algunos llegamos tarde a las cosas de la vida. Hoy llego tarde para hablar de la muerte de José Saramago, de la muerte de Carlos Monsiváis, pero llego temprano para, al igual que Dehesa, mostrar que, atravesando mi existencia, "Todas mis vidas posibles" de Beatriz Rivas, de entre los títulos en mi actual lista de lecturas de Alfaguara, me ha llevado a comprender, entre otras muchas cosas, que "la palabra cura, transforma". Que "cada letra me reconstruye" y, quizá por ello, "no cabe duda de que mi soledad se intensifica ante la falta de una promesa". Que "la ausencia es un objeto concreto, tangible, con un peso específico. Ocupa un espacio tristísimo, lo invade congelando las sonrisas. Se puede medir, cuantificar. Duele".
Hoy seré breve, muy breve. (Aunque no lo crean, puedo serlo). Desde que no tengo teléfono, televisión por cable, el internet lo tengo que usar prestado en la oficina de una amistad, por unas horas, y el celular tiene limitado el crédito, los pendientes se han acumulado. Y más en mi deuda reseñadora con todos ustedes, amigos lectores, pacientes seguidores de estos elogios de la lectura que divido entre Cadenas y blogs. Primero que nada quiero agradecer sus más recientes comentarios y muestras de solidaridad. Los aquilato como oro molido. Gracias. Segundo, estoy profundamente conmovido por las lecturas que estoy haciendo ahora. Siendo y habiendo prometido brevedad, me ciño a un texto: "La habitación del hijo", artículo de Arturo Pérez-Reverte incluido en la antología de artículos intitulada "Cuando éramos honrados mercenarios". De este libro ya he leído varios ensayos y he descubierto un Arturo Pérez-Reverte de una palabra tan desenfadada (aun cuando exprese enfado), tan fresca, tan distinta de la que se encuentra en sus novelas, que parece otro autor. Lo estoy disfrutando tanto o más que sus novelas. El artículo mencionado me dio ganas, no, me movió completamente la lágrima. A querer o no me hizo pensar en mi madre. La pude ver de pronto, parada en el centro de la habitación mirando los libreros, recorriendo mis papeles, notas y tiliches, preguntándose las mismas cuestiones recogidas por Pérez-Reverte. Preguntas, además, debo decirlo que me hizo más de una vez directamente en nuestras largas conversaciones. ¡Mi compañerita! Cuántas veces las madres se preguntan si están haciendo bien su labor de crianza. Cuántas veces esas dudas no son resueltas más que por medio de vagos indicios. Sin demérito de nadie, especialmente mi padre, a mi madre debo todo todo, lo que soy, lo que sueño, lo que leo y lo que escucho, lo que gusto y lo que cocino, lo que amo y lo que odio, lo hecho y lo deshecho. Pérez-Reverte con estos ensayos me ha hecho reír sin yo proponérmelo, con su desparpajo tan... peninsular. Pero también me ha arrancado lágrimas como en este caso. Sus novelas, siempre estupendas, con sus altas y bajas, son, ni qué decirlo entretenidas. Pero estos ensayos... caray son vívidos como la misma realidad que retratan. Al punto me ha llevado a escribir mi propia versión, "La casa de la madre" que más bien he titulado "La Conejera". Si con eso bastara para darle su merecido sitio a la heroína de mi vida. Pero, ¡madre!, aspiro a comerme mis palabras en forma de pan; algún día sucederá, por ahora debo conformarme con "comerme mis palabras" en la forma que se lleva el viento, tantito por exageradas, por mentirosas, por verídicas, por... qué se yo. Ya debo retirarme, el estómago reclama su dotación de carbón y, entremetido, me dicta esta colaboración. Con un pie en el estribo, vaya un agradecido saludo a Nicaragua y que se sepa, nuestros países hispanos no tendrán bien surtidas sus pocas o muchas librerías y bibliotecas, si nosotros, los ciudadanos del país de las letras, los lectores, no EXIGIMOS que tal suceda. Es más cómodo, parece, dejar que la ignorancia se pavoneé oronda por nuestras calles. En la medida de mis dificultades de comunicación, nos leeremos en la próxima que, bien saben, aún tengo mucho por "reseñar" tanto aquí como en mis otros blogs (¡que me vuelvo loco... de contento!
¡Ay, caramba! Me fui un mes en blanco, todo marzo. Y no ha sido por falta de ganas o poco profesionalismo. Con eso que ando de activista por el asunto del Viaducto Bicentenario, administrando la red social creada para el asunto (Defiende La Florida: http://defiendelalforida.ning.com), involucrado en la creación de una nueva asociación de vecinos, buscando trabajo, preocupado por la papa diaria, saliendo del duelo, conociendo nueva gente, tratando de ordenar mi vida, mi cabeza, mi casa, mis finanzas; viviendo de prestado con riesgo de acostumbrarme o volverme experto en el sablazo; chillando por los recuerdos, añorando, escribiendo aquí y acullá... y un muy largo etcétera, con todo eso he puesto ligeramente de lado los libros que venía leyendo. Esta semana santa que comienza tomé las riendas y, aprovechando el "descanso" he concentrado mis esfuerzos en un ejercicio de disciplina mental desacostumbrado en mí. Así, va la lista de lo que estoy leyendo ahora a marchas forzadas, pero siempre con la fruición del "ratón de biblioteca". EL VIAJERO DEL SIGLO de Andrés Neuman. Debo decir que no concuerdo con la reseña y crítica que hizo Liliana Sverdrup, compañera bloguera de esta Cadena. A mí no me ha disgustado la novela. Es más, le encuentro un rasgo de atrevimiento estilístico que bien vale destacar. Me refiero al tratamiento de los diálogos. Al principio resulta en confusión, pues no utiliza guiones largos, ni párrafos aparte para establecer distinción entre dialogantes y narración. Opta por hacerlo seguido y dentro de un mismo párrafo, utilizando solamente comas, paréntesis y combinaciones de ambos. La clave está en la precisión con que están definidas las características de los personajes, y la manera como estas inciden en la fluidez y claridad de su decir. Solos se distinguen; más pronto que tarde toma uno el hilo de las conversaciones, y miren que hay algunas escenas de tertulias en que la cantidad de personajes que intervienen podría generar caos, pero tal no ocurre. Por otra parte, las disquisiciones de orden filosófico-político, al menos a mí, me movieron la neurona, me resultaron estimulantes para la reflexión y el debate. Aunque parece no pasar gran cosa en el pueblo, todo lo que ocurre es en un nivel muy sutil: el enamoramiento, la toma de decisiones, los viajes en el tiempo y a distintos países son fruto del intelecto, de la emoción y la voluntad. Ejemplo de que para viajar no es forzoso contar con un boleto en la mano y una mochila en la espalda, basta un buen libro, una buena compañía, una buena conversación, imaginar. Y si a esto se suma el traslado físico, bueno, ya es otra canción. TODAS MIS VIDAS POSIBLES de Beatriz Rivas. Llevo tres "vidas" y estoy encantado. Me transporta. Quienes hemos hecho el experimento de buscar otros yo en la Internet nos metemos aún más a fondo en las historias paralelas, que quizá son avatares de uno mismo. Ya diré más y con mejores detalles en otra entrega. CINCO BALAS PARA MANUEL ACUÑA de César Güemes. Fascinante ejercicio de imaginación alrededor de mi pariente lejano. Sí, por parte de mi padre llevo relación directa con el poeta. Personalmente hace algunos años me puse a investigar la genealogía de mi familia. No he terminado, pero entre los hallazgos encontré un pequeño libro que recogía una entrevista a la hermana menor del médico y poeta coahuilense, a la sazón monja carmelita en Puebla. El mejor documento que conozco. Manuel Acuña sí se suicidó, pero las circunstancias mueven a suspicacia y Güemes explora las hipótesis divertido y con tal cuidado que uno termina creyéndolas como verdaderas. Si no se tratara de mi pariente, daría por hecho cada planteamiento del autor de esta ligera ficción literario-histórico-policíaca. Me lo he comido con gusto y muy rápido, aun cuando todavía no lo termino. PURGATORIO de Tomás Eloy Martínez. Como ha sucedido con casi todas las lecturas previas que he reseñado, incluidas las mencionadas arriba, esta llegó luego de una aparición en mi vida. No puedo aseverar que traza un paralelo conmigo, por supuesto que no, pero hay elementos que me mantienen pegado a sus páginas, como el encuentro con alguien que uno creería imposible de suceder. UN DÍA DE CÓLERA de Arturo Pérez-Reverte. Este sí, por disciplina y por respeto al autor. Como dije en alguna entrega pasada, ya lo alucinaba por tanta retahíla de nombres. Pero voy a terminarlo, quiero terminarlo, debo terminarlo, por salud mental. Estimo mucho al autor como para no llegar al punto final de la obra y dar oportunidad al mensaje que puede estar proponiendo, aparte de un homenaje al estilo "placa conmemorativa" del 10 de mayo de 1808. Tengo ¡año y medio! (ahora sí me tardé) con este libro y ya mero lo acabo. PARAÍSO ES TU MEMORIA de Rafael Tovar y de Teresa. Ya lo terminé, tiene pasajes agradables, pero pasó sin pena ni gloria. Todo el tiempo me sentí alejado, como si viera a los personajes por medio de una cámara oscura renacentista con toques de rancio modernismo un poco chocante, anquilosado. La trama central raya en ñoña y toda la serie de elementos accesorios a veces distraen. No obstante encuentro el germen de una narración a modo de zaga de época que, si el autor se atreve, podría derivar en una interesante línea a la cual sugeriría poner cuidado a las profusas descripciones, o sea menos follaje y más acción en el claro. UN GRITO DE AMOR DESDE EL CENTRO DEL MUNDO de Kyoichi Katayama. ¡Terminado! Justo al cumplir el año de fallecida mi madre, mi gran amor. En este sí hice muchas anotaciones, por eso me tardé. Disfruté cada imagen, cada metáfora, releía, me provocaba a escribir. Lo trataré aparte. ¿Ya lo leíste? ¿Qué esperas? ¿Sí? ¡Re-léelo! También fui distraído con otras lecturas más a tono con mi situación personal, pero por ser de otras editoriales el Elogio de esas lecturas quedará en otro espacio, en el que ya conoces (Elogio de la Lectura http://elogiodelalectura.blogspot.com) Finalmente, hago acuse de recibo de los tres nuevos títulos que se añaden a mi pila de compromisos, y ya comencé mi labor: CRÓNICA DEL DESAMOR de Rosa Montero, me llega en un momento cuando el desamor toca a mi puerta (ja, como si alguna vez hubiera llegado el amor). EL DIBUJANTE DE SOMBRAS de Ana Clavel, novela breve pero muy prometedora. CUANDO ÉRAMOS HONRADOS MERCENARIOS de Arturo Pérez-Reverte, colección de artículos periodísticos escritos por el autor entre 2005 y 2009. He leído el que da título a la antología y otros dos y descubro un Pérez-Reverte muy distinto en lenguaje, fluidez, tono, vocabulario, matiz, acentos harto diferentes de su narrativa de ficción. ¡Son dos! Es de los pocos autores que se desdoblan. Si en su faceta de novelista hala al centro de la obra al lector, envolviéndolo como en un film, aquí farfulla al oído, cómplice, mordaz, incisivo, íntimo, fresco, honesto, en constante evolución. ¡Se me juntó la chamba! Nos leeremos, pues, más seguido.
Y qué dijeron. Este cuate ya se peló. Pues no. Sigue y seguirá la mata dando. Por ahora estos escasos renglones, pero más pronto que ya vienen dos entregas. ¿Amenaza? No advertencia. Y sobre advertencia no hay engaño. Y un anuncio. Ya vienen, están por cumplirse, algunas promesas. Es año de revoluciones centenarias y no puedo ni debo quedarme atrás. De mientras, ya me inventé un par de páginas en Facebook, para poner a prueba lo que alguien me dijo el año pasado sobre dizque tengo muchas(os) admiradores. Yo lo dudo, pero más pronto cae un escritor por hablador que un cojo y mucho, dicho sin albur, y cayendo en el verso y sin esfuerzo, por ahí dense la vuelta y contribuyan a desmentirme a mí o a la persona que se aventó semejante puntada alrededor de mi fama inexistente. Tomen nota:
Facebook de Josá Antonio de la Vega (ESCRITOR, JE): http://www.facebook.com/pages/Jose-Antonio-de-la-Vega-Escritor/230432200918
Facebook de mi revista Indicios Magazín-e: http://www.facebook.com/pages/Indicios-Magazin-e/227355431505
Para terminar este saludo al 2010, un adelanto. Estoy muy entusiasmado con la novela sobre Manuel Acuña, debo hacer comentarios sobre "El viajero del siglo", "Todas mis vidas posibles", y narrar un encuentro que significa la realización de los sueños. ¡Y yo que pensaba que eso sólo sucedía en los cuentos de Cortázar!
Verdad es que aún me quedan entregas en el tintero y días por delante, si Dios, Cadena, Alfaguara y tú, amable lector y amigo, me prestan vida.
No quise dejar de dar una vuelta por aquí para saludar y enviar abrazos afectuosos a los compañeros blogueros, a quienes con su paciencia, tolerancia y distinción han posado sus ojos en las a veces trémolas líneas de este aprendiz de plumífero (que no de plumero, aunque eso también eventualmente). Deseo para todos los fugaces y los asiduos que el próximo año sea uno de los mejores de su existencia, que queden comlados de dicha y felicidad en la compañía de los suyos.
Por lo pronto, y para no cansarlos, me voy echando la caminera. Ya mañana Dios dirá. Nos seguiremos leyendo y/o escribiendo... ¡Pero de veras!
Gracias por sus comentarios, por sus silencios, por todo y por nada.
Bueno bueno, probando probando. Acá un asiduo lector, Allá, del otro lado del teclado, ¿hay alguien?
Sería interesante recibir con más frecuencia, no sé, hasta mentadas... Sí, de esos dulces de menta recubiertos con chocolate. O ya de perdis de las otras, que al fin ya tengo dos madres en el nicho.
He deambulado por aquí en espera de comentarios, críticas, pero nada de nada. Me pregunto la razón.
En las tres semanas recientes me he dedicado, además de a leer, a defender los derechos civiles de la colonia donde vivo, La Florida, en Naucalpan. Quizá ya estés enterado, amigo lector o lectora, porque seguro además de posar tus lindas pestañas sobre las líneas de novelas y otras obras de Alfaguara, de vez en vez te echas uno que otro clavado en los diarios de circulación nacional ya impresos o en su versión en línea. Y si no, te invito a dar una vuelta por el sitio que cree para tal fin: Defiende La Florida, mismo que he amarrado con Facebook, Twitter y una multitud de redes en las que me encuentro, ya ves que soy inquietito.
Posiblemente hayas visto mi nombre en alguna nota extraviada, en calidad de fuente informativa. Y es que estoy en la "comisión de comunicación" formada por los vecinos para contrarrestar las arbitrariedades que se han cometido con nosotros a causa de modificaciones de "última hora" hechas al Viaducto Bicentenario.
Esta nueva actividad me ha sacado del letargo, un poco a contrapelo de mi gusto, otro poco por voluntad y a modo de terapia ocupacional autoimpuesta para salir del marasmo del duelo.
Pero hete aquí que la "terapia" hay días que me socava el alma aún peor que antes, pues no siendo yo sociable (aunque no lo parezca), al hallarme cómodo escribe y escribe, exorcisando mis fantasmas, acomodando mis recuerdos, puliendo el color de cielo de mi melancolía, la soledad y el vacío se me recrudecen.
Apenas terminé ayer de leer la deliciosa novela de Kyoichi Katayama, Un grito desde el centro del mundo. Me fui lento, lento, porque a cada tramo me veía reflejado, toda proporción guardada, en el duelo del personaje, Sakutarô, tras la muerte de su amada Aki. Es uno de los libros en que más esquinas de páginas he doblado. Quisiera extaer citas para compartirlas, como palabras mías, pero son tantas. Me ha dejado más en el sentir y el pensar, que los libros de autoayuda y tanatología que he leído simultáneamente para asimilar mi estado actual. Saber, en ocasiones, no sirve de nada. Sólo palabras como las del abuelo del protagonista pueden dar una leve luz, porque "perder a la persona que amas es muy triste. Y esta pena, por más que lo intentes, no puedes materializarla de ningún modo. Y, justamente por eso, necesitas darle una forma concreta".
Como Sakutarô he experimentado que "vivir la vida cotidiaana, día tras día, [es] un suicidio del alma y una resurrección perpetuas. Cada noche, antes de dormir, [deseo] no volver a despertarme. Al menos, no volver a despertarme en un mundo sin [mi Preciosa]. Y, sin embargo, al llegar la mañana, [abro[ los ojos en un mundo vacío, helado, donde ella no está. Y [vuelvo] a resucitar como un Cristo sin esperanza. Empezar un nuevo día, comer, hablar con la gente, abrir el paraguas cuando [llueve], secarse la ropa mojada. Nada [tiene] sentido. [Es] como arrancarles unas notas disparatadas a las teclas de un piano que pulsas al buen tuntún [...] [Finjo] disfrutar las conversaciones [...] Cada día [parece] calcado del anterior. Dentro de mí, el tiempo no [transcurre] como una línea continua. [He] perdido por completo el sentido de que algo [prosigue, crece y se forma], el sentido de que las cosas [cambian]. Para mí, la vida [es] una simple sucesión de instantes. Sin futuro, sin perspectiva alguna abriéndose ante mí. Y el pasado [está] sembrado de recuerdos que, sólo tocarlos, me [hace] sangrar..."
Una herida honda, que sangra, que coagula, que encostra y paulatinamente sana dejando la huella, la cicatriz. Entra diciembre y ya comienza a supurar. Jamás imaginé que me costara tanto trabajo colocar unos cuantos adornos navideños en la casa. Fue como volver a acariciarla. Me tardé dos días. Apenas colocaba una carpeta, un muñeco, o planificaba dónde y cómo colocar las series de luces en el misterio, borbotones surgían de mis ojos, incontenibles. A veces creo que no llegaré al final del camino, de las vías de esta tortuosa montaña rusa de emociones encontradas.
Ya tengo listo todo lo necesario para cocinar el bacalao como me enseñó mi madre (una de sus últimas lecciones), y pensando en el mañana me pregunto cómo puede llegarse a amar tanto. Yo lo hice, y sin embargo no tengo una clara y definitiva respuesta. Tal vez, tal vez con el tiempo.
He venido disfrutando con verdadera fruición y agasajo los títulos que más recientemente puso en mis manos Editorial Alfaguara: Un grito de amor desde el centro del mundo, Paraíso es tu memoria, Todas mis vidas posibles, Cinco balas para Manuel Acuña, El viajero del siglo, todos perfectamente escritos, atractivos desde la primera línea. Los sigo y alterno con los otros títulos y las otras actividades que han venido a construirme un refugio hecho de palabras como la encuadernación, que cada vez me sale mejor, la captura de un libro muy importante para mí, la redacción de mis múltiples novelas, el libro de cuentos, el libro de poesía, los blogs de mi revista, mis colaboraciones palabras palabras palabras y más palabras.
Para no variar, con cada uno encuentro puntos de identificación como iré reseñando poco a poco.
Confieso que hace tiempo dejé de leer Un día de cólera por haberme aturdido con tanto nombre ennumerado página tras página. Respeto, admiro y gusto del trabajo de Arturo Pérez-Reverte pero en esta ocasión me perdió como lector, al menos temporalmente, luego de la mitad de la novela. Ya la retomaré, como haré también con algunos títulos que me han regalado so pretexto de servirme de ayuda para sobrellevar mi duelo, y los que en su mayoría son como recetas de cocina, manuales que de tanto repetir lo mismo acaba uno por convencerse de que nadie más que uno y con tiempo y cabalidad puede resolver el propio duelo y determinar si uno muere o no junto con sus muertos. Estos los comentaré en otro espacio fuera de esta Cadena.
Hubo un tiempo en México -no puedo hablar por otros países- cuando había Críticos (así con mayúscula) para todo y eran sumamente respetados. Con la modernidad y la vejez muchos de ellos los perdimos y las nuevas generaciones ya sea por impreparadas, o por ceder más a los intereses comerciales que al examen cuidadoso de la calidad de las obras, más que un semillero de críticos lo ha sido de criticones. Espero no estar escupiendo al cielo, sobre todo por el estilo con que he preferido efectuar mis reseñas. Si he sacado al paso este tema es precisamente porque cuando uno es lector voraz, el gusto se afina notablemente para bien y para mal.
Es verdad que siempre es recomendable leer de todo. A mis estudiantes se los dije (no he vuelto a las aulas) de mil maneras, que lean hasta los letreros mordaces o léperos de las puertas de los baños, pero eso no obsta para que uno no pueda emitir un juicio de valor con la capacidad y la tendencia de servir como rosa de los vientos para los autores en el mejoramiento de su arte y su oficio, que siempre es tanto como decir que se encuadra de tal modo el derrotero de una cultura ajustada a su actualidad.
Por supuesto, también ha sucedido que la delicada piel de algunos creadores derivó en la crítica de la crítica tachando a esta de conjuntar un grupo de "creadores frustrados". No es improbable que en algunos casos así haya sucedido. Ya Óscar Wilde y Víctor Hugo en sus tiempos lo señalaron, pero tampoco puede caerse en generalizaciones odiosas. Hoy, lo cierto es que la crítica se ha relajado al punto de dar cabida casi a cualquier obra y cualquier creador. Qué bien y qué mal. Pues hoy, también, se cae en los extremos generando obras para todos u obras para unos cuantos. A este lo leen sus cuates, a este otro lo leen en todo el mundo. Este es muy vendido y solicitado, este apenas puede regalar módicos ejemplares elaborados de manera artesanal. Esta división en las artes cada vez resulta más grosera, aunque parezca estar ganando la tendencia popular, como ya anotaba en mi Estética y Comunicación.
En ese tenor, quienes aportamos aquí un punto de vista no estamos exentos de crítica y para eso existen los espacios de los comentarios de ustedes, amigos y amables lectores de este también lector a quien aparentemente aguantan de buena manera.
Cuando de criticar y reseñar se trata, lo expuse entregas atrás, disfrutar y vivir las líneas de una novela, como por ejemplo Cinco balas para Manuel Acuña de César Güemes no basta para valorar la obra. Es necesario involucrarse hasta lo más posible.
Siendo varios los títulos en cuestión no cansaré a ustedes y me enfocaré a una, por ahora, respetando mi estilo, y aun cuando no la he terminado. Quisiera abordarlas todas de un jalón como he hecho en otras entregas, pero esta vez me han dado tanto de qué hablar que prefiero irme piano pianito.
Beatriz Rivas me ha sacudido con su novela Todas mis vidas posibles. Especialmente la historia de la segunda Beatriz, donde voy ahora, me exprimió lágrimas que pensaba ya había agotado de mi venero luego de ocho meses de penar por el fallecimiento de mi madre. Nuestra historia personal tan peculiar asomó mucho más que como una anécdota, como una araña agazapada entre los hilos de ideas. En cada familia hay ciertos secretos dolorosos y cuando estos de pronto saltan como predadores al acecho, no hay estructura emocional que se resista. Entenderán que no entre en detalles íntimos, pero valga añadir que de tal modo me cimbró que no pude más que ceder a la inspiración suscitada y lanzarme como bestia a escribir una novela más, un proyecto más de los que tengo inacabados, en constante hechura. Pero ahora, perdonarán el atrevimiento, comparto un fragmento con la finalidad de mostrar cómo, aparte de la crítica académica que puede señalar los detalles gramaticales o estructurales acertados o erróneos de una obra, la experiencia vital de imbuirse en el papel puede ser otra forma de elogio de la lectura. En seguida el comienzo de mi Beatificación.
Hoy desperté consciente. Hoy desperté llorando. Hoy desperté con una verdad en el puño: si quiero morir condenado, quiero que sea por causa de una mujer.
En la vida de todos hay una Beatriz: la que conduce a las puertas del infierno, la que proyecta nuestra alma inocente a través de los círculos del cielo con una llave en la mano, una promesa en los labios, un estilete en el cinto, y una poción envuelta con encantamientos y oculta en el busto.
Todas las mujeres —y que conste que soy enemigo de las generalizaciones— aguardan y sueñan un “príncipe azul”, pero la realidad las desengaña más pronto que tarde pues invariablemente, mañana o pasado mañana éste vuelve a su condición de sapo. Por su lado, todos los varones esperamos y soñamos con la reina, la diosa capaz de envolvernos con su aura una eternidad, pero hete aquí que también, tarde o temprano, la beldad asoma su rostro verdadero de bruja, de contumaz ninfómana, de hechicera egoísta, niña impertinente, criatura vanidosa, necia verdulera, sujeta al capricho y al antojo; empero, la mujer amante, cautivadora, deseable. Y así es siempre hasta que accede a la condición de madre. Entonces la diosa, la reina, la bruja, la mujer se transforma en el fundamento de todas las cosas.
En la vida de todos hay una Beatriz, y no es por presumir pero en la mía hubo tres. Hitos, ejes para el giro del destino, pulsos aplicados a la manivela que rota el círculo de la fortuna. Tres: la del poeta, la del niño, la del desesperado. Una imaginada, otra contundente, la tercera justo en los términos de la imaginación y del anhelo, pero ajena.
Esta es la historia de un hombre que necesitaba ayuda.
¡Santo Dios! No cabe duda que la inspiración es real, existe para despecho de aquellos que aducen al éxito solamente el uno por ciento de ella y el resto a la transpiración. No dejan de ser argumentos razonables, pero cuando la primera llega no hay que soltarla ni un ápice. Ahora mismo podría estar aquí sentado ante los folios, la libreta o el teclado por horas, acomodando frases, palabras; generando imágenes de mí y de otros, palpables o inventados. Propiciando actos, circunvoluciones, piruetas, peripecias con los que personajes, situaciones, ambientes, pintaran un cuadro de costumbres de Marte lo mismo que de Cuernavaca.
Sin embargo, qué hago, Dios mío. Sucumbo a la ataraxia del quehacer cotidiano, a la angustia constante sobre qué comeré mañana, de dónde sacaré para el pago de tal o cual gasto fijo o deuda. Y así no puedo, Dios, no acabo de concentrarme. No acabo de justificar los dones que me diste, los talentos que aún duermen guardados en la talega de mi pundonor.
Cuando dedico tiempo y esfuerzo para ejercitar lo que creo que es mi propósito de vida, me entra un agrio remordimiento porque caigo en la cuenta de que por estar así, creando, imaginando, desenvolviendo los mundos interiores, el sol y el viento de fuera reclaman mi presencia y me obligan a lo más simple y necesario: sobrevivir. Si pudiere ser remunerado por un personaje de novela; si pudiere pedir prestado al tiempo sin quedar ahogado por sus intereses; si pudiere emplearme en la labor del papel que solo aguarda paciente la caricia de la mano empuñando la pluma como el amante espera el reparo de la mirada de su bien amado, te juro, Dios, que me conformaría y encontraría entonces más fácilmente el modo de reconciliarme con la vida y el destino. Pero tal como están las cosas, Dios, necesito ayuda. ¡Que alguien me salve! De perdida un milagro.
Así, absorto en sus pensamientos y disquisiciones, Guadalupe Rentería no vio transcurrir el tiempo. La mañana se le había ido como agua entre las manos. Primero, porque desvelado a causa del insomnio despertó tardísimo, otra vez. Si no hubiera oído el timbre insistente del jardinero llamando a la puerta, habría seguido durmiendo de un tirón hasta pasado el mediodía. Pero ya estaba despierto, aunque no lo pareciera.
El letargo de su cuerpo encerraba sin embargo una vorágine mental. Cuando eso sucedía —y era relativamente frecuente desde hacía ocho meses y quizá un poco más, tanto como ¡la mitad de su vida!—, las palabras, los enunciados se rebelaban y se revelaban con todo su esplendor y toda su fuerza; con toda su inquina y todos sus favores. Guadalupe, entonces, no podía hacer otra cosa más que ceder al impulso, tomar la libreta, o cualquier papel a la mano, la pluma o el lápiz y escribir escribir escribir escribir escribir escribir escribir hasta cansar la punta de los dedos. Ya más tarde, cuando amainaran los remordimientos por no asumir sus responsabilidades cotidianas como asistir al “trabajo”, preocuparse por la fuente de ingresos, entonces dedicaría un tiempo sosegado a pasar en limpio y quizá corregir lo escrito.
Había veces que este torbellino lo envolvía ya dispuesto ante el teclado y ejercitaba el mismo tipo de digresión para verter el colmo de palabras en la máquina, ordenador o computadora, como se la quiera llamar, teniendo enseguida el mismo resultante remordimiento.
Doble remordimiento. Remordimiento en dos vías, viceversa de sí mismo. Dividido. De semejante modo se sentía Guadalupe. Dividido; entre el deber ser y el deber hacer; entre el querer ser y el querer hacer; en medio de lo posible y lo imposible, punto de encuentro, frontera entre la potencia y el acto. Afanando, siempre afanando que es deseo en gerundio o hacia sí mismo o desde sí mismo; para otros o sin otros.
La mañana del 12 de octubre de un año aciago de cuya cifra prefiere recordar sólo su versión hebrea: año 5070, Guadalupe tentó al Diablo —si es que esto puede hacerse, ya se sabe que “más sabe el Diablo por viejo que por Diablo”.
Sentado ante su escritorio… No es cierto, en bata y calzoncillos, sentado en la cama y con la libreta sobre el regazo comenzó a barruntar una ¿novela? Algo parecido. En ella contaba la historia de un individuo desesperado que, como el poeta, clamó al cielo y éste no le oyó. Clamó al demonio y…
De vuelta por acá, cumpliendo la palabra empeñada, acuso tardíamente haber recibido en tiempo y forma los títulos que comentaré en las siguientes entregas.
Me he percatado que de los 6 blogueros que éramos, quedamos sólo 4. Se extraña a los compañeros, pero ya sabremos de ellos mediante otras vías seguramente.
Por otra parte, he estado imbuido en la lectura de los títulos actuales y los que traigo en el costal desde hace semanas atrás. Mientras la temporada de lluvias no se animaba a comenzar acosándonos con una sequía preocupante, en mi milpita han llovido libros que da gusto.
Los ánimos en ocasiones me traicionan, ya ustedes saben por qué. Y aunque el tiempo es buen pero cruel amigo, esta herida en el alma no sanará tan fácilmente como podría creer cualquiera, o como yo mismo pude haber pensado alguna vez. Por más que se prepara uno para ciertos acontecimientos inevitables de la vida, nunca está uno suficientemente listo para soportar el golpe certero del destino.
Pero como se trata este espacio de exponer, de narrar lo que me van dejando las lecturas que voy haciendo, por ahora aquí lo dejo, pues tengo varias líneas en el tintero y he de dosificarlas para no cansar a más de uno con mis consabidos rollos mareadores.
Qué quieren, en vez de torta bajo el brazo, al nacer traje verbo amarrado a la lengua. Ojalá de ese itacate logre saciar mi hambre algún día, de eso pido mi limosna. Lo hice tiempo atrás, de otro modo, por otros motivos, con otras finalidades, no veo por qué de ahora en adelante no podría aspirar a hacerlo de nuevo pero desde mis ansias, para mis anhelos. "Ya se verá, ya se verá", decía mi abuelo. "Con paciencia y un trapito...".
Desde hace varias semanas estoy muy "entretenido" (a falta de otra cosa, entiéndase trabajo, mejor que hacer) escombrando la casa, además de leyendo lo que me encuentro y lo que tengo comprometido.
Por dos semanas me dediqué a mover mobiliario, en alguna ocasión con ayuda de mi sobrino que está fuertote. Reacomodé todo el estudio y ahora tengo casi todos los libros en una sola habitación, y los escritorios quedaron acomodados de forma tal que ahora sí parece oficina.
"¡Inmisericorde!" Me gritan silenciosos algunos papeles ya con notas viejas, ya con lecturas que de plano no haré por quedar fuera de actualidad. "¡No! ¡Con la navaja no!", claman otros mamotretos temerosos de ser destrozados para terminar con el resto en la basura.
Pero es la fecha que no termino. Aún quedan muchas carpetas con lecturas interesantes y documentos valiosos, para mí y quizá futuros alumnos, desde la perspectiva académica e instruccional. He ido abriendo una a una, examinando a ojo de buen cubero lo que seguirá sirviendo y lo que ya no tiene razón de ser. Incluso algunas carpetas por viejas han parado entre los trebejos que tienen boleto de ida y no de vuelta.
Recortes de periódicos, cuadernos de cuando era estudiante y otros de cuando daba clase (no he vuelto a la academia, no por falta de ganas o por no tocar puertas). Plumas viejas y resecas, otras con esperanza de que puedan ser resucitadas mediante la operación frankensteniana de conseguir un respuesto. Lápices, clips... Todo fue a dar a un par de cajotas, sin orden, para luego ir saliendo poco a poco para encontrar un nuevo sitio: o entre los útiles o entre los desperdicios.
Revisando arriba y abajo con mirada siniestra los estantes, recorro los títulos de los libros. Algunos están muy confiados de que seguiran en sus puestos o por ser necesarios para las consultas, o por guardar indicios de mis pensamientos, o por saberse cubiertos con el manto de mi afecto particular. Pero hay otros que tiemblan: los muy viejitos, los maltratados... Los tranquilizo y les explico que, aunque están ahora reacomodados al "ahí se va", siendo que algunos ya contaban incluso con su distintivo de clasificación bajo el sistema Dewey, no se preocupen, esa labor clasificatoria continuará con todos y cada uno. "Eso sí -aclaro- sobre la marcha iremos haciendo espacio para nuevos amigos, como los que nos ha proporcionado Editorial Alfaguara desde hace un año y medio y los que puedan venir de esta u otras editoriales; y también para nuevos amigos resultantes de mi nueva habilidad".
Nomás los veo cómo entre sí conversan tapa contra tapa como considerando "este cuate ya se deschavetó". Y es que, en ese afán de entretenerme y aprovechar el ocio y no clavarme demasiado en mi duelo -ese que tú bien conoces, amigo lector-, entre otras cosas me he dado a la tarea de desarrollar la habilidad de encuadernador.
Mi madre trabajó de chamaca en un archivo y ahí aprendió a coser legajos, cosa que me enseñó. Recientemente un bibliotecario me pasó algunos tips; más algunas pesquizas por la Internet, me aventé al toro.
Aquí les presumo algunos de los volúmenes que he creado, desde aquellos que parecen hechos por un párbulo jugando con papel maché, hasta aquellos forrados en tela. Todos están formados a partir de fotocopias. Aún no me meto a restaurar mis queridos viejitos, ya les llegará su momento.
Falta mucho, pero como decía el abuelo "con paciencia y un trapito...".
Por supuesto que eso de andar aprendiendo con el sistema de ensayo-error y con limitados recursos provoca que algunos intentos terminen muy mal. Es el caso de un libro que de plano me metí a capturar, porque a la hora de los cortes ¡la navaja tonta se fue bien chueca! Y ello me dio la pauta para generar el que será el primer libro con que estrenaré mi VETA Editorial en su colección Tiempo y Destiempo (como uno de mis blogs), eso si no termino y publico primero alguna de las novelas o el libro de cuentos que estoy ya redactando. Sólo una cosa me preocupa: la cuestión de los derechos, pues la editorial original ya no existe, el título y la traducción original son de 1958, el autor aún vive pero no sé cuán fácil sea localizarlo para solicitar su autorización.
Por ahí, si alguien me puede o quiere orientar, se lo voy a agradecer infinitamente, sea mediante los comentarios de este blog o escribiendome directamente a mi correo: veta.creativa@gmail.com; pues es un título que, a pesar de su antigüedad, por su contenido y tema sigue siendo vigente. Además, es un libro que ya nadie a vuelto a publicar e incluso los biógrafos del autor ni recuerdan o no mencionan en la bibliografía. Y también es difícil conseguirlo en bibliotecas.
En fin, estas aventuras continuarán y con algunas sorpresas, pues en la tarea no faltan papeles que brincan como saltamontes reclamando atención. De esos "olvidados" y esas "abandonadas" trataré en la siguiente, por supuesto sin olvidarme de comentar las lecturas que he venido jaloneando.
Hay momentos, lugares, personas, objetos que resultan emblemáticos. Todos guardamos en la memoria listas cortas o largas con las que enumeramos tales cosas. Algunos nos dedicamos a poner en blanco y negro algunas de ellas en el afán de que la pátina del tiempo no haga de las suyas y acabe difuminando los rastros en los resquicios, en los meandros de la memoria. Sucede que algunas veces la lista parece incluir duplicidades, pero cuando se las examina detenidamente las apariencias engañan y lo que hallamos en realidad son versiones. Lo que alguna vez fue alegre, en una ocasión posterior puede mostrarse triste, y viceversa. O puede suceder que un sólo detalle sea lo que haga un hecho distinto de su imagen especular.
Los libros como los que comentamos en espacios como este pueden ser tanto uno de dichos objetos, como simplemente pretextos referenciales de otros más anclados en la emoción de cada quién.
En el afán de ir avanzando en la descripción de las lecturas que vengo haciendo recientemente, y sobre todo respetando el estilo y el espíritu de este espacio y este servidor, rescato por ahora dos instantes extraídos de la gaveta del pasado más presente, uno de ida y otro de venida.
Julio de 2006. Mi madre y yo abordamos el avión profundamente conmovidos de vuelta de Tabasco. Hacía pocos días había muerto su hermana, que fue como su madre. Habíamos viajado hacia el edén para efectuar la despedida menos entusiasta, pero ahora, en el regreso, ambos mirábamos el verdor de Villahermosa alejándose conforme nos dirigíamos al cielo. En silencio, miré a mi contrita coneja. Me miró con un billo de profundo agradecimeinto. Frunció levemente sus labios y ocultó sus ojos tras el pañuelo desechable. Entonces un fugaz recuerdo iluminó mi mente: mi madre despidiéndose de mi primo en un abrazo caluroso y diciendo en medio de la congoja "ahora sí, m'ijo, ya no nos vamos a ver más".
Julio de 2009. Solo, abordo el avión ahogado por la melancolía. Hace seis meses que falleció mi madre. He viajado a Villahermosa en parte para cambiar de aires pues la casa me oprime, la soledad me está acabando, la ausencia me ensordece con su atronador silencio. En parte para explorar la posibilidad de cambiar de radicación, buscar nuevos horizontes donde poder construir mi vida, una vida que he descubierto inexistente. Luego de un breve período dedicado a una especie de retiro espiritual, con días harto frenéticos de terapia expres, me veo en la ¿necesidad? de regresar a la rutina diaria, a mi guarida, para esperar y sólo eso, esperar. En el avión de vuelta, acompañado por mi primo y su esposa que por su parte se dirigen a Guadalajara pienso: tres años de diferencia, el mismo viaje, ¿distintas? causas, ¿el mismo? sentimiento.
Abriendo y leyendo Un grito de amor desde el centro del mundo, la novela de Kyoichi Katayama, encuentro las palabras del protagonista, Sakutarô, mientras está abordo del avión en que junto con los padres de su amada Aki transporta las cenizas de ella; palabras que bien podrían ser las mías cobijadas por el dolor y la nostalgia, aunque con nombres y sitios cambiados:
Soñé con Aki, cuando todavía estaba bien. En el sueño, ella me sonreía. Con su sonrisa de siempre (...) Su voz permanece claramente en mis oídos. "¡Ojalá el sueño fuera realidad y la realidad fuese un sueño!", pienso. Pero es imposible. Por eso, al despertarme, siempre estoy llorando. No es porque esté triste. Es que, cuando regreso a la realidad desde un sueño feliz, me topo con la fisura que me es imposible franquear sin verter lágrimas. Y eso, por más que me ocurra, siempre es así (...) Todo cuanto veía me parecía diferente, exótico, fresco. Pero ahora, vea lo que vea, no siento nada. ¿Qué diablos debería mirar yo aquí?
Eso es porque Aki se ha ido. Porque la he perdido. Ya no hay nada que desee ver (...) En este mundo, vaya adonde vaya, siempre me sucederá lo mismo. Por más maravilloso que sea el paisaje que tenga ante los ojos, nunca me emocionaré; la más hermosa de las vistas no me gustará. Ha desaparecido la persona que me hacía desear ver, saber y sentir..., incluso vivir. Ella ya no volverá a estar jamás a mi lado.
Sólo (seis) meses. Sucedió en el tiempo en que una estación pasó a otra (...) Un hecho insignificante, sin duda, si a ella la consideras uno entre seis mil millones de seres humanos. Pero yo no estoy con esos seis mil millones. A mí, una sola muerte me ha despojado de todas mis emociones. Aquí es donde estoy yo. Donde me encuentro sin ver nada, sin oír nada, sin sentir nada. Pero, ¿estoy aquí realmente? Y si no, ¿dónde estoy, entonces?
Un botón, una muestra de cómo la realidad y la ficción pueden llegar a tocarse en ti o en mí. Por eso me gusta leer. Por eso me asusta leer.
Primero que nada, un saludo a todos los amigos y amables lectores que distinguen con su deferencia a este espacio. En segundo lugar, hago acuse de recibo de los tomos que he sumado a mi lista de revisión: Paraíso es tu memoria, primera novela de Rafael Tovar y de Teresa, y Un grito de amor desde el centro del mundo, del escritor japonés Kyoichi Katayama.
Al primer título le traía ganas por el tema general, la forma como la estructura familiar se ve íntimamente afectada por la escructura social a través de la historia. Las cuestiones genealógicas siempre han atraído mi atención no tanto por aquello de la determinación de los apellidos pomadosos o los linajes influyentes, sino por las implicaciones que conllevan las ligas hereditarias. El descubrimiento del genoma humano, y ahora particularmente el del genoma mexicano abonan a este interés en más de un sentido, tanto histórico como biológico. Pero sobre eso trataré en otro momento.
Por otra parte, el segundo título lo comenté brevemente en alguna entrega pasada aquí, a partir de una publicidad de Alfaguara recibida en mi correo electrónico. Acompañaba a dicha publicidad un extracto de la novela y de inmediato me conquistó, pero es ahora cuando podré realmente hundirme entre sus líneas.
He tardado un poco (o un mucho) en efectuar este artículo por que me fui de viaje. Ya sé que a la mayoría le importará poco lo que diré enseguida, pero lo hago en la línea estilística que ha caracterizado este espacio.
Luego de seis meses del fallecimiento de mi madre mi vida está patas para arriba. Necesitaba efectuar un viaje con rumbo a Tabasco, al edén mexicano, para cambiar de aires, hacer una especie de retiro y además explorar las posibilidades de abrirme paso por esos caminos del sureste que tanto me jalan desde hace años.
Me hallé así, en medio del calor tropical, con las huellas que seguimos mi madre y yo más de una vez. Los recuerdos resultaban ser tan peligrosos como consoladores, tanto o más que los experimentados por mí diariamente en la soledad y el silencio de mi casona, donde he vivido desde los cinco años de edad.
Allá, entre terapias psicológicas muy fuertes dirigidas por mis parientes que son psicólogos profesionales, y el cariño de toda mi parentela materna, pude retrotareme y dar sentido completo aunque personal a cosas como los títulos mencionados Paraíso es tu memoria y Un grito de amor desde el centro del mundo. Allá, también sumé otros títulos que ha comenzado a sentar las bases de lo que podrá ser mi vida luego del aciago día del deceso de mi madre.
Así, los libros siguen formando parte de lo que soy, de lo que hago, de los lugares donde me hallo, y tienen la fuerza y la oportunidad necesarias para darme las pistas, las claves del propósito de mi existencia.
Si ahora no ilustro esta entrega con las portadas de los títulos mentados, es porque en este estar patas para arriba, al regresar de este viaje que quizá suponga un cambio radical en mi vida, entre otras cosas tomé la determinación de poner nuevo orden a mi espacio actual, por lo tanto tengo aparatos desconectados, muebles por ningún sitio, y literalmente un librero patas para arriba porque, entre otras monerías de quien suscribe, está la habilidad y el gusto de trabajar con la madera y, dada la decisión, era necesario reforzar dicho mueble.
La casa ahora comienza a lucir caótica, pero como bien plantea la segunda ley de la termodinámica, es forzoso que ocurra el caos para que suceda el orden y viceversa, el orden redundante deriva tarde o temprano en el caos.
En las próximas entregas, que ya estarán más regularizadas abundaré en los libros mencionados.
Post Data: Aprovecho para invitar a los amables amigos y lectores a darse una vuelta por la red Bitácora del Orgasmo, donde he comenzado a escribir una novela por entregas que se suma a los otros proyectos literarios a los que he dedicado amorosa, seria y casi obsesivamente tiempo y esfuerzo. Digo esto como un mensaje dirigido a la Editorial, quien quita y se interesa en publicarme en un formato más manual y objetivo, aparte de la oportunidad dada mediante este espacio que elaboro siempre con gran ilusión y esperanza de estar cumpliendo con sus objetivos.
Esto del luto es una monserga, pero también una aventura. Hacía mucho tiempo que no escribía tanto y en tantos lados, lo que me encanta pero también me asusta. Mas no me asusta la responsabilidad, el compromiso, sino el riesgo latente de estar en ascuas por causa del acecho de los fantasmas que fustigan así el dolor como el amor. (Y me asusta que aún no percibo un centavo por esas palabras; y la ausencia de comentarios a veces me hace dudar de su utilidad y penetración, aunque claro, la safisfacción personal y la difusión aparejada por ahora bastan y sobran)
Hay muchas formas de duelo, tantas como cabezas en el mundo y como experiencias afectivas. Pero todos en algún momento de la vida experimentamos El Duelo, así con mayúscula. Generalmente ese tiene que ver con la pérdida del más grande y definitivo amor. Y puede repetirse, aunque graduado. El Duelo es un hito, el punto de partida de la iniciación para ser humano.
Recientemente, la indignación por la tragedia sufrida por las familias de los pequeñitos fallecidos a consecuencia del incendio de la guardería en Hermosillo, Sonora, México, inscribe y nos incluye a todos en esta forma de duelo, si bien los principales protagonistas de esta historia son los padres.
De nuevo, mi madre sale al paso para ayudarme a asimilar la realidad. Pues aun cuando ella para mí representa hoy El Duelo de mi vida (título que se suma a la lista de mis novelas, cuentos, poemas y ensayos que tengo frente a mí en el escritorio, en plena producción) sé por ella y su experiencia personal que incluso semejante quebranto no se compara con la pérdida (por cualquier medio o circunstancia) de un hijo, máxime cuando la privación sucede en las edades más tiernas. En mi familia lo sabemos y comprendemos con claridad y con dolor compartido.
Pensado y dicho lo anterior me veo al espejo y descubro una copia de mí mismo. Una versión masculina y mexicana de Susan Boyle. De pronto me parece ver en derredor máscaras de facciones neutras, sin embargo imitando los rostros de mis seres queridos. La superficie del espejo me revela el cambio que he venido padeciendo día con día. Soy como Bipa, la joven protagonista de La Emperatriz de los Etéreos, con hilos de plata entre los cabellos cada vez más escasos, una piel que se va adelgazando erosionada por la pena, desgastada por la edad. Tras mi mirada ahora más transparente adivino la piedra semipreciosa que palpita en mi pecho, el ópalo que regula mi vida, el reservorio de la belleza y la razón de mi ser. Como agua cristalina, el frío bloque de hielo, el reflejo mercuriano ante mí me expone invertido, divertido, controvertido, en una compleja introversión que apuesta por extrovertirse aunque sea por medio de las promesas contenidas en las palabras, ésas como estas que ahora lees con paciencia y quizás algún afecto, como cruzando un puente de cristal tan firme y vulnerable como el sueño que he tenido.
La Emperatriz de los Etéreos es una novela cuyo público objetivo lo conforman los infantes y los adolescentes; pero no exclusivamente. Se trata de una historia fantástica, que se antoja de ecología un poco futurista. Es una historia que linda con las fronteras de los mitos de iniciación. Sencilla, visual, su motivo central es el cambio, la única constante en la vida; la transformación de la corporeidad a la espiritualidad, el abandono del prejuicio para abrazar el juicio de la madurez.
No es necesario ser niño o adolescente, físicamente, para identificarse con los personajes de la novela y la historia que narra. Personalmente, al principio me identifiqué con Aer, el amigo de Bipa, por lo curioso, su alegre interés en la novedad, su idealismo y su carácter disperso pero firme. Confieso que a Bipa la repelí por su exagerado pragmatismo que a veces raya en la grosería. Me cayó mal. Pronto descubrí que es más cercana a mí de lo que imaginaba.
Aquí no tiene qué ver el lado femenino o masculino del lector, sino los valores y cómo se van lustrando en el transcurso de la narración muy bien escrita por la autora española Laura Gallego García.
Parecerá que ahora, en el párrafo que comienza, cambio de tema. De ningún modo, mi Elogio de la Lectura consiste en la concatenación de sensaciones y experiencias enraizadas en las imágenes que suscitan las palabras, o las palabras que detonan las imágenes. En el cuento "Carta a una señorita de París" de Julio Cortázar incluído en el primer volumen de los Cuentos Completos editado por Alfaguara y que originalmente formó parte del libro Bestiario, el protagonista y narrador detalla su peculiar estado. Es un individuo que vomita gazapos, conejitos vaya. Aquí usé la palabra gazapo con todo propósito, tanto como sinónimo de cría de conejo, como en su sentido de "error o equivocación que por inadvertencia se deja escapar al escribir o al hablar".
El personaje del cuento se dedica a escribir, así que Cortázar tampoco utiliza gratuitamente la palabra "gazapo" sino como metáfora. Quienes escribimos o pretendemos hacerlo, como dicho personaje vivimos entre gazapos, a veces muy encariñados con ellos a pesar de lo molestos e incómodos que pueden ser. Como el personaje, ahora yo veo mi entorno y, agobiado por la ausencia de mi madre, también concluyo "qué difícil oponerse, aún aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en la modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafío me pase por los ojos como un bando de gorriones".
Susan Boyle, como yo y de mi misma edad y también soltera, de algún modo adolescente, también recientemente huérfana; Bipa, como ambos, enamorada de la esencia del huérfano Aer, del que en un momento se ve privada, se lanza a la aventura del duelo y todos, igualmente, nos lanzamos a la búsqueda de nosotros mismos, sin rumbo definido, a través de un puente de cristal acompañados apenas por un fardo de recuerdos que, no obstante su peso y apariencia de golem monstruoso, fielmente nos sigue por el sólo hecho de ser el resultado de la memoria, el conjunto más cuidado de gazapos, la reminiscencia de lo que acostumbramos ser como suma de aciertos y errores, la esperanza de resultar en el orgullo de nuestra madre por obra y gracia de nuestros talentos, tal y como promete el físico relativista Daniel Hawking a su mamá dentro de la serie televisiva Lost. "Las costumbres", escribe Cortázar, "son formas concretas del ritmo, son la cuota de ritmo que nos ayuda a vivir". Pero estas también con el tiempo se diluyen convertidas en rutina. La rutina es útil mientras sirve a la construcción de lo que se tiene: la vida. "Vivir la vida", pone Laura Gallego en voz de Bipa, "eso no tiene precio. Quien no haya pasado nunca frío no apreciará el valor de una huoguera. Quien nunca haya llorado no disfrutará de los momentos de risas. Quien no haya pasado hambre no valorará un plato de estofado caliente. Quien no conozca la muerte no sentirá amor por la vida". Esto es lo que mi Coneja me enseño.
Una postdata para ser congruente con estos Apuntes alrededor del vacío, secuela como bien sabes de mis Apuntes alrededor del Deseo: La Emperatriz de los Etéreos por su impresión es como dos libros en uno, como puede constatarse en las imágenes aquí incluidas. El forro con solapas, impreso en técnicas offset y serigráficas, equivale a uno con cuerpo pero vacío de sustancia; es preferible quitarlo para no dañar el arte, así se descubre una portada de diseños menos corpóreos. Es el segundo libro, nada hueco.
¡Santo Dios! ¿Cuántas pérdidas más deberé soportar una detrás de otra? No bien he recibido el libro de Laura Gallego García, La Emperatriz de los Etéreos, recibo igualmente la noticia terrible para mi alma acerca del fallecimiento de otro de mis puntales: Mario Benedetti.
Ya me odio por tu culpa, oh, Dios; me he convertido sin querer en una triste plañidera. Tenía rato de haberme vuelto chillón, es cierto, pero ahora con cada viento, con cada mirada, mi ánimo se embravece y azota a mi alma con una tormenta de llanto.
Ayer apenas me arrebataste a mi más puro y más grande amor, mi madre. Quizá con el afán de allanarme el dolor y curtir mis nervios, previamente tomaste las vidas de otros seres queridos: el señor Sauto, Milka, Tía Pipi, Armando. ¿Cómo al santo Job decidiste ponerme a prueba? Sin trabajo, endeudado, ahora me ves deprimido, al borde de la locura en medio de una soledad que me ahoga como jamás pude imaginar, y mira que te lo dice un solitario. Sin embargo, aquí me tienes, estoico, incluso cínico, dando mi mejor rostro con forma de palabras, alimentándome de verbos y adjetivos, personajes y urdimbres, enfrentando las tácticas de la muerte, entendiéndolas como dosis de estrategias de vida.
Día con día me esfuerzo sobremanera, agradecido sí, pero apesadumbrado. Me levanto tácticamente, vislumbrando estratégicamente el nuevo derrotero que me espera delante. Hoy, no obstante, he tropezado una vez más con la misma piedra de la melancolía. Hoy me das la noticia de que Benedetti, al fin, se rindió.
Como él luego de quedar viudo, yo hice lo propio para sobrevivir preguntándome igualmente "para quién". Con él y mediante su literatura comprendí que la meta de la vida no incluye un "para qué", sino un "para quién". Esto no significa que la causa absoluta no exista o sea despreciable. Claro está, el "que" orienta, materializa, modifica, hace eficiente, instrumenta la razón de ser. Pero la causa relativa es más poderosa pues el "quien" personaliza, dignifica, dirige, comunica, agenda, arraiga, promete, afirma y confirma la humanidad del agente, la santidad del destinatario de cada acto.
"Para qué" vivir posibilita, pone en potencia cualquier intención. "Para quién" vivir desata el ejercicio de la entrega con toda su intensión. Quítale al hombre el "quien" reflexivo y recíproco y qué queda, sólo zurrón. Palpitante, sí. Hablante, sí. Caminante, sin duda. Cuerpo en movimiento, mecanismo cartesiano. Pensante, definitivamente. Pero no más. Déjaselo y entonces tienes un ser dialogante.
Ahora, Mario también se adelantó y aunque deja en herencia una vasta obra de líneas y líneas de estilo, mucha publicada por Alfaguara, viene a ser, en mi zurrón, un hueco más por el que se cuela mi alma.
Los vanos seres humanos nos rasgamos las vestiduras cuando nuestros congéneres vejan las leyes trazadas para el correcto accionar social. La ley de la vida es inmisericorde y ella sola basta para hacer girones nuestro ser sin que nadie proteste suficientemente.
¡Protesto! Si de algo vale ahora, protesto por el dolor, protesto por semejantes ausencias y la soledad en que devienen.
Hoy, nuevamente, veo a mi alrededor y miro una casa llena y sin embargo vacía. Veo dentro de mí y observo un ego desvirtuado, recogido, enjuto mejor dicho, que apenas cabe en un puño sangrante. Queda todo y empero queda nada.
Eso es parte de Vivir Adrede. Bien apunta Mario:
El pasado es una colección de silencios, pero hay partículas calladas, irrecuperables provincias de mutismo, albas y crepúsculos que quedaron ocultos, más allá de ese horizonte tan poco hospitalario; tallos que nunca más se expandirán en rosas, oscuras golondrinas que se aclararán en uno que otro vuelo.
Lo perdido tuvo color pero ahora es incoloro. Los latidos del gastado corazón invaden nuestra noche, pero el insomnio actual tiene otra partitura. Lo perdido es también un par o dos de labios que probaron el sabor de los míos, y que ahora tan sólo puedo besar en mi memoria.
Lo perdido es la luna redonda que yo hacía ovalada en mi retina y el firmamento con estrellas que ahora es apenas un cielo raso azul.
Todo se va borrando, todo pasa a ser sombra y vacío. Y el obligado acabose no nos ayuda a hallarlo.
Hoy Mario se suma a mis pérdidas y paradójicamente, en sus cuentas, la vida va sumando utilidad con carácter de aforismos, extractos de vida y de obra:
"Me aferro al tiempo como si pudiera sujetarlo. Pero él transcurre, inexorable y sordo".
"La realidad es un manojo de poemas sobre los cuales nadie reclama derechos de autor. Debajo de cada piedra, de cada baldosa, se esconde un poema".
"Cuando llegue el momento de ser nadie, el mundo seguirá y no lo veremos. Si antes vivíamos cegados por el sol, ahora estaremos cegados por la sombra... Cuando llegue el momento de ser nadie, es mejor disiparse con la conciencia sepulcral tranquila".
"Hay quienes confunden la palabra siempre con la eternidad. Antes que nada conviene aclarar que la eternidad es un cuento chino. En cambio, siempre sí existe: es una permanencia o más bien una rebanada de tiempo... Ahora bien, siempre es antónimo de nunca, y ésta sí es una palabra definitiva: cuando cierra el portal no pasa nadie... Lo más prudente es habilitar dos bolsillos del chaleco: uno para guardar a siempre y otro para esconder a nunca.
El problema es que jamás, que también juega en este partido, siempre quiere hacer de árbitro y nunca expulsa a la trampa ni a la injusticia. Quedándose fuera del tiempo, jamás apela al olvido, marca el paso del devenir y a la larga se sale con la suya.
Así, entre ganancias y pérdidas, poemas y cuentos, ensayos y ocurrencias, "[U]no lee y relee. Cuando lee mucho, suele olvidarse de los títulos pero no de los personajes. Éstos perduran más que la trama novelesca o el ritmo de los poemas. En ocasiones, el nombre del personaje no siempre queda en la memoria, pero en cambio su soplo vital sí penetra en el alma del lector". Hoy Mario Benedetti, el personaje, se suma al índice onomástico. Mañana, como ayer y siempre y nunca jamás, su hálito alentará otros ojos. Hoy descansa en paz. Mañana insuflará nuevas rebeldías, amoríos y exilios
Tenía rato de no darme la vuelta por aquí. Perdónenme. Estoy que ya subo que ya bajo en el ánimo. Ya saben por qué y no insistiré en el tema. A causa de esto hoy en particular no tengo muchas palabras, aunque tenga mucho por decir. Baste con apuntar que al fin terminé de leer Fricción, novela escrita por Eloy Urroz.
¿He dicho "al fin"? Sí, pero no quiero que se me tome por un denostador de obras. El libro, como lo dije en un artículo hace ya numerosas entregas atrás tiene sus bondades, pero ahora quiero mencionar sólo dos puntos, uno que me desagradó y otro que me desesperó.
UN BANQUETE CORROMPIDO
El punto que me desesperó tiene que ver con la larga cuenta de páginas dedicadas a una especie o remedo de "Banquete" platónico en donde el autor reúne a varios nombres famosos para discutir, no precisamente de modo mayéutico, acerca del fondo y trasfondo de la fricción, que no ficción, que venimos protagonizando en tanto lectores junto con ellos, mezclada con la filosofía de Heráclito y otras linduras.
La extensión de la escena, plantearla más que cual tertulia académica mejor como una orgía de citas relativamente inconexas alrededor de temas existenciales y metafísicos, si bien por un lado conlleva el acercamiento del lector a determinadas ideas de la historia de la filosofía, a modo de mini conferencia y provocando hasta cierto punto reflexión, por otra parte, en cambio, cobra tal densidad y sustancia que el resto de la "fricción" pierde interés y memoria en uno. De pronto uno llega a pensar, "¿he repasado tantas páginas para llegar aquí!"; o, "¿vaya, un episodio que atrae suficientemente mi atención!"; o, simplemente, "¡uff, hacia dónde con tanta y tan sesuda cita!"
Respecto a mis gustos e intereses podría pasar muy bien este tramo del libro, y de hecho lo asimilé bastante entretenido; pero, el colmo, fue el segundo punto. Ese dio al traste, desde mi punto de vista, con lo que llevaba ganado.
NO SOY ASQUEROSO
Esta "historia", que no acaba de serlo y sí, como el propio autor define, alcanza la categoría (no sabría decir cuán reprobable) de "juguete" literario, es un juguete obsesivo o, preferentemente, una lotería de obsesiones donde la carta ganadora y principal es la caca.
¡No! No vayan a creer que estoy calificando al libro. El libro no es una caca, pero nunca me había topado con uno que desbordara tanta. ¡Y no, no se crea que me refiero a la redacción o la capacidad del escritor o a las palabras o al estilo! Literaria y literalmente desborda caca. A querer o no, acaba uno bañado en mierda, comiendo mierda, oliendo heces.
Como lo lees, amigo lector. Teniendo tantos temas derivados, enredados, propuestos por el mismo autor dentro de la "novela" para hacer de la obra un sendero gozoso, con su carga de sexo bastante explícito, ligero suspenso, una mínima dósis de acción, lo que termina convirtiéndose en el centro neurálgico del libro es la depravación y la burla alrededor. Personajes coprófagos, adoradores de las deposiciones, aparecen sólo en dos momentos, pero la fuerza con que son descritos, el peso específico que cobran en el ánimo de uno como lector los coloca en un sitio preponderante al grado de eclipsar a los protagonistas. Quizá habría preferido que todo el libro tratara el tema y anclar en él a los personajes y no, como sucede, exponerlo como ambiente y leit motif de una subtrama que termina por superponerse a la línea central.
Es sabido que lo oscuro, lo prohibido, lo deleznable, lo mórbido es un imán con la fuerza suficiente para jalar a cualquiera. En este libro queda claro que el autor no quiso abusar, pero justo por ese prurito, al ofrecer simples muestras jalonea el conjunto hacia una esquina riesgosa donde, en mi muy particular modo de leer, perdió el equilibrio.
¡Qué bueno que mi madre finalmente no hizo estofado de libros! No soy asqueroso, pero el platillo que habría resultado de esta novela, quizá un salpicón, seguro habría funcionado en mí como pócima trasformadora y hoy estaría convertido, como Gregorio Samsa, en escarabajo; pero uno pelotero.
Pensándolo bien, quizá ya sucedió la metamorfosis y, con ese carácter hoy recojo ansioso, rutinario, feliz, los restos que va dejando Salomón o Solimán, el elefante que viaja por Europa en el libro de José Saramago. Mismo que, más pronto todavía que el anterior, estoy apurando como pocos, por su ligereza y facilidad que no obstante encierran la hondura del pensamiento agudo y humanista del autor.
¿Cómo voy con mis otras lecturas? En la próxima les contaré. Por lo pronto, y a propósito de salpicaduras de desechos corporales, cuiden y amen y procuren mucho a sus madres que el dicho que reza "sólo hay una" es más que palabras, si lo sé, es pura verdad. Y para las que son madres, como Angélica, estimada amiga y colega bloguera en este espacio, mis mejores deseos de dicha y felicidad junto a su prole, con quien hacen siempre la mancuerna perfecta.
¿Ya llegó? Sí y no; más bien apenas comienza El viaje del elefante sobre cuya grupa va mi madre con su memoria puntual, abarcadora. Aquí viene, paquidermo vestido de luto santo; y allí va, sin rumbro claro, envuelta en la amarilla luz solar, la misma que baña mi piel desde cada amanecer.
Como si la editorial Alfaguara y su agencia publicitaria Pauta Creativa y José Saramago y el destino y el azar se hubieran coludido para enfatizar mi dolor y mi dicha, a solicitud mía ahora tengo entre mis manos este libro intitulado El viaje del elefante, el primero de una nueva tanda de tres. ¿Por qué? Porque el elefante en la portada es morado. ¿Por qué? Porque el morado era el color favorito de mi madre. ¿Por qué? Porque la traía reminiscencias de su infantil pasado, cuando mi abuela cosía los faldones de luto para estos días de semana santa por venir, esos faldones con que se cubre a los santos en señal católica de luto.
A mi madre le fascinaban, y a mí igual, los elefantes. Provocaban en ella ternura, tristeza, alegría, respeto, admiración. Su colección de elefantes conformada por bisutería y adornos llegó a ser numerosa, pero el tiempo y las necesidades económicas y las desilusiones amorosas la fueron obligando a trasladar de manos sus elefantes. Hoy quedan algunos cuantos, los más valiosos en su significado, los que con la colección de conejos de mi Coneja, conforma parte importante del tesoro que, junto con algo de su memoria de elefante y sus genes, me dejara en herencia.
Comenzaré a degustar esta novela que, conforme dicta la solapa posterior, se le ocurre a Saramago a partir del hecho de que a mediados del siglo XVI el rey Juan III ofreció a su primo, el archiduque Maximiliano de Austria, un elefante asiático. Así, el meollo de la novela es el viaje épico que tuvo que recorrer por Europa Salómón, como se nombró al paquidermo, a causa de caprichos reales y absurdas estrategias.
Está indicado que no se trata de un libro histórico, sino que combina hechos verídicos con anécdotas inventadas, pero lo más importante es que aborda sutilmente y como es costumbre en la obra de este autor una reflexión sobre la humanidad en la que el humor y la ironía se unen a la compasión con que Saramago observa las flaquezas humanas.
Leeremos este texto llegado justo en la fecha cuando se cumplen dos meses de tu ausencia, madre; y lo haremos con fruición, tú por encima de mi hombro, vigilante. Este volumen ya se libró de tus ojos de cocinera sin par y no sufrirá los improperios que podían haberlo llevado a la sartén. No obstante, ahora yo mismo con mis manitas habré de sobarlo y sancocharlo, como hacíamos juntos en aquellas tardes cuando revisábamos nuestro botín de manjares literarios adquiridos en la Feria del Libro de Minería, ¿te acuerdas? ¿Cuántos años, cuántas veces, cuántos libros y discos?
Hoy te pregunto como cuando era niño, a ver si ahora sí puedes responderme, madre, ¿adónde van los elefantes cuando mueren? ¿Acaso la memoria tiene un cementerio como destino? Un epitafio aún no escrito tal vez pueda resumir una vida, pero ¿dónde reposa la memoria? Unos dicen que en el cerebro, otros que en el corazón. Habrá que preguntarles a los elefantes como Salómón, quizá ellos conozcan otros Cantares donde el amar se anegue dichoso en el ombligo del alma; de nuestra alma, madre.
Y para que no haya duda en aquellos lectores primerizos, aunque enseguida anote un punto y aparte, estos nuevos Apuntes alrededor del vacío continuarán, tal como es mi costumbre
Si no hay autor a quien preguntar; si el conocimiento del lector en torno a la obra y su autor es insuficiente o de plano nula, entonces sólo queda la obra misma en el contexto sustancial que la soporta (el libro, el cuadro, la escultura). Desde el texto en su contexto formal, las expectativas del lector se ven supeditadas a un grado más profundo y complejo de comprensión. La obra no apela a la intención autoral, es decir al propósito voluntarioso del creador; ni recurre, para sobrevivir y proyectarse en el tiempo, al escrutinio del espectador. La obra es, en sí y por sí misma, a pesar de la existencia de un lector y un autor (el editor es un ente que reúne facultades de uno y otro a la vez). Sus formas y significados indican su tendencia, su objetivo, su dinámica íntima. En la obra poco importan la razón por la que aparece una palabra junto a otra o el efecto provocado en el alma sensible del atento.
¿Cuánto más debo escribir al respecto? ¿Cuántas líneas más puedes tolerar, lector? ¿Sigues aquí o ya yo, en calidad de autor te perdí? Responderé graciosamente como en el cuento del tonto (omito regionalidad para no ofender a nadie en particular). Si lees "esto", entonces no te has ido; pero si esto ya cae en el silencio y es un monólogo, pues ya no estás. ¿Tú qué dices? Si respondes esta pregunta, sigues; si no, pues ya no. ¿Me sigues el hilo? ¿Ya te aburriste? ¿Y por qué sigues leyendo? Si cambias de blog o de artículo o de computadora; o si te duermes o estás al teléfono mientras las letras titilan pasmadas en tu monitor, como autor no me doy ni me daré ni pude darme cuenta, sólo tú cual intérprete sabes qué sucede en ese lado tuyo de la cancha. Y este texto ¿zozudo o sesudo?, por sí mismo ni espera ni desespera, simplemente está y de ahora en adelante estará, aunque tú ni yo queramos atenderlo en un rato o mañana. Mientras no lleguemos quien suscribe o el editor o un tercero virulento en discordia a dar al traste con la memoria digital que lo sostiene, aquí estará dispuesto a quedar expuesto.
Si aquí corto la reflexión para continuarla en otra entrega, tal como hice ya al dejar entre el artículo anterior y este un gozne para el respiro, ¿perderías la secuencia? Ayuda haber numerado las entregas, pero ¿qué hubiera pasado si cambio uno de los títulos? ¿Creerías que son párrafos aislados? Probablemente y más si no nos hemos saludado con asiduidad. Aun si en la próxima entrega incluyere una glosa a modo de liga, ¿un lector primerizo comprendería el contenido, se remitiría a los antecedentes o sería visitante de paso? ¿El texto futuro sería suficientemente capaz de explicarse por sí mismo, aún perteneciendo a una aparente serie?
Surge de nuevo la duda. ¿Más allá de para qué se escribe, para quien escribo? Si la esposa de un amigo no captó en primera instancia el significado contextual de lo escrito por mí, sino hasta que me tuvo en calidad de autor a la mano, ¿qué puedo esperar de quienes no me conocen? ¿Qué pueden esperar ellos de mí al primer contacto? Algo similar se habrán preguntado los autores que publican bajo la firma editorial de Alfaguara, y también los de otras.
¿Dónde radica el éxito de una obra? ¿En el autor; en el gusto del lector; en la obra misma? El crítico dirá que en el primero; el mercadólogo, que en el segundo; pero la historia dirá que en la tercera por ser la más capaz de permanecer y maravillar.
El lector trasciende más allá de la conversación, la recomendación y el mercado. El autor puede trascender por intermedio de su obra, aunque no siempre lo consigue, siempre y cuando haya un lector o grupo de lectores en una o más generaciones que guarden memoria de su paso y su quehacer por esta vida y este mundo. La obra, a su vez, trasciende tanto por la referencialidad que deja en el gusto del primero, como por las señas de su existencia sola; trasciende total o parcialmente de una era a otra, sin que por ello importe más a los hombres de una época que a los de otra.
Mi muy personal intención con mis previos Apuntes alrededor del Deseo y ahora estos Apuntes alrededor del Vacío, y los que vengan, es y ha sido y será desprender de la lectura la efeméride egoísta, en un sentido positivo y constructivo; hallar en la obra leída la coincidencia con la anécdota cotidiana y, desde tal ejercicio de comprensión, explicarme, por lo menos y por lo pronto, mi vida; ya que soy nadie para explicar la de ninguno otro si no es sólo de reojo.
Esa intencionalidad no trata de hacer historia, sino de experimentarla humilde y honestamente con lo que se tiene: pluma y papel, sentidos y sentimientos, cuerpo y espíritu, gente amada y huéspedes ignotos. No encierra una bitácora íntima y simple.
La esposa de mi amigo, como parte de la conversación que dio pie a estos devaneos intelectuales (frase dominguera), expuso su gusto por las obras de Arturo Pérez-Reverte (siempre es bueno hallar gustos en común) en su afán de acomodar coincidencias conmigo (algo que siempre agradezco y, a mi vez, procuro hacer). Presumo que ella suponía en mí un conocimiento amplio de la obra de este admirable escritor. Quizá la decepcioné un poco. No obstante su esfuerzo por construir un diálogo, además de mostrar su inteligencia y su femenina intuición, hizo evidente su sensibilidad.
Que ayer yo haya escrito sobre mi madre o ahora lo haga sobre la esposa de mi amigo, ni me empata con Germán Dehesa cuando se refiere a su "tamal" (su benjamín vástago), como tampoco revela liviandad de mi parte. Son pretextos. Pre-textos.
Para un novelista, por ejemplo, la vida y las experiencias son suficientes pretextos para escribir y trazar aventuras y dilucidar confines. En mi caso, perdón por la egolatría, una novela, un cuento o un ensayo, vaya hasta una receta son suficientes pre-textos para hundirme en mi vivir y, desde el fango de mi existencia, edificarme palmo a palmo.
Más allá de coincidencias, lo que puedes leer en las siguientes líneas, amigo lector, así como en anteriores entregas, son cruzamientos entre la vida de un servidor y las lecturas que voy haciendo de las cosas y situaciones que la vida me ofrece. En esto justo es en lo que menos podemos distinguirnos tú y yo.
¿Por qué dije lo anterior? Es bueno hacer un alto breve en el camino de las colaboraciones, para presentarme ante algunos lectores que pudieren llegar por primera vez a este espacio y los cuales, por primerizos, quizá puedan parecerles mis estilos temático y formal poco o muy peregrinos, máxime tanto si han como si no han pasado por mis variados sitios los cuales pueden revisar desde mi Blog Central.
Tal sensación experimentó recientemente la esposa de un amigo que jamás había leído nada de lo que he o hube escrito en mi vida y en distintos medios. En cierta reunión me halagó sacando a la plática que acababa de leer el texto que antecede a este. Sin ánimo de entrar en polémica hizo un par de observaciones críticas, constructivas, tras las cuales me quedó claro que, en los blogs como en el periodismo impreso, hasta cierto punto la secuencia vale para puro sorbete y confirma que "en gustos, se rompen géneros".
Expliqué a mi amiga que lo escrito por mí en esta Cadena de Lectores obedece a una relativa secuencia, y que mi estilo elegido no tenía ni tiene como pretensión redactar reseñas comunes y corrientes, tampoco ensayos aislados e independientes o relatos de ficción, aun cuando puede darse el caso.
En entregas anteriores, como bien recordarán los asiduos seguidores de quien suscribe (si los hay; ya mi mamá sólo me leerá desde otra dimensión), ya había expuesto el punto, enfatizando mi interés no tanto en provocar la venta de tal o cual libro (mi especialidad no son las ventas; yo no he podido vender-me, ¡sigo en la "estantería" de mi casa!; y miren que mi madre ya estaba rematándome), sino, en la medida y alcance de mis posibilidades, propiciar el ánimo para la lectura.
Me di cuenta también que algunos lectores toman el rábano por las hojas y adjudican al autor las palabras de determinada cita incluida en tal o cual texto, sin reparar en su calidad de préstamo literario; es decir, no discriminan fácilmente o, por no discriminar, terminan discriminando paradójicamente y no en el sentido más edificante y cabal para su comprensión.
Quedé sorprendido con la afirmación, un poco indignada, de la esposa de mi amigo en torno a ciertas aseveraciones sobre los lectores anotadas en la entrega que ella leyó (la anterior a esta, insisto). ¡Pasó desapercibido, a pesar de lo evidente, que cité las palabras del personaje de la novela Entre Fantasmas escrita por el colombiano Fernando Vallejo. ¡Interesante fenómeno! Me llevó a la reflexión. ¿Acaso mi forma de escribir fue y es tan oscura y enredada como señaló esta amiga en su experiencia de lectora primeriza de mis letras? ¿Puede achacarse una torpeza interpretativa y de comprensión en ella? ¿O hay otra explicación?
Aunque sería razonable, me inclino a no responder a la primera pregunta por vanidoso temor. Prefiero dejarla abierta para tus comentarios, críticas y sugerencias, amable lector a quien me debo, tanto si has llegado a este texto por primera vez, como si, primerizo o no, has leído otras entregas de mi autoría.
Me niego también a contestar la segunda pregunta, porque mi respeto hacia el lector me impide calificar su labor individualmente, sin un previo y concienzudo análisis de la comprensión lectora y sus alcances como proceso mental. Hay mucho escrito al respecto por psicopedagogos y educadores y, aun cuando he estudiado el tema y he impartido cursos y talleres sobre el pormenor, soy el primero en cuidarme y reconocer lo difícil de decir a uno "tú no comprendes" sin arriesgarse, con razón o sin ella, a ofender y lastimar la autoestima del otro, con la consiguiente ganancia de enemistad.
Así, para no volver refractarios a mis líneas a los pocos o muchos (qui sá) lectores presentes y futuros interesados, opto por lucubrar desde el tercer cuestionamiento.
Hay otras explicaciones; y parto para esta aseveración de lo que Umberto Eco expone en su ensayo Los Límites de la Interpretación. Ahí, en resumen, dice que hay tres niveles para la interpretación de una obra cualquiera que sea su índole.
La interpretación que hace el autor de su obra desde su creación y en vista de su proceso creativo.
La interpretación que hace el lector desde su óptica peculiar aislada del autor y la obra.
La interpretación que provee la obra desde sí misma, por su estructura y sus funciones semánticas, o sea sus significados implícitos, independientemente de la existencia del autor y el lector.
Para el primer nivel basta con entrevistar al autor y este podrá explicarnos de manera medianamente inteligible qué quiso decir en un párrafo, eligiendo tal o cual palabra o imagen, cuál era su propósito al abordar determinado tema. Es más o menos lo que hizo conmigo la esposa de mi amigo en el afán de fincar la conversación. Pero no siempre se tiene al autor a la mano o este es anónimo, así que luego aquí queda un misterio.
En el segundo nivel, ese misterio puede ser regularmente resuelto por la intervención del lector, quien con su opinión enterada puede estar en capacidad de explicar el trasfondo y hasta la superficie de una obra, y así aventurarse en el ejercicio de la explicación adivinatoria o incluso en el enjuiciamiento crítico. Pero, ojo, se necesita que sea una "opinión enterada". Esto es, el lector requiere no nada más hacerse una idea de lo que lee, sino que esta idea habrá de estar fundada en un conocimiento suficiente y previo sobre las características particulares de la obra, el autor y el contexto que los rodea. Un conocimiento "enciclopédico", al menos, sobre el estilo, la biografía y otras minucias relacionadas. Claro, no siempre el lector, primerizo o no, tiene a la mano o en su bagage cultural la información básica o el interés por investigar, o esta puede variar en vastedad o exactitud entre un lector y otro, y entonces la opinión raya (hecho más que común) en el acto de fe: "creo que esto es bueno porque me gusta". El gusto jamás construye ni ha construido juicios de valor por más apetecible y respetable que sea semejante presunción. El gusto (y me remito a los ensayos y estudios de Gillo Dorfles) es impulso no razonamiento, aun cuando pueda ser razonable; la opinión tira hacia el dogma por basarse en el parecer y no en la demostración, y el juicio envuelve al dictado de la razón.
¡Me vi muy kantiano? Disculpen la involuntaria petulancia, so pena de ser tergiversado.
Recibo con beneplácito la noticia de que el proyecto de escribir en este espacio continuará de manera indefinida. Por lo que a mí respecta digo ¡viva, viva! Ya he efectuado mi solicitud de títulos en espera de que mi Coneja de Pascua endulce mis días por venir, sobre todo ahora que las mareas parecen hacerse más consistentes y serenas en mi ánimo.
Estos días, no sin dificultad a causa del duelo, he seguido repasando las líneas de Julieta Campos, me he introducido en los cuentos de Julio Cortázar, y así sucesivamente con el afán de no entorpecer las promesas hechas a ti, amigo y amable lector. (Me pregunto, un poco llevado por el ocio, porqué ninguno de los blogueros pedimos un libro de poesía, por ejemplo la Poesía completa de José Saramago; ¿por qué ya casi nadie lee poesía?)
Pero, coincidencias de la vida, así como la embarazada para donde voltea mira mujeres en estado de gravidez; o como el chamaco que, andando con muletas, doquiera tropieza con compañeros aparentes del mismo dolor, así me ha sucedido desde la hondura de las letras. Cada viaje descrito en el Cuaderno de Viajes de Julieta Campos desata en ella recuerdos y reflexiones que mueven mis fibras sensibles. Remite a su terruño adoptivo, Tabasco, México, y no puedo dejar de recordar a la hermana de mi madre, a ella misma y los viajes que hicimos juntos a tantas partes, o los que hizo con mi padre. Julio Cortázar narra en primera persona, en el cuento "Retorno de la noche" incluido en el libro Historias de Gabriel Medrano que recopila Alfaguara en Cuentos Completos 1, la vivencia de morir y experimentar la separación del cuerpo y no puedo dejar de pensar en las sensaciones que experimenté en las horas de agonía de mi Coneja, mi madre, y que a mi vez estoy narrando en un par de cuentos intitulados "Arenga" y "Mirada", que ya daré a conocer en breve dentro de un libro que preparo bajo el título Silencio y Estación. Cuando el tiempo cuenta.
En casa ocurren sucesos sobrenaturales. No me extraña, no es la primera vez; para mí son naturales. En los libros me cuentan de ellos mientras yo los vivo. Repaso correspondencia que rememora momentos familiares heróicos y sentimentales, y en los libros se narran similarmente: por Arturo Pérez-Reverte la muerte heróica del capitán Luis Daoiz a manos de un oficial de artillería francés en ese Un Día de Cólera del 12 de mayo de 1808 durante la revuelta en Madrid; Clara Sánchez, a despecho de mi dolor, describe el regreso de la inconsciencia de Julia, a escasos dos días del fallecimiento de mi Preciosa y me retrotrae a su mirada fija, cuasicomatosa. Cierro este libro y lo doy por terminado el 7 de febrero de 2008, dos días antes del cumpleaños de mi madre, tres dias luego del mío, una semana después de su deceso. A propósito, al día siguiente, el 8 de febrero, cierro otro volumen: Entre fantasmas escrito por Fernando Vallejo, en donde da por muertos a muchos personajes aún hoy con vida, como, por ejemplo, la actriz Martha Roth o la directora y productora teatral Tina Galindo, conformando una lista extensa de "espectros" como el del "zanuco" (aún no encuentro qué significa el adjetivo) Jacobo Zabludovsky a quien el narrador, un personaje sin faz ni forma concreta y aparentemente de profesión psiquiatra, detesta y menciona a la menor provocación en su monólogo de 256 páginas. De esta obra varias partes saltan a mi vista por irreverentes e incluso verídicas, como cuando el personaje despepita de la novela, desde su punto de vista "un género manido, un chorro seco". O como cuando concluye que se acabaron "los tiempos de andarle dando coba al lector como si fuera una eminencia y el autor un pendejo. ¿No será al revés? [...] el lector es voluble, caprichoso, olvidadizo, y hay que estarle recordando constantemente las cosas. No registra, y lo poco que registra lo olvida al instante. Más de tres o cuatro personajes se le enredan y apuesto a que no sabe latín. El lector es simplista, incompetente, morboso; quiere que le cuenten cómo entra detalladamente el pene en la vagina. Y traicionero además, cambia de autor. No me merece el menor respeto". Y así como opina de la novela, lo hace del cine y el teatro, por artificiosos. Si estos no tienen razón de ser, "¿qué queda entonces? Hombre, queda la muerte, y en su defecto los recuerdos: el libro de Memorias, que es el género máximo". Tal vez por estas ideas vengo escribiendo últimamente como atestiguas, amigo lector, para quien yo sí guardo respeto simplemente por tu paciencia, disposición y diligencia.
En días funestos como los recientes, no obstante creo en la felicidad y creo, como Fernando Vallejo en la obra citada que "la felicidad es una pompa de jabón que da visos, pero que no bien uno la mira se revienta. Uno tiene que ser feliz sin saberlo. ¡Qué iba a saber yo de niño que era feliz! Más aún: qué iba a saber que lo era de viejo [...] contigo a mi lado, [Coneja], que ya no estás... Lo que siempre sí está claro es la desdicha. Ahora que tu muerte, niña, me ha vuelto a los recuerdos, recuerdo la tarde feliz en que empecé el libro. Lo empecé a la aventura, como he vivido, sin saber cómo ni hacia dónde ni por qué carajos. O mejor dicho sí, sabiendo que debía terminar aquí como empezó, por mi más lejano recuerdo, con un niño tocado de irrealidad dándose de cabezasos rabiosos contra el piso porque el mundo no hacía su voluntad, la mía, con esta necedada obstinada que fue la única herencia que me dejó mi abuel[a] [...] Lo que perdura en cambio, vívido, en mi recuerdo, es que el niño era yo, mi vago yo, fugaz fantasma...".
¿Y Mario Benedetti? Vivir adrede también lo terminé hacia esas fechas. En medio de mi luto vibraron sus palabras como reflejos en el estanque. De entre todas hoy rescato las del texto intitulado "Aleluya" que inyectaron calma y consuelo a mi ser: "El tiempo pasa y yo sigo viviendo, con los dolores y las ausencias de siempre pero sigo viviendo. Con la suerte y la muerte a la vista, con las golondrinas y los buitres, con el alma en pena y la cordura casi loca, con las cenizas del olvido y el pan duro de las promesas. Pero sigo viviendo. [...] Cuando encuentre la verdad aún estaré a tiempo para llevar a mi infancia conmigo y clavarla luego como un afiche en la pared de la cocina [...] El tiempo es un viaje de escalas infinitas donde aprendemos y enseñamos algo". Hoy, solo con mi soledad, añoro y aunque con dudas y temores que calan, sigo viviendo; y ni para qué preguntar por qué.
P.D.: Gracias, Eudiza. Y a todos quienes de un modo u otro han mostrado su solidaridad con este absurdo plumífero.
Hoy vuelvo a abrir la libreta, a tomar la pluma. Pero con mucho esfuerzo y no sé para qué. Desde el 30 de enero de este 2009 mis motivos, mi razón de ser y de vivir fenecieron con ella.
En verdad, no sé por qué escribo eso aquí y ahora, precisamente. Quizá porque trato de llenar el vacío que me ahoga. Tal vez para encontrar la palabra con la suficiente fuerza proyectiva y creativa como para traerla de nuevo a mi lado, a mi Coneja, a mi Preciosa, a mi Madre adorada.
Desde ese día, el apetito de letras y nutrientes disminuyó, y si no cesó del todo fue porque a ella no le gustaría verme dejado, abúlico. Debido a su ausencia nada y todo me consuela; pues está en todo y nada deja de mostrar sus señas: la casa, su recámara, su cama, su ropa, los utensilios de cocina, el televisor con sus telenovelas, mis sueños, mis libros, estos benditos fetiches que ya no podrá convertir en estofado a causa de la falta de liquidez monetaria.
Este es mi primer coqueteo con las líneas luego de ese infausto día y no sé ni qué digo. La cabeza no me responde, voy dando tumbos en la calle lo mismo que en el papel. Leo esto, lo otro y no finalizo, no extraigo un tema diferente de la unión de esas dos hermanas egoistas, Vida y Muerte. Me pregunto si sería mejor escribir esto en otro sitio, más personal, menos público. Sólo sé que estoy haciéndolo.
Si en el pasado llegué a escribir que tenía un llanto anegado que no lograba fluir, hoy confieso tener a ratos los ojos secos luego de espasmódicos torrentes que salen a borbotones de su cauce, sin control, inundando el ánimo, arrasando la voluntad.
La vida es el gran libro que alguien escribe para cada uno. Cada uno es tanto un personaje en ella, como el autor de la misma. Pero no cabe duda que hay episodios que nadie quisiera escribir, siquiera leer o por lo menos preferiría eludir, a pesar de ser inevitables. Luego de semejantes capítulos, no faltan quienes elaboran y ejecutan cadenas de oraciones o cosas parecidas. En lo personal llegué hoy aquí con esta cadena de enunciados para eslabonar una cadena de lectores; no porque busque su conmiseración, sino, simplemente, sin un propósito concreto.
Como perro sin dueño, ando; sin rumbo fijo, expectante. ¿Hallaré trabajo? ¿Toparé con mi complemento afectivo? ¿Podré dedicarme a lo que deseo? ¿Sobreviviré ya no digamos solamente a la lucha diaria, en medio de un mundo en crisis, sino al pesar que me provoca su ausencia?
Me preguntan, "¿Qué harás mañana?"; respondo, "No sé". Entiendo que debo pasar por el proceso de duelo y que este varía en duración, intensidad y modos para cada quien. Pero este, para mí, no es un duelo común, como otros que he experimentado. Esta vez me fue cortado de tajo, y porque tenía que suceder, mi propósito de vida, mi refugio, mi lanzadera, el cordón umbilical que daba sustento a mi existencia. Ahora debo renacer, darme a luz solo, lanzarme a lidiar con un mundo al que he aprendido a temer con el alma hasta el punto de casi volverme un eremita.
Hace muchos años, cierta gente bien intencionada (profesores), que me quería bien, me aleccionó halagándome: "Nunca cambies. Sé siempre como eres". ¡Quién me iba a decir entonces que lo único constante es el cambio!; que uno nunca es el mismo de ayer o hace un momento aun cuando lo pretenda; y, aún más, que la razón del cambio es proveernos un nuevo propósito (parafraseando a Heráclito).
Hoy no faltan quienes subrayan: "Tú eres tu nuevo motivo. Has de reconstruir tu vida". ¿Reconstruir? ¡Cuál vida! ¡Si no la he tenido, como otros la pudieran imaginar! ¡Si mi vida la dediqué a mi madre, por decisión personal, como ella hizo lo propio conmigo en su momento! ¡Si desde el primer minuto de mi existencia hasta el último del de la suya nunca nos separamos! ¡Si pasamos juntos las duras y las maduras, incluso lo inconfesable a terceros!
Comprendo que la vida sigue, que el mundo rueda, que el tiempo es inexorable y que es mi "obligación" honrar la memoria de mi madre definiéndome un objetivo nuevo desde mí, para mí y por mí. Pero la verdad es que estoy ciego, dejado al capricho de la cotidianidad, extraviado, sin claridad sobre el camino que puede abrirse al frente. Emocionalmente exahusto. Si tan siquiera fuese como uno de los personajes de José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera, y eso que ese libro no me agradó más allá de la primera mitad.
Estoy pletórico de deseos, muchos más que los apuntados en líneas previas. Atestado de miedos arrastrados desde la infancia. Desierto de caricias y de miradas tiernas. En una palabra, vacío, como seguro se siente el protagonista masculino de la novela japonesa con que se me ocurrió ilustrar esta entrada tan personal, Un grito de amor desde el centro del mundo, escrita por Kyoichi Katayama, y la cual, aun cuando no he leído más que un extracto viene muy a cuento.
Me da gusto corroborar que aún puedo emplear este espacio para compartir con todos los amables amigos lectores las ocurrencias a este su servidor.
Quiero comenzar el año saludando a todos y abrazando ilusiones y esperanzas. Especialmente quiero agradecer a Alfaguara, Cadena de Lectores, Santillana y Pauta Creativa, particulamente a Aránzazu Núñez y el resto de personas encargadas de este loable proyecto; quiero agradecer, repito, el presente que llegó en fecha reciente como atenta retribución a estas líneas y minutos y palabras dedicadas a trazar Apuntes Alrededor del Deseo y otros menesteres. ¡Ahora tengo dos libros de Julia Campos!; el mismo título Cuadernos de Viaje que he comentado en pasadas entregas y sigo leyendo, ¡pero dos libros! Eso ocurre pocas veces en la vida. Los gemelos se sumarán a otras parejas que se regodean en mis estantes: La Rebelión de las Cañadas, por Carlos Tello Díaz, editorial Cal y Arena (perdón por mencionar a la competencia); Aura, por Carlos Fuentes, y otros más de variopinto linaje que ahora no recuerdo. Unos acomodados en antologías, otros en edición individual; aquellos bajo tal firma y luego bajo tal otra; añejos u hogaños. No faltan los que tienen achaques de encuadernación y urgen una visita al médico restaurador. En fin...
Aunque no llegó en día de Reyes, ni contenía rosca o Niño Dios, el paquete me puso alegre. La bolsa de café Punta del Cielo incluida en el muy bien diseñado y útil empaque del regalo, una caja (cajota) justa para los recuerdos más atesorados, ya comienza a hacerme agua la boca y eso que aún no pongo al fuego la cafetera. Nomás porque la economía está gacha, pero ya hubiera ido y venido de la tabaquería petrechado con un deliciioso tabaco para retacar mi pipa que hace mucho tiempo no degusto y apoltronarme a combinar todos estos edificantes estímulos.
Y, ¡para colmo!, llegó el paquete descrito cuando estaba leyendo uno de los cuentos de Julio Cortázar, aquel en el que a un fulano le crecen las manos luego de golpear a otro en respuesta a la diatriba de que le hizo objeto al llamarle "mal poeta". Ya fuera un castigo a la violencia o simple hinchazón del pelmazo, el desenlace del cuento fue tan sorpresivo como la llegada de esta delicado aguinaldo con que a varios de nosotros nos premió la editorial.
Gracias de nuevo, y mientras este espacio siga abierto, aquí seguiré dando lata, entre dimes, diretes, penas y alegrías. Siempre interesado en observar cuanto llegue a mis manotas y alerte mis sentidos, para hacer desde ello el Elogio de la Lectura correspondiente.
Abro mi cuaderno. Tomo la pluma. Pienso. Recuerdo. Organizo. Contemplo la pila de libros que, gracias a Editorial Alfaguara, he venido leyendo en el año que está por terminar. Tomo el que contiene El Hablador de Mario Vargas Llosa (Obra Narrativa Breve), corroborando que faltan pocas páginas para terminar esa novela en particula. Leo. Termino. Cierro el tomo, ubicando el separador donde comienza Elogio de la Madrastra, otra novela del mismo autor y que ya ansío revisar. Veo el cuaderno. Leo mis apuntes. Observo que hay acciones omitidas, supuestas y, sin embargo, están, se adivinan entre los huecos de este párrafo que ahora tú, amable lector, escrutas curioso. Gracias por la deferencia.
"... Yo, antes, no fui lo que soy ahora. Me volví hablador después de ser eso que son ustedes en este momento. Escuchadores. Eso era yo: escuchador. Ocurrió sin quererlo. Poco a poco sucedió. Sin siquiera darme cuenta fui descubriendo mi destino. Lento, tranquilo. a pedacitos apareció. No con el jugo del tabaco ni el conocimiento de ayahuasca. Ni con la ayuda del seripigari. Solo yo lo descubrí", escribe Vargas Llosa con una voz que se antoja la propia, al menos para mí. La mía. Me remite a cierto día sábado en la oficina de mi padre. Me veo sentado con escasos nueve años, ante la máquina de escribir eléctrica. Una Smith-Corona que ahora está en casa. Color gris con blanco hueso. Escucho el zumbido del motor. Presiono las teclas con los dedos índices. Escribo. Extraigo la hoja. Dibujo. ¡Es mi primer retazo de cuento! Uno sobre un fantasmal barco pirata. Fin del recuerdo. Se esfuma entre el nimbo. En su lugar asoman Milka y Candy, mascotas, hija y madre, olfateando. "Todo hombre que anda tiene su animal que lo sigue, ¿no es así? Aunque él no lo vea ni lo llegue a adivinar. Según lo que es, según lo que hace, la madre del animal lo escoge, diciéndole a su cría: Este hombre es para ti, cuídalo. El animal se vuelve su sombra, parece", considera Vargas Llosa y concluyo, aspirante a guerrero tenochca, conozco de antemano el rostro de mi tótem, no será xoloitzcuintle sino brittany spaniel. Venrá por mí en mis últimos instantes, como lo hizo en sus primeros días. Se sentará en mi zapato y andaremos a una nueva vida. Viajaremos como Julia (Campos) y como Julia, la esposa de Félix en Presentimientos, la novela de Clara Sánchez. Cual peregrinos de ensueño, parafraseando a Flores Barrón, compañero y amigo bloguero aquí, volaremos, navegaremos, correremos, caminaremos, en barco, en auto, en avión, por Europa, América, la selva, las ciudades, los ríos, castillos; desde un paseo interior desde el que la felicidad y la tristeza son naufragios, huída, vuelta, fundación o desvío de un futuro siempre latente en el ahora.
UN RESPIRO
¡Uff! Ha sido el anterior un parágrafo de largo aire. Cierto. Concentrado. Como ocurre con los cuentos del maestro Cortázar.
Es poco frecuente que se hagan reseñas de cuentos aislados; por lo general encontramos más bien comentarios, apuntes o referencias alusivas a tal o cual narración, como si se tratase de pellizcos literarios a la obra total de Jorge Luis Borges, Juan José Arreola, Edmundo Valadez u otros muchos muchos cuenteros y cuentistas entre los que está Julio Cortázar, de quien me ocuparé (también) desde esta entrega, aquí mientras me lo permitan Pauta Creativa y Alfaguara, en mi Elogio de la Lectura cuando quiera porque ahí me lo permito yo.
Tal parece que dada la brevedad del cuento, en él está contenida y prevista su síntesis, y bastara con mencionar su título o determinado pasaje o figura para traerlo a la memoria o usarlo a modo de ejemplo; al fin, para muestra basta un botón, se cree. Pero quienes aplican semejante modo prefieren dejar el botón expuesto sobre la mesa a los ojos de todos, como algo acabado o simplemente como un elemento prescindible del traje de escritor.
Si no es para efectos de análisis académico, semiótico, comparativo, biográfico o sociológico, los mitos, leyendas, cuentos, poemas sueltos de un autor, sea un individuo o un pueblo, no se abordan críticamente como podría hacerse. Se prefiere tocarlos como componentes más que como obras en sí mismas, con una vida y un ritmo propios donde bondad y maldad, hambre y satisfacción, amor y odio, entrega y abandono, ánodo y cátodo, están concentrados, apretados, consentidos, a punto del estallido, conformando monstruos o ángeles, gestos, movimientos densos, consistentes.
Cada cuento funciona como caldo burbujeante, magma en ebullición, árida duna caprichosa y saltarina, húmedo y fangoso pantano donde la pila de letras, con su presión sutil moldea, aplasta, conserva significados, formas, ideas, cuyos vapores se cuelan en la conciencia del lector para transformarlo en lo mismo que subyace entre el humus de la creación; haciéndolo uno con la obra, absorbiéndolo.
Algo similar ocurre bajo la superficie de "El Hijo del Vampiro", cuento incluido en el libro Plagios y Traducciones de Julio Cortázar y recogido en Cuentos Completos 1 editado por Alfaguara. Un libro que el autor justificó en su momento, casi como asentamos líneas arriba, al decir: "Forzando su espaciada ejecución --1937/1945-- reúno hoy estas historias un poco por ver si ilustran, con sus frágiles estructuras, el apólogo de haz de mimbres. Toda vez que las hallé en cuadernos sueltos tuve certeza de que se necesitaban entre sí, que su soledad las perdía. Acaso merezcan estar juntas porque el desencanto de cada una creció la voluntad de la siguiente [...] Las doy en libro a fin de cerrar un ciclo y quedarme solo frente a otro menos impuro. Un libro más es un libro menor; un acercarse al último que espera en el ápice, ya perfecto".
Pero este último libro que llega y no llega y sin embargo no es el último cobra calidad de sombra, una de la cual la mente del escritor-lecetor no puede más que enamorarse, ceder a la transfusión de sentido. Como hace Lady Vanda, de quien se sació Duggu Van, el único vampiro que conozco para el que el amor febril gasta tanto como sufrir la saña del paludismo.
"Que los vampiros se enamoren es cosa que en la leyenda permanece oculta", nos narra Cortázar. Sin embargo la tradición de la literatura vampírica da cuenta de generaciones de estos seres, unos surgidos por la vía del contagio y otros por una misteriosa gestación ¿espontánea? que, como imagen especular, tal como ocurre con los humanos encuentra su síntesis en una afirmación que es un deseo que es una certeza que es una esperanza de continuidad: "Es como su padre, como su padre". Una, rayante en la plena identificación por la cual "nadie puede interpolarse entre su esencia y la mía".
CUANDO EL UNO SÓLO ES UNO EN UNO
Resulta curioso que el propio Cortázar pretenda dar unidad o, mejor dicho, sumar hasta la unidad obras enteras cual si fuesen fracciones en una abstrusa ecuación (y eso ocurre con todos los libros de cuentos, independientemente de las razones pragmáticas). Leyendo los libros de Cortázar uno cree comprender que uno más uno hacen dos, o que el todo en efecto lo componen partículas unificadas, integradas. Pero al examinar cada átomo-cuento o cada cuanto del átomo-libro se descubre el verdadero valor cuántico de la literatura.
Desde esta óptica novedosa y renovada, una antología de cuentos (o de poemas, canciones, etcétera) puede vislumbrarse más como un panorama repleto de parajes diversos, maravillosos, tan complejos o simples como castillos ruinosos o fantásticos desde cuyas lumbreras, miles de pasadizos, corredores, salas y habitaciones, un beso en un instante, una mirada, un silencio, lo dicen todo aunque parezca que ha sucedido nada.
Si el vampiro sobrevive, no es por la ignota magia de lo sobrenatural; sino, como imagina Cortázar, por causa del enorme deseo de reengendrarse mediante su amor sanguíneo. ¿Egolatría? Es posible. Tal vez una forma peculiar de adaptación consecuencia de la soledad radical. Quizá la manera más natural y simple de trascendencia. Pero, aunque inhumano, el vampiro experimenta lo que cualquier humano: mediante el amor se hace uno con el objeto de su deseo y de la cópula nace... uno. Aun cuando los azorados no alcancen más que a dudar.
Definitivamente la certeza del título de esta entrega es una verdad de a kilo.
Los libros que solicité y recibí recientemente, como habrás visto antes son los Cuentos Completos (volúmenes 1 y 2) de Julio Cortázar y los Cuadernos de Viaje de Julieta Campos.
Ambos, para no variar y seguir con las coincidencias entre mi vida y las lecturas, independientemente de cualquier gusto o preferencia personales caen en la categoría de lo familiar.
Un Julio, una Julieta. Elprimero dotado de una imaginación y una perspicacia extraordinarias. La segunda dotada de una sensibilidad más allá de lo puramente femenino. La obra del primero me sirvió en un momento de puente académico para trazar uno de los fundamentos de mi estética pedagógica y compenetrarme con mis estudiantes, en particular los de la Universidad Iberoamericana. La segunda, con su apellido Campos, su matrimonio y oficio me conecta directamente con una línea verde y frondosa de mi herencia materna.
En ambos libros el prólogo es básico e ineludible para adentrarse en sus páginas. A los Cuentos Completos de Julio Cortázar lo prologa Mario Vargas Llosa, gran amigo suyo a pesar de la diferencia de edades, y nos pone sobre el tapete lo necesario para fincar justas expectativas. Lo demás es lo de menos, los cuentos están organizados conforme al orden de los libros por los que vieron la luz; y la edición, aunque choncha, es muy manejable, muy legible. Vargas Llosa explica y describe, glosa el conjunto de la obra y destaca algunos rasgos de la personalidad del autor ya fallecido. Por mi parte y con gran humildad preferiré en adelante irme piano pianito, cuento tras cuento, pues como apunta la segunda solapa: "Hay que leer a Cortázar. Siempre. Sus cuentos son la pintura genial del sueño de seres improbables, llenos de ternura, ausentes, mágicos". Siendo entonces esta obra en dos volúmenes el equivalente a un museo o galería con varias salas de exhibición, me apresto a apreciar una a una las obras expuestas. Para hablar del todo hay que degustar cada parte que lo conforma.
A los Cuadernos de Viaje de Julieta Campos los prologa Enrique González Pedrero, su marido y hoy viudo, destacado político priyísta y de esos pocos políticos intelectuales de rancio abolengo que no nada más saben lo que dicen y hacen, sino además por qué y para qué. Él fue gobernador, y uno de los mejores, del estado mexicano de Tabasco entre 1983 y 1987. En ese estado vivió buena parte de su vida Guadalupe Glafira Torres (Pallares) de Castellanos, hermana de mi madre y quien falleció hace dos años, y recuerdo sólo cosas buenas que me platicó mi tía sobre esta pareja a la que conoció de cerca por las relaciones existentes entre mi difunto tío, el Dr. Lamberto Castellanos (cuyo nombre ostenta orgullosamente una calle de Villahermosa, la capital del estado) y el gobernador.
Así pues, como por obra de un designio misterioso, corroboro con estos títulos que ahora comienzo a examinar y disfrutar junto con los anteriores, que en efecto el mundo es un pañuelo a modo de taleguilla donde tarde o temprano, más temprano que tarde, nuestras canicas, nuestras cuentas, nuestras personas finalmente se rozan, convergen, coinciden, comparten, conviven.
Por último, el libro de Julieta Campos lo reseñó muy bien y cuidadosamente nuestro buen amigo y vecino bloguero Alfredo Flores Barrón en su artículo fechado el 23 de octubre de 2008 bajo el título "¿Qué hacemos con los viajes?". No te extrañe entonces, apreciable lector, que en lo futuro haga alguna referencia a su texto. Pero, en la medida de lo posible, por supuesto y como he prometido sin romper mi estilo, espero aportar si no algo nuevo, por lo menos algo un poco distinto. Ya tú me dirás si el camino a tomar es el correcto.
Debo reconocer que a pesar de lo bien escrito que está Un Día de Cólera, novela histórica escrita por Arturo Pérez-Reverte, es una lectura que traigo algo atorada y en gran parte porque me resulta cansada a causa de la plaga de nombres que asienta el autor.
Tengo muy claro y bien comprendido que el único protagonista de esta novela es el pueblo madrileño, y el único antagonista es el imperio napoleónico. La vaguedad de los conceptos pueblo e imperio sólo puede concretarse en los rostros y los nombres de los actores que los representan. Pero como si fuese una película hollywodense, Un Día de Cólera invierte muchas líneas y páginas enlistando nombres de amigos y enemigos, de héroes (que de otro modo lo serían anónimos), mártires (algunos ocasionales), viandantes y vecinos, calles y lugares que ni aún con el mapa anexo (poco legible) se facilita abarcar con la imaginación.
Las bondades que tiene como un trabajo de crónica "periodística" (así dije más o menos en alguna entrega previa del 22 de mayo intitulada "Entre Amor y Discordia, las Ansias guardadas") raya con la idea de un ligeramente torpe homenaje a modo de placa conmemorativa. Ventaja: uno vive en la mente la confusión, como los personajes a su vez experimentaron en las esquinas y los callejores madrileños en aquel 2 de mayo de 1808. Desventaja: llega un momento en que tantas pistas de actividades en el circo de la revuelta impiden que uno, como lector, pueda seguir el hilo.
El libro vale por la edición, las figuras, las escenas, la redacción, el esfuerzo, la época y los sucesos retratados. Pero definitivamente no es de lectura rápida aun cuando envuelve con el vértigo de la rebelión y entusiasma al plasmar momentos como extractos de pinturas de Goya.
Seguiré leyendo, lento pero seguro, hasta el final. Sobre todo seguro de que aun con los tropiezos el goce está garantizado.
No cabe duda que la fortuna me sonríe, muy a pesar de los sucesos tristes o dolorosos que pueden ocurrir en el diario.
Apenas he recibido la nueva tanda y con ella ha llegado otra mala noticia, esta vez relacionada con a salud de mi padre, aparentemente (a reserva de confirmación), padece cáncer en la vejiga. Dentro de lo malo, lo bueno: se descubrió a tiempo.
Por eso los títulos que vengo leyendo y sumando cobran más importancia y valor, y me dan pie mientras tengo la oportunidad de seguir escribiendo en este grato espacio ahora de dar la vuelta al experimento anterior para decir que "deseo apuntes alrededor del..."
CON EL BOTÍN EN LA MANO
Creo que existe una seria posibilidad de que, en los días siguientes a la Navidad próxima (muchas felicidades a todos), mi voluntad muera empachada, mejor que de hartazgo. Mi actual dieta de letras, líneas y páginas ha resultado tan nutritiva que temo estar comenzando a padecer de bulimia literaria.
Calientitos están los libros recientemente entregados a mi persona por editorial Alfaguara y, aún cuando contienen palabras de escritores muertos, hablan y dicen y narran tales cosas que ya quisiéramos muchos "vivos" pronunciar con semejante palpitación.
Me encuentro relamiéndome aún mis lecturas previas, endeudado con los amables amigos lectores por no pagar justa y oportunamente mis promesas y, todo, por ceder a las preocupaciones de la brega diaria y perseguir al bolillo y a la chuleta (no me refiero a mi amiga, Julieta, a quien saludo desde aquí; no me refiero a la Campos, de quien trataré en las próximas entregas).
Ya con esta entrega culmina una serie que comenzó en febrero y que denominé Apuntes alrededor del deseo. Planeada como una sucesión de ensayos cuyos títulos dan pretexto para la construcción de un poema; o viceversa como un poema cuyos versos encierran notas personales cuales pretendidas reseñas de las sensaciones provocadas por la lectura de ciertos textos, esta serie que quizá tú has leído curioso(a) dando saltos, bien pudiste darte cuenta de la secuencia llevada y faltante hace cinco artículos atrás. Así, este título es el último verso de ese poema, aunque he de confesar que más que una clausura anuncia una bifurcación. Porque los apuntes continuarán y aún alrededor del deseo, pero en adelante en la forma de elogio de la lectura (tanto en mi blog intitulado de ese modo como aquí, si Alfaguara me lo sigue permitiendo). Supongo que la huella dejada atrás cumplirá su misión guiadora.
Luego, lo que leerás, amigo y amable lector, desde la próxima entrega y subsiguientes serán también apuntes "reseñosos"; algunos, francas reseñas con toda propiedad. No sé si encontrarás mayor o menor libertad de forma y temática, pero prometo o procuraré prometer una continuidad estilística; o sea, seguir siendo y escribiendo... como soy y hago.
Lo anterior no quiere decir, tampoco, que las lecturas previas que he venido haciendo y las cuales algunas aún no termino las botaré como si nada o las dejaré en suspenso. De ninguna manera. Seguiré cerrando uno a uno los ciclos y momentos, como es mi sana costumbre. Si la cuenta al momento rebasa los 15 libros (¡en un año!; ¡sí se puede!), lo menos que debo a sus autores, a la editorial y a ti es el respeto de cumplir con la tarea encomendada y adquirida con beneplácito (aunque en casa me sigan colocando los libros en el plato y rodeados de caldo; a falta de pan... ¡pastas!).
Por ello estos "últimos" apuntes desde ahora y en adelante apuntan a Vivir adrede y Entre fantasmas.
Soy de los irreverentes que subrayan y escriben en los libros; hasta dibujo y marco páginas. Es otra forma de dejar rastro de lo que uno piensa y siente; de la existencia de uno. Hacerlo en los libros de texto, los escolares, permite a otros o a uno mismo descubrir con el tiempo qué de tal o cual curso o lección motivó la neurona en uno, más allá de lo que pudiera haber dictado el profesor o el programa académico. El aprendizaje es lo que queda y desarrolla en la mente. Hacerlo por otra parte en los libros de ficción devela lo que a uno alguna vez lo conmovió y también suscitó formación o deformación del pensamiento y el sentir En ambos casos es una indiscreción propia que expone aquello con lo que uno comulga o comulgó alguna vez.
Cuento esto de mi intimidad y para despecho de los coleccionistas puritanos adoradores del libro objeto, porque esos otros apuntes a modo de compañía de mis huellas dactilares y mi sello ex libris son otra manera de indicar la apropiación, más que del mamotreto de las ideas contenidas y vivas en él, que significa simplemente el acto que en esta cadena nos ocupa y preocupa: leer. Claro, si fuese Leonardo da Vinci quizá mis garabatos obtendrían más valor que sólo siendo de Perico de los Palotes.
Apenas aprecié Vivir adrede hice una pausa y un espacio en mi lista personal e insensata de pinchazos y rayones Entre fantasmas. Un espectro mayor me llamó a rendir cuentas.
"Tenía mucho tiempo, tanto como 20 años, de no leer a Benedetti", comencé a escribir en la página blanca de forros interiores. "El mismo tiempo casi que dura una de las penas más íntimas que aloja mi corazón y la misma que, cosas del destino y de la voluntad humana, me estalló como petardo en la cara en los últimos días de agosto de este 2008.
"En un año particularmente marcado por los recuerdos, el cumplimiento de ciclos y el recuento de dos daños de fatalidades, ahora, como enviado y dictado por mi gran amigo y padre putativo Bartolomé Sauto, este librito, el más reciente de Mario Benedetti (2007) llega para sumarse a la remoción de escombros que vengo experimentando en el alma como para Vivir adrede.
"Reconozco la parte de deuda que tengo con Benedetti. Su influencia en mi prosa y mi poesía no es para nada desdeñable aunque no la única, claro está. Sólo un año menor que el Señor Sauto. Mario es pues también una especie de sabia, entrañable y acogedora referencia, una a la que se vuelve cuando la noche se alarga, cuando el corazón se ensancha. Un amigo de cabecera, eso es, que halla sitio entre San Juan de la Cruz y Eclesiastés, entre Béquer y Neruda, entre Unamuno y Mistral, por seleccionar algunos probables vecinos de estantería, sin olvidar a Gibrán, Sabines, Paz...
"Benedetti es espejo donde se reflejan mis afanes y mis desilusiones, amores y desamores, esperanzas y desesperanzas; donde abrevan imágenes sugerentes e ideas acabadas. Introducirme entre sus páginas me produce la sensación de estarme deslizando, exiliándome bajo mi propia piel y me duele y lo gozo y me alegra y lo sufro. Lo vivo adrede como un gran abrazo de la existencia.
"Por Benedetti concluí, hace muchos años y ahora lo confirmo que, casi, como he dicho en otra parte, la vida es la primera obra, la divina y milagrosa cuyo texto ha de leerse adrede, detenidamente, a propósito, pausa tras pausa, paso tras paso, con la conciencia plena de que cada momento es una página en estos apuntes alrededor del deseo que hacen de la existencia, al menos la mía y para mí, un libro inolvidable".
Dicho esto, me aboco a la labor de comenzar la edición del volumen de estos Apuntes alrededor del deseo. ¿Algún famoso se atrevería a escribir su prólogo? ¿Sus honorarios? Un ejemplar autografiado, para prepararlo con tapioca, canela y clavo.
2 de octubre de 2008, 12:30 a.m. Llega el primero de los dos tomos con que alimentaré mis siguientes capítulos. Ardo en deseos de sumergirme Entre fantasmas, al amparo de la narrativa punzante del colombiano Fernando Vallejo.
14:17 p.m. Estoy en el supermercado en compañía de mi madre. Estirando el dinero lo más posible para cubrir los gastos más básicos. Por la noche, los sueños; por la mañana, la preocupación; me han provocado desasosiego. Quién diría que había una razón suficiente para la inquietud.
Pasadas las cuatro horas de la tarde volvimos a casa. Comimos. El identificador de llamadas indicaba que entró un telefonema a las 14:17 p.m. proveniente de un “número privado”. En la grabadora está registrado un mensaje, pero sólo es silencio.
Hacia las siete de la tarde ocurrió la llamada dolorosa. El hombre del que te conté hace poco, Bartolomé, murió. Falleció a las 14:15 hrs. Aunque mis amados padres viven, bendito Dios, me embarga una honda sensación de orfandad. Ha terminado la vida de un personaje cuya subtrama fue fundamental en la trama de la novela de mi vida. No lo leeré más si no es a través de los recuerdos, alimentando el deseo —uno más para estos apuntes— de albergar en el corazón hasta mi último momento la vivacidad de su mirada traviesa, sus sabias ocurrencias, su leal sonrisa.
Ya lo veré de nuevo, en el más acá de alguna narración que haré, un día de estos, cuando resurja del llanto anegado tras estas letras que nada callan, que todo dicen.
3 de octubre del mismo año. La editorial me indica otros títulos para escoger el segundo de mi consabida tanda. Sin pensarlo demasiado, movido por el sentimiento elijo y espero refugiarme en las palabras de Mario Benedetti y así, con “¡ánimo, valor y miedo!”, Vivir adrede como me han enseñado todos mis padres [1 Co 4 14:17], para ejemplo de nadie en particular, con entrega incondicional. Solo espero y solo deseo, sólo, estar a la altura y no defraudar ni a mí mismo (principalmente); que no hay hoy, solo ayer y mañana, sólo. Y en mi cabeza resuena la canción de Alberto Cortés “Cuando un amigo se va”.
9 de octubre. Una semana después he comenzado la narración anunciada, compondrá parte de un libro de cuentos dedicado amorosamente. A veces no sé quién es más espectro, si el vivo instalado en la melancolía o el muerto que vela por sus afectos en la tierra.
Al cerrar el forro del libro o retirar la mirada de la obra pictórica, al desatender cualquier forma de texto, de pronto uno se siente como una especie de actuario que deja en el interior de su carpeta los detalles de la diligencia cumplida o por ejecutar.
No obstante, terminar la lectura de una obra no acaba con el proceso cual razón de cartapacio, de un golpe. Pueden y de hecho han de quedar las señas de la existencia de una obra en la forma de folios impresos o manuscritos al interior de las pastas, unidos bajo un lomo tan ancho o estrecho como las aspiraciones del autor al efecto de sus signos ilustrativos de las cosas que le han conmovido, pero la inercia interpretativa continúa impeliendo al lector, asiduo o no, hacia nuevos encuentros y desencuentros derivados de la experiencia previa sea o no reciente.
Al momento y personalmente, una vez que he clausurado La mano de fuego de Alberto Ruy Sánchez me he percatado de que uve entre mis manos apenas un paquete de azulejos con los que puede conformarse un caprichoso mosaico. Y no sólo hago referencia a las piezas que hacen de capítulos, sino al conjunto mismo en su carácter de mínima muestra de una colección pentalógica de títulos que necesariamente ha de construirse además con Nueve veces el asombro, Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, aun cuando el mismo autor haga referencia a una tetralogía y a pesar de parecerte a ti ahora, amigo lector, que me repito en la temática cuando en realidad simplemente hago seguimiento.
Y es que, sí, ya llegué al final o quizá el comienzo de la obra. Y voy confirmando sospecha tras sospecha, como habrás leído en artículos anteriores, estimado lector. Ahora confirmo por voz del autor de La mano de fuego que “este libro no es una novela. Es lo que en el mundo árabe se llama una Jamsa, un relato amuleto que se dispara en cinco direcciones simbólicas como cinco dedos. Y después se cierra como si una tela o una historia envolviera el puño”. Tal anota Ruy Sánchez en la “nota de agradecimiento” incluida al final del tomo mogadoriano en cuestión.
Ahora entiendo más por qué su escritura es más propia del gusto femenino que del masculino. Tiene más que ver con la lógica del pensamiento que con la estética descriptiva, la técnica narrativa, las habilidades para la redacción o la apostura del autor.
Si la nota de agradecimiento hubiera estado incluida al comienzo, en las primeras páginas de Los nombres del aire, y se repitiera de igual modo o quizá con mínimas variantes en los restantes volúmenes de la tetratología que es pentalogía, habría sabido mejor a qué atenerme en el consumo de las líneas finamente pespunteadas por Ruy Sánchez. Es más, sería de ran servicio para futuros lectores que la editorial Alfaguara tuviera a bien efectuar semejante reordenamiento, mismo que no iría en contra del espíritu de la obra y las intenciones del escritor, en cuanto a crear una colección de historias, anécdotas, apuntes poéticos y remembranzas que en conjunto no hacen ni harán una trama narrativa, pero sí un hilo de cuentas interactivas, muy similar al que ocurre en la conversación entre mujeres, sin orden preciso, pero ajustado a una secuencia de lógica caprichosa, divergente, complementaria de la acostumbrada convergencia mental masculina (por cierto, ni una ni otra exclusiva ni de hombres ni de mujeres).
Esta sugerencia va de la mano de una preocupación. Cuando de promover la lectura se trata en países como mi querido México es muy riesgoso querer asombrar al consumidor. Si en mis manos cae un libro que dice contar historias, espero un libro de cuentos, fábulas o una novela; si, en cambio, me ofrece el análisis reflexivo, espero un ensayo. Es verdad que el lector avezado no será sorprendido en demasía y quizá hasta su gusto sea satisfecho, pero el lector lego, aventurero, se espanta y recula fácilmente ante lo oscuro, lo retorcido, lo prolongado, lo tramposo, lo solemne, en fin lo que pueda para su olfato despedir cierto tufo rancio.
Un ejemplo, dicho lo anterior. Un servidor no puede aseverar que el modo de escribir, el mío, sea del agrado de todos los lectores; seguramente más de uno sacará la vuelta a mis frases, mis períodos, mis construcciones; no faltará quien por la diferencia de vocabulario, por poseer una gama léxica distinta, me tache y etiquete de petulante, barroco mamarracho engreído, o inepto comunicador presa del rebuscamiento. Tendrá razón o no. Empero, hago lo que me place, con honestidad y ajustado a mi forma de ser, de pensar y sentir, siempre en evolución.
Nunca he creído mucho las máximas mercadológicas que apelan a la vulgarización como único o al menos el más óptimo recurso ofertante, aunque las entiendo y las respeto y en ocasiones las procuro; las que recomiendan simplificar el lenguaje al extremo so pena de, en caso contrario, quedarse en el limitado apetito de los llamados “conocedores” y al margen del “gran público”; so pena de una notable disminución de los emolumentos aparejados a la difusión y el consumo culturales. En cambio, siempre he creído que el público, independientemente de su gusto (y su gasto), aspiraciones o capacidades, en el centro de sus expectativas coloca la honestidad, y consume por consecuencia lo que le parece franco, auténtico en su esfuerzo y pretensiones, y, claro, regularmente ajustado empero n directamente proporcional a sus posibilidades interpretativas. Es decir, así como hay quien decide consumir lo que requiera menor esfuerzo interpretativo, también hay el extremo contrario y en medio una interesante gama de matices en la definición de lo que busca y quiere algún lector. Ahí radica la fidelidad del “cliente”.
En la medida que los deseos son satisfechos el interés merma. Esto es natural. Diluido el efecto de la sorpresa, de la novedad, viene el aburrimiento. Y como sé que tal vez a esta altura estos apuntes te han cansado (pues supongo que has llegado hasta aquí, en cuyo caso lo agradezco), hago una pausa esperando que sigamos leyéndonos en la próxima ocasión.
Buenos ni malos lectores, de eso sí no hay en la viña del señor, como tampoco buenas o malas obras, buenos o malos artistas, buenas o malas palabras. Hay solo lectores, artistas, textos, palabras. Estos, todos podrán tener en algún momento de su existencia buenos o malos ratos, encuentros, quizá desencuentros, feas fachas, bonitas maneras, errata, precisiones, usos, abusos, desusos; vaya, incluso para unas cosas suponerse útiles y para otras totales estorbos, pero hasta ahí, nada más.
Así como en líneas pasadas traje al punto la mención de determinada obra literaria o musical a modo de complemento compositivo, ahora también como otrora encuentro motivos vitales para ligar la experiencia en tanto lector con el devenir de los días.
Tal se diría que el destina lleva jugándome malas pasadas desde hace dos años, tocando especialmente aquellas fibras sensibles que más me duelen entre recuerdos, personas, afectos, ánimos, vivencias y anhelos. Desde abril de 2006 voy de emoción en emoción, de tropiezo en tropiezo, y mi vida, cada vez más llena de presentimientos, se encamina por un túnel cuyo final luminoso aún no vislumbro.
Han sido dos años plagados de sustos, de pérdidas, de confusión. Ausencias y presencias se tocan como extremos en una adivinanza. En este instante me embarga y colma la música de Mahler, el adagio de su quinta sinfonía, y necesariamente me remito a la muerte, no sólo a la Muerte en Venecia (película dirigida por Luchino Visconti y adaptación de la novela intitulada del mismo modo escrita por Thomas Mann y que, como estos apuntes, se introduce en la intimidad de un solitario escritor llamado Gustavo Aschenbach), sino al suceso mismo y su necia posibilidad, su ominosa realidad.
A mis pesares previos ahora se suma otro en la cercanía y sin embargo lejos, tras la frontera norte de mi adorado México. Un hombre que quiero mucho, que ha sido auténticamente un segundo padre para mí, hoy se debate entre la vida y la muerte. Un accidente trágico fue la causa, uno más de los que han acontecido en mi historia de los años corrientes. Un golpe en la vetusta cabeza de 89 años es hoy para él un nuevo desafío, una nueva oportunidad para demostrar su apego a la vida que tan bien se acomoda en estos Apuntes alrededor del deseo.
En su novela Presentimientos, Clara Sánchez coloca a Julia en una situación semejante. Similar además a la que experimentara mi hermana mayor hace más o menos veinte años luego que una torpe conductora chocara su automóvil contra un poste y este cayera sobre el toldo del de mi hermana afectándole la testa. En un bosquejo, el individuo postrado, sufriendo las consecuencias de un derrame cerebral por golpe contuso vive no en coma pero en el limbo. Sí, en ese espacio abstracto y evanescente que ahora la Iglesia Católica borró de un plumazo como quien arranca de las páginas de la Divina Comedia de Dante Alighieri las relativas a la sala de espera entre el cielo y el infierno donde aguardan los inocentes para venir al mundo.
En dicha novela que vengo leyendo desde hace tiempo, como bien sabes estimado lector, cuando Clara Sánchez describe el estado de espera e incertidumbre de Félix, esposo de Julia, anota que “se dice que uno elige a las personas que le rodean, pero no es verdad, las eligen las circunstancias”. Suscribo la idea con tintes de la filosofía de Ortega y Gasset. Como Félix, el hijo único de este hombre tan amable, mi amigo y hermano desde la infancia más tierna, junto con su esposa, sus hijos y su madre, no pueden hacer más que aguardar el desenlace, cualquiera que este sea, de una historia rica en escenas de aventuras y desventuras. Como ellos, aún en la distancia —como versa el bolero— aguardo y oro igualmente por que se haga la voluntad de Dios, pidiendo como es comprensible que la balanza se incline hacia la vida, sobre todo pues siendo un abuelo tardío no ha gozado suficientemente de la dicha de consentir a unos nietos pequeños y ahora testigos de la calamidad.
Como Julio en Presentimientos o mi hermana hace años, hoy Bartolomé ha de estar deambulando por un mundo virtual, en busca de los rostros, los objetos, lugares y momentos referenciales que lo ligan a la Tierra. Una guerra civil en España tras la que acuñó la arenga que le ha definido y la cual personalmente he adoptado a manera de la más rica de las herencias: “¡Ánimo, Valor y Miedo!, entre otros capítulos.
Como Félix, apenas suspiro me percato de que mientras yo halo el aire que insufla mis pulmones, el hombre que me ha acompañado en las buenas y las malas, con dificultad respira en una cama. Y mientras a mi memoria concurren los recuerdos, quizá en su mente los efluvios del olvido pretenden hacer estragos.
La didáctica de la vida a veces se muestra cruel, pero invariablemente, como bien plantea Giacommo Puccini en el aria “Nessum Dorma” (Nadie duerma) de su ópera Turandot, el amor y la fuerza que lo sostiene, como la estrella matutina que es, aun a la luz del día vencerá.
La ilusión de vivir es como el deseo de leer. Las páginas cotidianas de la vida encierran, cada una, una lección inolvidable, amable u odiosa, capaz de transformarnos de espectadores en protagonistas. Y lo que esta lección enseña es que antes de las obras extensiones de nosotros, lo más digno de leer son nuestros actos y nuestras omisiones, los mismos que dan pie y se resumen en los libros, los edificios o melodías. No en balde enfatizan Calderón de la Barca y Shakespeare que La Vida es Sueño, aunque a veces algo nos parezca el sueño de la vida.
La ilusión de vivir escribe en nuestra alma como la tinta en estos Apuntes alrededor del deseo, confrontándonos con nuestra soledad radical, con lo que somos o pretendemos ser.
“Papa, can you hear me?”, “There are moments you remember all your life” serían dos canciones del filme Yentl, protagonizada y dirigida por mi amada Barbra Streisand, que por ahora quiero añadir a modo de remate para esta reseña, en el entendido de que estos apuntes no nada más pretenden inducir a la lectura de ciertos títulos, sino con mayor ambición propiciar, en quien posa sus ojos aquí, la inquietud por hacer de lo que la vida nos da el meollo del deseo de leer lo que de la vida queda en las obras de los hombres.
Y como esto no se acaba hasta que se acaba, comienzo esta entrega como si se tratara de un nuevo principio, cual preludio de Chopin; como de costumbre, usando palabras prestadas que ahora me pertenecen por estar alojadas en uno de mis ventrículos y no nada más en uno de mis hemisferios o entre los pliegos de un mamotreto.
Líneas más o menos, dichas o supuestas, voy descubriendo como El Hablador que “pasan cosas buenas y pasan malas cosas. Antes abundaban los seripigaris y, si tenía duda sobre qué comer, la manera de curar el daño, las piedras que protegen contra Kientibakori y sus diablillos, el hombre que andaba iba a preguntar. Siempre había algún seripigari cerca. Fumando, tomando conocimiento, reflexionando y conversando con el saankarite en los mundos de más arriba, él averiguaba la respuesta. Ahora, hay pocos, y algunos no deberían llamarse seripigaris, pues ¿saben acaso dar consejos? Su sabiduría se les secó como raíz agusanada, quizás. Eso está trayendo mucha confusión. Así dicen, por donde voy, los hombres que andan. ¿Será que no nos movemos bastante? […] ¿Nos habremos vuelto, tal vez, perezosos? Estaremos faltando a nuestra obligación, quizás”.
Esto, escrito por Mario Vargas Llosa en una novela que ahora grata y venturosamente Alfaguara reedita en un tomo aparte, más manuable que el que me ha venido ocupando desde hace días, lo voy leyendo alrededor de los acontecimientos recientes que han incidido en la conciencia de los mexicanos; sucesos internos y externos, macabros unos, inesperados otros, todos causantes de desasosiego. ¿Será que el movimiento hoy es tal que ocasiona vértigo? Confusión parece la consigna diaria recogida por los colegas periodistas y comunicadores, voceros del bien y el mal. ¿Nos habremos vuelto, tal vez, conformistas? El miedo nos tiene ateridos, como si viviéramos en un invierno pertinaz que comenzó en 1994 y ha sido abonando a nuestra sabiduría como pueblo.
A veces quisiera encontrarme con Tasurinchi, “el del Kompiroshiato, [quien] mejoraba la vida de la gente. Tenía recetas de todo y para todo […] Me enseñó muchas cosas. Ahora me acuerdo de esta. Al que muere picado de víbora hay que quemarlo rápido, si no, su cadáver criará reptiles y el bosque en torno hervirá de animales ponzoñosos. Y de esta otra. No basta quemar la casa del que se va, hay que hacerlo de espaldas. Mirar a las llamas trae desgracia. Hablar con ese seripigari daba miedo. Uno averiguaba lo mucho que no sabía. De la ignorancia sus peligros, tal vez”.
Por supuesto tendría muchas preguntas, especialmente coincidiría con la inquietud sobre cómo habría aprendido tantas cosas, y seguramente obtendría la misma respuesta: “Lo importante es no impacientarse y dejar que lo que tiene qué ocurrir, ocurra […] Si el hombre vive tranquilo, sin impacientarse, tiene tiempo de reflexionar y de recordar […] Así encontrará su destino, tal vez. Vivirá contento, quizás. Lo aprendido no se le olvidará. Si se impacienta, adelantándose al tiempo, el mundo se enturbia, parece. Y el alma cae en una telaraña de barro. Eso es la confusión. Lo peor, dicen. En este mundo y en el alma del hombre que anda. Entonces, no sabe qué hacer, dónde ir. No sabe defenderse […] Entonces, los diablos y sus diablillos se entrometen en su vida y juegan con ella […] Los errores se cometen siempre por la confusión […] ¿Qué hay que hacer para no perder la serenidad […]? Comer lo debido y respetar las prohibiciones”.
Pero esta visto que, en los tiempos que vivimos, las prohibiciones evidentes, convenidas y asentadas en los instrumentos de la ley son, todo lo contrario, puntos de partida, permisos para explorar lo oculto, lo negativo. Se trata de la herencia adánica, quizás; la debilidad humana frente al pecado va más allá de siete teologales mancuernas, o de claros delitos contra la sociedad y sus costumbres.
Lo peor de todo es que nos estamos acostumbrando. Mario Vargas Llosa juega en El Hablador con la influencia kafkiana y dota su texto con una versión indiana de La Metamorfosis. En ella, Tasurinchi-Gregorio [Samsa], mutado en chicharra-machacuy, allana una explicación para el cambio asociándolo con una “mala mareada”. Simple. Un mal rato.
Lo que México está experimentando desde hace poco más de una década, sin embargo, pesa y molesta más que una resaca. Ya lo observaba el autor de estos apuntes en su ensayo Una crisálida llamada México (http://tiempoydestiempo.wordpress.com/2005/11/18/crisalida-mexicana/). La ebriedad que ha hecho presa de unos cuantos con cierto poder, enfermos de soberbia y codicia, cimienta el diagnóstico de lo que hoy nos aqueja. Como bien dice el Tasurinchi, “[N]ada de lo que pasa, pasa por que sí […] Todo tiene su explicación, todo es causa o consecuencia de algo. Tal vez. Hay más diosecillos y diablillos que gotas de agua en la cocha y el río más grandes […] Andan mezclados con las cosas. Los hijos de Kientibakori para desordenar el mundo y los de Tasurinchi para conservarle su orden. El que sabe las causas y las consecuencias tiene la sabiduría, tal vez. Yo aún no la alcancé, diciendo, aunque se algo sabio y pueda hacer cosas que el resto no […] Volar, hablar con el alma del muerto, visitar los mundos de abajo y de arriba, meterme en el cuerpo de los vivos, adivinar el porvenir y entender el idioma de ciertos animales […]”.
Antes de levantar la pluma y haciendo honor a la palabra empeñada quizá en el mismo origen de mis apegos, quepa decir, sumar a estos apuntes alrededor del deseo un viejo pera renovado afán, ahora enhiesto con el énfasis del llamado a solidaridad a que ha orillado el insidioso mascarón del dolor impuesto en Morelia y mismo que lleva hoy a todos a echar venablos. Sirva pues esta reseña del sentir para hacer del lamento un homenaje; de la indignación, fortaleza; de la rabia, valentía; de la oposición, franca honestidad.
Toda proporción guardada, hoy y desde hoy, el festejo de nuestra independencia será, parafraseando la obra de Arturo Pérez-Reverte, un día de cólera contra la ignominia de la impunidad, contra el abuso del desatino y el desconcierto; un día para recordarnos aún más por qué somos mexicanos y que aun siendo varios somos uno. Esta es mi palabra entregada.
Fluyen las notas cálidas, profundas del Concierto No. 2 en Do menor opus 18 para piano y orquesta de Sergei Rachmaninov e inundan el estudio con memorias de momentos dichosos que ya no serán más, sino en el espacio de los recuerdos. Traen imágenes de lapsos lacrimosos que marcaron mi pasado, ensueños, imaginaciones de cómo veía lo que hoy no soy, suposiciones sobre el mañana que ahora comienza a ser sólo un bosquejo de lo deseado.
La música es un libro abierto, el más sencillo y por lo mismo el más complejo de todos. No existe Quijote o rey shakesperiano alguno que no sucumba ante sus encantos. Cada músico es un autor nuevo que con su habilidad reescribe la noción de vida de aquel que se atrevió a gemir mediante determinado instrumento. Pero más allá de burdas definiciones está la expresión penetrante, la sujeción y la liberación de las emociones más encontradas.
¿Cuántas veces he escrito inspirado por esta pieza? No lo sé. No me he puesto a contar las palabras, poemas, cuentos o ensayos impregnados de Rachmaninov. Versiones van y vienen, y una en particular está alojada en mi discoteca y en mi mente: la ejecución magistral del pianista Alexis Weissenberg conducido genialmente por Herbert von Karajan al mando de la Orquesta Filarmónica de Berlín, por cierto muy similar a la que escucho al momento de escribir estas líneas interpretada por el mismo director y orquesta pero con Lilia Silverstein al piano.
Como la humedad, la melodía se ha colado hasta estos Apuntes alrededor del deseo para acentuar en mi pensamiento el hecho de que, como concluye Manola en Un calor más cercano, novela escrita por Maruja Torres y la cual terminé de leer recientemente con un gratísimo sabor de ojos; concluyo como Manola, decía, que “dentro del Barrio, como de las personas, [hay] otros muchos barrios, pero que en este caso sólo necesitaba entrar en una calle, doblar una esquina o cambiar de acera, para conocerlos como quien avanza, página a página, en la lectura de los libros gordos que [alguien muy querido] empezó a regalarme a partir de Oliver Twist”.
Así, hoy, Rachmaninov me ha alcanzado un volumen denso, sustancioso que me habla al oído como Maruja Torres a mis pupilas cuando escribe: “Hay un principio para cada episodio de la vida, como hay un final, pero nadie es capaz de reconocerlo cuando se presenta, quizá porque vivir consiste en perder a menudo, ganar de vez en cuando, pero casi nunca en saber. Amamos sin razones, y sin razones, también, caemos en la indiferencia. Partimos, creyendo que la despedida ha sido consumada, para descubrir que el adiós aún sigue ahí, lento y desgarrador, inexplicable. Con igual falta de pericia confundimos la nostalgia por un sentimiento con el sentimiento mismo, y arrastramos, durante más tiempo del necesario, difuntos que piden a gritos que se les eche tierra encima. No creo que el conocimiento acerca de o que uno siente mitigue el dolor o intensifique el goce. Más bien al contrario, porque aleja del que sufre la esperanza e introduce en la felicidad el germen de la duda. Pero algo te da: la posibilidad de renacer entre las ruinas”.
Entre lo que queda de lo que una vez fue deseo surgen, se erigen como restos de una aspiración los primeros títulos de estos apuntes y, como ocurre con un templo griego o maya o una fortaleza medieval derribados por la inclemencia del tiempo y los elementos, forman un conjunto que describe el trabajo de la pluma:
Bautizando el aire,
la tinta del deseo,
legajos con literatura en el cuerpo,
el gran transformista
recorta fragmentos de deseo
acusaciones de afanes confesos
entre dunas y regiones;
fronteras desdibujadas
sobre la piel del texto;
perfiles de mañanas,
amores suspirantes y días dictados;
machaca libros y guarnece,
entre amor y discordia, las ansias guardadas.
Va tallando en sus batallas
—camino a la redención
en alas de la culpa y la ironía, monologando
apetitosamente, cual gourmet concentrado
entre el hablador y el idiota—
bruma selvática, meandros de ideas.
El gran transformista, en su estupidez,
conviviendo con trece a la mesa,
eslabona una cadena de lectores
y, entre tiempos, el banquete de palabras
traza coincidencias, disyunciones, conjunciones,
apuntes alrededor del deseo,
entregas sin fin,
mañana germinando
este título que no cuenta
la correspondencia con el lector.
Entre tantos afanes, el hambre,
la sed de conocimiento, de Ser,
construyen un poema ínclito
al menos en su pretensión más íntima.
Títulos veredes, Sancho,
en la proximidad, a lontananza,
y habrás de percatarte con azoro
que no hay hoy, sólo ayer y mañana,
expuestos, denudados apuntes alrededor del deseo.
O, como dice Tasurinchi en El Hablador: “Cada hombre tiene su obligación […] ¿Para qué andamos? Para que haya luz y calor, para que todo esté tranquilo. Ése es el orden del mundo. El que conversó con las luciérnagas hace lo que debe hacer. Yo cambio de lugar cuando aparecen los viracochas. Será mi destino, tal vez. ¿Y el tuyo? Visitar a la gente, hablándole. Es peligroso desobedecer al destino. […] Ahora les hablo a ustedes. Mañana cómo será”.
He llegado al punto en el que el deseo se convierte en maravilla y la evocación transforma el clamor en ruego.
¡Qué importante es el retorno!; para una cultura como la nuestra donde la memoria es cosa del pasado, no más, y para la que es preferible el progreso a la historia. Aquí cabría apuntar algunas de las consideraciones que hace Eloy Urroz en su novela Fricción, que aún estoy leyendo, y las cuales pone en boca de su personaje Eusebio Cardoso. Me interesa retomar esas palabras por razones personales, pero también para prenderme del gancho de esta cadena a modo de cebo, quien quita y pesco más que un resfriado.
Y es que “esto del realismo […] es una pinche manía que en el fondo tiene que ver más con un problema de verosimilitud que con un problema de mimetismo o reflejo acucioso del mundo, el cual, en principio, no me interesa. A mí como lector y/o espectador de películas siempre me ha importado una cosa por encima de todas las demás: la verosimilitud, la puta verosimilitud, aun cuando se trate de marcianos, sirenas ninfómanas o gigantes meones en la cima de Notre Dame […] Lo demás se desprende de ella, de la verosimilitud; lo demás se supedita a mi convicción o fe, a la capacidad del autor por hacerme creer lo que estoy viendo o leyendo, y si no lo consigue, si yo no adquiero o me avengo con la supuesta verdad insinuada por él, entonces decaen mis ganas de continuar mi tarea de inmersión friccional: mi atención se desvanece, el acto de ver la película o leer el libro deja de tener sentido, deja de importar, y me quedo dormido […] ¿Para qué sigo[…]? […] Mejor cerrar el libro, mejor salirse del cine, mejor enfrentar la realidad, la cual, es cierto, a veces resulta mucho menos verosímil que cualquier fricción. ¿A qué se deberá esa debilidad, esa flaqueza mía o lo que sea? Acaso de allí surja esa urgencia por cerrar lo que hace rato dejé inconcluso, a medias […]”.
Todos en algún momento dejamos algo inconcluso, queriendo o no. Eusebio Cardoso en ese punto retoma dentro de la novela la truculenta historia de la parentela de su mujer. ¿En mi caso? Sumo y resto ideas, añado títulos que no cuentan y sin embargo abonan significado a estos Apuntes alrededor del deseo, que cuentan sin grandes detalles, que asoman tímidamente la historia de una familia, de un individuo común que de pronto se cree extraordinario; una historia con tintes de ficción y, sin embargo, en su vaguedad, verosímiles. Estos apuntes se antojan cual mi historia, tu historia, la historia de no sé quién. Lo que se cuenta puede ser tan cierto como falso, según se cuente y sobre todo según el propósito de quien narre.
Aquí seguro alguno me reconvendrá acentuando la finalidad de estos espacios, reclamando que súbito en mis regodeos lingüísticos no tome en cuenta al lector. En ese caso sólo me queda citar divertido a Eloy Urroz nuevamente: “Querido lector, no me he olvidado de ti, de ninguna manera. Imposible. Sin ti, ¿recuerdas?, no habría historia y tampoco tendría compañía, estaría solo como ostra. Jamás te he abandonado […] y tampoco, lo sé, tú me has olvidado a mí, de lo contrario ya no estarías leyendo, ¿o no es cierto?, de lo contrario no habrías llegado hasta este infame y escabroso recodo del camino, hasta estalargahileradetenebrosatipografía”.
Y no faltará también quien se exalte y exclame: “¡Basta de citas! Espero reseña”. A tal responderé: qué mejor resumen que el contenido en las palabras mismas del autor.
El acto poético de la literatura descansa sobre los cimientos de la intención y se levanta con la energía de la intensión. La plancha de palabras sólo sirve de base para las paredes, castillo y umbrales que componen la construcción de esa casa llamaba texto o libro, y en la que habitan caras, voces, nombres, estímulos; donde circulan y acaecen sentimientos, pensamientos, ambientes verosímiles.
La realidad grosera del poema deslizado entre estos apuntes alrededor del deseo hace viable cualquier ficción —o, como nombra Urroz, fricción—. Escuchar una voz a través de la línea telefónica puede volverse una promesa, aunque lo dicho por tal voz no asegure o comprometa nada en particular. Del mismo modo que los animales escuchan “a través de nuestro silencio, a través de nuestra piel, a través de nuestros ojos, lo que somos y queremos”, allá en la distancia, del otro lado de la línea telefónica, del otro lado de la invisible conexión que une al autor con su lector, alguien, un personaje como Zaydún (La mano de fuego) “evocaría esa lección de la infancia muchos años después, escribiendo [así fuera sobre el papiro del interés] sobre la urgente necesidad de los hombres de convertirnos en animales del desierto y aprender a escuchar [en los seres amados], a través del silencio incluso, a través de su piel y su presencia [o ausencia, acoto], la naturaleza más profunda de sus deseos”.
Imagino en este preciso momento a uno de los personajes de mi historia personal, su voz inesperada, oída luego de veinte años de ausencia. Imagínole bebiendo un poco de agua, quizá enjugando con el dorso de la mano una lágrima, y descubriendo, como plantea Ruy Sánchez [op.cit.], que “lentamente y por caminos imprevisibles sobre la piel, el agua se convierte en fuego. Y de la mano puede surgir un incendio que se propaga por todo el cuerpo. Que llega a la cabeza y hace arder incluso las ideas, las palabras, lo que se mira y lo que se anhela” cual decreto.
Maravilla extraña, el deseo. Extraña y maravilla, el afán. Por esto y más deseo afanosamente.
Presentimientos… Más que un título de novela; un reflejo, una posibilidad. De nuevo mis sospechas se confirman… Ante los ojos de Desirée.
“¿Dónde estoy que me he perdido?”, nos preguntamos Luciano Talbek, Lucía y el autor de estas líneas; el primero en la obra de Federico Reyes Heroles, la segunda en la de Clara Sánchez y el tercero en la vida cotidiana. El primero, periodista y académico, en su extravío existencial concluye: “Todo fue un invento que deseo revivir. Qué solo estoy. Me lamento de mis facultades histriónicas, me admito derrotado”. La segunda, mujer, madre y esposa, en su inconsciencia producto de un fatídico accidente se reconstruye, imagen tras imagen, como elemento de un mundo imaginario que tiene toda la realidad contenida. Y el tercero, aspirante a escritor, comunicólogo, poeta, académico, ermitaño profesional se exhibe medroso, reptante entre renglones y frases silentes como estas que generan ruido en tu cabeza, amable lector.
Dos novelas que, aun cuando distintas, empatan. Un hallazgo más que se suma a los palomazos y señalamientos previos en estos Apuntes alrededor del deseo. Gajes de la vida y de la literatura. Luciano y Lucía son como dos caras de una misma moneda, una que puesta en mi mano y lanzada en suerte me hala a modo de extensión de su valor.
Como Luciano Ante los ojos de Desirée, hoy digo: “No tengo empleo y la palabra liquidar me resuena. Conciencia repleta, a pesar de las horas de sueño. Admito querer fugarme. Ni alcohol, ni pastillas; soy yo conmigo mismo. […] Ni Tagore, ni Rilke. Vacío, plenamente vacío; sin pasión, ni mito; sin mentira, ni verdad. Sin actuación, tal como lo imaginé. Estereotipos que, como agua creciente, me ahogan. Me busco en la falsedad de mi propio engaño. Me busco en la realidad de tu propio ser”.
Como Lucía anhelo el reencuentro con los seres queridos que sé donde están y sin embargo sé lejanos; y como su esposo, Félix, me preocupo, me angustia la salud de mi amor.
Pero, también, atento a los comentarios que pueden o podrían suscitar estos apuntes no descarto escuchar como Talbek: “Mira, Luciano, déjate de marometas intelectuales y sigue viviendo; ya lo dijo alguien, no sé quién, estamos a bordo de la vida, vivir es nuestra profesión”.
Y, escribiendo esto, como fondo, la voz de Eugenia León murmulla en mi oído “Como yo te amé”.
El deseo se antoja como una suerte de noche inquieta; una en la que el sueño es el único que cuenta, cuando las palabras, todas, hasta los neologismos, carecen, si no pierden, el significado usual que les damos en el día, siquiera en la conversación matinal o en la despedida bajo la sombra violeta del ocaso. Una, sin embargo, en la que se conoce de una vez para siempre la razón por la cual el Sol no necesariamente sale para todos.
Todas la personas, en todas las culturas, requerimos la definición; hasta los chinos, y si no se cree, mírese por lo menos de soslayo su aspiración olímpica a modo de advertencia: “aquí estoy”. El verbo, siendo lo primero en la creación, devino y continúa en el plano básico de la determinación. Se es lo que Es. Ser, como verbo fundamental, en cuanto acto originario, desde el cual dimana todo es (valga la redundancia) también destino de nada, de la Nada. En el Ser, en ser, radica La Historia Interminable que nos ha expuesto Michael Ende. Y esto queda apuntado sin ánimo de construir una densa filosofía al amparo de Martin Heidegger.
Empleado un poco de humor involuntario y como siguiendo el hilo de entregas previas, Luciano Talbek, el personaje central que explora Federico Reyes Heroles en su novela corta Ante los ojos de Desirée es victima de la y de su estupidez.
En una suerte de monólogo eventualmente interrumpido por encuentros utilitarios, el pensamiento y el sentir de Luciano se confunden. Mis sospechas expresadas antes acerca de su probable paralelo con mi biografía se confirmaron parcialmente, como ocurre con toda experiencia vicaria surgida de la ficción. Todo en su intimidad es deseo: hacia la mujer amada, figura etérea cuya existencia material es dudosa; hacia la mujer amante, bruja y madre, expuesta y exigente, como trazan las mitologías y según explica Joseph Campbell en El Héroe de las Mil Máscaras.
Impelido por el afán de verdad, pero también con el prurito de la mentira, Luciano Talbek, periodista, observador incluso crítico del régimen político bajo el cual vive, como apunta Glucksman en su examen de la estupidez, “cuando piensa en el totalitarismo […] se convierte en víctima de los mitos que circulan en la sociedad observada. […] El pesimismo del análisis induce al optimismo de los pronósticos: una voluntad que quiere ser ella misma acaba por devorarse a sí misma, del mismo modo que las más devastadoras tempestades de arena acaban por dispersarse. […] En la medida en que la voluntad se dispone como vínculo constitutivo de un sistema donde nadie es digno de fe y donde no es posible contar con nada, es preciso concluir que este antimundo está socavando por una enfermedad mortal y que promete hacerlo estallar; el terror debe volverse contra el terrorista. […] El ejecutor es ejecutado. […] Pero, ¡oh, sorpresa!, el sistema subsiste”.
Talbek busca dejar expuesta la corrupción. Sus fuentes informadoras, sin embargo, no son muy confiables. Desea ser responsable con respecto al hijo que espera su exalumna Gabia. Anhela el reconocimiento de su nombre en los medios cual si fuese el del mismo dios Hermes, pero no puede hacer más que confirmarse con la medianía a que lo ha orillado su condición de hijo predilecto de la clase media. En este punto una tenue, obsesiva “preocupación por sobrevivir” propia del individuo ciudadano de una era postotalitaria “centra la atención —dice Glucksman, citando a Fidelius— en que “el deseo de estar tranquilo, el ritmo biológico, acaban por refrenar y controlar al individuo; y la vida por sí misma se impone como valor supremo mientras no ve otra cosa que el día presente”.
En medio de su circunstancia, sólo le queda reconocer ante la visión de una cerveza que sólo se siente que no se siente solo y, más tarde, ante los ojos del deseo mismo, muriendo literalmente de sueño y ensueño, que, existencialismo de por medio, se nace para morir, se muere para nacer.
Al amparo de esta disquisición expongo mi fundamental coincidencia con lo que el buen amigo bloguero de esta Cadena de Lectores Alfaguara Alfredo Flores Barrón apuntó en su espacio al reseñar este texto de rápida lectura, aunque por experiencia personal me siento inclinado a resistirme a la distancia que obliga la glosa común. En estos Apuntes alrededor del deseo, casi confesionales, me he hallado como Talbek haciendo un monólogo muy al estilo de Miguel de Unamuno y cómo él, sólo me resta disculparme y afirmar que la densidad de mis palabras e intervenciones obedece a una estúpida obsesión por una existencia egoísta mas no ególatra. Sólo me tengo a mí para explicarme la existencia, y sólo desde mí puedo observar la existencia tal como lo hace Talbek Ante los ojos de Desirée: “He pensado que la mediocridad es el gran mito a vencer, el gran monstruo a contener. Salir de ella, ésa es la meta que parece alejarse con la intensidad del trabajo […] la mediocridad, eso sí que a todos nos preocupa. […] Creo al fin en mi propio ser mediocre y, relajado, continúo. Admito que mis fracasos nocturnos me han llevado una y otra vez a situaciones ridículas que prefiero olvidar, aunque en ocasiones me brinda noches aparentemente apacibles. […] Sólo hay una frase que me estorba, de alguien que dijo: tu mente desbocada, pero ella también puede estar en el error. Puede incluso ser la causa por la que no desea verme; claro, eso debe ser. Creyó en mi mente desbocada y ahora descubre mi gran mediocridad. Creyó en mis inventos que ahora resultan inexistentes. Soy lo que veo, un mediano periodista de paisito subdesarrollado, que en ocasiones promete y en otras agota. De paisito que adoro porque se me ha dicho que debo encontrar los beneficios del subdesarrollo y hacer la crítica de los avanzados. […] No soy más que un desgastado Quijote que se reconoce en su dimensión”.
Agradezco mucho tu comentario, Edgard, y tu tiempo. En efecto, El Hablador es quizá de los libros menos conocidos de Vargas Llosa. Confieso que no lo conocía, como tampoco algunos de los títulos incluidos en el volumen que he venido disfrutando. De estos tomé el mencionado primero por lo atractivo del título, en segundo lugar con el propósito de poner a prueba la resistencia física de la edición (muy gruesa), ya que queda justo en medio del tomo; en tercer lugar con la creencia de que era un relato breve y para descubrir que se trata de una novela en toda forma, que aun cuando corta, abarca casi la quinta parte del libro. Descubrí que esta edición es terriblemente incómoda y no abona al goce de leer textos tan frescos y fluidos como los que acostumbra Vargas Llosa en la ficción.
Tema aparte pero no del todo desligado, descubrí un Vargas Llosa estudioso, cuyo oficio periodístico le sirvió de sólido basamento para construir un texto didáctico en lo antropológico, en lo etnológico, preocupado por la conservación de las raíces "primitivas" del Perú amazónico, muchas de ellas ancladas en la tradición oral como son los mitos de la creación, las leyendas relacionadas con los ritos de iniciación, etc. Y por supuesto, con un interés acucioso por registrar el vocabulario más asequible de las lenguas indígenas retratadas.
Su dificultad quizá se encuentra en este último punto, porque es común que el lector no debidamente entrenado en la lectura comprensiva (como nos ocurre a muchos mexicanos) se atore en las palabras y en el afán por definirlas no valore el contexto. Ocurre con textos que incluyen nahua, inglés o cualquier otra lengua. Adoleció de lo mismo la literatura modernista con su cosmopolitismo que hoy no falta quien tache de rancio.Con esta novela, Vargas Llosa se sumerge en la literatura indigenista desde su estilo y consigue una obra que me atrevo a decir es de la mayor importancia. No es por ningún motivo una obra menor. Toda proporción guardada, cabe en el mismo cajón donde pondríamos en México sinnúmero de antologías de cuentos, reproducciones de leyendas, códices y novelas memorables en torno al tema indígena prehispánico, precolombino e incluso de la época de la conquista y posteriores.
POST DATA
El presente texto lo he tomado directamente de entre los comentarios a este espacio. Si bien su inclusión, como la anterior entrega desvirtúan el orden de los títulos de estos Apuntes alrededor del deseo, no hace lo mismo en cuanto a la esencia de los mismos, pues detrás de cada entrega está el deseo de diálogo contigo, amigo lector, cuya paciencia agradezco infinitamente.
De antemano, una disculpa a todos los que, amigos o detractores, han seguido estos apuntes alrededor del deseo. Este título no cuenta como parte del conjunto que llevábamos. Sé que tendría que escribir estas líneas en otra parte, pero por arte del destino han quedado indisolublemente asociadas a esta cadena; no por gusto ni por azar, más bien como exabrupto, cual apéndice deseoso.
En días pasados recibí las lecturas correspondientes a las entregas venideras: Presentimientos, novela por Clara Sánchez y cuyo blog recomiendo ampliamente; y Ante los ojos de Desirée, novela corta escrita por Federico Reyes Heroles. La primera, española. El segundo, mexicano. Como es de esperarse, de inmediato les hice sitio a la mesa del banquete mencionado líneas atrás y me dí a la tarea de comenzar su lectura.
Ahora bien, si he comenzado con una disculpa, es porque no tengo los seis sentidos puestos en la encomienda. Y así lo anoté en la primera de forros internos ante los ojos de Desirée con un texto aplicable a ambas obras:
6 de agosto de 2008. Aun antes de leer este libro adivino en su trama una gran similitud con mis sueños, con mi vida misma. Ya veré cuan cierta es mi sospecha. Por lo pronto lo recibo cargado de tristeza, pesadumbre y angustia, pues en días recientes y hoy se ha confirmado, la noticia acerca del estado de salud de mi madre, de mi gran adoración, me enfrenta con la proximidad de lo inevitable.
Es verdad que aún no hay una sentencia dada, que no hay una fecha definitiva. Nadie muere en la víspera y, mientras hay vida, hay esperanza. La ciencia ha avanzado horrores, pero no hay garantía cuando el diagnóstico señala la inminencia, el pelígro constante del rompimiento del aneurisma que aqueja toda la aorta de mi cómplice, amiga, confidente. No me hago a la idea de vivir alejado de ella, sin ella. No es miedo a la soledad, siempre he sido solo, solitario, soltero. Es miedo en todo caso a su ausencia.
Hace dos años perdí a mi compañera, mi perrita Milka. Nunca experimenté una simbiosis semejante con una mascota. No la he llorado. A la semana siguiente murió la hermana de mi madre, muy querida. No la he llorado. Ahora se me quiere arrancar lo que me queda. No puedo, no debo llorar. La fortaleza es necesaria para sobrellevar el trance, para servir de soporte.
Perdón. A veces flaqueo.
Ahora, sólo espero poder cumplir su íntimo deseo final: ver a sus nietos, aquellos de los que no sabemos nada desde hace 20 años, antes de partir.
Llegó a la isla con ojos nuevos. Surgió de pronto tras el accionar de un botón. Su nombre recuerda al del limosnero y su apellido encierra el misterio de la primavera, la sabiduría milenaria de oriente.
En su primer día de nacido, Beggar Mayo quedó atónito ante el panorama utópico que se ofrecía a su vista. Como todo neonato, la torpeza de sus movimientos lo delataba. En medio de otros seres que se asemejaban a él, un sentimiento de desamparo lo embargó. Su primer impulso: lloriquear, pero como no salía voz alguna de su garganta, lo único que acertó a hacer fue manotear con desesperación.
Alguien a su lado comenzó a hacer lo mismo y eventualmente fueron surgiendo, letras, palabras, frases que sólo yo veía en su mundo virtual. Me tomó como su intérprete y narrador, y por ello ahora escribo las experiencias de Beggar Mayo, el primer avatar que surgiría en mi vida.
¿Quién soy yo? Eso no importa. Confórmate con saber que de aquí en adelante conocerás por conducto mío los entuertos y aventuras de una quijotesco personaje surgido de una segunda vida y dispuesto, como aquel famoso hidalgo, a confrontar mucho más que molinos.
Apostillando
Los jurados de Alfaguara sabrán perdonar mi reserva. Contar una vida, mi vida, no es cosa tan sencilla como parece. Es un acto de confesión, un desnudarse ante ojos ajenos cuando a veces ni siquiera los propios se atreven a descubrir las huellas de los tormentos, o las tersuras de caricias acumuladas en la memoria.
Para efecto de este concurso, sin pretender ganar, sólo he preferido mostrar una faz, la ficticia. Una careta que, sin embargo, devela una capa de la cebolla que supone toda conciencia. En mi devenir, Beggar Mayo es más que un personaje, es el narrador mismo de una aventura aún guardada en el tintero. Una serie de entuertos y avatares que aún no termina de construirse, pero que es susceptible desde ahora de ser apreciada por lo menos y en principio por el espejo de la ambición.
Así que, no espíen más por lo pronto, señores jueces. En este proceso en el que ahora me encuentro, cualquier argumento podría resultar contraproducente. Sólo sigo los consejos de mi defensora, mi amiga Soledad, de la que siempre he recibido comprensión. Auguro que el fiscal que pose sus ojos sobre este expediente se verá, se sentirá en la necesidad de contratar a un detective, a un historiador o de menos a un avezado periodista para hacer las pesquisas suficientes que den luz sobre el aparente misterio de mi vida. Una vida, sobra decir, que algunos tachan de melodrama barato. Pero es una historia común. ¿Qué más puede ser? Sí, veo esa duda en los ojos de algunos de ustedes. Se los diré. Una novela taquillera cuyo título sería…
No crean que vendaría fácilmente la obra. Tras las páginas web, tras las paredes, los avatares acechan, espían, aguardando el momento para apropiarse de los derechos del creador.
No, no me vean con gesto incrédulo. Cada uno de ustedes está a la caza de historias que no les pertenecen. Se han mostrado incapaces de contar su vida y, como ladrones de tiempo detrás de Momo, babean ante la posibilidad de asestar el golpe artero. Pero yo no les pertenezco, ni Beggar Mayo, ni ninguno de mis álter ego. Aunque pretendan lo contrario y me arresten por guardar mis secretos o contarlos sólo en esa tierra de nadie que ocultan los libros. Entiendo que quizás a sus ojos soy díscolo. Simplemente soy reo de mis aspiraciones literarias. Como alguna vez confesé.
Preso en conciencia
Me encuentro confinado en estas líneas, acusado de herejía, apóstata. ¡Anatema!, dice el sello al calce y, no obstante, me siento más libre que nunca.
No niego que en ocasiones la letra hache me remite a los barrotes de mi conciencia. Hay veces, también, que la letra te me recuerda el cadalso de penurias y sacrificios que la vida levanta en el monte de la esperanza. Todavía la letra o me encierra en un pozo de admiración, sobre todo cuando compruebo cada mañana, al despertar, oh, que aún respiro por la gracia de Dios. ¿O será que el aislamiento ha comenzado a revelarme la inmensidad del horizonte, la pasión del tiempo y la profundidad tras el ocaso?
Te escribo en el afán de escapar del aburrimiento, con la intención de limar la aspereza del letargo; para no caer en el olvido de lo que fui y podría ser. Pero me embarga la sensación de que toda palabra es inútil mientras no encuentra el modo de huir del miedo a decirte cuánto de amo.
En efecto, cada rasgo, cada trazo es un intento por minar el muro de tu indiferencia. Pienso que, socavando tus defensas, algún día me declararé inocente de toda sospecha y, así, me entregarás las llaves que abran tu corazón…
Nunca imaginé cuán placentero podía ser quedar preso entre tus brazos, encerrado entre tus piernas. No fue sino hasta ese aciago día de abril cuando me percaté de lo agobiante que sería añorar tus manos rodeando como tersos grilletes mis tobillos, inmóviles en su deseo, mientras el ritmo de tus caderas torturaba el hilo ardiente de mi pasión ahogada en ti. Desde entonces no hay día que no repase el legajo que contiene la sentencia que me dictaste: nacer de nuevo.
Me hallaste culpable de engendrar en ti el recuerdo de un delito. Un crimen, dijiste, que no quedaría impune, uno que tarde o temprano debería afrontar con entereza y responsabilidad. Yo estuve dispuesto a pagar el precio. Así perdí mi libertad, por causa de tu amor.
¿Cuándo es conveniente, adecuado, permisible, deseable contar la autobiografía de uno? ¿Qué es o debería ser una autobiografía? ¿Un acto de expiación, uno de contrición; exorcismo, vanagloria de uno, desdoblamiento, condolencia por el mutuo pesar que el paso tiempo ocasiona en el espíritu y en la materia del propio ser? Acaso sea reminiscencia, pero de seguro implica deseo. Anhelo de lo que pudo ser y no fue, de lo que fue y ya no es aun cuando dejó profunda huella, de lo que es y pudo haber sido, de lo que está siendo y pudiera no ser, de lo que será y pudiere no ser como se imagina, como se sueña, como se espera.
¿Qué palabras me permitieron llegar a este punto gracias a la bonhomía de la editorial Alfaguara; cuáles fueron las frases sueltas o confundidas que dieron tino y pie a que ahora pueda escribir estas líneas en este espacio? Tal cuestionamiento efectuó hace tiempo un amable amigo lector. Un poco bajo la motivación similar a la de Maruja Torres en su novela Un calor tan cercano, y como mera ocurrencia ociosa, en atención a la convocatoria que hizo a fines del año 2007 la editorial Alfaguara para inscribir un texto que narrara la autobiografía de uno mismo, puse a su consideración una mezcolanza salida de un par de bocetos que había publicado en otros espacios de mi autoría (Mucho más que molinos. Andanzas y Avatares de Beggar Mayo SL, VETA Literaria), claro, con la debida corrección de estilo y edición para conformar una relativa unidad temática y narrativa.
A petición de dicho amable amigo y como lo prometido es deuda, ahora, aquí y enseguida, incluiré y compartiré la que sería la primera de una serie de entregas sin fin a la que se suma esta de hoy y las próximas, se trata de la semilla de estos apuntes alrededor del deseo y el rizoma, también, fundamento de una aspiración largamente acariciada.
Hace poco más de dos años que no percibo ningún ingreso formal; he venido viviendo del crédito, de la venta de desechos y vejestorios, de la caridad y más recientemente del aire y casi de milagro. Siempre anhelando. Los reclutadores de las empresas, cuando no alegan que mi currículo es muy “amplio” para sus expectativas, afirman en cambio que carezco de determinados requisitos. Invariablemente —y eso ya desde hace diez años— la edad es un obstáculo. He debido rechazar trabajos donde la paga es tan exigua que apenas da para sobrevivir al día; y no es que no caiga bien esa centaviza, sino que los gastos y compromisos son muchos y onerosos, los fijos e irrecortables. El autoempleo, si no es en algo relacionado con ventas ya por catálogo ya multinivel o las más tradicionales formas, se antoja difícil; porque eso de las ventas no es mi especialidad ni mi gusto ni mi mejor habilidad, o requiere inversión y, a no ser tiempo, ganas y disposición, no tengo nada que invertir, ni siquiera que empeñar o poner como garantía para un préstamo. Además, las deudas me ahogan y me hallo boletinado.
Pero estos apuntes alrededor del deseo y han sido algo mucho más que molinos contra los cuales luchar. Son las andanzas y avatares de un personaje llamado Beggar Mayo SL en su segunda vida, una en la que la apuesta sobre la oportunidad pasa por la soledad y transcurre en el desierto virtual del desconsuelo. Y es que en su primera vida descubrió y comprobó y entendió y se reveló a sí mismo un buen día ante el hecho de que, no la enfermedad sino la pobreza y la ignorancia, es lo que mata. De poco sirve, concluyó entonces, resignarse ni persignarse. El esfuerzo nunca es bastante como tampoco devanar los propios sesos cuando de existir se trata. Más pronto que tarde, la desesperanza acecha y puede hacer presa del desdichado, del abandonado a la desidia, al reconcomio o a la desmemoria.
Vuelto un aventurero, vagabundo virtual, Beggar Mayo SL aprendió a observar más que sólo ver alrededor, a extraer del deseo la fuerza necesaria para adquirir lo pretendido, lo soñado, lo supuesto, sin violentar causas o discriminar efectos. Por esto optó por los senderos matriciales y se lanzó a navegar y a deshacer entuertos en el mundo desdoblado del nunca jamás, donde todo es posible, solo eso, posible y poco más.
Saúl Zuratas “Mascarita”, personaje central de El Hablador novela escrita por Mario Vargas Llosa y que conforma el ancho volumen Obra Reunida. Narrativa Breve, es un humanista interesado en la etnología y crítico acérrimo de las perversiones hegemónicas de la civilización occidental y su nociva incidencia sobre los pueblos indígenas. Crítico también del socialismo real y de las desviaciones del comunismo. Su apodo obedece a un lunar morado oscuro, vino vinagre, que le cubre el lado derecho de la cara. Por esto pienso que es pariente mío en línea paterna, pues ocurre que semejante lunar, sin importar tamaño y ubicación, es hereditario y, como norma genealógica, se repite lateralmente cada dos generaciones. Yo tengo uno igual, diminuto, con forma de fresa o corazón, en la mejilla izquierda; una tía carnal de mi padre, prima hermana de mi abuela, tenía un lunar muy semejante al de “Mascarita”, mientras uno de sus hijos, dicen, en un testículo. Otra razón para suponer un parentesco con un personaje literario, quizá inspirado en uno real (habrá que preguntar a Vargas Llosa) es que el apellido Acuña (el de mi padre y su tía), luego de originarse en Portugal, donde más importancia y difusión ha tenido históricamente han sido España, México, Perú y Filipinas.
Más allá de imaginar o especular que, con su narración ubicada en el Perú amazónico, El Hablador contiene latentes unas características transgeneracionales, tal vez me ha servido como piedra miliar y para descubrir que quien suscribe estas líneas, y hasta cierto punto y como anota Vargas Llosa en la novela, es una suerte de hablador que ejerce “un liderazgo espiritual”; tal vez realiza “ciertas prácticas religiosas. Pero por alusiones captadas aquí y allá, en una frase suelta de uno y una réplica de otro”, su función parece ser, “sobre todo, aquella inscrita en su nombre: hablar. […] El hablador, o los habladores, debían ser algo así como los correos de la comunidad. Personajes que se desplazaban de uno a otro caserío, por el amplio territorio en el que estaban aventados los machiguengas, refiriendo a unos lo que hacían los otros, informándoles recíprocamente sobre las ocurrencias, las aventuras y desventuras de esos hermanos a los que veían muy rara vez o nunca. El nombre los definiría. Hablaban. Sus bocas eran los vínculos aglutinantes de esa sociedad a la que la lucha por la supervivencia había obligado a resquebrajarse y desperdigarse a los cuatro vientos. Gracias a los habladores, los padres sabían de los hijos, los hermanos de las hermanas, y, gracias a ellos, se enteraban de las muertes, nacimientos y demás sucesos de la tribu. [… E]l hablador no sólo trae noticias actuales. También, del pasado. Es probable que sea, asimismo, la memoria de la comunidad. Que cumpla una función parecida a la de los trovadores y juglares medievales. […] ¿Qué tienen de particular los habladores? […] Son una prueba palpable de que contar historias puede ser algo más que una mera diversión […] Algo primordial, algo de lo que depende la existencia misma de un pueblo”.
Así, me rebelo hablador, verborréico, dotado de palabras. Humano. Escucha de anhelos y de sueños propios y ajenos. Colmado de ansias narrativas como la mano del fuego; descriptor, explicador, pretextador. Tejedor de ocasiones capaces de mostrar, como argumenta Ismael, tío de Maruja en Un Calor tan Cercano que, “la verdad flota sobre el error como el aceite sobre el agua”. Tejedor de ocasiones también capaces de cuestionar, parafraseando a Maruja, ¿por qué el error y no la mentira?; y responder igualmente que “mentir es sólo una decisión periférica que apenas modifica la equivocación fundamental” que abarca una vida.
Tal y como confiesa Maruja, a mi vez confieso, usando su dicho, que “cuando la escritura se convirtió para mí en ley de pesos y medidas, en un catalizador capaz de separar el agua y el aceite, la aplicación de su disciplina puso fronteras a mi necesidad de relatar en bruto, y ordenó mi confusión. Por debajo del perfecto entramado serpentea, sin embargo, una malévola anarquía, el ojo incomprensible, siguiéndome desde el lado más oscuro. El error que casi siempre nos conduce, que casi siempre nos alcanza”.
Aunque no lo creamos, los seres humanos solemos vivir en el error. Nos cuesta mucho aceptarlo. El solo reconocimiento de este hecho lo vemos como un atentado a la vanidad y, por ello, optamos mejor por exaltar la poca certeza que logramos de las cosas de la vida y sobre su incidencia en nuestro ser.
Tenemos pues, todos, unos más que otros, vocación de habladores. Contamos mentiras, ficciones que nos confrontan sutilmente con la equivocación fundamental que nos define. Haciendo esto nos volvemos atractivos, personajes recreados para contrarrestar la repulsión que podemos suscitar en nosotros mismos desde y respecto de nosotros mismos. Contamos verdades revestidas de afán, pretendiendo una cautela que simplemente termina por elogiar la estupidez del oponente, aun siendo este uno imaginario, alter ego.
“Sigo en espera de que alguien animoso aporte algo más a nuestra cadena de lectores”, opinó recientemente Eudiza Quevedo, compañera de aventuras bloguísticas.
Buena compañía he tenido sin duda, como habrás constatado, amigo lector, a lo largo de estos meses. En una tertulia donde tú has sido el testigo principal y el único autorizado de aquí en adelante para juzgar el papel que como anfitriones hemos desempeñado varios curiosos.
Desde un principio alerté: “[…] tomaré como ejercicio cotidiano sentar aquí algunas frases, textos breves o largos, secuenciados o sin hilvanar, alrededor de obras que iré leyendo, saboreando, desjugando para, con su sustancia, bautizar al aire que pueda colarse entre los renglones de este sitio”.
Una doble esperanza y una doble certeza han subrayado mi compromiso desde el comienzo: esperanza de ser leído y de haber sido grato, al fin y al cabo no son uno ni siquiera la pluma quienes eligen al lector, sino las palabras por sí mismas, desde su presentación, con su forma, densidad, colorido y aromas. Bien lo dice el refrán culinario: de la vista nace el amor. Y es que todo texto, en cuanto tejido emocional e idílico, apuesta en su soledad al amor de una mirada indiscreta que quizá se atreva a asomarse curiosa a su intimidad lineal.
Así, lo leído por aquí ha pretendido convertirse en un juego o cuando menos una invitación a degustar de la lectura. No del modo más característico de la reseña clásica, sino aspirando a extraer una experiencia adicional.
Toda reseña tiene dos cometidos: resumir, vender. La mayoría de nosotros sacamos la vuelta a los vendedores y pedigüeños de puerta en puerta, siempre encontramos un pretexto para no hacernos de un libro y más para no leerlo. Nos parece que el ejercicio intelectual de comprender es harto más arduo en comparación con el físico, y no reparamos en el hecho de que el órgano que trabaja más en nuestro cuerpo es el cerebro; y por supuesto no olvido al corazón.
De tiempo en tiempo nos reunimos con amistades, vamos al cine o al teatro y, al día siguiente, reseñamos a otros más que la obra, la experiencia del gozo o disgusto que nos produjo o la acompañó. Sea de modo profuso o escueto, ilustrando o simplemente trazando letras —cosa nada despreciable en su dificultad— nos prodigamos en consideraciones sobre las bondades y defectos que detectamos, y los cuales no son más que un reflejo de nuestras aspiraciones o de nuestras deficiencias. Entonces, lo que hacemos son apuntes alrededor del deseo; o al menos en torno a la necesidad.
Como en estos que has repasado, entrega tras entrega, las palabras han hecho lo propio libremente, confundiendo o aclarando. Pudieron haber enfatizado, por ejemplo: “tal y cual libros son recomendables para los lectores que buscan y gustan de las emociones fuertes salpicadas con ingeniosos episodios y sugerentes escenas”; o quizá: “acercarse a las páginas de semejante obra de tan renombrado autor puede ser tanto como sentirse en la proximidad del ser amado, de la persona anhelada”. Pero en realidad nadie experimenta en cabeza ajena y, por lo que toca a mi caso y no con un propósito predefinido, las palabras no salieron de esa manera. Fueron y han sido signos con una vitalidad intrínseca, espontáneos, incontrolables mas mesurados y por ello honestos.
Nada me quitaba escribir un blog a modo de diario. Bosquejar notas con similitud a la noticia periódica. Pulverizar ideas para publicar frases suficientemente breves. En cambio opté por ensayar sobre la reseña —que no sobre las rodillas, aun cuando me hubiera gustado hacerlo sobre la espalda desnuda de una musa. El resultado, esto que lees y has leído.
Más que moda y sin excusa de por medio, el blog como fenómeno y recurso comunicativo tiene muchos usos, una gran potencialidad y también importantes limitaciones técnicas que van superándose poco a poco. ¿Cuánto animo se requiere para eslabonar conciencias? No lo sé. ¿Cuál es la tasa esperada de innovación capaz de potenciar el incremento en el número de lectores? No lo sé. ¿Se corresponde dicho incremento con el respectivo al número de consumidores de espacios de lectura impresos o electrónicos? No lo sé. Hay lectores que no adquieren libros ni revistas, y hay consumidores que aun comprando no leen o su nivel de lectura es deficiente. El público por lo general es veleidoso y el gusto jamás es ni ha sido un elemento suficiente de juicio, por eso lo gustado hoy puede disgustar mañana sin razón aparente. Al comunicador, sea cual sea su etiqueta, profesional o no, sólo resta encomendarse a algún santo para caerle bien, sin ser monedita de oro y aún siéndolo, a príncipes y mendigos; y todo en virtud de su carga de talento o fortuna.
Mis amigos de papel aún no acaban de levantarse de la mesa. Ahora mismo Un Calor tan Cercano escucha a El Hablador, quien le cuenta sobre un personaje que quizá sea pariente mío y a su modo discute sobre la estupidez de la llamada civilización. Pero eso puede esperar a la siguiente cita.
Veo que me has seguido hasta aquí. Eso es bueno, pero también en este negocio existen los conceptos de rating y ranking. Así que no dejes de compartir lo que vas pensando paso a paso, entrega tras entrega. Si ya desde este párrafo te sientes perdido, simplemente retrocede en los artículos entregados. Te darás cuenta de que lo planteado en uno de ellos (Bruma selvática, meandros de ideas) es cierto en lo elemental tanto como en lo total, o como dirían los mosqueteros aplicándolo a estos apuntes: uno para todos y todos para uno.
Puesto que un blog es en estricto sentido metafórico una vulgar página en blanco, entonces es claro que en ella cabe de todo como en botica. He aquí que en este espacio han hallado lugar en mi mesa doce amigos botarates, dos de los cuales, no conformes con su sola presencia se han sentado a sus anchas, obligándome a colocar un décimo tercer sitio y, tú, amigo lector, ya conoces la superstición respectiva.
La charla entre estos amigos ha sido rica, difusa, orientadora, divertida, en ocasiones elevada pero sin más pretensiones que el intercambio de puntos de vista. Por momentos ruidosa y sin embargo, en esencia, bastante muda. Sus palabras han ido y venido; cuando no abofetean, acarician; cuando no ensalzan, engullen. No reparan en estipendio de ideas e imaginación y, si no concluyen, dejan la conversación en un suspenso inquietante.
Tal como sucede en un libro, en este blog he buscado establecer un cierto orden, aun cuando entre saltos, como haría un conejo en medio de chapulines. Tal como ocurre con un blog, en este “libro electrónico” he intentado pespuntar páginas como otrora hubiera publicado alguien, cualquiera, en un folletín ilustrado, una revista del corazón, el diario de alguna adolescente o incluso en el conjunto de un volumen enciclopédico.
Y es que estos amigos son de carrera larga. Hay que ver como beben historias, como catan pasiones. Por ahora baste con enlistarlos para que te des cuenta, amable lector y décimo cuarto convidado a este ágape —por lo cual (¡gracias!) va rompiéndose la superstición—; para que te percates, decía, del por qué de los derroteros seguidos por estos apuntes alrededor del deseo.
Todos estos amigos están ahora sentados a mi mesa y así como atiendo a uno atiendo al otro, a todos juntos y casi simultáneamente, tratando de hacer el papel del anfitrión modelo, en una reunión que data desde septiembre del año 2007 y que gracias a Alfaguara se ha prolongado con gran alegría.
LISTA DE INVITADOS (por orden de aparición) al BANQUETE: “Elogio de la Lectura”. MOTIVO: “Apuntes alrededor del deseo” (ensayo entre la epístola y la meditación).
1.Cien años de soledad por Gabriel García Márquez (al fin me decidí a invitarlo).
2.Historia de la Magia por Louis Chochod (vino muy solemne y revelando secretos interesantes).
3.Los Nombres del Aire y La Mano de Fuego por Alberto Ruy Sánchez (se sentaron muy juntitos, el primero terminó pronto el primer plato y cuchichea de lo lindo; el segundo pidió permiso para preparar el postre, una fresas flameadas y en eso anda).
4.Cuentos Sobrenaturales por Carlos Fuentes (terminó su primer plato bastante rápido, aunque con sus acostumbradas maneras diplomáticas dejó algunas mínimas sobras. Lo excuso porque yo hice lo mismo. De repente incide en dos o tres comentarios con su “Aura” de santón).
5.Península, Península por Hernán Lara Zavala (está muy entretenido, no le quita los ojos al faisán en el centro de la mesa aunque insiste en pedir que le sean servidos papadzules. En algún momento hizo referencia al héroe maya Can Ek y me recordó el bello libro de Ermilo Abreu Gómez Canek. Historia y leyenda de un héroe maya, especialmente aquellos pasajes cuando el valeroso y sabio personaje épico, con gran poesía y fino humor pregunta a sus amigos Domingo Canché, Ramón Balam y el niño Guy “¿Quién me dice cuáles son los agujeros por donde gritan las cañas? ¿Quién me dice qué es lo que está torcido en tres ramales? ¿Quién me dice qué significan dos piedras verdes y una cruz alzada?”, respondiendo divertido a los azorados que no sabían qué contestar: “Tontos. Todo es claro: se trata de los agujeros de la flauta; se dice de la iguana y se piensa de los ojos del hombre”. O cuando dijo: “Es verdad: la palabra nació por sí misma dentro de lo oscuro. Aquí es necesario declarar el sentido de esta oración. La palabra no es la voz que se dice y se oye. La palabra es cuna del espíritu creador. El espíritu creador que siempre fue, en las tinieblas del tiempo, vio su conciencia, y de ella nació la palabra. Por esto toda palabra debe ser sentida dentro de lo oscuro del pecho para que sea imagen de esa otra que nació del ser, espejo de sí mismo”. Y sin olvidar cuando expresó —y esto viene muy a tono—: “En los libros se dice lo que es un profeta y también lo que es un poeta. Se dice esto, pero muchos lo han olvidado. Es bueno recordarlo. Es profeta el hombre que puede mirar el rostro de Dios; en su resplandor aprende a distinguir la verdad, de la mentira. Por esto le es dable hablar de lo que ha de suceder en el tiempo. Es poeta el hombre que recibe en su rostro la mirada de Dios. Por eso le es dable distinguir la belleza, de la fealdad. Los profetas tuvieron permiso para guiar a los hombres que vendrán. Los poetas tienen licencia para guiar a los hombres que son. Unos y otros, cuando tienen conciencia del dolor, hacen el bien”).
6.Un Día de Cólera por Arturo Pérez-Reverte (lleno de anécdotas, me trae esquivando sus ocurrencias, tratando de mapearlas)
7.Fricción por Eloy Urroz (aún no se había servido el primer plato y ya empezaba a picar del Platón mientras al calor del vino servido distraía a su vecino de al lado con discursos sobre Empédocles y la fidelidad, así como extrañaba que no le hubiera tocado una colega próxima para sobarle las piernas).
8.Obra Reunida. Narrativa Breve por Mario Vargas Llosa (“El Hablador” se sentó tan al centro que incluso resulta incómodo acercarse a él. Como llegó acompañado de varios familiares y no quise ofenderlo, decidí en mi papel de anfitrión cederle la palabra antes que a cualquiera de sus acompañantes con todo propósito. Pobre, no ha sido culpa de él su torpe desempeño en la tertulia, sino del sastre que le confeccionó el traje tan ancho y de costuras apretadas que lo hacen ver cual choncho bodoque. Sólo de verlo, solidariamente uno suda la gota gorda. Y no es que sea vasto en las cosas que tiene por decir, sino que sólo asirlo o abrazarlo anquilosa los dedos. Cada vez que me remito a él debo concentrar mi atención de tal forma que no pierda idea. Insisto, lo que cuenta es fabuloso, entretenido, rico, delicioso, pero su corpulencia orilla a que uno siga con extrema lentitud su discurso. Yo hubiera preferido verlo en un traje menos ajustado, mejor cosido y más maniobrable, con menos bolsillos aunque eso significara más prendas complementarias. Se lo propondré sutilmente, para que a su vez lo sugiera a su sastre).
9.La Estupidez: Ideologías del Posmodernismo por André Glucksman (inquietito e inquietante; ya van varias veces que me señala detalles sobre el banquete y sus opiniones no dejan de tener verdad. Valoré mucho su “Elogio de la Tarta de Nata”).
10.El Proceso Ideológico de la Revolución de Independencia por Luis Villoro (me ha estado susurrando algunas ideas para un par de novelas que tengo en mente, ya comencé a barruntar y ojalá puedan ver la luz).
11.El Valor de Educar por Fernando Savater (andaba perdido y está queriendo colarse en una que otra conversación, pero ya le dije que espere turno. Con Aires de Familia (por Carlos Monsiváis) ronda expectante para ubicarse en la mesa en cuanto alguno de los invitados abandone su silla).
12.Un Calor tan Cercano por Maruja Torres (le pedí que se sentara a mi lado; siempre es bueno tener una mujer inteligente, sensible, sensitiva y de buen decir al lado, y aun cuando de pronto los otros convidados me distraen, la calidez de su cercanía hace que me tome tiempo para ver fluir sus narraciones. Con ella, aunque uno quiera ir rápido, se hace necesaria la pausa para el disfrute).
Sí. He registrado el pasmo de alguno que otro lector y amigo llegado a estas líneas. Sobre todo luego de la anterior entrega. Y aunque no lo parezca, todo tiene una explicación sencilla, la misma que ha ido reptando entre los artículos que componen estos apuntes alrededor del deseo.
¿Qué es un blog? ¿Cómo debe abordar el escritor o aspirante a tal esta forma de expresión? Para hallar una respuesta a estos cuestionamientos basta —y no siempre— con navegar por la Internet y visitar varios de los blogs existentes. Los hay de todo tipo, factura, enfoque y temática. En unos sus autores optan por anotar breves efemérides, confesiones íntimas; en otros abundan imágenes y en unos más el texto lato. Estos prefieren temas jocosos, esos son más solemnes. Aquellos tienden a soltar consejos, críticas, lecciones; aquestos comentan, narran, cuentan chistes, incluyen audio o video, se regodean con su idioma entre faltas ortográficas y gramaticales, o discuten su vida y milagros, la inmortalidad del cangrejo o discurren sobre la invención del agua tibia y el hilo negro.
Ante el empuje de este fenómeno comunicativo —que en lo personal, confieso, me ha venido resultando no sólo fascinante sino providencial— que posibilita la autopublicación, y dada su penetración e influencia creciente y probable en la conformación de la opinión pública actual, los grandes medios comunicativos, las grandes cadenas y consorcios han empezado desde hace un par de años, más o menos, a emplear este modo expresivo como un recurso, a veces distractivo, a veces propositivo; ya con fines de clara estrategia mercadológica mediante la cual se propicia la generación y ampliación de públicos consumidores por la acción de esta novedosa y adaptada forma del método publicitario de la transmisión de boca en boca; ya con la meta de “abrirse” a los no profesionales de la comunicación y la información. Así, los espacios cedidos abonan en cierta manera a la confusión mediática bajo la promesa cada vez menos ilusoria de una democratización de los medios.
La intrusión de los miembros de esa “masa” de consumidores de mensajes para convertirse ahora, por gracia de la tecnología facilitadora, en productores de mensajes y difundidores de su propio parecer acerca del mundo y lo que en él acontece, significa la disolución social con vistas a una recomposición. Se acentúa la individualidad, pero no como una especia de aislamiento —no solamente, aun cuando este es un problema real y preocupante—, sino como germen de la posibilidad de la integración fundamental mediante el intercambio.
Exponer las propias palabras o gestos en espacios como este es sumamente arriesgado, tanto como cuando se abre la boca en una reunión para decir lo que se piensa o siente sobre determinado tópico; y más, pues no hay certeza de quién estará del otro lado del salón atendiendo nuestro dicho. Invariablemente pende sobre uno la espada de Damócles recordándonos la amenaza del ridículo y, sin embargo, hablamos y escribimos aunque sean estupideces.
Seguramente más de uno se preguntará ahora, “¿por qué insiste este bato en mencionar la estulticia?” Y debo contestar astutamente y en congruencia con lo trazado en el primer párrafo de este artículo: todo parte de los invitados a mi fiesta, a este elogio de la lectura.
Hemisferio derecho, hemisferio izquierdo. Norte, Sur. Partidos políticos de derecha e izquierda. Mundo primitivo y mundo civilizado. Bien y Mal. Arriba y abajo. Si aquí apenas se barruntan dejos de pretendidas reseñas que aspiran a algo más, la historia de la humanidad es la reseña de las reseñas: la antología de la estupidez, el compendio de lo que queda entre extremos en pugna.
Escribiendo estas líneas ha llegado a mi mesa de trabajo el esperado segundo libro convenido. ¡Albricias! Haré justicia a las mujeres aunque sea mínimamente, pues se trata del título Un calor tan cercano de la escritora barcelonesa Maruja Torres, obra que, haciendo eco a estos apuntes sobre el deseo, ya desde su nota descriptiva la autora explica que no se trata de una novela autobiográfica sino deseobiográfica; y que, siguiendo ideas vertida aquí “uno escribe […] para dotar de sentido a lo que no lo tuvo, y para inventar lo que a la vida se le olvidó. Para ordenar el caos”.
Hubo un tiempo cuando los hombres creían ser más que las mujeres. Llegó luego el tiempo cuando las mujeres en emancipación creyeron ser más que los hombres. Están próximos los días cuando nos veremos como lo que somos, ni iguales (pues para empezar por la anatomía y la fisiología tal se comprueba) ni distintos del todo por cuanto toca a nuestra esencia y naturaleza humanas.
En la segunda mitad del siglo XX, el antropólogo Clifford Geertz así como algunos filósofos, psicolingüístas y semiólogos de corte posmodernista señalaron que la humanidad había llegado a un punto tal en el ejercicio de la crítica que las palabras no bastaban ya. Desgastadas, desusadas, abusadas y hasta violentadas, en muchos idiomas y culturas era notorio hacia la década final del siglo XX el afán por desbrozar el léxico, y esto tanto por parte de académicos como de legos, jóvenes o viejos, aquellos por desprecio a la herencia, las tradiciones o simple reduccionismo fundamentado en la ley del mínimo esfuerzo; aquestos por anhelo de vigencia.
Hoy, atender a la conversación de hombres y mujeres igualados por la democracia y el consumismo, equivale —toda proporción guardada— a atestiguar la tala “clandestina” de algún bosque o selva. Con cada “cabrón”, “pendejo”, uno descubre que todos somos “güeyes” (ni siquiera bueyes) de la misma especie; así, igualados en afanes, tropelías, ilusiones, oficios y vocaciones, nuestras raíces van quedando al descubierto para pudrirse en medio del desparpajo de este atado de badulaques en que a veces nos convertimos, parafraseando a Octavio Paz, en medio de nuestros contemporáneos.
Opuestas, las cosas y los hombres, terminan secos, carentes de sentido. Si el absolutismo despótico o ilustrado se antojó despreciable a los españoles que en Un Día de Cólera atajaron su avance cortándolo de golpe, algo similar ocurrió con los absurdos deseos de lealtad de los personajes de Fricción.
Llegados aquí tras dar Los nombres del aire, luego de contar con los dedos anhelantes de La mano de fuego, descubrimos gracias a El Hablador que, como en Península, Península, la reseña que cabe explorar es, ni más ni menos que la de la estupidez. Porque el idiota provoca asombro desde el mismo azoro que le ha dejado imbécil, babeante.
En el compendio de los días, no obstante, a veces es difícil observar que ni se es tan civilizado como para aspirar a la asimilación de los otros en lo que uno cree es lo mejor, ni se es tan primitivo y tribal como para esperar que los otros sean capaces de respetar la naturaleza que conforma; ni lo uno ni lo otro bastan, como las palabras o las imágenes, para dejar de lado la posibilidad de experimentar la estulticia ya ajena o propia.
En términos generales y sin afán académico, podemos decir que la lectura puede darse de dos formas: lineal y en zig-zag. En el primer caso se la conoce como lectura objetiva mientras en el segundo se trata de lectura selectiva.
Lejos de pretender una descripción superficial, el apunte anterior tiene como finalidad destacar que la forma como leemos también está sujeta al modo como pensamos y viceversa. Mientras la lectura lineal está comandada por los procesos mentales propios del hemisferio cerebral izquierdo, en la lectura zig-zag se revelan los procesos mentales propios del hemisferio derecho. Y esto, contra todo lo que pudieran decir los científicos y los sexistas tras los recientes hallazgos neurológicos, no tiene nada que ver de moso exclusivo con el género del lector o con su gusto particular, pues tanto hay varones que piensan cuales mujeres, como viceversa sucede que mujeres piensan como varones; a los genes y la naturaleza deben sumarse hábitos y costumbres, y por ello para hacerlo habitual, aquí no he empleado la palabra hombre pues la prefiero para un uso más amplio dada su humilde etimología.
El lado izquierdo, lógico, ordenado, convergente, sistemático, donde radican las habilidades del habla, la escritura, el cálculo, la especialidad, la abstracción y la organización, contrasta y complementa al lado derecho, hogar de las competencias relacionadas con la administración, la socialización, la expresión, entre otras.
La transición entre el artículo anterior y las líneas arriba de este parágrafo, como parte de un contexto, a más de uno podrá parecer caótica, un salto en el vacío o cuando menos un cambio brusco en la temática. Pero, ¿qué sucede cuando, como ocurre con una antología, una revista, un periódico o la Internet, se ha llegado a este apartado de modo directo por vía exclusiva de un índice o un vínculo específico? Se la ve entonces como unidad elemental aislada; un elemento discursivo independiente y que se antoja dispensable. Sin embargo, llegado el lector selectivo a este punto, para ser exacto, a esta palabra después del pronombre demostrativo “esta” antes de la palabra “palabra” y aún pasando sobre el tren de ideas que le ha seguido hasta aquí y más allá de la próxima coma, por haber decidido revisar este fragmento antes o después de que otros y guiado sólo por el título o la fecha de publicación en el blog Cadena de Lectores, por ejemplo, ese lector se da cuenta que ha tenido ante sus ojos y tiene un extracto de un todo, una célula o molécula apenas de un conjunto de apuntes alrededor del deseo.
Según el orden y el modo como haya arribado aquí, comparado con otros lectores alguien podría tacharlo de audaz descubridor o de reportero idiota (dicho sin ofensa, por supuesto, para nadie). Como en el siguiente caso.
En días pasados, en diversos noticiarios y periódicos se publicó un reportaje intitulado “Las tribus que nos quedan” acerca del “descubrimiento” por parte de la organización Survival International de una tribu aborigen en lo más profundo de la selva amazónica peruana haciendo frontera con Brasil. ¡Vaya novedad! Para el lector desinteresado o neófito de la etnología lo es, pero no así para el seguidor de estos temas, antropólogo o no.
Como quien salta las páginas de una revista o una enciclopedia, o las notas y encabezados de un periódico, o como si navegara por la Internet, recién llegada la antología de la narrativa breve de Mario Vargas Llosa comentada líneas atrás, constaté dos cosas: 1) la interactividad no es invención puramente tecnológica sobrevenida con las computadoras u ordenadores (como dicen en España); 2) la televisión no es ninguna caja idiota, como sí lo es la gente que hace y atiende su contenido, o sea todos nosotros.
Cuando los reporteros de la agencia de noticias AP difundió la noticia tras la investigación amazónica de esta tribu que supuestamente jamás ha tenido contacto con la civilización salvo el empuje de los taladores, cuando la citada organización fue a ese rincón selvático, Vargas Llosa como otros antes y después que él ya tenía conocimiento de lo que ahí sucedía. En su relato El Hablador nos cuenta acerca de una de esas tribus que viven en grupos familiares de no más de alrededor de setenta miembros, en chozas que se confunden con el follaje, que viven de la pesca, la caza y la recolección, reducen cabezas y poseen conocimientos prodigiosos sobre medicina herbolaria; se pintan el cuerpo con tintura roja de achiote para proteger sus cuerpos de las alimañas que pueden anidar bajo la piel (como plantea en un capítulo de La mano de fuego Alberto Ruy Sánchez) y obedecen a distintos nombres y tótems. Vargas Llosa se concentra en los denominados machiguengas, los cuales, como el resto de ellos y nosotros tienen un deseo fundamental, ¡de antología!: sobrevivir como hasta ahora en medio de la armonía que la misma naturaleza les ha enseñado.
Invariablemente uno se queda idiota cuando enfrenta una de dos labores: leer o editar una antología.
Tarea de coleccionista, la antologación requiere no sólo del conocimiento de los fondos y trasfondos de las piezas a reunir, sino el tacto del taxidermista, la paciencia organizativa del bibliotecario y la curiosidad juguetona del cuervo.
El ser humano es muy dado a juntar y acumular cosas: dinero, juguetes, parejas, cartas, estampillas, documentos, recuerdos, rencores. No siempre lo hace de la mejor manera y pocas veces de modo sistemático y ajustado a un método. Tal parece que hay algo en nuestra genética o en nuestra historia evolutiva que nos impele a tal conducta, sea por manía ordenadora, por indolencia, enfermizo apego o el simple deseo de poseer y clasificar lo que nos resulta personal, social o históricamente significativo.
Hasta cierto punto, la labor de antologar se antoja ardua, ingrata, necia. Pero por otra parte es mirada como retributiva, suerte de barrido sobre lo que se ha sido se es y se será. Esta visión prospectiva, economista y ecologista la encontramos lo mismo en antologías poéticas que en un álbum fotográfico o una colección filatélica.
El coleccionismo es un arte que busca entre otros objetivos la vanagloria o la autocrítica, autocorrección y autocensura (si el antologador es el mismo autor de las obras antologadas, aunque esto suene a trabalenguas: las cien obras escritas por famoso autor buscan un antologador; quien logre antologar las cien obras escritas por famoso escritor en una justa antología buen antologador será); o el homenaje (en el caso de que el archivista sea el intérprete seleccionador de la obra reunida. En este segundo caso encontramos variantes: la antología con pretensiones museográficas y cuyo prurito lo define el afán de congelamiento y registro taxonómico de lo hecho y al menos una vez existente. Otra diversión sería el florilegio resultante del puro placer derivado del solaz que da el contacto vivo y revivificador con la obra.
Un elogio de la lectura, como hizo en su Elogio de la Locura Erasmo de Rotterdam, pasa pues primero que nada por la intencionalidad tras la crestomatía.
En este caso, el tomo que recientemente comencé a disfrutar: Obra Reunida. Narrativa Breve de Mario Vargas Llosa (colección armada por él mismo), contribuyó en tanto analectas a mi imbecilidad lectora. Si bien no es el primer compendio que tengo entre las manos, ahora caigo en cuenta que este deseo por reunir, que no necesariamente unificar o integrar, es ni más ni menos uno de los fundamentos de la comunicación; y digo esto con todo el propósito de anclar el principio de una nueva teoría en el ámbito de mi profesión.
De Vargas Llosa había leído diversos ensayos de crítica, sobre política, sus novelas Pantaleón y las Visitadoras (cuya versión cinematográfica es loable por su apego a la letra y la construcción), La Tía Julia y el Escribidor y Los Cachorros (en su versión fílmica solamente), pero nada más. Ahora, gracias a este libro tengo a mi alcance éste último y otros títulos: Los Jefes, ¿Quién mató a Palomino Molero?, El Hablador y Elogio de la Madrastra.
En ejercicio y como abono a mi estupidez, hoy recuerdo y reconsidero lo dicho líneas atrás cuando negué conocer la obra teatral del escritor peruano nacido en 1936, licenciado en Letras por la Universidad de San Marcos de Lima, pues hacia comienzos de la década de 1990 asistí al montaje en México de La Señorita de Tacna producida y actuada por Silvia Pinal en el Teatro Insurgentes con iluminación de Gabriel Figueroa, escenografía de David Antón y dirección de José Luis Ibáñez, ¡nomás, puro grande! Recién llegada a México, la actriz argentina Margarita Gralia efectuaba cada función un desnudo integral muy poético que, si bien no tenía nada de particular ni novedoso dentro de la escena nacional, tuvo y tiene el mérito de ser el primer desnudo integral televisado, esto mediante la revista de espectáculos que a la sazón producía y conducía el periodista Ricardo Rocha para Televisa. ¡Escándalo! Máxime si tomamos en cuenta que esto sucedió luego de que el escritor fuera “invitado —artículo 33 constitucional por delante—” a no pisar tierra mexicana por sus polémicas opiniones sobre la política nacional, expuestas en el coloquio organizado por Octavio Paz y su revista Vuelta en coproducción con Televisa como una puntal pero impertinente crítica hacia nuestro sistema político, y de las que se desprendieron los conceptos de “dictablanda” y “dictadura perfecta del PRI” que más tarde y aún brotan en bocas y plumas de otros intelectuales propios y ajenos.
Tiempo después —puede que me falle la memoria—, creo haber asistido o al menos haberme enterado de la puesta en escena de La Chunga. Así, pues, más pronto cae un hablador que un cojo.
Nótese la generalización que he sacado de una sola frase expresada por la bióloga, cuentista y ahora novelista mexicana Mónica Lavín en cierta conversación que sostuvo con estudiantes de la escuela de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), luego que alguno le preguntara en relación con los motivos inspiradores de su reciente obra cuáles habían sido sus apetitos. “Yo creo que la literatura surge del deseo”, afirmó. Concuerdo.
A lo largo de estos apuntes alrededor del deseo hemos sobrevolado contextos, anclado pretextos y leído gozosa y acuciosamente textos sólo por el afán.
Generalmente entendido como opuesto a la necesidad desde las perspectivas psicológica, filosófica, sociológica e incluso mercadológica, si pidiéramos a un grupo de cartonistas que hicieran su versión sobre el deseo, muy probablemente la mayoría utilizaría como leitmotiv un rostro babeante.
Y es que el deseo nos deja idiotas tanto si se cumple a plenitud como si no. Por ejemplo, previo a este apartado me quedé idiota al corroborar que el Big BrotherAlfaguara, atento con ojo de satélite o sonda sobre Marte, recogió no solo muestras de vida, ideas, ocurrencias, propuestas y comentarios publicados en los espacios que han conformado esta Cadena de Lectores, sino incluso los deseos expresados en esta especie de confesionario en línea donde uno a uno y en grupo los participantes hemos hecho solaz y esparcimiento conociéndonos, reconociéndonos, más allá de caras y cuerpos, simplemente por la palabra empeñada.
Otro ejemplo, al momento de escribir estos nerviosos renglones recibo el nuevo paquete mágico conteniendo las lecturas en turno de elogiar. Como es costumbre había solicitado dos volúmenes específicos conforme al acuerdo original con la editorial: Obra Reunida. Teatro de Mario Vargas Llosa y una lista de opciones que siguiera la trama de estos apuntes. ¡Oh, sorpresa! Nueva cara de idiota. Al abrir el paquete saltó como liebre ansiosa un volumen ancho, grueso: Obra Reunida. Narrativa breve, que forma parte de la colección que junta las obras hasta 1997 del autor mencionado. De pronto me retrotraje a mi infancia. ¡Qué ilusión! Temprano, muy temprano, anhelante, brincaba de la cama y corría al árbol navideño o al nacimiento, según la época, con la mirada ávida de regalos. ¡Ah, felicidad! Este, aquel, ese otro eran los presentes pedidos con fervor en la cartita escrita con ayuda de mi madre o alguna de mis hermanas. Pero uno o dos o tres más eran pilón o de plano premio consolador, sustituto. ¡Bah, decepción!
Pero hete aquí que, como anotan los refranes, “a caballo dado no se le ve colmillo” y “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Ergo, el genio de la lámpara siempre tiene alguna disculpa —muy razonable—, y lo mejor que puede hacer el deseante es agradecer el cumplimiento del compromiso y sacarle el mejor beneficio. Deseo satisfecho.
Y es que saciar el apetito es muy sencillo; no sucede igual cuando se trata del capricho.
Anhelaba volver a leer a Vargas Llosa. ¡Voilà! ¿Qué más? Esperaba un volumen adicional como parte de mi dieta. ¡Ups! ¿Sobrepasaría las calorías?
Sí, la literatura surge del deseo. Del deseo de contar, de narrar, describir, expresar. Del afán de las palabras, de los personajes, de las situaciones que, en ocasiones y en medio de la incertidumbre se desarrollan, crecen, nacen, mueren, transmutan.
Desconozco el teatro de Vargas Llosa, pero el filetote ante mis ojos como las viandas anteriores y que aún degusto goloso, chícharo a chícharo, se ofrece igual de jugoso. No cabe duda, la lectura surge del deseo. Comenzaré a destilar baba con este tomo.
Y de la baba se hizo la tinta con que escribe el caracol en su camino la sarta de silencios elocuentes que sólo la noche cuenta.
Ya entrados y encaminados por la idea del festejo, de la celebración de aniversarios, aún es oportuno hacer extensivo el saludo a un periodista y escritor mexicano que en los primeras días de mayo cumplió 70 años de vida y recientemente recibió una nueva presea otorgada por el gobierno del Distrito Federal denominada 1808, y que pretende ensalzar al pensamiento crítico, independiente. Me refiero a Carlos Monsiváis.
Ávido lector de todo o casi todo cuanto cae ante sus ojos, ubicuo, persistente, tiene el impulso del naturalista al más puro estilo del siglo XIX, pero siempre moderno y hasta posmoderno. Especie rara que halla en la selva de asfalto o entre los matorrales de la cultura nacional o en lontananza, rumbo a un horizonte latinoamericano, “Monchi” —cómo algunos mientan cariñosamente al autor de Los Rituales del Caos, Aires de Familia, entre una abundantísima producción— se ha erigido aún sin proponérselo en el cronista de México.
Dueño de una expresividad irónica, punzante, el ejercicio del registro de los acontecimientos, los vínculos, mitos, monstruos, esperpentos e inclinaciones de la literatura, la política, la sociedad, le ha llevado a explotar con maestría la cantera de la crítica, a coleccionar los objetos y aforismos más ridículos y sobreponerse a su timidez gatuna cada vez que es requerido por la radio o la televisión.
En su “juguete”, como describe a su novela Fricción el propio Eloy Urroz, uno de sus personajes centrales, Arturo, en su afán seductor por atraer la atención de su entrevistadora Matilde, —ni más ni menos que “tu esposo(a)”, “lector(a)”—, argumenta crítico y sardónico: “Algunos vivimos, pintamos, no leemos”. Y en réplica, Maty dice: “[…] a mí me gusta leer también. En cuanto lo veo [a su esposo que eres tú, lector] con Fricción en la mano, yo también me pongo a leer y ¡vaya que tengo cantidad de libros atrasados!”. La lectura entonces cobra valor afrodisíaco, provocación, invocación, dislocación.
Leer o no leer. He aquí el dilema al que tal vez Monsiváis como Hamlet o como tú o como yo nos enfrentamos. ¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los insultantes dardos del infortunio, el abandono y la infidelidad del amante por centrar la atención en un atado de hojas; o, haciéndoles frente, haciendo a un lado las palabras ígneas, ideas, imágenes y ficciones de otros, cerrando el libro, acabar con ellos? Escribir. Ojear. No más. ¡Y pensar que todo puede llegar al fin por la simple acción de un estilete!
Vista la lectura como pretexto shakesperiano propiciatorio de la infidencia amatoria, de Monsiváis a Urroz solo dista… un lector; del libro a la cópula, sólo un guiño. Uno que transite entre obscenidades, bajo la penumbra de la duda en el solar, hacia la iluminación filosófica de la mano de Empédocles, confundido, confundiendo. ¿Culpable; de qué? ¿De hallarse en un monólogo con disfraz de charla?
Trazando en propósito una crítica constructiva, específicamente relacionada a la publicación de la novela Fricción, sugeriría al diseñador de la portada que cuide los detalles, pues si bien las piernas fotografiadas son fuertes y hermosas, el tapiz elocuente y el juguete evocador, perdió de vista que al voltear la imagen del robot, el rótulo “X-70” en el brazo de este quedó al revés dando al traste con el significado derivado de la cronología utilizada por Eloy Urroz para ubicar la raíz de los acontecimientos que contribuyeron a la formación individual del carácter de los personajes. ¿Peccata minuta? No lo creo, para una novela pensada y armada con dos historias corriendo paralelas, contrapuestas, complementarias como engranes sobre una cremallera.
Cual lector insaciable, Monsiváis es ejemplo de reciclaje. A través de su mirada trituradora, páginas enteras quedan desmenuzadas hasta el último átomo de letra impresa, de emulsión fílmica. Y quizá eso explique la compulsividad de su vasta obra en continua reproducción, pues las palabras en él semejan maná incontenible, vasca impresionante, cuajo sustancioso en espera de la paleta transformadora que lo vuelva crema, mantequilla, unto para la conciencia febril de poetastros, de politicastros, liliputienses y demás fauna letrista a la que de un modo u otro discursivo ya pertenecemos tú, aquel, todos, por virtud de las maravillas tecnológicas que facilitan la fricción implícita en el encuentro tanto como en el desencuentro inter net.
Con la guardia baja, ahora surgen las caras, los nombres, las justificaciones de los afanes.
Para Zaydún… El deseo. Así lo plantea Alberto Ruy Sánchez. Deseo: punto de fuga para el amor.
Para Arturo… El deseo. Así lo expone y disloca Eloy Urroz. Deseo: punto para la fuga del amor. Mientras él mismo indica en Eusebio… El deseo: fuga puntual y amorosa.
Para el pueblo español… El deseo. Así lo muestra Arturo Pérez-Reverte. Deseo: amor al punto para la fuga y la derrota del opresor. En tanto que para el imperio napoleónico… simplemente… deseo cargado de arrogancia.
Para el doctor Fitzpatrick, no puede ser distintivo: el deseo… de morir y olvidar, de hallarse y perderse en medio del calor peninsular. Asimismo, para el novelista, su justificación es el deseo de contar contándose.
Por suerte, las historias breves sobre naturales y sobrenaturales de Carlos Fuentes, se hilvanan con el hilo del deseo ya de creer ya de revivir.
Para Alfaguara, el deseo de promover y difundir.
Para mí, el deseo de escribir y leer y llenarme de palabras, emociones, idea, de imaginar, solazarme con mi maravilloso idioma.
¿Y para ti? ¿Cuál es tu justificación para haber llegado hasta este punto de fuga de unos apuntes alrededor del deseo y el amor a la literatura?
No me digas que “el deseo”, porque entonces habremos descubierto cómo éste va tallando su huella, constante, indeleble, en sus batallas por situarnos entre el pecado y la virtud.
Cerca de la meta, apuro una suerte de resumen o un resumen en suerte, desgajando citas, referencias, piezas de un rompecabezas cuyos perfiles esperan encajar en su réplica.
“Un buen libro erótico nunca se cierra, sigue vivo en las manos y en los ojos de quien gozó de sus formas. Un libro erótico puede contar la historia que sea, incluso la más inverosímil, lo importante es que produzca la aparición, el instante de la visión maravillosa, de la sensación irremplazable. Lo importante de un libro erótico es la epifanía: la revelación poética del cuerpo amado […]
“Que nada es lo que parece. Que al hacer el amor los amantes se leen y se escriben historias siempre distintas. Y siempre se hace por primera vez: siempre comienza de nuevo el reto de aprender a leer los deseos en ese otro cuerpo al que anhelamos […]
“En el amor y en el deseo todo cambia constantemente de sentido, todo es distinto o puede serlo: la realidad erótica es una especie de circo nómada en movimiento. De ahí el reto enorme de escribirlo. Porque una de las razones de contar cuentos, en la plaza o en los libros, es tratar de comprender la naturaleza cambiante del corazón enamorado, incendiado de figuras que engendra su imaginación deseante […]
“En el río del erotismo, de sus misterios y revelaciones, todos de una manera u otra navegamos. No todos tienen conciencia de ello y con frecuencia hay ahogados que no entienden qué les sucedió en la vida: los náufragos del erotismo. Quienes llegan a darse cuenta, lo navegan, lo sobreviven, incluso hay quienes franca y sanamente lo gozan, pero muy pocas veces lo reconocen como un río especialmente sagrado. Y como tal, uno de los componentes fundamentales de la vida” [Ruy Sánchez, op.cit., 140, 142, 144-145 y 183].
“Melville decía que un escritor necesita del ambiente de calma frescura y silencio con el que crece la hierba para poder componer debidamente una obra” [Lara Zavala, op.cit. 185].
“Los ojos claros son como la luz de una vela que atraviesa una linterna en la noche de la borrasca, es decir, los rayos que emiten no los apaga el viento pero, al mismo tiempo, logran iluminar, perforar la oscuridad” [Urroz, Fricción, 104-105].
“Vestido con sombrero de la inglesa, frac solapado y chaleco ombliguero, el literato e ingeniero retirado de la Armada José Mar de Fuentes pasea por la calle Mayor, paraguas bajo el brazo. Se encuentra en Madrid […] [T]ras un refrigerio en un café de la carrera de San Jerónimo, decide echar un vistazo por la parte de Palacio. La gente con la que se cruza parece agitada, dirigiéndose en grupos hacia la puerta del Sol. Un platero, al que encuentra abriendo la tienda, le pregunta si es cierto que se prevén disturbios.
“—No será gran cosa— responde Mar de Fuentes muy tranquilo—. Ya sabe: pueblo ladrador, poco mordedor” [Pérez-Reverte, Un Día de Cólera, 54].
A lo largo de estas entregas he venido jugando con los riesgos implícitos en el transporte de una obra a otra. Son varios los libros leídos al momento, y aun cuando pueda parecer tarea de locos supone un gran respeto y disciplina (trompetilla autocomplaciente).
A modo de quien se imbuye en un harén literario, acariciar pastas, revisar impresiones, hallar faltas sintácticas y ortográficas (algo imperdonable por mínimo que sea en editoriales de la talla de Alfaguara), se vuelven día con día tareas gozosas en una travesía apasionante.
En cada obra, mucho más que en su autor, pasajes y personajes, a cada lectura crecen en celo, aumenta su demanda de atención y cuidado, el hambre de letras.
Formando temporalmente una familia virtual, día con día dan señales no sólo de vida sino de su razón de ser (como si fuesen parientes revoltosos de aquellos dramáticos Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello) y, más importante, de las ligas invisibles que unen sus motivaciones, sus derroteros, aún encontrándose en historias disímiles.
Si Urroz construye un dominó cuyas fichas capitulares constituyen dos aproximaciones encontradas al triunfo y al fracaso, a la victoria y a la derrota, a la verdad y a la mentira, como dos polos siempre en constante frotamiento; si en Un Día de Cólera se arma y distribuye minuto tras minuto, esquina tras esquina, el valor del descontento, alimentándose el anhelo de librarse del oprobio y del invasor que lo calza; si, en fin, de indígenas a castas, de imperios a pueblos, de amantes a escritores, solo raya un perfil, entonces de páginas a libros, de palabras a enunciados sólo dista el sentido interpretativo del lector, como un conjunto de ansias guardadas, ansias de escritor en potencia a las que basta sólo el pretexto del silencio y la calma chicha para componer instantes, imaginar fricciones revolucionarias, penínsulas corporales, iras amatorias que se hornean pausadamente ya en el desierto, en la plaza tanto como en la hoja en blanco.
Citas, referencias, extractos, piezas sueltas dicen mucho y unidas dicen más. Construyen. ¿Pero dónde, cómo se las debe unir? Ya su autor lo ha hecho una vez en su estudio, desde su pluma; luego el editor ha hecho lo propio en un volumen asible, acariciable, amable; ¿y uno cual lector?
El poeta, sabedor de juegos de palabras, maestro edificador, inventor de metáforas, no obstante su oficio, a veces puede verse rebasado, superado o destruido o disuelto por un lector eremita, acumulador de voces, profeta de ayeres olvidados que, sea en su ignorancia o con audacia contumaz, desgaja la biblia a su alcance para conformar su propio, muy personal orgasmo, en rebelión sacrílega, entre amor y discordia.
Llegado el nuevo material para alimentar mis siguientes entregas y continuar el hilo de estos apuntes alrededor del deseo, como si el paquete fuera la caja de Pandora, los títulos parecieron ostentar las virtudes que escaparían luego de abierto el sobre, pues aun antes de efectuar esta acción develadora, en casa ya se habían dado el estallido y el reclamo: “¡Con esto te están pagando! ¡Te voy a hacer un guisado con todos los libros y eso comerás de ahora en adelante!"
Primera conclusión: está visto que en México, al menos en mi estado, en mi colonia, en mi calle, en mi casa, la lectura y la escritura, a pesar de ser las formas centrales y técnica y expresivamente más evolucionadas del fenómeno comunicativo que nos caracteriza como humanos, a pesar de esto aún son vistas como actividades accesorias y, en el mejor de los casos, como actividades instrumentales y ancilares de otras. Y eso que quien tal reclamo hizo, en su momento fue detonador y ejemplo que inculcó mis afanes lectores y literarios.
Hipótesis: Tal vez por esta actitud hacia la palabra y sus manifestaciones y usos no pasamos de Perico Perro, pues quizá en ella está la simiente de la odiosa imposición escolar, de la negación estudiantil, de la cerrazón política, de la abulia laboral. Es claro que en el orden de las prioridades diarias, ni el papel ni la tinta ni la palabra ni la idea ni el argumento ni el discurso ni la ficción ni el verso ni la ortografía son vitaminas digeribles ni nutrientes. El alma no engorda ni el conocimiento; y la memoria tiende a ser flaca.
Caray, aún no salía de su escondite frotándose satisfecha la Fricción de Eloy Urroz ni experimentaba Un Día de Cólera de Arturo Pérez-Reverte. Ya estaban haciendo lo propio.
Sí, me anticipo a los jalones de oreja pido perdón por la demora de mis entregas y la acumulación de material. Mi única excusa: soy lento, pero seguro (si se prefiere, es asunto de método).
Como habrás notado, amabilísimo lector que me tienes paciencia y me has seguido hasta este lugar, la fogosa pluma de Alberto Ruy Sánchez ha venido confluyendo aquí con la puntualidad necesaria para cruzarse con las ficciones de los Cuentos Sobrenaturales de Carlos Fuentes, los hechos narrados por Hernán Lara Zavala en Península, Península y, juntos, han estado abonando el terreno para las siguientes lecturas, comprobando que el deseo ata al fetichismo del instante, empero también, viceversa, que el fetiche desata el deseo en un instante.
A 50 años de La Región más Transparente de Carlos Fuentes, el prurito por ejercitar esta forma algo alucinante, sonámbula de reseñar y repasar las líneas apuntadas se antoja cíclica. El propio Fuentes ha anunciado que su siguiente obra intitulada La Voluntad y la Fortuna, por aparecer próximamente, hará las veces de secuela, de un segundo vistazo a la Ciudad de México hoy, con todo y sus factores y personajes decisivos que hacen de ella una región marcada por el encuentro y el desencuentro.
A 10 años del fallecimiento de Octavio Paz, algunos comenzamos a ver a México y su literatura como una moneda en pleno vuelo. La duda permea toda mirada inquisitiva, todo deseo de triunfo y todo temor de fracaso. ¿Hacia qué apunta nuestra vocación nacional, hacia el águila o hacia el Sol? El destino siempre parece descansar en una cara y en una cruz; son sus facetas religiosas: el imperio dominante de la norma que gobierna, el credo provincial con aspiraciones libertarias.
Con cada lectura, coincidencias de caminos, afectos y apegos, presencias y ausencias. En cada palabra, un recuerdo.
Si la literatura se revela absorbente, esto no es nada más porque consuma tiempo y esfuerzo, ideas e imaginación; sino porque sus fronteras, en vez de repeler atraen. Las márgenes de la hoja de papel o de la pantalla de computadora o del televisor contienen en justa madre el decurso de los pensamientos y el sentir, no sólo de los manados del venero creativo de un autor, sino incluso de los ansiados por los esporádicos o asiduos visitantes que acuden a hundir su mirada y empaparse en el ya prístino ya turbio oleaje de las corrientes contenidas.
El lector, así, es un insistente migrante. Emigra del mundo real, inmigra al mundo virtual. Libremente, sin necesidad de más pasaporte o visa que su propio equipaje de palabras e imágenes. Sin temor a ser deportado por no sujetarse al idioma o no comulgar con la sintaxis. Entrar y salir, así como sus causas y efectos, son decisión suya. Vagabundeando entre paisajes, costumbres y fantasías, el lector solo para, quizá, en un punto, toma aire entrando en coma y vive dando vuelta a la página sin preocuparse más que de lo necesario, de lo que los días dictan.
Quizá la única diferencia de verdad evidente entre el escritor y el lector, en los términos que he expuesto a lo largo de estos apuntes alrededor del deseo es —y ojo a la etimología— puramente especulativa: mientras el primero es un lector activo, el segundo es un escritor pasivo.
En sus confesiones hechas con mano de fuego, Alberto Ruy Sánchez dice escribir cuando se siente lleno de algo que lo desborda, “como un jaguar prisionero o enamorado o listo para saltar sobre su presa” y, en diciendo, remite a la memoria hacia el cuento de Jorge Luis Borges “La escritura del Dios” y, en un juego de conexiones, la sobrenaturalidad del anhelo y la caligrafía divina derivan en mañanas que Carlos Fuentes acomoda entre sombras, fantasmas y robots mediante los cuales colegimos en primera instancia que, si el aire es nombrable, lo es en virtud de que un nombre es sólo una aproximación a au naturaleza.
Estamos relativamente acostumbrados a leer libros, pinturas, fotografías y otras obras de nuestras humanas invención y técnica, incluso sin estar debidamente capacitados para hacerlo. Sin embargo, no sucede así con la vida, con las vidas. No leemos la vida y ya no digamos la muerte, ni siquiera atendemos a sus obvios indicios y esto o porque no queremos o porque su imposición cotidiana se nos antoja, cuando no odiosa por lo menos apabullante (de algún modo traté de hacerlo notar en mi “Crónica de un Suicidio”), simplemente descartable en su constante continuidad y variedad.
Muchos colegas periodistas miden su desempeño y experiencia profesionales a partir de la cantidad y la calidad de entrevistas que han efectuado en su carrera, especialmente a personalidades connotadas. Desde esa óptica, un servidor no tendría nada que presumir. Sólo tres entrevistas tengo en mi haber, una a la cantante mexicana Tatiana en su inicio y dos a ejecutivos del mundo farmacéutico. ¿Cómo el peso de semejantes encuentros puede compararse históricamente con los tenidos por famosos periodistas con no menos famosos políticos, académicos, artistas, etc. Que una vez coincidiera en el Museo Rufino Tamayo con Octavio Paz, le estrechara la mano, conversara con él unos minutos, ¿no cuenta por el sólo hecho de no ser pública? ¿No salir en la foto es no existir? ¿Tal vez por eso escribo en estos espacios? ¿Acaso el tacto y la vista no valen para la memoria? Para la colectiva definitivamente no. ¿Pero es la memoria colectiva la que me determina como ser humano en las horas del día? ¿Quién será mi testigo? ¿Quién testimonia los accidentes consuetudinarios, personales, íntimos del Ser? ¿Quién y cómo me bautiza?
Desde un horizonte más humanista hallo en las arcas de mis días cientos de aleccionadores diálogos, cruces de miradas y experiencias públicas o privadas con gente común, que no ha estado menos viva ni ha dejado de hacer su correspondiente aportación mínima a la ya mínima historia que la ha tocado vivenciar.
Parafraseando el famoso eslogan escrito por Salvador Novo, desde Sonora a Yucatán todos llevamos puesto el sombrero de las ideas de nuestra época y todos vestimos la piel novelada de nuestra existencia; cada mañana y en nuestro nombre.
La cuarta de forros o contraportada del libro Península, Península de Hernán Lara Zavala rescata como parte de la descripción del producto un fragmento de la página 79. Un cuestionamiento con el que Lara Zavala ensaya y fundamenta su reciente trabajo: “¿Qué es la novela histórica sino un juego del que se sirven la memoria y la imaginación, para evocar otras voces, otros tiempos, otros personajes y otras situaciones? Quienes nos acercamos a la historia para ubicar novelas en un tiempo pasado no hacemos sino aprovechar otra época para reflexionar sobre el presente”.
Nada más cierto.
Hace doce años, determinado acontecimiento en mi vida marcó mi búsqueda personal y estableció el punto de partida y meta de un par de proyectos literarios (entre muchos otros) que siguen entintándose. Dos años antes había experimentado la sensación de haber muerto en vida y, en la necesidad de explicaciones revivificadotas comencé, como es natural, a fincar culpas y responsabilidades en quienes no la tenían o sólo eran causantes parciales, circunstanciales.
Hace doce años, pues, me lancé a una aventura similar a la de Lara Zavala. Pero a diferencia suya, quien gozó del beneficio de los apoyos de CONACULTA, en mi caso lo hice y aún lo hago con mis propios y limitadísimos recursos, fermentando ideas, pergeñando memorias de familiares, provocando espectros de la infancia, todo en un proceso largo, desgastante pero enriquecedor, que empieza a cobrar una mínima forma apenas este año a la par que escribo estas líneas.
Durante este tiempo de sucesos formadores del carácter, quien esto escribe no ha podido más que descubrir que tiene una insospechada vida de novela. Mas lejos de petulancias obscenas, si esto es posible lo es en la medida que se trata de un legado individual para la posteridad. Sí, muy personal, quizá descartable para otros como tú o aquel lector; no obstante es vívido, suficiente, como bien puede serlo el de cualquiera. Y es que aun cuando no lo creamos, toda vida es digna de ser contada. ¿Razones? Basta un argumento: toda vida es una mínima lección de existencia.
“Escribir es componer. El escritor es una suerte de compositor. El texto literario es su partitura”. Tal apunté atrás y, deslizándome, repasando las líneas trazadas, confirmo que el texto, aun en su contexto, lleva latente una miríada de pretextos.
Cabras equilibristas que saltan en la enramada como alegres y despreocupados violinistas sobre tejados ponen en evidencia, para Ruy Sánchez, la capacidad de azoro del intérprete. Desde el islamismo marroquí revelado en gestos de vapores sutiles capaces de denominar al aire, hasta el católico arte mudéjar de los espacios peninsulares yucatecos, el pretexto que insufla los ejemplos reposa en una palabra, quizá dos: provincia, condado.
La Enciclopedia del Idioma de Martín Alonso define provincia como “cada una de las grandes divisiones de un territorio o estado, sujeta por lo común a una autoridad administrativa”. Y por lo que respecta a condado dice: “Territorio o lugar a que se refiere el título nobiliario de conde y sobre el cuál este ejercía antiguamente señorío”. Lo que remite necesariamente a revisar el término conde (del latín comes, -itis: compañero) en su calidad de título originado en la Edad Media como canonjía y denominación otorgada en dignidad a los individuos caudillos que acompañaban o hacían comitiva los señores feudales, fuera como cortesanos o como guerreros capitanes; y en ocasiones se signaba a favor de rústicos en quienes se confiaban funciones de gobierno de cierta comarca.
Previo a esta época, los romanos hacia el 122 A.C. acuñaron el primero de los vocablos mencionados, el cual surge de la frase pro vincitore (para el vencedor), como una apretada y sintética promesa para favorecer a personajes de diversa estofa, tanto centuriones, cónsules o mercenarios que lograran la conquista de las Galias. Conquista, no está de más decirlo, que resultó de la alianza entre romanos y masaliotas (habitantes de la región de Marsella y el Ródano) contra las agresiones que los celtoligures propinaban a estos. De esta conquista nació Provenza, antiguo condado histórico meridional de Francia, y de la idea prometedora en el trasfondo de la palabra derivarían todas las provincias encomendadas a condes y duques (del latín dux: quien guía o conduce) a lo largo de la historia y en todo el orbe.
Provinciano entonces es todo aquel oriundo de una región conquistada, sea de nacimiento o por naturalización. Para el individuo de espíritu independiente y aspiración a la autonomía equivale por ello a un mote peyorativo, lacerante, aun tratándose del gobernador provincial. Se utiliza esta palabra en contraposición a capitalino, que describe al identificado con el centro donde se ubican los poderes principales de donde dimanan los poderes delegados. Y no falta quien presupone que en la perversión de lo provincial radica la simiente de la esclavitud.
Esta forma de división política, económica y demográfica, con el advenimiento de las repúblicas se volvió pretexto, pero también pretensión orgullosa, como trasluce en la guerra de castas experimentada en Yucatán, o en otras luchas intestinas dentro o fuera de México.
Dos veces conquistado, primero por los aztecas y luego por los españoles, el pueblo maya cobró carácter provincial tanto como los criollos y mestizos de esa región sureste de México y otras más.
Lo que desde Provenza y Occitania supuso el fundamento ni más ni menos que del período renacentista, es decir el romanceamiento de las lenguas, su difusión mediante la expresión trovadoresca, el desarrollo del humanismo artístico y filosófico, halla su equivalente en las expresiones culturales propias de Yucalpetén, pero en un sentido contrario pues mientras en aquel caso provino determinada integración cultural, regional, idiomática y hasta religiosa, por supuesto que no exenta de tribulaciones, en este caso que retrata Hernán Lara Zavala en Península, Península comportó en más de una ocasión separatismo y reconcomio. La “hermana República de Yucatán”, como lo fue varias veces en la historia que comprende la segunda mitad del siglo XIX, siempre consciente y determinada en su soberanía estatal, es resultado de conquistas breves, tanto de los mismos provinciales como de “extranjeros”.
Mientras Ruy Sánchez pone a cocimiento en sus libros las ilusiones del ser bajo el ardor del anhelo, la sofocante humedad de la planicie selvática peninsular yucateca aletarga cualquier ebullición de los ánimos hasta hacerlos suficientemente capaces para descarnar el alma.
Hernán Lara Zavala novela la historia de un novelista yucateco del siglo XIX. No obstante esta afirmación, el mismo autor se pregunta y responde si no, de algún modo, nos encontramos ante una novela histórica. Como él mismo apunta y de acuerdo con su dicho “dudo que el adjetivo histórico logre superar al sustantivo novela”.
Casi un sonámbulo, lo dije desde el primer momento: soy lento, pero seguro. La lentitud es un elemento de la pasión. La mesura define la amplitud del afán.
Aun no termino de comentar La mano de fuego y ya me queman las ansias por hundirme entre los pliegues de dos nuevas aventuras.
Llegó la segunda tanda de libros con que me gratifica Editorial Alfaguara mi participación en este espacio, en calidad de un eslabón más de esta “Cadena de Lectores”, y, como en la primera ocasión, quiero antes que nada expresar mi gratitud y los motivos que me llevaron a elegir los libros cuyo comentario sumaré a estas líneas en entregas siguientes, con la intención de continuar estos Apuntes alrededor del Deseo. Y mi Elogio de la Lectura.
Continuando con mi curiosidad por lo nuevo, como guiado por la “Ley de Jamsa” que describe Ruy Sánchez en La mano de fuego, señalé Península, Península, novela escrita por Hernán Lara Zavala y con la que aspiro devolver una a una las virtudes fugadas de mi actual caja de Pandora.
Mi segunda elección, aunque novedad editorial, es un viejo referente literario para muchos de nosotros. Cuentos sobrenaturales, colección de cuentos y una novela corta de Carlos Fuentes, autor de quien sí he leído, como tú y tú, varias obras.
Si bien no soy muy dado a releer una o más obras en particular, generalmente trato de obtener la mayor cantidad posible de zumo de cada lectura (y vaya que muchas veces me empujo más de tres a la vez). Sé que es imposible agotar las palabras, por más que haya quien afirme la existencia de algunas muy sobadas, pero nadie puede negar que siempre se descubre algo nuevo en ellas, incluso en las más socorridas, y apurando, como hago, grandes tragos y momentos narrativos, de la embriaguez logro extraer visiones confluentes que me llevan invariablemente a encontrar la encrucijada en el “Jardín de los senderos que se bifurcan”. Por esta razón y mi manera de lanzarme a la mar de las letras, al elegir a Fuentes desee devolverme a uno de mis primeros astilleros.
Si la literatura de Lara Zavala se me antoja cual aventura más allá del horizonte conocido, y me supone riesgo de caer en el abismo y ser pasto de monstruos fantásticos anclados en la realidad nacional, la vena de Fuentes me da el pretexto exacto para comenzar el periplo y bogar por costas ajenas en las próximas incursiones. ¿Adónde? Ya veremos. Norte, sur, este, oeste, continentes, islas, mundos. La literatura es muy vasta y cuando uno opta por apoyar la mano en la arena y andar entre dunas, sea en Marruecos o en Chihuahua, o en cambio hace de su voluntad la medida del ancho del sendero, en cualquier caso afianza con la fuerza del pulgar el hálito de un ángel.
Quienes han tenido la paciencia de leer mis entregas, por su conjunto habrán constatado mi deseo, uno no menos erótico que el explícito en Ruy Sánchez, y tampoco más fantástico que el latente en Aura.
¿Qué leemos en realidad? ¿Libros? ¿Historias? ¿Sentimientos? ¿Ideas? ¿Es que en el elogio de las palabras, de las descripciones y relatos; en la interpretación de biografías reales o imaginarias, se revela el oficio del fisgón?
Escribir es componer. El escritor es una suerte de compositor. El texto literario es su patitura.
Cuando tomo la pluma y trazo estas líneas, acentúo palabras o puntúo pausas o ligas, me visualizo como el músico que dibuja notas sobre los renglones del pentagrama. Cada conjunción, cada verbo, cuales redondas o corcheas caprichosas hacen las veces de voces silentes que cantan una historia melódica al ritmo de la respiración y de los pulsos del alma.
El paso de la pluma sobre el papel es similar al viaje del arco sobre las cuerdas del violín. Y el golpeteo de las teclas de la máquina de escribir, antigua o moderna, recuerda con gran precisión el juego armónico del piano.
Las palabras formando enunciados que conducen hacia argumentos discursivos que narran o describen cosas y gente, se comportan muchas veces como instrumentos comprometidos en un concierto fundamental mas efímero, sobrenatural. El retrato hecho con pinceladas de alfabeto de una mirada que cae ansiosa sobre los senos turgentes de una mujer, la ominosa presencia del dios maya de la fertilidad Chac Mool, un brazo extendido con pesadumbre y docilidad en medio de un baño turco, componen detalles, regiones del deseo.
Si Zaydún, el escritor, editor y erotómano de La mano de fuego, quien temer ser “tan fiel a esa multiplicidad de voces, tan encaminado a sus obsesiones, tan poco lineal en su relato que su círculo de oyentes en la plaza no lo siga ya plenamente (…), se consuela pensando que la vida en realidad tiene la lógica de los sueños. Que contar las cosas de manera realista… es una convención más… Que nada es lo que parece y además va cambiando. Que la última realidad es el deseo… Que los cuerpos enamorados son dunas y sus historias las cuenta el viento mientras las mueve”, qué otra cosa puedo esperar yo aquí, sino anhelar el logro de una construcción cálida, de un texto caliente.
En una plática con estudiantes, dentro de una entrevista televisada, Alberto Ruy Sánchez comentó cierta vez haber sido acusado de ser un escritor para mujeres y por ello “odiado” por los varones.
Luego de leerlo entiendo el prurito de sus acusadores, aunque no o comparto. Quienes esto señalan sólo revelan sus temores o, cuando menos, su ceguera. Como si los varones no hiciéramos más que actuar, o por decirlo soezmente, como si no supiéramos otra cosa que lanzarnos sobre el bulto. Y como si las féminas no sucumbieran al descontrol del deseo acumulado.
Esperando encontrar el desenlace de una historia repartida en varios volúmenes: Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, Nueve veces el asombro y La mano del fuego, como he venido diciendo opté por recorrer este último, el más reciente y anunciado como el final de una pentalogía.
En cada entrevista que da Ruy Sánchez, en cada conferencia, recalca su tendencia casi terapéutica a la conversación y una finalidad literaria. Por la plática recopila, ganada la confianza de su interlocutor o interlocutora, momentos anecdóticos y no necesariamente historias cuyo sello característico describe la comezón y la melancolía que la acompaña. De aquí su meta redactora: el ansia confesada.
El tema del deseo, rico tópico, es un pretexto en sí mismo que una vez contextualizado tiene la capacidad de develar la diferencia fundamental entre el doliente y el “friega quedito”. Mientras el doliente necesita, el “friega quedito” quiere a secas.
Querer y Necesitar son dos actos separados por una línea de conducta muy sutil. Quien quiere sucumbe a la pasión; quien requiere, más pronto que tarde es arrastrado por la acción.
La querencia, socia del ansia, imanta la actitud de quien se descubre en algún momento carente de lo justo para saciar su hambre o su sed. Por eso la querencia es no otra cosa sino carencia. Enseguida, al lado (y aun cuando aquí resulte ya muy cacofónico) la deficiencia explica la necesidad.
Como dos caras de una misma moneda, carencia y deficiencia fundamentan los dos pilares del quehacer y el ser humanos: la pasión y la acción, apuntalando la moral que los envuelve. Mientras la carencia se nutre de la ausencia, la deficiencia lo hace del defecto. Pero no entiendan aquí como antónimos ni desde una perspectiva axiológica, sino en todo caso como aspectos semejantes y complementarios, o sea paradójicos.
El hombre que carece de asombro difícilmente puede comprender las cosas que a otro le resultan sencillamente consuetudinarias, comunes. Igual, el hombre cuyo sentido común se muestra defectuoso, es incapaz del asombro que deviene de la espontaneidad.
Pero, ¿adónde va esta perorata? Al mismo sitio al que conducen los sueños al sonámbulo guiado sutilmente por la pasión. Como se verá a lo largo del recorrido un poco errático del escritor y editor Ignacio Labrador Zaydún, especie de alter ego bien identificable del propio Ruy Sánchez.
Lanzada la línea, piqué la carnada. Mejor pretexto no podía haber para dedicar un tiempo a la exploración de los retratos del deseo, y para extraviarme en el laberinto espiral del mundo real y fantástico de Mogador.
Los nombres del aire fue mi segunda estancia. Acomodado entre sus páginas, de nuevo pero ahora a causa del autor que vengo comentando, sufrí a la vez una decepción y una revelación.
Esperando una novela corta, pues así está anunciado el libro, me encontré en cambio con una descripción profusa, generadora de cuadros mosaicos que congelan cualquier posibilidad de acción programática.
Tal parece que para Ruy Sánchez Estética es sinónimo de Estática. El magnetismo de sus construcciones descriptivas detiene el desarrollo de cualquier acción, prometiendo electrificar las consecuencias irrefrenables que siguen al estallido del deseo y la liberación de la corriente de la libido.
Así, desde este punto de vista pragmático, los nombres del aire quedaron expuestos más como el planteamiento y presentación de personajes que aparentemente confluirán en una historia. Entonces, no pasa nada más; y sin embargo sucede todo.
La posibilidad, la potencialidad del acto que se adivina, del hecho que se previene; la profecía sobre lo que puede ser, de lo que podría darse; el condicionamiento del espacio y sus formas por la sola existencia del tiempo y sus efectos; la ausencia y la presencia, el vacío y la plenitud; todo esto constituye el deseo.
Si el deseo deriva en pasión es precisamente por esto. En el deseo no ocurre nada, pero concurre todo. La pasión, como contrario de la acción, encierra la energía, la contiene, la prepara, la previene. Es justo lo que ocurre a Fatma, la mujer adolescente que despierta, abriendo los sentidos no a la vulgaridad del sexo, sino a la potencialidad de ser que este implica desde sí mismo.
Brumas y sensaciones, aromas y ensueños, son apenas nombres que se pueden dar al aire, a ese espacio entre las piernas y el cual llega a extenderse hasta el fondo de las ideas. Son solo facetas vestidas con piel, provistas de género y oficio: la esclava prostituta, el pescadero y el pescador, la abuela cartomanciaza. Todos confluyen, empatan, cruzan sus andares, se entrelazan sin provocarse, usando y abusando, haciendo acumulación de anhelos en sí hasta el colmo.
Vestido de nostalgia, en un juego de mascaradas, Con la Literatura en el cuerpo me expuso, como baraja tendida boca arriba, los motivos del anclaje de Alberto Ruy Sánchez, presentándomelo por primera vez en papel.
Siendo ese libro una colección de ensayos sobre escritores, decanta sutilmente la razón de ser de la propia obra de Ruy Sánchez. El mosto del deseo aquí comienza a justificarse a modo de experiencia vicaria. Con cada nombre, con cada referencia, las palabras se vuelven gotas cargadas de anhelo.
Al paso de las páginas, uno avanza adentrándose no sólo en los intereses, devaneos y rutas de la melancolía entendida como forma aletargada del afán; no sólo se la asocia con la biografía y la operalia de artistas reconocidos u olvidados, sino sirve de sendero para aproximarse tímidamente a la embriaguez del máximo deseo expresado en el dilema de ser o no ser lo que la vocación dicta, aun a contrapelo de lo establecido.
Convienen las líneas de Ruy Sánchez que frustraciones y triunfos, o su sola posibilidad, convierten al artista en un lector artesano, cuya especialidad en entramar textos sean literarios, pictóricos o de cualquiera otra índole, lo empata con el pesador de ilusiones. Así parece asumirse Ruy Sánchez.
Afortunada o desafortunadamente para mí, el volumen de la obra reseñada es de veras de una rareza de colección, a causa de una falla de imprenta. Encuadernado con la falta de todo un pliego que abarca las páginas 113 á 128, aparte de ocasionarme este hecho malestar, provocó en mí un inusitado deseo. Tan a propósito no podía haber sucedido el error, cuantimás porque leyendo la obra a 13 años de distancia de haberla publicado por primera vez la editorial Taurus, la sensación de haber extraviado el satisfactor de mi hambre lectora me contrarió. Vino a mí la idea de que, al impresor, autores como Beckett, Frisch y Víctor Hugo eran meros apéndices y los lances verbales de Ruy Sánchez en torno a ellos para pescar “la gravedad de la Luna”, “la identidad deslavada” y “un viejo sol gótico”, servían de cebo.
Primero que nada, agradezco los primeros comentarios recibidos tras mi anterior entrega. Una cosa puedo asegurar: soy lento, pero seguro. Espero no defraudar a quienes muy amable y atentamente han posado sus ojos en estas pretenciosas líneas.
Y sin más preámbulo declaro una primera confesión o descubrimiento, como se quiera tomar: ardua tarea es sin duda esto de escribir reseñas. Ardua y arriesgada.
Ardua, porque no es sencillo narrar la verdadera historia que se experimenta al leer. Arriesgada porque se corre el peligro de caer en la doble trampa del juicio crítico muchas veces odioso o del resumen monográfico. Surge entonces la duda existencial, reseñar o no reseñar... Criticar, resumir... Tal vez soñar.
Mi primera elección tras la fortuna de acceder a este espacio no tuvo que ver con el gusto por la obra de un autor, nada ni siquiera cercano a esto. Más bien la motivación descansó, como casi siempre, en la ignorancia.
Siempre he pensado que detrás de un escritor hay un lector. Corrijo. En un escritor, está latente un lector. Corrijo. Delante de todo escritor, se refleja un lector. Tal vez todas estas fórmulas estén equivocadas y sean totalmente al revés y detrás, en y delante de un lector palpite, asome y suceda un escritor.
Asumirme como lector asiduo, ávido, puede resultar tan petulante como afirmarme como escritor. Pero visto objetivamente el caso, en realidad tal acontece.
El lector, al tomar el libro, la cosa, la vida misma y atragantar sus sentidos con sus formas, colores, sonidos, silencios, dimensiones, atestigua la existencia misma, pero siempre desde una perspectiva limitada a su parcela de realidad dado que no puede abarcar todo. Por lo mismo, es sabido y se entiende al lector como un mero intérprete. Y he aquí el traslape, pues en cuanto comienza a interpretar, da paso a la construcción de un mundo de significados; transforma mediante su testimonio lo observado, lo sentido, y haciéndolo insufla vida y carácter a lo que toca con su imaginación creadora o, si se prefiere, recreadora.
CON LA LITERATURA EN EL CUERPO ENTRE LEGAJOS
Decidí leer a Alberto Ruy Sánchez sencillamente por desconocerlo. Como ejercicio de escrutinio.
Mientras llegaban los libros que me proveería la editorial Alfaguara, encontré en casa un volumen que adquiriera en una Feria del Libro. No lo había más que manoseado. No lo recordaba. Era, es de este autor a quien había visto y oído mentar en dos o tres entrevistas televisivas o periodísticas, y tras las que el hombre además me resultó una persona agradable en más de un sentido. Por lo tanto, esta iniciación partió del acercamiento a tres obras y no sólo a dos; de saludar a un completo extraño como quien sonríe graciosamente y con cortesía al convidado a un cóctel.
Igual que Cantinflas, así como digo una cosa digo otra, y ahora pienso que aparte de lo lucubrado líneas arriba, para que un lector cumpla cabalmente con su labor de escritor, no puede acercarse a su objeto de observación predisponiéndose. Su labor debe ser un poco más ingenua, su mirada ha de ser como la del científico principiante cuya curiosidad inocente le lleva a los descubrimientos más asombrosos.
De ese modo, de entre legajos, tomé el sugerente libro y comencé a devorarlo... saciándome de literatura en el cuerpo. ¿Lo que he ido descubriendo? Decididamente una mano fogosa.
Recientemente se me han abierto las puertas de la oportunidad gracias a Alfaguara, Cadena de Lectores y Pauta Creativa. A partir de esta semana y contando seis meses (ojalá se prolongue el plazo para toda la vida y por ahí alguien se fije en mis palabras como algo más que una mera colaboración desinteresada); contando seis meses, decía, nos estaremos viendo por este espacio, amigos lectores, donde podremos comentar la experiencia de leer... y escribir y publicar.
En concordancia con el compromiso establecido luego de mi sorprendente fortuna (nunca me había ganado nada en mi vida), tomaré como un ejercicio cotidiano sentar aquí algunas frases, textos breves o largos, secuenciados o sin hilván alrededor de obras que iré leyendo, saboreando, desjugando para, con su sustancia, bautizar el aire que pueda colarse entre los renglones de este sitio.
A modo de bitácora, suerte de extensión de uno de mis blogs personales y grupo de amistades denominados "Elogio de la Lectura", mismo que forma parte de mi revista electrónica "Indicios Magazín-e", espero satisfacer la curiosidad de más de uno, provocar el comentario puntual, la verborrea indiscreta, la diatriba o el halago. En cualquier caso, buscaré corroborar que la interactividad internáutica es capaz de dar nombres al aire, tal como sugiere en su primera novela el autor que ocupará mis siguientes líneas, Alberto Ruy Sánchez, a quien -como a otros- de una vez aclaro que no habrá de esperar loas, señalamientos, juicios, recelos, sino especialmente vivencia, el resultado positivo o negativo de probar sus silencios envueltos en tinta.
Además, qué mejor que comenzar estas entregas en la fecha del Amor, el Deseo y la Amistad, con una obra del autor mencionado y que concentra ni más ni menos a los dos primeros: "Los nombres del aire".